El último romano (VII) 17


CAMPOS CATALAÚNICOS, 20 JUNIO AÑO 451.

Al terminar la arenga Aecio cabalgó a toda prisa hacia el flanco derecho. Allí esperaban al frente del contingente visigodo su rey Teodorico y sus dos hijos, el príncipe Turismundo y el joven Teodorico. A ellos se había unido Manio al mando de los Herculiani seniores, una de las mejores unidades del ejército romano.

El efecto de las palabras de Aecio todavía era visible, los hombres golpeaban sus armas contra los escudos y vociferaban insultos y amenazas al enemigo, que también parecía que empezaba a movilizarse.

Era fundamental tomar la colina, allí podrían formar un muro de escudos que actuaría de rompeolas contra todo lo que Atila quisiera echarles encima.

-Buena oratoria, general- comentó el rey visigodo apenas la yegua de Aecio detenía su galope.

-Ahora tenemos que aprovechar el momento majestad- respondió Aecio inclinando la cabeza a modo de gratitud.

-Hay que tomar la colina antes que ellos, quien lo consiga primero tiene media batalla ganada- añadió.

Teodorico asintió y se volvió hacia Turismundo tomando su rostro entre sus callosas manos.

-Es una tarea para el príncipe heredero- dijo mirando a los ojos a su hijo.

-Yo me quedaré al mando de la caballería y mantendré a raya la de esos traidores ostrogodos-

Turismundo agarró las manos de su padre sintiéndose orgulloso-. No te decepcionaré, padre.

Aecio mientras tanto daba indicaciones a Manio.

-Apoya con todo a Turismundo, para ti la batalla se centra en esa colina. Veas lo que veas en otras partes del combate no abandones al príncipe, ¿has entendido?-

-Sí, Magister. Esa colina será nuestra, lo juro por el altísimo- dijo Manio llevándose la mano al corazón.

A pesar de ser profundamente cristiano, Manio era un guerrero nato. Sabía cómo alentar a sus hombres y los dirigía con gran precisión, como si su unidad fuera un instrumento de cirugía.

-Que el señor sea tu guía- dijo Aecio a modo de despedida. Dio la vuelta a su yegua y galopó al flanco opuesto, donde se encontraban los bucelarii y las auxilia palatinae al mando de Aulo.

Al pasar por el centro de la formación se detuvo para intercambiar unas últimas palabras antes de la batalla con Singibano y Meroveo.

-Sólo quería desearos suerte, sé que vuestro papel hoy será glorioso. Atila piensa que sois débiles, mejor dicho, cree que pienso que sois débiles. Demostradle lo mucho que se equivoca, mostrar a esa horda de comedores de carne cruda que esta posición es como una muralla infranqueable- dijo con una sonrisa maliciosa.

Singibano asintió despacio.

-Pagarán caro cada paso que den, general- aseguró el rey de los alanos.

-Nuestras franciscas reventarán sus cráneos, tengo asuntos pendientes con algunos de los reyezuelos de Atila- intervino Meroveo.

-Que Mitra guie tus golpes y los haga certeros como la muerte, Meroveo-

Aecio estrechó el antebrazo de los dos reyes y se alejó dejando tras de sí una pequeña nube de polvo.

Cuando llegó al flanco izquierdo hizo un gesto con la cabeza a Aulo. Éste comprendió la orden al instante e hincho los pulmones de oxígeno.

-¡Legión!- vociferó-. ¡Posición de combate!

Un estruendo de escudos acoplándose uno junto a otro inundó las filas romanas. El cornicern de los auxilia palatinae se adelantó un paso y con un sonido largo y grave anunció al resto del ejército la inminente batalla.

El ejército entero enmudeció, todos tensaron sus músculos y miraron al frente, esperando escuchar la orden de avance.

La voz de Aecio tronó como si el mismísimo Marte le hubiera poseído, una orden potente, una orden que sellaba el destino de Europa.

-¡Avanzad!- y apuntó con su espada hacia la formación enemiga.

La línea completa comenzó a adelantarse, compacta, casi al unísono. Desde el ejército enemigo se escuchó un rumor que tornó en griterío, insultos, y todo tipo de imprecaciones a diferentes dioses. El sonido del cuerno de batalla se alzó entre las filas orientales, entonces, como una jauría de perros hambrientos, Atila desató todo su poder.

FLANCO DERECHO, POSICIÓN VISIGODA.

Los godos mantenían perfectamente el paso sin descuidar la posición de la línea. Manio formaba al lado de la escolta de Turismundo, observaba detenidamente al príncipe godo. Parecía un aguerrido guerrero, y lo más importante, parecía adaptarse a la disciplina perfectamente, al igual que su unidad de escolta.

-Mi señor- dijo Manio llamando la atención de Turismundo. Ése giró la cabeza mirándolo sin contestar, estaba realmente concentrado en la misión.

-¿Se ha fijado?- dijo el oficial romano señalando con la spatha al frente. Un número ingente de ostrogodos se vislumbraban por detrás de la colina acercándose a la carrera hacia la ladera. Aunque el altozano tapaba a la mayor parte de los enemigos, éstos eran tan numerosos que superaban el accidente geográfico por los dos lados.

Turismundo asintió.

-Muy bien Manio, vamos a hacer que los dioses se fijen hoy en nosotros-

-Sólo hay un dios mi señor- contestó Manio-. Y hoy yo soy su ira.

-¡Herculiani!- bramó-. ¡Es nuestro turno!, ¡al llegar a la cima ya sabéis lo que hay que hacer! ¡Por Roma!, ¡Por Aecio, salvador de occidente!

– ¡ROMA VICTRIX!

Como un solo hombre los herculiani seniores se abalanzaron sobre la colina para tomarla. Desde el otro lado se oyó el gutural sonido de los gritos ostrogodos que habían visto la maniobra romana y respondían con el mismo ímpetu para llegar los primeros a la cima.

El peso de la lorica squamata y del scutum se multiplicaba subiendo por la pendiente. El sonido predominante era el de los jadeos y gemidos de esfuerzo. La incertidumbre de si iban a llegar los primeros dejaba paso al miedo de ser recibidos por una lluvia de jabalinas desde arriba. Los legionarios avanzaban sin apartar la mirada de la cima, esperando ver sombras que se recortaban contra el sol de un momento a otro.

-Ánimo legionarios, sólo unos metros más- jadeó Manio levantando el escudo instintivamente.

El ruido de la carga ostrogoda llegaba hasta ellos nítidamente, debían de estar muy cerca de la cima también.

Cuando faltaban cinco metros escasos para llegar, Manio observó que aun subiendo a toda prisa la elevación, la cohesión de la unidad seguía en buen estado. Se sintió orgulloso de ellos.

-¡Preparados!…-

El estruendo de miles de piernas a la carrera abrumaron los oídos de Manio que, al llegar a la parte más alta de la colina y observar lo que se les venía encima abrió los ojos desmesuradamente.

-¡Ahora! ¡Muro de escudos!- Manio gritó la orden todo lo fuerte que pudo a la vez que hincaba la rodilla en el suelo y presentaba su escudo adornado con un águila negra sobre fondo rojo.

Cientos de escudos se solaparon unos sobre otros, formando un muro compacto justo a tiempo. El impacto de los ostrogodos no se hizo esperar ni un segundo. El peso de cientos de guerreros se estrelló contra la pared de escudos, los ostrogodos lanzaban estocadas con espadas, terribles hachazos intentando buscar fisuras en la sólida formación romana. Alanceaban en cualquier parte que vieran desprotegida buscando piernas o cuellos vulnerables.

No obstante el peso del número superior se hacía notar y el muro de escudos tuvo que retroceder un par de pasos para mantener el frente. Pero a medida que iban llegando herculiani a la cima y se unían a la formación, esta se hacía cada vez más impenetrable, hasta que el ímpetu de los ostrogodos no pudo con la disciplina y entrenamiento de los romanos y su carga se detuvo.

Manio, al notar que sus pies quedaban afianzados en el suelo decidió pasar al ataque.

-¡Legionarios!, démosles un poco de hierro ya que tienen tantas ganas de morir. ¡Spathas!

Las hojas de los romanos sonaron prestas, como las voces de quienes la empuñaban.

-¡Atacad!- ordenó Manio.

El muro de escudos pareció tomar vida propia y con un empellón echó hacia atrás a la vanguardia ostrogoda. De entre los huecos que se abrían aparecían las afiladas hojas de los romanos que se clavaban en pechos y cuellos sin misericordia.

A lo largo de la cima el combate se generalizaba y aunque la presión sobre la línea parecía decrecer, el número de ostrogodos era muy superior al número de defensores y los golpes en el escudo eran continuos.

-¡Otra vez, herculiani! ¡Empujad!-

La acción se repitió de nuevo, los escudos se adelantaron súbitamente haciendo retroceder a los atacantes dejando espacio suficiente para que las spathas hicieran su trabajo.

Manio vio por encima de su escudo como un gigantón moreno de pelo lacio se abalanzaba sobre él blandiendo una enorme espada sobre su cabeza. Apartó levemente su escudo y estiró el brazo derecho con todas sus fuerzas.

Notó el impacto de la hoja contra el cráneo del ostrogodo y posteriormente la lluvia de sangre y materia gris que salpicaba su escudo.

Uno de los cuernos enemigos sonó y la poca presión que se notaba contra los escudos dejó de sentirse, los ostrogodos se replegaban.

Manio se atrevió a mirar por encima del escudo y vio como los supervivientes se retiraban con heridas terribles colina abajo. A sus pies, repartidos por la línea de defensa que había formado yacían inermes cientos de cuerpos, la inmensa mayoría de ostrogodos.

-Buen trabajo muchachos- acertó a decir mientras se pasaba la lengua por sus labios secos.

-Ahora no tendrán tanta prisa en volver- rio.

Miró hacia la llanura, la posición central le preocupaba. Aunque Aecio confiaba plenamente en los alanos, él no estaba tan seguro de que aguantaran las acometidas de los hunos.

EJÉRCITO OCCIDENTAL, POSICIÓN CENTRAL.

El resto del ejército se había detenido en perpendicular a la colina. El combate en el altozano se veía cruento. Singibano nunca lo admitiría pero le fascinaba la disciplina romana y su capacidad combativa.

Pero ahora tenía otras cosas más apremiantes a las que atender. Delante tenía la hueste de hunos de Atila, y vendrían con todo a por él. No pensaba ponérselo fácil, si Atila quería su porción de llanura iba a sudar sangre por ella.

Singibano había urdido un plan para detener la primera acometida. En el mejor de los casos sorprenderían a sus enemigos, pero una vez recuperados de la impresión volverían a atacar una y otra vez hasta masacrarlos.

El rey de los alanos notó una vibración en el suelo, la caballería huna se acercaba. Lo primero era intentar anular el efecto de sus flechas, luego les devolvería la jugada.

-¿Mi aguerrido pueblo está preparado?- dijo dándose la vuelta y encarando a sus súbditos. Un gruñido de insatisfacción resonó entre las filas.

-¡Panda de mujerzuelas!, seguro que un atajo de eunucos de palacio tienen más huevos que vosotros. Ahora tenemos la oportunidad de vengarnos de esos demonios paridos por una bruja que nos expulsaron de nuestras tierras. ¿Y vais a permitir que nos superen a la primera acometida? ¿Somos acaso los más cobardes de todo el ejército?

Porque si es así le diré a Meroveo que ocupe la primera fila del centro con sus francos y nosotros iremos a retaguardia como niños asustadizos y mocosos.

-¡¿Es eso lo que queréis?!- vociferó echando saliva con los ojos inyectados en sangre.

-¡No mi rey!- se oyó entre las filas.

-Nos beberemos su sangre- gritó otra voz.

Las palabras de Singibano parecieron despertar del letargo a los guerreros alanos. Las voces se convirtieron en gritos, los gritos en bramidos y aullidos.

-¡Bien, alanos de Singibano!- continuó el rey-. ¡Preparaos para la defensa!

El estruendo de los cascos de la caballería huna se hacía cada vez más intenso. Los jinetes de Atila montaban pequeños caballos, muy resistentes y hábiles, ideales para tareas de hostigamiento y para cubrir grandes distancias.

Parecía no obstante que pretendían cargar, aunque Singibano sabía de sobra que era una treta. Cuando estuvieran lo suficientemente cerca girarían y atacarían con sus arcos. Repetirían una y otra vez esa maniobra hasta dejar la línea lo suficientemente debilitada para el ataque de infantería.

Los hunos aceleraron sus monturas, cuando parecía que entraban en velocidad de carga la vanguardia giró hacia la izquierda formando una especie de circulo en movimiento. Los jinetes que venían detrás ya tenían los arcos cargados y apuntaban hacia el frente alano.

-¡Escudos arriba!- ordenó Singibano.

Los guerreros obedecieron al instante y se protegieron lo mejor que pudieron, pero su formación distaba mucho de ser compacta, y los primeros lamentos se oyeron cuando las saetas hunas se clavaron en su carne.

Los silbidos de las flechas se sucedían constantemente, en ocasiones solo se escuchaba el sonido sordo de la punta de hierro clavándose en los escudos, pero más veces de las que deseaba Singibano los gritos de dolor se sucedían a su alrededor.

Poco a poco la lluvia mortal fue decreciendo hasta que apenas caían un par de flechas de vez en cuando. Se les habían acabado los proyectiles.

Singibano retiró el escudo y se incorporó. Observó cómo los jinetes que les habían atacado se reagrupaban para recargar. Era el momento que esperaba.

-¡Malditos demonios de las estepas!- vociferó al grupo de hunos.

-¡Si dejarais de violar a vuestros caballos no tendríais hijos tan feos!- dijo burlándose mientras hacía un movimiento obsceno con sus caderas. Todo el centro alano rio a carcajadas añadiendo más chanzas y comentarios despectivos a las palabras de su rey.

-¡Os estamos esperando, seres repugnantes y viciosos! ¡Yo, Singibano de los Alanos os espero con mi espada lista para recibiros!

No hizo falta más acicate. Sin haber terminado de reponer las flechas perdidas, el comandante huno que dirigía la unidad señalo con su espada a los alanos y se lanzó a la carga con los ojos rebosando odio y venganza.

Esta vez si iban a cargar. La caballería se acercaba a gran velocidad y ninguno portaba sus arcos, los habían cambiado por lanzas y espadas. Ahora era algo personal y querían acabar con los alanos a los ojos mientras les abandonaba la vida.

-Son como niños- pensó Singibano, no creyó que iba a ser tan fácil provocarlos. Los hunos parecía que se olvidaban de que ellos no eran los únicos arqueros que habían morado en las estepas alguna vez. Los alanos ya cazaban y pastoreaban cerca del Danubio durante siglos antes de ser expulsados y obligados a avanzar hacia el oeste.

-¡Ahora nos toca a nosotros devolverles algo de su propia medicina! ¡¿No creéis muchachos?!-

El rey se agachó de nuevo, pero sin perder de vista la carga huna.

-Aguantad…-

Ya se encontraban a unos cuarenta metros, el suelo vibraba con fuerza bajo sus pies.

-Un poco más…-

A los treinta metros los hunos comenzaron a gritar, cada segundo que pasaba sus rostros desfigurados se hacían más visibles.

-Preparados… ¡Ahora!-

La línea de escudos desapareció cuando se echaron rápidamente al suelo. Tras ellos se encontraban cientos de alanos con los arcos tensados, apuntando directamente a los hunos.

Al percatarse de lo que pasaba, el oficial huno abrió los ojos en un gesto de sorpresa y de terror. Si tiraba de las riendas causaría que los que venían tras él se chocaran con su montura y presentarían un blanco todavía más fácil, sólo quedaba cargar con todo y que fuera lo que la gran madre quisiera.

Los alanos descargaron una ola de proyectiles que acabaron prácticamente con la primera fila de hunos al completo. El caos fue terrible, los pequeños caballos chocaban entre sí y los jinetes terminaban dando con sus huesos en la hierba de la llanura.

-¡Lanzas al frente!- rugió Singibano.

Una nueva fila de guerreros apareció de entre los arqueros portando largas lanzas. Una vez que rebasaron la primera línea se lanzaron al ataque para desmontar a los pocos jinetes que habían logrado mantenerse sobre sus monturas y rematar a los que habían caído durante la lluvia de proyectiles.

Los guerreros atravesaban pechos y estómagos con las afiladas puntas de sus lanzas. Alguno tuvo tiempo de cortar alguna cabeza y exhibirla orgulloso a sus compañeros y enemigos.

Aunque habían sufrido bajas la treta de Singibano había dado resultado, no volverían a atacarle con caballería. Ahora Atila tendría que lanzar a todos sus guerreros a pie, el primer envite no había resultado tan efectivo como el pretendía, pero sólo habían matado a un par de avispas del enjambre. El rey de los hunos no cometería más errores, la verdadera batalla comenzaba ahora.

 

Acerca de Rober

Me llamo Roberto y nací en el año 1979 en Madrid. Apasionado de la historia desde siempre, mi única intención es que compartamos y divulguemos en este espacio cada pedacito de la antigüedad que tanto nos gusta. Me encantaría que recorrieras conmigo este periodo. ¿Te apuntas?, pues bienvenido a Historia o leyenda.


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17 Comentarios en “El último romano (VII)

    • Rober Autor

      Hola Carlos.

      Me alegra mucho que te guste. Estoy en la fase inicial de la novela, va a tener cambios respecto a los relatos cortos pero mantendrá su esencia. Un enorme saludo desde Madrid.

       
    • Rober Autor

      Hola Willy.

      La verdad es que no sé que contestarte porque efectivamente queda lo más interesante, pero la buena noticia es que ha gustado tanto que lo más seguro que lo transforme en novela completa. Desgraciadamente la falta de tiempo es una premisa en mi día a día y verdaderamente llego apurado a muchas de mis publicaciones semanales.

      Lo que sí me gustaría agradecerte son tus palabras por el relato, sin duda dan fuerzas para seguir escribiendo. Saludos.

       
  • Ares Dominguez Gil

    Joder, que relato macho, recien descubro tu blog hoy y no paro de leer mas y mas post, a ver cuando terminas este por que me ha encantado, felicitaciones y sigue asi! 😀

     
    • Rober Autor

      Hola Ares.

      Muchas gracias, no sabes cuanto me alegra que te guste el relato. La verdad es que no se si continuaré con el porque estoy decidido a convertirlo en novela, y entre los artículos, reseñas y documentación no se si voy a tener tiempo.
      Lo bueno es que ya le estoy dando forma en mi cabeza y pronto lo plasmaré en letra. Un saludo.

       
  • Pepot

    Felicidades por el relato, absolutamente verosímil, y por el blog, de los mejores de historia antigua. A ver cuando cae la próxima entrega 😉

     
    • Rober Autor

      Muchas gracias Pepot.

      Para mi es especial cuando os gustan mis relatos, obviamente no es lo mismo que documentarse sobre un tema y realizar un artículo con lo que creas que es más relevante. En un relato he de dar vida a personajes históricos con su propia personalidad, leer que lo consideras verosímil es como agua fresquita en un mediodía de Córdoba.
      Mil gracias, un saludo.

       
  • Adolfo

    ¡Excelente Rober! Me encantó mucho como relatas la batalla, que menciones los sucesos de los distintos frentes son tan detallados como fascinantes. No está nada mal y ¡Felicidades de nuevo!

     
    • Rober Autor

      Hola Adolfo.
      Muchas gracias por tu comentario, me alegra mucho que te guste el relato. Espero terminarlo antes de que acabe julio, coincidiendo con el aniversario del blog. Espero que el final te guste.
      Un saludo.

       
  • Sergio

    Felicidades de nuevo Rober, ya te lo he dicho por privado, pero las loas a tu talento merecen ser leídas por todos los que siguen tu blog. No me queda más que decirte lo mucho que disfruto con tus relatos, y lo bien que sienta poder compartir este arte contigo amigo. Espero que las aventuras de Aecio y sus lugartenientes no acaben, pues nos has dejado con la miel en los labios. Un saludo y que Mitra este contigo.

     
  • Alf

    Muy bueno, sí señor. Cada entrega es mejor que la anterior. Me gusta mucho además eso de separar los frentes y dar un cuadro así general de la batalla. Gracias

     
    • Rober Autor

      Hola Alf.

      Muchas gracias, esa era la idea, que más o menos se sepa lo que pudo ocurrir en cada sección de la batalla. Me alegra mucho que te guste, sobre todo porque sabes de lo que hablas y eso me todavía más ganas de escribir.