El último romano (VI) 12


El sonido cadencioso del ejército en marcha inundaba los oídos de Aecio. Era un sonido que le tranquilizaba. Echó una mirada hacia su derecha y vio la línea completa avanzando al paso, muy cerca ya de lo que iba a ser el campo de batalla.

Había decidido marchar en formación de ataque desde el campamento por dos razones. La primera porque la caballería de Atila era perfectamente capaz de hostigar su avance e ir provocando bajas a medida que se acercaban al combate principal, lo cual minaría la moral antes de que la verdadera batalla comenzase. Y la segunda para mostrar a Atila todas sus cartas desde un principio, mostrar su determinación y confianza en la victoria.

El Magister Militum Occidentalis se adelantó unos metros por delante de la línea y ordenó el alto. Los estandartes se alzaron y las trompetas clamaron la orden del general, haciendo que todo el ejército se detuviera. Los oficiales empezaron a recorrer e inspeccionar las diferentes unidades, corrigiendo su posición para que la línea de batalla estuviera a la misma altura y presentaran una formación de combate lo más recta posible.

Aecio observó de nuevo al ejército sopesando por última vez si la disposición era la más adecuada. Las auxilia palatinae y los bucelarii estaban en el extremo izquierdo de la formación, era una de las posiciones más seguras, pues su flanco estaba cubierto por el río Marne, pero sin duda sería una de las posiciones más castigadas por el enemigo. En el centro se encontraba Singibano con sus alanos, con un refuerzo en retaguardia de francos salios, su rey Meroveo los comandaba personalmente. Dejando a los alanos en el centro, Aecio esperaba que Atila intentara romper su formación precisamente por ahí. Si caía en la trampa, él podría imponerse en los flancos para rodear al ejército huno, como Aníbal en Cannas.

Y en el flanco derecho, a la altura de la colina donde se había reunido esa misma mañana con Atila, se encontraba Teodorico a la cabeza del reino visigodo de Tolosa. Le acompañaban sus dos hijos mayores, Turismundo y el príncipe casi adolescente Teodorico. Se trataba de una magnifica fuerza de choque, Aecio había tenido la oportunidad de comprobarlo personalmente en varios enfrentamientos contra ellos. Cada vez se parecían más a los propios romanos, su infantería era letal y no carente de disciplina a pesar de no ser un ejército profesional. Y sus nobles grandes jinetes, capaces de cargar lanzas en ristre o de acosar al enemigo como cualquier caballería ligera.

Casi cuarenta mil hombres dispuestos a dejarse hasta la última gota de sangre para detener a Atila y su horda insaciable de muerte.

El sonido de un cuerno en la distancia detuvo las escasas conversaciones entre las filas y los gritos de sus oficiales que intentaban poner orden. Un silencio sepulcral se apoderó de la llanura. Solo se discernía como un leve murmullo en la lejanía, de nuevo el clamor del cuerno resonó en la llanura, pero esta vez se oyó más cercano y a continuación llego otro sonido diferente, como el de una ola chocando contra un acantilado.

Poco a poco el sonido fue in crescendo hasta que por la curvatura de la planicie aparecieron los primeros estandartes y lanzas. Destacaba uno sobre los demás por ser de mayor tamaño y por ir macabramente decorado. Un cráneo de buey se balanceaba al ritmo del paso del portaestandarte, de sus largos cuernos pendían varias calaveras más, pero en esta ocasión eran cráneos humanos los que adornaban con sus  tétricas risas las astas de la res.

Cuando las primeras filas de los hunos se hicieron visibles, dos grandes tambores acompañaban al portaestandarte y al mismísimo Atila a la cabeza de la horda. El gran Khan alzó la espada del dios de la guerra y los tambores empezaron retumbar. Era un sonido potente que intimidaba, era como si las puertas del averno se hubieran abierto y todos los demonios salieran al encuentro de los romanos y sus aliados.

El sonido continuó marcando el paso del ejército del este hasta que terminó de formar completamente. Por tercera vez sonó el cuerno y los tambores dejaron de tronar. Atila se adelantó entonces y levantó la espada sagrada de los hunos, apuntando al cielo. Un clamor de miles de gargantas invadió el ambiente mientras Atila galopaba por el frente de todo su ejército exacerbando las ansias de sus guerreros con algún tipo de promesa de gloria y botín.

Aecio aprovechó el momento para observar la disposición de las tropas enemigas. Asintió satisfecho al comprobar que las tropas hunas ocupaban el centro de su formación, justo lo que esperaba ver. Antes de que la colina tapara ese sector del ejército enemigo, Aecio intuyó varios estandartes muy parecidos a los de sus aliados visigodos. Es más que probable que los ostrogodos ocuparan ese flanco, de ser así el combate entre Teodorico y el rey Valamir por la posesión de la colina iba a ser encarnizado. Parecía el contingente más numeroso de los aliados de Atila, y él no podía permitir en ningún caso que ellos controlaran el altozano o estarían perdidos.

-¡Manio!- vociferó Aecio llamando a uno de sus lugartenientes.

Las líneas romanas se abrieron y apareció un oficial romano con una cota de escamas y un escudo ovalado con un águila negra dibujada sobre un fondo rojo.

-Aquí estoy Magister- dijo cuadrándose y saludando con el puño en el pecho.

-Coge a los Herculiani y refuerza la posición de los godos, me temo que vas a ser de los primeros en entrar en acción-

El hispano lejos de amedrentarse sonrió e hinchó el pecho.

-Será un orgullo verter la primera sangre, Magister-

-Yo me quedaré aquí manteniendo la posición con Aulo y los auxilia palatinae– continuó el general-. Cuando toméis la colina defenderla con uñas y dientes hasta que podamos debilitar lo suficiente su flanco derecho y acudir en vuestra ayuda ¿de acuerdo?

-Se hará como ordene general- aseguró Manio-. Por si acaso, solo quería decirle que ha sido un honor combatir bajo sus órdenes-.

Manio no esperó a que su general le contestara, de sobra sabía que él le apreciaba como comandante y como persona, pero no quería interrumpirle en aquél momento con cursiladas de matronas sensibles.

Aecio sonrió mientras Manio se alejaba y volvió a mirar hacia el frente, esta vez a los enemigos que tenía en su flanco. Parecía una amalgama de diferentes pueblos, aunque parecía que eran vándalos, esciros y gépidos los que más destacaban en número. Hizo un cálculo mental de la totalidad de las fuerzas enemigas y como se temía eran superiores en número, cincuenta mil, quizás más.

Enardecidos por las palabras de Atila, ostrogodos, gépidos, hunos, esciros, vándalos y los demás pueblos que le acompañaban rugían como animales y golpeaban sus armas contra los escudos presos de la ira y la codicia.

Aecio empezaba a notar como el desaliento hacía presa en su ejército, las caras de miedo y angustia se dejaban ver entre los más bisoños, incluso él empezaba a tener dudas de que sobreviviera alguno de ellos al final del día. Entonces recordó su sueño y le pesó la carga de ser el último de los suyos, el último que podía detener a Atila, no podía flaquear.

Se dirigió a grandes zancadas hacía la paupérrima unidad de scholae palatinae, la mejor caballería de Roma pero insuficientes a todas luces para marcar la diferencia. Montó una preciosa yegua blanca y le pidió al signifer que le entregara el estandarte con el crismón y rematado por un águila imperial. Había ordenado que la tela con el signo del cristianismo se montara sobre un estandarte de las antiguas legiones que había encontrado perdido en un almacén de Mediolanum. En su momento pensó que era una señal de Mitra, ahora iba a comprobar si el genius de la legión todavía levantaba los corazones.

Tranquilamente, al paso, con toda la tranquilidad del mundo, Aecio se puso a la vista de todo el ejército occidental. Mientras la yegua paseaba plácidamente ajena al sonido de la horda enemiga, Aecio miraba las filas de alanos, romanos, francos y visigodos con gesto serio. Cuando llegó más o menos al centro de la formación se detuvo. La atención a su persona era total, los murmullos, los sollozos, los movimientos entre las filas habían cesado por completo.

Con voz potente y bien modulada inició su discurso, mirando hacia los diferentes contingentes para asegurarse de que por lo menos le veían, ya se encargaría alguien de repetir sus palabras allí donde no se oyese.

-Dicen que Roma está acabada- y calló. Recorrió de nuevo la formación con la mirada.

-Dicen que el azote de dios viene a hacernos pagar por todos nuestros pecados cometidos a lo largo de tantos siglos. Que nuestra adoración a dioses paganos, ya sean del Olimpo o los que moran en los bosques sagrados, nos ha condenado a la muerte y la destrucción-

Silencio.

-Sin embargo, a pesar de estas funestas advertencias no veo a ninguno de los obispos que las proclaman en las catedrales de nuestro imperio entre nuestras filas-

Unas cuantas risas nerviosas se dejaron oír entre la masa, sobre todo de aquellos que no comulgaban con la fe de Cristo.

-No amigos míos, ellos no están aquí para defender lo que consideran sagrado- continuó con voz grave.

-Pero si veo a Teodorico, rey de los visigodos, que a pesar de haber cruzado nuestras espadas en el pasado hoy está con nosotros, como hermano de armas para detener esta debacle de horror que nos trae el pérfido Atila.

Levantado el estandarte hacia el flanco visigodo donde destacaba su rey, alzó todavía más la voz.

-Por eso yo te saludo como un hermano y espero que los demás me secundéis. ¡Salve Teodorico, rey de los godos!

Y como un trueno que rompe la paz con su fragor, las cuarenta mil voces respondieron.

-¡SALVE!-

Aecio cambió la dirección del estandarte hacia el centro del ejército, donde los alanos y francos tendrían que defender la posición frente a las acometidas de la caballería huna.

-No me olvido de vosotros, Singibano de los alanos y Meroveo de los francos, también os saludo como hermanos. ¡Salve!

-¡SALVE!- rugió de nuevo el ejército cada vez más envalentonado.

Antes de que Aecio pudiera continuar Aulo apareció de entre las tropas palatinas y exclamo a pleno pulmón:

-¡Salve Aecio, defensor de occidente!-

-¡SALVE!-

Las espadas y lanzas hendieron el aire. Aecio alzó la mano que le quedaba libre pidiendo calma, todavía no había terminado.

-Por eso hermanos, porque nosotros somos la última defensa de occidente, porque si nosotros caemos nuestras ciudades, nuestras familias, todo lo que amamos y apreciamos de este mundo nos será arrebatado- dijo con rabia sincera.

-No os conforméis con hacerlos huir no, quiero que destrocéis su moral, quiero que cuando la batalla acabe vuestra piel esté empapada de su sangre. Que ni una de esas bestias tenga ganas de volver a cruza al oeste del Rin.

-Y al final del día, los que quedemos en pie honraremos a nuestros caídos con lágrimas en los ojos y gritaremos a todos los dioses, antiguos y nuevos, que gracias a ellos esta tierra permanecerá invicta.

Y alzando el estarte se lanza a galopar por delante de toda la vanguardia aliada, gritando hacia el enemigo todo lo que le daban sus pulmones.

-¡¿Habéis oído?! ¡INVICTA!-

Todo el ejército sin distinción de raza, credo o estatus social, alzó sus armas hacia el cielo de aquella tarde de junio con una sola voz, repitiendo la consigna lanzada por Aecio.

-¡INVICTA, INVICTA, INVICTA!

 

Acerca de Rober

Me llamo Roberto y nací en el año 1979 en Madrid. Apasionado de la historia desde siempre, mi única intención es que compartamos y divulguemos en este espacio cada pedacito de la antigüedad que tanto nos gusta. Me encantaría que recorrieras conmigo este periodo. ¿Te apuntas?, pues bienvenido a Historia o leyenda.


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12 Comentarios en “El último romano (VI)

  • Jorge Menéndez

    Tienes mucho talento Rober, muchísimo más que muchos novelistas que están vendiendo miles de copias, así que adelante con tu proyecto. Me están encantando estos relatos.

     
    • Rober Autor

      Hola Jorge.
      Viniendo de ti te aseguro que es todo un halago. La verdad es que gracias a estos relatos me he decidido a dar el paso a la novela, espero saber plasmar todo lo que ronda por mi cabeza, jajaja. Un abrazo.

       
    • Rober Autor

      Hola Adolfo.
      Muchas gracias, creo que es lo que un general romano hubiera dicho si quisiera motivar a un ejército compuesto por varias tribus. Apelar sólo a Roma creo que no hubiera surtido efecto.

       
  • Rafael

    Los articulos inmejorables, pero en este hay una falta gramatical muy importante.En el 2º párrafo donde pone “Atila era perfectamente capaz de hostigar su avance he ir provocando bajas”, “he” es sin “h”, es una conjunción.Con ella es la 1ª persona del presente de indicativo del verbo haber.
    Corrigelo, por favor

     
    • Rober Autor

      Hola Rafael
      Te puedo asegurar que se habrá colado. Además que es una falta que canta como un camión, suelo pasar el corrector por si acaso así que ya te digo que le tengo que haber dado con el muñón o algo así. De todas formas gracias por apuntarlo para poder corregirlo.

       
    • Rober Autor

      Hola Antonio
      A mi me encanta que te guste. Probablemente terminaré la batalla, no puedo dejarlo así. Espero que la última entrega esté a la altura de tus expectativas. Saludos

       
    • Rober Autor

      Gracias Alf, espero que el final también te guste. Toma este relato como un ensayo para la novela, ya voy dejando pistas sobre personajes (aparte de los obvios claro).