El último romano (IV) 12


12 de Junio, año 451. Aurelianum, provincia romana de la Galia.

Singibano contemplaba con preocupación la llanura que se extendía a las puertas de la ciudad. Miles de yurtas salpicaban el paisaje otrora verde por los bosques colindantes, ahora, una pátina negra de hollín y ceniza cubría todo. Ese es el legado que deja Atila a su paso, muerte y desolación.

Sabía que solo era cuestión de tiempo que la ciudad cayese, si Aecio tardaba mucho más en acudir con su ejército no podrían aguantar con las escasas reservas de agua potable que quedaban y no les quedaría más remedio que rendirse y unirse a Atila. Sólo pensar en la idea le revolvía el estómago, no porque Atila fuera un ser despiadado y sin moral aparente sino porque él era el rey de los alanos y no soportaba la idea de ser el lacayo de nadie, como esos reyezuelos que le seguían como las ratas siguen a la muerte. Por lo menos los romanos le habían otorgado tierras donde asentarse y vivir, algo que podrían llamar hogar con el tiempo.

Singibano seguía sumido en sus pensamientos cuando se percató que un pequeño grupo de jinetes se acercaban desde el campamento huno. Era una pequeña comitiva de diez jinetes, y por el aspecto que tenían debía de tratarse de la guardia personal de alguno de los reyes vasallos de Atila. Sus protecciones eran una mezcla de diferentes pueblos, se podía observar alguna armadura laminada pero la mayoría eran cotas de malla de estilo germano. Todos los cascos de los jinetes estaban rematados en una crin de color negro, excepto el que encabezaba el grupo, cuyo color era de un amarillo intenso, además de tener adornos dorados al uso de los romanos de oriente que rodeaban por completo su casco.

El rey de los Alanos hizo un gesto a los arqueros apostados en las murallas para que no disparasen, si los hunos querían parlamentar eso haría él, todo el tiempo que pudiera ganar jugaba a su favor. Sólo había una cosa que le parecía extraña, ¿Por qué querían llegar a un acuerdo tan pronto? No es el estilo de Atila llegar a acuerdos y menos con el asedio en sus primeras fases, no, había algo más y tenía que averiguarlo.

El grupo de jinetes se detuvo a unos veinte pasos de la puerta, justo en mitad del camino a plena vista.

-Desde luego no tienen miedo- comentó uno de los arqueros cercano a la posición de Singibano.

El rey de los Alanos asintió serio. Por todos era conocido que los hunos eran magníficos arqueros, pero desde luego los alanos no se quedaban atrás en pericia y precisión, si hubieran querido, los habrían abatido muchos metros atrás y sin desperdiciar ni una sola flecha de más.

-Está bien- dijo por fin Singibano- Si quieren hablar no seré yo quien se lo impida, pero a cojones no me gana nadie, y menos en la puerta de mi casa- afirmó con una sonrisa maliciosa-.

-Quiero a veinticinco arqueros en esta posición de la muralla, y dos voluntarios que saldrán conmigo a recibir a la… visita- ordenó el rey, y no esperó ni un segundo a ver si sus directrices eran obedecidas. Bajó con decisión de las murallas hacia el portón, no había pasado ni un segundo detenido ante las puertas cuando llegaron dos fornidos guerreros, de gran altura y porte decidido. Singibano asintió con aprobación al comprobar la rapidez con la que se cumplían sus órdenes, su pueblo todavía no estaba derrotado, y eso le daba cierto margen en la posible negociación con el enviado de Atila.

-Abrid la puerta- el tono de Singibano era neutro, aunque los dos guerreros que protegían a su rey notaron cierto timbre en la voz, pero no supieron distinguir si era de miedo o excitación.

Cuando una de las dos hojas de la puerta estuvo totalmente abierta comenzó a caminar con tranquilidad por la calzada, con porte regio pero sin arrogancia. Los dos guerreros le siguieron un paso por detrás, orgullosos de cómo su rey se enfrentaba a la situación con verdadera sangre fría.

El rey alano se detuvo a pocos pasos del grupo que ocupaba la calzada y cruzó los brazos adoptando una posición de espera. El jinete de penacho amarillo descabalgó entonces y se acercó al encuentro de Singibaro. Se detuvo frente a él y se desabrochó el barboquejo de su adornado casco y se lo quitó. Ante ellos se encontraba un hombre que rondaba la cincuentena, de profundos ojos azules, fríos como el Rin en invierno. Lo que antes debió ser una larga melena rubia ahora caía blanca sobre unos hombros rectos, no demasiado musculosos pero acostumbrados a la guerra y la caza.

-Te saludo, Singibano, rey de los alanos y defensor de Aurelianum- dijo el hombre levantando la mano derecha-. Mi nombre es Genserico y traigo una proposición del gran Khan que puede ahorrar mucho sufrimiento a tu pueblo- y guardó silencio esperando respuesta.

-Te saludo, Genserico, rey de los vándalos. La reputación del… aliado de Atila es bien conocida por el pueblo alano- replicó Singibano con ironía-. Estaré encantado de escuchar tal proposición si es tan beneficiosa para mi pueblo como dices-.

Las provocaciones de Singibano no parecían surtir efecto en el régulo vándalo, Genserico se limitó a esbozar una leve sonrisa que pretendía ser amable y comunicar el trato que Atila ofrecía a los alanos.

-El gran Khan es enemigo de los romanos, no de tu pueblo- comenzó a recitar Genserico-. Si entregas inmediatamente la ciudad al padre de las naciones, Atila será muy generoso contigo y permitirá que te unas con todo tu pueblo a su ejército. Por supuesto seguirás siendo rey, lo único que pide a cambio el gran Khan es que le acompañes a la guerra.

-No es enemigo de mi pueblo- musitó Singibano mientras se mesaba la barba con gesto pensativo. De repente su expresión se tornó a un gesto de ira apenas contenida-. Podía haberlo pensado antes de expulsarnos de nuestras tierras, saqueando y esclavizando a mi pueblo, al que no dio opciones en aquellos días.

-Es tu opción negarte,  por supuesto. Pero has de saber que si no abandonas a los romanos os trataremos como a ellos, sin piedad-. Contestó Genserico a su vez- Es cuestión de tiempo que tu pueblo se muera de sed, o ¿es que piensas privar a los habitantes de la ciudad de agua para dársela a tus guerreros? Tampoco marcaría la diferencia, para entonces estaréis tan débiles que mandaremos a nuestras mujeres para que acaben el trabajo-. Genserico soltó una sonora carcajada a la que acompañaron los demás jinetes vándalos.

Singibano sabía que era la cruda realidad, por supuesto era una opción que había tenido en cuenta pero si contra todo pronóstico resistían el asedio, los romanos no tardarían en enterarse de lo ocurrido y serían ellos los que terminarían el trabajo. Se quedaba sin opciones, pero de todas formas era una decisión que como poco había que meditar.

La conversación se dilató casi una hora más. Singibano trataba de sonsacar las verdaderas intenciones de Genserico, unas veces iracundo otras comprensivo. Pero Genserico era ya muy viejo como para dejarse engañar tan fácilmente, y con gran habilidad evitaba las mordaces indirectas del rey alano.

El sol comenzaba su lento descenso cuando Singibano se dio por vencido y trató de ganar por lo menos una noche más de margen para decidir.

-Muy bien, he escuchado con atención la propuesta de tu Khan. Ahora lo meditaré y mañana con las primeras luces te daré una respuesta- concluyó finalmente.

-Lo siento Singibano, pero tengo que volver con una respuesta definitiva- argumentó Genserico encogiéndose de hombros.

-Definitivamente algo raro pasa aquí- pensó el vándalo-. Incluso aceptando tendría que organizar a los míos para dejar la ciudad con discreción, sino la población se nos echaría encima como perros rabiosos. ¿A qué tanta prisa? A no ser…-. Los pensamientos de Singibano fueron interrumpidos por el sonido de un cuerno procedente de las murallas. Singibano se giró alarmado, y vio como uno de los guerreros que guardaban la muralla agitaba una flecha con algo atado a ella. Singibano hizo un gesto con las manos dando su consentimiento y acto seguido el guerrero cargó la flecha en su arco y apuntó en la dirección donde se encontraban los dos reyes, calculó la distancia mientras tensaba la cuerda y con un sonido sordo lanzó el proyectil.

La flecha se clavó a tres pasos de Singibano, lo que tenía atado era un pergamino en el que se distinguía claramente el sello imperial. Genserico torció el gesto al reconocer el símbolo cristiano y de nuevo preguntó.

-¿Y bien?, el tiempo es un lujo del que no puedo abusar.- la impaciencia era cada vez más evidente en el tono de voz del vándalo.

Singibano no contestó, se agachó para recoger la flecha, sin apartar la mirada de Genserico desató la misiva del proyectil y la desenrolló. Sus ojos se posaron en el texto, y aunque sus conocimientos de escritura y lectura eran relativamente escasos pudo desentrañar sin problemas el contenido del mensaje. Ahora era Singibano quien reía a mandíbula batiente.

-Como sospechaba- dijo al fin con lágrimas en los ojos.

-Ahora soy yo quien te hace una proposición- continuó con malicia-. Si abandonas a Atila con todo tu pueblo prometo interceder por ti cuando Aecio llegue con las legiones palatinas.

-Roma está acabada, por muchas tropas que haya logrado reunir no serán ni la mitad que nuestras fuerzas, es un suicidio quedarse- argumentó Genserico en un tono más amigable, incluso dio un paso adelante para posar su mano sobre el hombro de Singibano.

-Ahhh!! Que cabeza la mía- replicó Singibano dando un paso atrás-. ¿Se me ha olvidado comentarlo? Aecio no viene solo, Teodorico de los godos le acompaña, y por lo visto también los francos, burgundios y no sé cuántas naciones más, todo occidente marcha contra vosotros- sonreía el rey mientras agitaba el pergamino en su mano derecha.

Al oír el nombre de Teodorico el semblante del rey vándalo palideció. Sin darse cuenta había retrocedido un par de pasos.

-¿Pasa algo Genserico? Por un momento creí que te habías quedado sin sangre en las venas, sangre que Teodorico hará correr por la afrenta a su hija, ¿o crees que permanecer al lado del gran Khan te iba a salvar de su ira? ni el mismísimo Atila podrá protegerte de ella-. Ahora Singibano hablaba como un torrente sabiendo que la ayuda venia de camino.

El rostro de Genserico pasó del blanco alcalino al rojo furia en cuestión de segundos.

-¿Sangre dices?- vociferó mientras se llevaba la mano a la empuñadura de su espada.

-Puede que sea cierto lo que dices, pero tú no estarás aquí para verlo rata inmunda-.

El rey vándalo desenfundó su espada y los diez jinetes que le acompañaban le imitaron, sin perder la cara a Singibano Genserico fue retrocediendo hacia su caballo. Los tres alanos también mostraron las hojas brillantes de sus espadas, pero en actitud defensiva y retrocediendo poco a poco hacia el portón, que pese a su cercanía para ellos es como si estuviera en Constantinopla, a miles de millas de allí.

Cuando uno de los jinetes se disponía a espolear su caballo para atacar, un zumbido resonó como si una abeja gigante hubiera pasado entre ellos. El jinete no llegó a comenzar su carga, el asta de una flecha asomaba por su clavícula izquierda, muy cerca del corazón. El jinete se desplomó con un ruido ahogado y quedó inmóvil en el suelo. Entonces los zumbidos se multiplicaron, haciendo caer a dos jinetes más. Genserico, que ya había montado dio la orden de retirada y entre una lluvia de flechas galopó de vuelta al campamento huno.

Por la mañana la imagen de miles de tiendas repartidas en la llanura se había disipado, los rescoldos humeantes de las hogueras todavía se dejaban ver aquí y allá. Parecía mentira como una horda tan ingente podía abandonar un sitio casi en completo silencio.

Aecio y Teodorico llegaron con su ejército ese mismo día. Singibano explicó lo ocurrido al Magister militum, y aunque aparentemente dio crédito a su historia, el rey de los alanos entrevió un deje de desconfianza es sus palabras.

-Muy bien Singibano, premiaré tu valor y lealtad con un puesto de honor en el campo de batalla-. Fueron sus últimas palabras antes de marcharse para iniciar la persecución del ejército de Atila.

 

CAMPOS CATALAÚNICOS. 19 DE JUNIO DEL AÑO 451.

 

Aecio esperaba impaciente el regreso de su mensajero. Hacía más de dos horas que había partido con un mensaje para Atila en el que le proponía un encuentro para negociar un acuerdo pacífico entre los dos personalmente, sin intermediarios de por medio, ni reyes aduladores, ni sacerdotes, ni chamanes, sólo ellos dos, como antaño en las llanuras de Panonia. Sabía de sobra que no aceptaría, pero era la única forma de poder verse las caras y quizás, solo quizás arreglar las cosas.

El sonido de un caballo al trote y su piafar cansado después de una buena cabalgada anunciaron a Aecio la llegada de la respuesta de su antiguo amigo. El general no esperó siquiera a que el mensajero entrara en la tienda de mando. De varias zancadas se plantó en el exterior de la misma y casi sin dejar descabalgar al soldado preguntó impaciente.

-¿Cuál es la respuesta de Atila?

El soldado se cuadró y contestó en el típico tono marcial.

-Ha aceptado, Magister. Ha dicho que lo conveniente es que el Magister Militum Occidentalis y el Gran Khan se encuentren mañana a la hora prima en la colina que reina sobre la llanura- dijo casi sin respirar, procurando que no se olvidara ninguna de las palabras del rey huno.

-Ha expresado su deseo de que tal encuentro sea entre los dos, nadie más. Da su palabra de que no habrá ninguna treta, aunque si lo desea, el Magister puede ir acompañado por una pareja de escolta, pero deberán quedarse a treinta pasos de la colina.-

El soldado calló, pero Aecio, que llevaba comandando hombres durante décadas sabía que no había dado el mensaje completo.

-¿Es todo milite? No te guardes nada pues nos jugamos mucho en este encuentro-. Dijo con un tono afable para dar confianza al mensajero.

– No, Magister. La verdad es que dijo algo más pero no lo entendí muy bien.

-Dijo que no creía que sirviera para nada, pero que accedía al encuentro porque hace mucho tiempo que no ve a un amigo y porque tiene muy presente los días felices.- dijo el soldado encogiéndose de hombros.

Aecio sonrió.

-Está bien, puedes retirarte- dijo agitando levente la mano derecha. El soldado saludo llevándose el puño derecho al pecho y se retiró con paso apresurado.

 Aecio regresó al interior de la tienda y se dejó caer sobre el camastro.

– Etil- pensó.

– No quieres parlamentar, lo que quieres es despedirte ¿verdad viejo amigo?- Aecio negaba con la cabeza tristemente.

 – Sea, si es lo que quieres, mañana nos reencontraremos como amigos por última vez- y cerró los ojos sumiéndose en un profundo sueño. De nuevo los siete buitres le visitaron por la noche, y la voz de Mithra que le decía:

-Aecio, la hora está próxima, de ti depende que el último buitre no caiga. La sangre teñirá de rojo lo que ahora es verde y en la colina hallarás la gloria o la muerte. En ti dejo la última esencia de tus antepasados, no olvides que eres el último romano.

 

Acerca de Rober

Me llamo Roberto y nací en el año 1979 en Madrid. Apasionado de la historia desde siempre, mi única intención es que compartamos y divulguemos en este espacio cada pedacito de la antigüedad que tanto nos gusta. Me encantaría que recorrieras conmigo este periodo. ¿Te apuntas?, pues bienvenido a Historia o leyenda.


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12 Comentarios en “El último romano (IV)

  • Justicia lírica

    Tengo algunas preguntas. ¿Pq Mitra habla con Aecio si éste fue un cristiano niceano convencido?. ¿Pq se le pone el título de “último romano” cuando ese sobrenombre o apodo es muy posterior y siempre visto desde una perspectiva occidentalizante, medieval y católica, al igual que pasa con Belisario y su mismo apodo, dejando a otros grandes militares romanos inmediateamente posteriores como el emperador Mayoriano (bastante más exitoso en el campo de batalla que Aecio) olvidados?. ¿Cuales fueron las razones para ello en el relato?. ¿Crees que cambiar elementos cristianos por mitraistas (yendo contra la realidad histórica en este caso) pueden ayudar a la hora de levantar interés del público temático y en relación a posibles ventas si sale alguna vez publicada como novela?. Tengo curiosidad. Buen relato.

     
    • Rober Autor

      ¡Hola!

      Vi tu comentario por fb ayer, pero no he podido contestarte hasta ahora.

      Yendo por delante que se trata de un relato y no de un ensayo histórico contesto a tus preguntas. El cristianismo era en aquellos años la religión oficial del imperio, cualquiera que quisiera ascender o tener el favor imperial no podía mostrar su verdadero credo (en el caso de que lo tuviera). El mitraismo perduró hasta bien entrado el siglo V, ¿Por qué no iba a ser Aecio uno de los muchos oficiales que veneraban a Mitra en templos escondidos? Quizá solo buscaba todo el apoyo divino que pudiera encontrar.

      Respecto al título, es cierto que Belisario gozó de ese sobrenombre, y que por descontado el imperio perduró en su vertiente oriental casi un milenio más dando personajes interesantes y con éxitos en el terreno militar. Pero la parte occidental, en la que se encontraba la Roma de los Césares, incluso del olvidado senado estaba herida de muerte. Aecio representó el último estertor para esta parte del imperio contra un enemigo formidable como fue Atila y una última gran batalla como fue los campos catalaúnicos.

      Recuerdo de nuevo que se trata de un relato, en el que los personajes tienen que tener motivaciones que enriquezcan el argumento, me pareció buena idea que el protagonista se moviera entre lo antiguo y lo nuevo para dar un poco de oxigeno al mortecino imperio.

      Espero haber resuelto alguna duda, y te agradezco sinceramente tu comentario, un saludo enorme.

       
  • Adolfo

    ¡Increíble relato Rober!, he estado esperando con ansias este capítulo, me ha encantado bastante leer el artículo, es como si estuviera ahí para verlo todo lo que ocurrió en los momentos que decidirán el futuro de Europa y el mundo. Una última vez más Roma podrá vivir la gloria en la batalla. Saludos.?

     
    • Rober Autor

      Hola Adolfo. Muchísimas gracias, son tantos los comentarios buenos que al final me estoy documentando para convertirlo en novela. De todas formas la semana que viene publicaré el último capítulo, que coincide con el aniversario de la batalla de los campos catalaúnicos. De nuevo muchísimas gracias por tus palabras, un abrazo.

       
    • Rober Autor

      Gracias Manuel. La semana que viene publicaré el último capítulo, que coincide con el aniversario de la batalla de los campos catalaúnicos. Espero que también lo disfrutes.

       
  • Alf

    Muy buena dramatización de los momentos claves de una batalla clave en la historia de la humanidad. He disfrutado mucho leyéndola. Gracias. Además, me ha gustado mucho más (aunque más breve, claro) que la visión de M.K. Hume

     
    • Rober Autor

      Hola Alf.

      Muchas gracias por tus palabras, es un orgullo leer comentarios así de los lectores. Comentarte que queda una parte más, mi intención es convertirla en una novela, solo espero que quede algo decente jaajaja. Gracias de nuevo.