El último romano (III)


Mayo del año 451, Tolosa, sur de la Galia. Capital del reino visigodo.

Flavio Aecio caminaba con paso resuelto hacia el portón que daba paso a la residencia del rey, no tenía tiempo que perder, la situación era más apremiante de lo que pensó en un principio. Atila avanzaba prácticamente sin oposición por el norte de la Galia a pesar de no contar con un equipo de asedio decente. Tras él solo quedaba destrucción y muerte.

Era vital reunirse con Teodorico, ya no quedaba margen para el protocolo y la pompa. O se unían para detener al rey huno o todo occidente se convertiría en un erial desprovisto de vida.

-Si Valentiniano me hubiera escuchado hace semanas cuando le rogué que movilizara las tropas palatinas… pero no, el emperador prefiere escuchar a esos eunucos beatos antes que al Magister Militum de occidente- cavilaba Aecio mientras rechinaba los dientes henchido de rabia al pensar en esa panda de gusanos que se pegaban al emperador como rémoras.

La pequeña comitiva del general ascendía la pequeña colina donde estaba situado el palacio de Teodorico, palacio que no era otra cosa que una antigua domus romana a la que se habían ido añadiendo diversas estancias desde que los visigodos la tomaran como su capital hacía más de treinta años. A Aecio no dejaba de sorprenderle como los godos habían adoptado las costumbres romanas de buen grado, utilizando incluso muchas de sus leyes basadas en el antiguo derecho latino que todavía regía muchos aspectos del imperio.

Aecio fue aminorando el paso paulatinamente a medida que se acercaba al portón, sus seis escoltas de la auxilia palatinae imitaron a su superior y se detuvieron tras él con un sonoro paso, como si estuvieran en un desfile. A Aecio le gustaba la disciplina y quería mostrar a su posible aliado la clase de soldados que aun poseía Roma. Había ordenado también que le acompañaran sus dos prefectos de confianza, dos hispanos que comandaban el núcleo duro de su infantería palatina, la mejor que le quedaba a occidente.

Aulo Fulvio Longo, el mayor de los dos, era natural de Itálica. Su familia se jactaba de ser descendientes de los primeros veteranos que se asentaron en la ciudad después de la segunda guerra púnica. Aulo rondaba los cuarenta y cinco años, de porte digno y aristocrático, se declaraba un ferviente devoto de cristo, lo cual no le impedía emplearse a fondo en el combate cuando la ocasión lo requería. Poseía una espalda ancha y fuerte, acostumbrada a cargar con el peso de la responsabilidad, una persona simple pero entregada, no necesitaba más para ser un buen militar, lo complicado se lo dejaba a dios.

Manio Claudio Albino tenía treinta y siete años y sin duda era más inquieto y curioso. Hijo de un rico comerciante de Emérita Augusta prefirió hacer carrera en el ejército que continuar con la profesión de su padre. Manio era menos corpulento que Aulo, pero mentalmente más agudo y rápido. Su rostro de facciones marcadas junto con su nariz un tanto larga y afilada daban a su expresión un aire de seriedad que no correspondía con su personalidad, pues era una persona cercana y accesible a la que gustaba pasar tiempo con sus hombres jugando a los dados o contando chanzas del pasado. Aunque cumplía con los preceptos cristianos que se le exigían, su fe estaba con los dioses de antaño, a los que oraba cuando tenía la oportunidad y tranquilidad para hacerlo.

El pequeño grupo se detuvo ante los guardias que custodiaban el acceso a palacio. Dos grandes godos se situaban al lado de la puerta. Ambos lucían una túnica de mangas largas de color verde, ribeteadas en los extremos de rojo con adornos en amarillo. Vestían pantalones de un tono pardo y se les veía sudorosos bajo el sol de finales de mayo.

Aecio dio un paso hacia adelante y se presentó.

-Soy Flavio Aecio, Magister Militum Occidentalis. Anuncia a tu rey mi llegada- dijo el general con tono marcial y clavando la mirada en uno de los guardias.

El guerrero godo no contestó, se limitó a darse la vuelta y golpear tres veces la puerta. A los pocos segundos esta se abrió y asomo una cabeza que observó a la comitiva romana e intercambió unas palabras con el guerrero que acababa de llamar. La puerta volvió a cerrarse para abrirse del todo inmediatamente. Acto seguido un grupo de unos quince guerreros salieron con quien debía ser el comandante de la guardia, que se dirigió directamente a Aecio.

-Salve Magister Militum Occidentalis- saludó el godo con cierto tono de sarcasmo.

-El rey Teodorico se encuentra reunido con sus hijos en este momento, pero he enviado para que le den aviso y pueda recibirle en cuanto pueda. Sin embargo estoy autorizado para permitirle el paso a los jardines donde podrán esperar a cubierto del sol y le  traeremos un refrigerio a usted y sus hombres- indicó haciéndose a un lado y permitiendo el paso al veterano general.

-Te doy las gracias, y acepto con la hospitalidad del rey Teodorico. Pero he de insistir en la premisa de reunirme con su majestad, lo que vengo a decir no permite demora- Aecio sabía que la hospitalidad goda respondía a dos cuestiones, calibrar el rango del invitado y sus intenciones.

Al pequeño recinto ajardinado sólo entraron Aecio y sus prefectos, quería demostrar seguridad y dejando la mayor parte de su escolta al otro lado de la puerta pretendía ser un signo de ello. Pero se mantuvieron en pie a pesar de disponer de varios bancos de piedra en la sombra, bajo un intrincado ramaje de parras que invitaban a descansar las piernas.

Aulo se acercó a su superior y le preguntó en voz baja tratando de ser discreto, -Señor, ¿Cree de verdad que Teodorico se unirá a nosotros? Es conocido en todo occidente la aversión que tiene al emperador Valentiniano- sus palabras denotaban preocupación.

-Sí, es cierto lo que dices Aulo- contestó Aecio asintiendo levemente.

-Pero también es cierto que teme a los hunos, mucho más de lo que nos teme a nosotros. Además, como puedes comprobar, cada vez hay menos diferencia entre godos y romanos- indicó con un gesto abarcando la estancia, perfectamente cuidada y limpia.

-No obstante no es solamente a Teodorico a quién tenemos que ganarnos. Su hijo y heredero Turismundo es nuestro verdadero objetivo, el rey lo tiene en gran estima y por lo que conozco de él parece un digno sucesor- aseguró Aecio posando su mano derecha en el hombro del hispano.

-Parece que el rey ya ha terminado sus obligaciones- interrumpió Manio con un gesto de la cabeza.

Al final del patio rectangular se abrió una puerta de una sola hoja que quedaba casi oculta por la sombra de las parras. Un joven alto y bien proporcionado salió con paso decidido al encuentro de los romanos.

-Salve, Aecio, general de Roma- saludó con gesto despreocupado.

-Mi nombre es Teodorico, y os doy la bienvenida a la casa de mi padre- dijo en un tono tranquilo y con un latín muy correcto.

-Salve Teodorico, príncipe de los godos del reino de Tolosa- replicó Aecio en tono neutro.

– Me acompañan mis prefectos, Manio Claudio Albino y Aulo Fulvio Longo-

Los militares se llevaron la mano al pecho en forma de saludo y volvieron a adoptar una posición relajada.

-¿Nos recibirá el rey ahora?- preguntó impaciente Aecio.

-Por supuesto general, si sois tan amable de acompañarme os llevaré hasta mi padre. Por aquí- Teodorico entró de nuevo en la estancia haciendo señas para que le siguieran.

Al atravesar el pequeño pórtico, los romanos se encontraron en un pasillo que daba acceso a una de las alas de reciente construcción. El pasillo estaba adornado con motivos cristianos y con imágenes de lo que debía ser la historia de los godos, Aecio distinguió dos escenas que reconoció al instante, la batalla de Adrianópolis y el saqueo de Roma por parte de Alarico.

El hijo del rey se percató del gesto serio del general y aminoró el paso para ponerse a su altura.

-Es historia de mi pueblo- dijo encogiéndose de hombros.

-No todos en Tolosa odiamos a los romanos, algunos pensamos que todavía tenemos mucho que aprender para llegar a ser una gran nación- comentó Teodorico con brillo en los ojos.

Aecio tomó nota mental, si era cierto lo que decía el joven príncipe todavía había posibilidades de éxito. Pero Teodorico no era su heredero, su padre todavía era fuerte y le constaba que Turismundo no tenía en buena estima a Roma al igual que el rey.

-Sin duda la situación debe de ser desesperada en Rávena para que el mismísimo Magister Militum Occidentalis acuda en persona a parlamentar con mi padre- dejó caer Teodorico como el que habla del tiempo.

-Así es joven príncipe- asintió Aecio.

-Pero es desesperada no sólo en Rávena, todo occidente está en peligro-

Teodorico tornó su gesto serio, como quien confirma una noticia que hasta ahora solo era un rumor.

-Bien, ya hemos llegado. Por favor, esperad aquí un momento- el joven se detuvo ante una puerta ricamente tallada con cruces e imágenes que representaban pasajes de la biblia.

Teodorico desapareció tras la puerta, Manio se acercó a Aecio y le comentó en voz baja, por si acaso las paredes oían.

-¿Se ha dado cuenta verdad, señor?- preguntó

-Sí, Manio. Ya lo saben- respondió el general.

-Sin embargo no he visto ninguna movilización de tropas en el exterior, ni nada que indique que se están preparando- insistió el prefecto.

-No es que no hayan movilizado tropas, sí que lo han hecho, pero ya no están en la capital. Estoy seguro que las han llevado al norte, en previsión de lo que pueda acontecer. Teodorico no está seguro de que decisión tomar, eso es bueno para nosotros Manio- dijo con cierta esperanza en la voz.

La conversación se detuvo por el sonido de los goznes de la puerta que se abría de par en par. Un nuevo guardia, ataviado con una rica armadura de láminas y un casco de bronce de buena calidad emergió del umbral y se hizo a un lado invitando a los romanos a pasar. Al pasar a su lado, el guardia anunció con voz potente quién entraba en la estancia.

-Flavio Aecio, Magister Militum Occidentalis. Comandante supremo de Roma. Teodorico, rey de Tolosa y protector de la Galia te recibe-

La sala era rectangular, con varias columnas repartidas en los laterales, la guardia personal de Teodorico se mantenía firme a medida que Aecio y sus hombres avanzaban por el pasillo. Unos ventanales vidriados al estilo de las iglesias y catedrales procuraban buena luminosidad en el habitáculo. Haces de luz azul, roja y verde se entrecruzaban a medida que avanzaban hacia el trono donde les esperaba Teodorico acompañado por su hijo del mismo nombre y otro hombre menos joven pero con innegable parecido con el monarca. Aecio pensó acertadamente que se trataría de Turismundo, el hijo mayor y heredero del rey.

-Te saludo Teodorico, rey de los godos y señor de Tolosa- dijo Aecio omitiendo deliberadamente el título de protector de occidente.

-Te saludo, Flavio Aecio, general de Roma- contestó Teodorico devolviéndole la puya.

-Cuando la tormenta suena, Valentiniano nos envía a su cuervo- añadió con una mueca de desprecio.

-Mi señor, creo que no es necesario decir por qué he pedido audiencia con su majestad- comenzó Aecio sin más preámbulo.

-El peligro nos atañe a todos y si no nos unimos me temo que no podremos parar a Atila, pienso que…

-¡¿Parar a Atila?!- exclamó el rey levantándose del trono.

-Todavía recuerdo como venciste a mi pueblo en Arelate utilizando a aquellos que ahora pretendes detener. No me des lecciones Aecio, no soy persona a la que se puede convencer con buenas intenciones y las migajas de vuestro podrido imperio- sentenció Teodorico

-En Arelate solamente defendí una ciudad del imperio que queríais tomar ilegítimamente, aun así, el emperador tuvo a bien reconocer Tolosa como reino federado independiente de Roma y se os permitió vivir en paz, procura no olvidarlo Teodorico- respondió Aecio sin dejarse intimidar.

-Yo también podría recordarte, rey de los godos, lo acontecido en Adrianópolis o en la mismísima Roma, pero creo que lo tenéis muy presente según he visto en el pasillo que conduce a vuestra sala del trono.

-Vigila tus palabras, romano- intervino Turismundo

-Estás hablando con un rey. Esto no es Rávena, aquí hay gobernantes de verdad- dijo apretando los dientes.

La guardia del rey dio un paso adelante como si hubieran estado esperando ese momento. Aulo y Manio llevaron sus manos a la empuñadura de la spatha. Aecio levanto la mano derecha indicando que se contuvieran. Dedico una mirada gélida como respuesta a Turismundo, y acto seguido pensando en el objetivo de la reunión cambió su expresión a una mueca irónica e inclinando levemente la cabeza continuó con su exposición.

-Pero entonces nunca llegaremos a un acuerdo que, sinceramente creo que es inevitable si queremos sobrevivir- terminó la frase dejando escapar un suspiro.

-Ha traído todo consigo Teodorico. Con él vienen los gépidos, vándalos, ostrogodos, rugios, esciros, burgundios, incluso un pequeño contingente de francos y no sé cuántas tribus más.-

La referencia a los vándalos fue deliberada, pues sabía lo que había acontecido con su hija y el príncipe Hunerio. Seguramente la pobre desdichada estaría en alguna oscura habitación ocultando la terrible mutilación a la que había sido sometida.

-He reunido todo lo que queda en las provincias occidentales, he dejado Italia desprotegida. Todos los federados están movilizados, incluso he prometido a los bagaudas perdonar sus delitos si se unen a nosotros. Como ves te muestro todo lo que tengo, porque es necesario Teodorico, sino superamos el pasado el futuro nos engullirá y sabes perfectamente que Atila no dejará de nosotros ni los huesos.- concluyó Aecio, de nuevo suspiró y esperó la respuesta del rey, pero fue su hijo Teodorico el que habló.

– ¿Y por qué no deberíamos dejar que os mataseis como perros y luego acabar con el que quedara en pie?

-Porque lo que quedara de federados en nuestro ejército se uniría a Atila y no tendríais oportunidad. Pero creo que eso ya lo sabéis.

Como supongo que también sabréis que Atila se dirige hacia Lutecia, y después irá hacia Aurelianorum, en el limes de tu reino. ¿Crees que se detendrá allí?

-Entonces es cierto- comentó Teodorico hijo. –Los vándalos están con ellos- sus puños se cerraron en una mole pétrea.

-No nos quedan muchas más opciones padre-añadió Turismundo.

-Eso parece hijo mío. Además no seré yo el rey godo que evite una batalla de proporciones semejantes- y soltó una carcajada mientras golpeaba las espaldas de sus hijos con una gran palmada.

-Eso sí- interrumpió la risa por un rictus serio. –Iremos como reino independiente aliado de Roma, no como federado- dijo señalando al general romano.

-Sin duda mi señor- por fin una sonrisa asomaba en la comisura de los labios de Aecio.

-Y doy mi palabra de que a partir de ahora el camino de los godos y Roma será el mismo, siempre como amigos del imperio-.

Teodorico rey se alzó y estrechó el brazo de Aecio con fuerza.

-Por Cristo que si tengo que entrar en combate sea al lado de un gran general como tú Aecio, lo sé de primera mano ¡JA JA JA!- la risotada del rey resonó por la estancia y todos los presentes se contagiaron, incluso los prefectos de Roma se sintieron más relajados y se unieron a la risa.

-¡Ahora que traigan vino!, toda alianza que se precie debe cerrarse con una buena copa- añadió el rey. Parecía que una vez tomada la decisión se sentía rejuvenecer, la guerra era un estado en el que se sentía cómodo y ya no era un jovenzuelo, sería su última gran batalla.

-Y después hijos míos, buscad vuestra mejor armadura de combate, pues cabalgareis con vuestro padre hacia la gloria en la batalla.-

Aecio no pudo evitar sentirse aliviado de tener uno aliados como los godos. En su interior dio gracias a Mitra, pero no pudo evitar tocar su crucifijo y dárselas también a Cristo. Roma por fin se movilizaba, la batalla que decidiría el devenir del mundo estaba cada vez más cerca.

-Etil, ya voy a tu encuentro amigo, pero esta vez yo tampoco iré solo-

 

Acerca de Rober

Me llamo Roberto y nací en el año 1979 en Madrid. Apasionado de la historia desde siempre, mi única intención es que compartamos y divulguemos en este espacio cada pedacito de la antigüedad que tanto nos gusta. Me encantaría que recorrieras conmigo este periodo. ¿Te apuntas?, pues bienvenido a Historia o leyenda.

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