Vigilantes en la penumbra 11


Este es un relato creado y redactado por Antonio López López.

El fuego, desde los albores de la humanidad ha ayudado a calentar el alma y el cuerpo, a cocinar alimentos, a iluminar la oscura noche, a forjar armas, cauterizar heridas, hacer huir a las fieras y un largo etcétera. Pero al igual que el agua también es un elemento que nos da y nos quita vida y todo lo que tenemos. Esta es la historia de unos hombres que se jugaban la vida cada día, pero sobre todo cada noche, porque cuando el sol se ocultaba ellos salían a trabajar en las peligrosas calles de la Roma en tiempos de Augusto.

Capítulo I “Bienvenido al infierno”

Roma año 762 AUC

El nuevo tribuno de la IV cohorte de vigiles se presenta ante sus hombres en el castra vigilum del Aventino, el cuartel de vigiles que abastece de vigilantes el monte Aventino, el Circo Máximo y las termas del sur de Roma.

-Mi nombre es Mamercus Cornelius Flavus, pertenezco a una de las gens más antiguas de Roma, la gens Cornelia, y estoy aquí para asegurarme de que vuestro cometido se cumpla con más eficiencia.

Un rotundo silencio precedió a las palabras del nuevo tribuno, hasta que un centurión con aire marcial lo rompió.

-Permiso para hablar, señor.

-Permiso concedido, habla centurión. –Dijo calmadamente Flavus.

-Mi nombre es Aulus Furius, de la gens Furia, soy el centurión más veterano de este castra. Le presento mis respetos y me ofrezco para dar una paliza a quien no le obedezca.

-Gracias por tu ofrecimiento centurión Furius, lo tendré en cuenta, pero de momento sólo te pido que me informes de la situación actual en este distrito.

-Hemos perdido diez hombres en los últimos disturbios, otros cinco han desertado, la mayoría libertos extranjeros, y no les culpo, las pagas son bajas y el riesgo de morir o quedar lisiado, mucho más alto. –Dijo Furius con rudeza.

-Ahórrate tus comentarios personales centurión. La situación cambiará desde ya, para eso me ha enviado el prefecto de los vigiles, esta zona es casi tan conflictiva como la Suburra o las Esquilias, la situación es insostenible.

-Señor trabajaremos duro para mejorar la disciplina de estos perros. –Dijo Furius prácticamente escupiendo las palabras.

-Más os vale, y lo digo para ti también. Ahora quiero retirarme a mi despacho, hay mucho papeleo que revisar y me gustaría que los siete centuriones me acompañarais para informarme de cada centuria, el resto volved a vuestros quehaceres.

Pongámonos en tesitura, ha habido conflictos en muchos barrios predominantemente habitados por clases bajas, debido a un mal año con las cosechas la annona se retrasaba en su reparto de trigo porque no disponía de suficiente cantidad para todo el pueblo y las clases altas y el ejército siempre tenían preferencia.

En ese mismo momento, al otro lado de la ciudad…

-¿Crees que ese tal Cornelius Flavus hará bien su trabajo? Ya van dos tribunos en apenas unos meses. -Preguntó Titus Petronius, el primus pilus.

-No tiene otra opción, Augusto creó el cuerpo de vigiles para combatir los incendios y vigilar las calles de noche, nosotros ya hacemos bastante aquí, no queremos tener que ayudar en el Aventino cada dos por tres, el subprefecto de los vigiles está más cerca de ese cuartel y sus informes dirán si ha sido una buena elección. -Contestó Macrón, el prefecto de los vigiles.

Hora duodécima.

-Preparad el equipo contra incendios al completo, esta noche efectuaremos maniobras de simulacro de incendios, órdenes del tribuno. –Espetó Furius.

-Nos ha fastidiado la noche el nuevo tribuno, ¿qué piensas Clutos? –Preguntó un apesadumbrado Turibas.

-Sabes perfectamente lo que pienso, esta vida es mucho mejor que la que teníamos en nuestra tierra, ya poco queda de nuestros hermanos astures.

-Nuestros padres murieron defendiendo el castro, el último reducto, Roma siempre vence, o eso dicen. –Dijo Turibas.

-Pero bueno, éramos niños y nos hemos criado prácticamente en Roma, tuvimos suerte de que nuestro amo nos manumitiera, sino ahora mismo tal vez estaríamos en unas minas a punto de morir. –Suspiró Clutos.

-¡Eh vosotros dos, basta de cháchara! Id a los depósitos de agua y echad una mano a los acquarii y a los siphonarii, hoy nos llevamos los dos carros con la bombas y otros dos con barriles de agua. –Ordenó severamente Furius.

Veinte minutos más tarde en el patio del cuartel de la IV cohorte de vigiles habían dos centurias perfectamente formadas. Cada vigile llevaba su respectivo equipamiento: escaleras, ganchos, mantas, hachas, e incluso varios postes de madera que usaban para que os afectados por los incendios se deslizaran desde los pisos superiores cuando había demasiada altura para tirarse sobre las mantas.

-La III centuria conmigo, iremos hasta el puerto fluvial y volveremos rodeando el Monte Testaccio. Centurión Vibius, llévate a la II centuria e id por la Puerta Capena, quiero que rodeéis las termas y lleguéis hasta el cruce de la Vía Latina con la Vía Apia, estad bien atentos a las calderas de las termas y en caso de disturbio con alguna banda enviad mensajeros al cuartel, nos reuniremos aquí en la cuarta vigilia. -Ordenó con rotundidad el tribuno Clavus.

-Pero señor, habitualmente salimos sólo dos vexillationes como mucho y el tribuno se queda en el cuartel. –Dijo Vibius mientras se acariciaba una enorme cicatriz que tenía en la cara.

-A partir de ahora van a cambiar las cosas aquí, ha habido muchos disturbios e incendios últimamente y considero que una vexillatio de 30 hombres es insuficiente para mantener el orden. Recordad que las cohortes urbanas no suelen tener tanta presencia en nuestro distrito. Y en lo que respecta a mi salida, prefiero estar presente cuando metáis la pata, o cuando acertéis. Las paredes del despacho se parecen demasiado a una cárcel. –Sentenció autoritariamente el tribuno Flavus.

Mamercus Cornelius Flavus había sido degradado a tribuno por desobedecer la orden de masacrar a los habitantes de una aldea de sugambrios, estando a las órdenes de Druso el Mayor, en su frenética conquista de la Germania Inferior por deseo expreso del Divino Augusto. Ahora estaba al cargo de una cohorte de algo menos de mil vigiles, la mayoría libertos y otros tantos esclavos reclutados a la fuerza para el cuerpo de vigiles que aún no había cumplido tres años desde que Augusto lo formara. Era un castigo ejemplar, pero Flavus era un hombre de honor e iba a acatar las órdenes y hacer su trabajo lo mejor que pudiera, se necesitaba mucha disciplina en un cuerpo paramilitar como ese, además contaba con la ayuda de varios centuriones veteranos, dos de ellos evocati, veteranos reenganchados que tal vez eran demasiado viejos para servir en las legiones pero tenían aún cuerda para rato en los vigiles.

Segunda vigilia

-¡Fuego! ¡Los horrea del puerto fluvial están ardiendo! –Gritó Clutos, quien encabezaba la vexillatio de sebaciarii que encabezaba la centuria.

-Que el buccinator toque a auxilio, necesitamos el carro del sifón y los cubos. –Ordenó Turibas, que dirigía la vexillatio a falta de un centurión.

El buccinator tocó a auxilio y pronto se vieron rodeados de toda clase de gentes, con túnicas rasgadas, algunos de ellos simplemente vestidos con subligaculum. La mayoría iban armados, especialmente los que iban mejor vestidos. Estos últimos portaban pila y algunos gladii como los que portaban los legionarios, probablemente eran alborotadores miembros de algún collegium.

-No arrojéis las antorchas, ya somos bastante pocos como para tener que luchar a oscuras. -Dijo Turibas, más sereno de lo que cabría que esperar.

-¿Luchar? ¿Estás loco hermano? Deberíamos huir ahora que aún podemos, esto nos viene grande. –Contestó un asustado Clutos.

-Yo en vuestro lugar me iría por donde habéis venido, sólo queremos el trigo de los horrea, tenemos hambre. –Dijo un desdentado tipo que llevaba la cabeza cubierta por un sago.

-¿Por qué vais armados ciudadanos? -Preguntó Turibas

-Porque las cohortes urbanas que protegían estos horrea se negaron a darnos el trigo y tuvimos que matarlos. –Respondió el que parecía el líder.

En ese momento apareció el resto de la centuria al mando del tribuno Flavus y el centurión Furius. Sólo estos dos y unos cuantos vigiles iban armados con gladii y se protegían con scutum y lorica hamata, el resto sólo se protegían con un casco y un cingulum que les cubría las ingles, e iban armados con porras de madera, azadas y hachas.

-Por el divino Jano, arrojad las armas y volved a vuestras casas. –Dijo con autoridad Flavus.

-No vamos a ceder, preferimos morir luchando que morir de hambre, ya hemos esperado demasiado tiempo y el prefecto de la annona se niega a cedernos ni siquiera un escrúpulo de trigo. ¡Atacad! –Gritó el desarrapado líder de la turba al mismo tiempo que se lanzaba al ataque con su cuchillo de carnicero.

El tribuno se cubrió con su scutum y esperó el momento adecuado para pinchar la rodilla de su contrincante y derribarlo, y así pasó al siguiente rival. A su lado Furius se desenvolvía como pez en el agua mientras ordenaba furiosamente a sus hombres que atacaran.

-¡No os quedéis parados! ¡No sólo somos apagafuegos!

-¡No huyáis! Estos vigiles ni siquiera son soldados, es la mejor oportunidad que tendremos. –Vociferó un rudo personaje que empuñaba un martillo de herrero.

La multitud armada pronto se dispersó, habían muerto muchos en la lucha con los centinelas de los horrea y no estaban tan hambrientos como para fenecer despedazados por las hachas y las azadas de los vigiles, otra vez sería.

-Que una vexillatio de treinta hombres monte guardia, el resto usad los cubos y los sifones para apagar ese fuego. Tú, milite, vete con dos hombres más al cuartel y que envíen todos los vigiles medici que tengan. Ah, y que venga el victimarius, hay varios chicos que no saldrán de esta. –Flavus escupió las órdenes como si se trataran de huesos de aceituna.

-Bienvenido al infierno, tribuno. –Dijo un magullado pero sonriente Furius.

En ese momento varias centurias de las cohortes urbanas se acercaban a marchas forzadas.

Capítulo II “Aquí lo único que arde es la razón”

El incendio fue extinguido, los heridos trasladados a las dependencias médicas del cuartel y las cohortes urbanas se encargaron de custodiar a los amotinados supervivientes y de montar guardia en los horrea cuyo preciado contenido no ardió afortunadamente.

-Una noche dura tribuno. Le invito a un trago, no es vino de Falerno pero es mejor que meado de asno. –Le ofreció el viejo centurión a Flavus.

-Espero que no sea la última, un par de noches como esta y me habré ganado el salario con creces, lo han hecho bien tus hombres. –Dijo el tribuno al mismo tiempo que cogía la copa de vino que le servía Furius.

-Ahora son sus hombres, tribuno, yo sólo soy un viejo y cansado centurión.

-¿Añoras la legión, centurión Furius? –Preguntó un curioso Flavus.

-Lo justo, la comida no estaba tan mal, tenía muchos amigos, aunque el legado de mi legión me maldijo por “poner en riesgo a toda la legión”.

-¿Qué sucedió exactamente?

-Una batalla muy dura en las montañas de los astures, más que una batalla una emboscada de las suyas. Había muerto el primus pilus y varios centuriones más. Se llevaron el águila y un signum, y ordené que los persiguieran colina arriba. Cuando me quise dar cuenta estaba sólo, los pocos supervivientes de mi centuria habían muerto, y el resto de la maltrecha legión se veía obligada a retirarse, yo recuperé el águila de los brazos de un astur que atravesé con mi gladius; del signum nada sé. A cambio de eso sólo recibí caras largas. Me aplicaron la gradus deiectio y así fui a parar a las cohortes vigiles, donde con el tiempo  recuperé el antiguo cargo de centurión y aquí llevo ya tres años. –Furius terminó su nostálgica historia bebiendo de un solo sorbo el contenido de su copa.

-Una historia muy interesante la tuya, yo tampoco estoy aquí por méritos propios… Ahora reúne a tus hombres en el patio, quiero pasar revista.

Murieron cinco vigiles aquella noche, dos en el combate y los tres restantes por las heridas provocadas, además tres desertaron y se emitió una orden para que los encontraran y condenaran a muerte por desertores, el balance fue más positivo de lo que Flavus esperaba en su primer día de servicio en los vigiles.

Dos meses más tarde

-Ha llegado un mensajero del Senado, señor. –Dijo un asustado esclavo.

-Hazlo pasar. –Ordenó Flavus.

-Salve Mamercus Cornelius Flavus, traigo noticias de Germania. Nerón Claudio Druso Germánico, el heredero de Augusto, ha muerto. Se cayó del caballo cuando se dirigía a Roma a celebrar su triunfo y su pierna impactó con una piedra provocándole una herida que se le gangrenó. Su hermano Tiberio está al tanto de tu servicio aquí y me ha ordenado que te comunique que si siguen así los resultados te llamará para que formes parte de su estado mayor. Es todo señor. –Dijo el mensajero antes de hacer el saludo militar y retirarse del despacho del tribuno.

-Que den de comer y de beber a este hombre. Buenas y malas nuevas ha traido. –Musitó un sorprendido Flavus.

Las maniobras se efectuaban cada noche ininterrumpidamente hasta que Flavus consideró que había que darles un motivo para que lo odiaran más, y en vez de parar recrudeció el entrenamiento de los vigiles.

Una noche cuando la III y la IV centuria estaban patrullando el distrito, el sebaciarius que iba al frente de la III alertó a los demás de la proximidad de un incendio. Al doblar la esquina se encontraron con una insula cuyas tabernas ya ardían intensamente.

-Traed otro carro con barriles de agua, empapad las mantas de agua y vinagre y preparaos para entrar. –Bramó Furius.

El buccinator tocó a auxilio y un par de emitularii jóvenes corrieron en dirección al cuartel para traer el carro con más barriles de agua. Pronto la IV cohorte al mando de un centurión llamado Decimus acudió al haber escuchado el toque del buccinator.

-Ah, es una maldita insula, pensé que ardía alguna de esas domus que están construyendo en el Aventino. –Espetó Decimus.

-No importa si es una insula, nuestro deber es extinguir los incendios y evitar que se propaguen a los edificios colindantes. –Respondió un ofendido Furius.

-Vaya, veo que haces honor a tu nomen, estás hecho una fuira ¿y por qué? Porque una maldita insula habitada por chusma extranjera está ardiendo.

-Con el debido respeto centurión, me estás obligando a hacer algo que no debería y que no es marcharme de aquí precisamente. –Dijo un cada vez más encolerizado Furius.

Los ánimos se caldeaban tanto o más como la insula cuando de repente apareció el tribuno Flavus a caballo, seguido a distancia por varias vexillatio de vigiles provistos de escaleras, mantas y ganchos.

-¡Ayuda, por favor! ¡Estamos atrapados aquí!  –Gritó una mujer angustiada.

-Centuriones, dejen de discutir y organicen a sus hombres, quiero a los dos carros de sifones escupiendo agua contra esas llamas, que se forme una cadena de vigiles acquarii con cubos de agua y que el resto coloquen las mantas y las almohadas que hemos traído en el carro para que salten los moradores de esa insula. –Ordenó Flavus, y los centuriones obedecieron sin rechistar.

Cuatro vigiles uncunarii especializados en rescate se arrebujaron en sus sagos y se cubrieron con las mantas recién empapadas con agua y vinagre y se dispusieron a entrar en la insula.

Cuarta vigilia

Tres vigiles uncunarii salieron a toda prisa, uno de ellos llevaba un recién nacido en brazos, el cuarto quedó atrapado en el interior junto a los padres del nonato y tres personas más.

-El fuego avanza con rapidez, nos es imposible extinguirlo y cada vez es más probable que los edificios colindantes se vean infestados de este maldito y sempiterno fuego, id al cuartel y traed la balista, no nos queda más remedio que derribar la insula o pronto toda Roma arderá como cuando los malditos galos de Breno la incendiaron. –Así pretendía acabar Flavus con un fuego que ya duraba más de cuatro horas.

-Empapad las paredes del edificio colindante y recordad chicos «Aequam memento rebus in arduis servare mentem» –Ordenó un poético Furius.

-No te imaginaba leyendo a Horacio, Centurión. ¡Quiero más brío con esas mangueras, milites! –Dijo Flavus.

-Mi padre me enseñó a leer y a escribir. Sobre todo me leía a Horacio y a Cátulo, también a otros griegos que no me gustaban tanto. Mi familia era una férrea defensora del mos maiorum. Al final terminé eligiendo carrera militar.

La balista llegó y los siphonarii, los más duchos con las máquinas,  dejaron las bombas de agua y prepararon la balista para ser disparada.

-Apuntad a la base del edificio, debemos asegurarnos de que se hunde y no cae sobre los de al lado. –Ordenó Flavus.

-Señor, hemos evacuado todos los edificios colindantes al afectado, me pareció una medida necesaria. –Informó Furius.

-Has obrado con prudencia, centurión, eso evitará problemas mayores. Y ahora disparad y que se preparen los vigiles uncinarii para derribar con los ganchos lo que quede en pie.

La balista fue disparada y el proyectil impactó en una agrietada pared de una taberna de la insula, como resultado, la pared se derrumbó y con ella parte del techo que formaba el suelo del piso superior. En pocos minutos y tras varios disparos de la balista, la insula se desmoronó cual borracho en su catre.

-Que los uncinarii derriben esas paredes, y los acquarii traigan más agua, aún no se ha extinguido el fuego del todo, debemos asegurarnos de que no arda. –Mandó hacer Flavus.

Hora sexta

-Hiciste un buen trabajo anoche Furius, diste las órdenes oportunas, me alegra saber que puedo confiar en mis oficiales. –Felicitó a Flavus a Furius.

-Gracias señor, pudimos salvar casi toda la gente, pero perdimos un buen hombre y tres personas más murieron en ese infierno, pero hay algo que me preocupa.

-Cuéntame centurión.

-Es sobre Decimus, el centurión de la IV centuria. No me agrada su actitud y durante este último incendio se mostró reacio a sofocar las llamas, no le interesa salvar a la gente, además me contradice pese a saber que soy el centurión más veterano del cuartel. –Se sinceró Furius.

-Nuestro deber no es salvar a la gente, sólo evitar disturbios mayores y apagar los incendios para evitar que se propaguen, aun así es preocupante eso que me cuentas, ¿tienes a alguien de confianza en la IV cohorte?

-Conozco a un par de acquarii que estuvieron en mi centuria pero los trasladaron a la IV por falta de efectivos. –Informó Furius.

-Muy bien, pues que estén atentos a su actitud y si sigue así hablaré con el prefecto de los vigiles para que tome medidas.

-¿Ese tal Macrón?  No me fío de él, se le queda muy pequeño el cargo de prefecto de vigiles, quiere ser prefecto de los pretorianos o quién sabe qué cargo más. –Advirtió Furius.

-En cualquier caso es el prefecto y es el único que podría tomar medidas. Si no hay ninguna cosa más que quieras contarme me gustaría repasar el inventario.

-Sí mi tribuno, simplemente quiero contarte algo que me suscita curiosidad. De nuevo sobre Decimus. –Reveló Furius.

-Está bien, cuéntame pero no te excedas, no nos sobra el tiempo hoy.

-Su nomen es Licinius, no me extrañaría que fuera descendiente de Craso. Ese maldito fellator tenía un cuerpo de apagafuegos cuando el sistema de extinción de fuegos de Roma era muy precario, sólo se usaban esclavos con cubos de agua. Lo que más ira me provoca es que usaba estos apagafuegos en su propio beneficio, en ocasiones incendiando ellos mismos las propiedades de unos pobres desgraciados y en otras acudiendo a incendios ya declarados, entonces ofrecían a los propietarios una oferta a la baja  a cambio de extinguir el fuego, y estos se veían entre el gladius y la pared. En la mayoría de ocasiones aceptaban porque era recibir una miseria para intentar empezar una nueva vida o quedarse sin lo que tenían. Craso se quedaba con la propiedad y luego la derruía y sus esclavos construían edificios que él luego alquilaba o vendía por el doble o el cuádruple de lo que le había costado, y así el cerdo más rico de Roma se hacía tremendamente más cerdo y más rico. Detesto a esa clase de gente.

-Te confesaré lo que pienso, Furius. En esta enorme y abarrotada ciudad todo el mundo va de un lado a otro como leones enjaulados, siempre atemorizados y sintiéndose presa del hambre, las deudas o cualquier otra cosa. Se atropellan y se pisan unos a otros por la calle, afanados en sus tareas y sin ninguna consideración para con los demás, las prisas son algo más que cotidiano. Nunca tienen tiempo para detenerse a mirar alrededor y contemplar que no son el centro del universo, sólo se mira por el bien de uno mismo y eso termina pasando factura. Cada día son más frecuentes los incendios, pero creo que lo único que arde es la razón. Y llegará un día en el que Roma arda, aunque espero que ese día sea muy lejano todavía. –Se sinceró el tribuno, cada vez con más confianza depositada en su centurión.

-Nosotros tampoco somos perfectos, hacemos nuestro trabajo. –El centurión hizo una pausa antes de continuar.–  En esta ratonera hay que mirar por el bien de uno mismo. –Concluyó.

Capítulo III “Alere Flammam Veritatis”

Un vigile entró corriendo en el despacho del prefecto mientras este conversaba con Furius

-Salve tribuno, disculpa por la intromisión. Mi nombre es Marco y soy vigile de la VI centuria de la I cohorte de vigiles. Vengo por orden expresa del prefecto de vigiles. Se ha declarado un importante incendio en el foro. Se reclama la presencia de todas las cohortes disponibles en este cuartel.

-Forma a tus hombres Furius, ordenaré a los demás centuriones que partan cuanto antes. Dejaremos dos vexillationes de reserva en el cuartel. No hay tiempo que perder. –Ordenó Flavus.

Una hora más tarde

Las llamas son incontenibles en la Basílica Emilia y en la Regia. Ese día  el viento ha provocado que varias lámparas de aceite colocadas para iluminar ambos recintos durante la noche cayeran y se prendieran los materiales inflamables. Cientos de vigiles, esclavos, libertos e incluso ciudadanos se afanan en traer cubos sellados con brea y repletos de agua que arrojan a la base de las llamas para intentar apagarlas, pero la situación empeora.

-Señor aquí faltan manos y material, sólo hay dos bombas en funcionamiento, deberíamos avisar a los demás cuarteles y las cohortes urbanas si es necesario. –Dijo Petronius, el primus pilus de la I cohorte de vigiles.

-Ya he mandado varios mensajeros a caballo que van directos al cuartel de la II y de la V cohorte, así como al excubitorium de la VII cohorte, estos últimos seguro que ya vienen de camino por la proximidad de su punto de observación. –Informó Macrón, el prefecto de los vigiles.

-Centurión Decimus ¿a dónde vas? –Preguntó inquisitivamente el tribuno Flavus.

-Señor aquí ya hay varias cohortes de vigiles, creo que deberíamos patrullar en otro distrito que esté desprovisto de seguridad. –Contestó un temerosamente.

-Centurión, recuerda el lema de los vigiles: Ubi dolor ibi vigiles. Nuestro sitio está aquí mismo colaborando en la extinción de este incendio, no obstante veo oportuno enviarte a los edificios públicos que han sido privados de vigilancia, ve al Foro Boario y llévate una vexillatio de 40 de tus mejores hombres.

-Sí señor, será como ordenes. –Contestó un displicente Decimus.

A la mañana siguiente el fuego se pudo extinguir pero no todo fueron noticas buenas. Uno de los hombres de confianza de Furius informó de que el centurión Decimus y varios de sus hombres habían cometido una negligencia al dormirse en su puesto de guardia. Esa misma tarde fueron juzgados por un tribunal militar y condenados a animadversio fustium, es decir, muerte por flagelación efectuada por sus compañeros de unidad.

A pesar de los esfuerzos de los vigiles y demás cuerpos de vigilancia de Roma, la ciudad era atacada constantemente por los elementos, y la gente de clase baja eran la más perjudicada. El agua era un bien preciado y no se podía disponer de ella en cantidades suficientes para aplacar la ira de Vulcano. Y es que en la Roma de Augusto no todo era mármol.

 

Acerca de Rober

Me llamo Roberto y nací en el año 1979 en Madrid. Apasionado de la historia desde siempre, mi única intención es que compartamos y divulguemos en este espacio cada pedacito de la antigüedad que tanto nos gusta. Me encantaría que recorrieras conmigo este periodo. ¿Te apuntas?, pues bienvenido a Historia o leyenda.


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11 Comentarios en “Vigilantes en la penumbra

  • Sergi

    Gran relato Antonio, muy buena temática y muy bien tratada. Espero esa continuación desde la vertiente policial. Me gusta ese enfoque que le das y sin duda da para mucho más, estoy seguro que de esto puede salir un libro. A ver si te animas amigo. Un saludo y tienes mi voto para este concurso. Un saludo y a seguir con la historia.

     
    • Rober Autor

      Sin duda Toni ha acertado con la temática y se nota que ha puesto empeño y tiempo de documentación para hacer un buen relato, enhorabuena Toni!!

       
    • Nvmantinvs

      Ganas no me faltan de continuar con esta temática que creo que hasta la fecha se ha tratado bien poco. Gracias por tu voto pero sobre todo por los consejos y los ánimos. Y gracias a Rober también por darme la oportunidad de publicar mi relato en su blog.

       
          • Rober Autor

            Hola Fernando, perdona por el retraso en contestar pero he estado bastante liado estos días. Haré llegar tu propuesta a Toni, el autor del relato, seguro que en breve te contesta. Muchas gracias por seguir el blog!!.

            PD. Aparte de indicar la autoría del relato te agradecería que pusieras un enlace de origen del mismo, muchas gracias.

             
        • Nvmantinvs

          No tengo ningún inconveniente, al contrario, siempre y cuando cites mi autoría e indiques el enlace como ha dicho Rober. Disculpa por no responder antes, es una época de mucho ajetreo para mí.
          Saludos

           
    • Nvmantinvs

      Muchas gracias, me alegra que hayas podido sumergirte en la atmósfera que rodea estos personajes, algunos de ellos reales. Y en cuanto a la continuación, pues no me lo había planteado, la verdad. Sigo teniendo mucha información que podría plasmar en una segunda parte, no sería mala idea. Sobre todo me gustaría profundizar más en la labor policial de los vigiles, más allá de su trabajo como “bomberos” que es lo que más he intentado contar en este relato.
      Gracias otra vez y un saludo.