El último romano (II)


Abril del año 451, Germania, cerca del río Rin.

Atila miraba con rictus serio más allá del caudal del gran río que delimitaba la frontera de Roma, cerró los ojos e inspiró profundamente; dedicó un pensamiento a su padre y a su tío, cuyas almas poblaban el cielo estrellado hacía muchos inviernos ya.

-Padre, tío Rugila- musitó pensando en sus familiares fallecidos. -Ha llegado la hora, los hijos de la estepa llegan a occidente, y haremos pagar a Roma toda su soberbia y vanidad, lo juro por el espíritu de la guerra, cuya espada descansa en mi cintura.- terminó su juramento mientras aferraba con fuerza la empuñadura del arma.

Realmente era una vieja espada de hierro, sin apenas adornos y de factura antigua. Todavía recordaba como un pastor se la había entregado, dijo que la encontró siguiendo un rastro de sangre que había dejado una de sus reses. Estaba semienterrada al lado de un túmulo, en el mar de hierba situado en la región de Moesia. Atila siempre pensó que perteneció a algún guerrero sármata o escita, pues al igual que ellos, también adoraban al espíritu de la espada.

Oktar, el chamán, anunció que se trataba de la espada del dios de la guerra que, según la profecía, haría invencible a aquel que la empuñara y teñiría de sangre la tierra dominando a todos los pueblos que habitaban en ella. Muy oportuno para Atila, que, aunque con reservas sobre la procedencia divina del hierro no perdió la oportunidad de mostrarse ante todas las tribus hunas blandiéndola y declarándose rey de todos los hunos.

Fue el día que dejó de ser Etil y su pueblo empezó a llamarle Atila, el pequeño padre, el que haría realidad la profecía y llevaría a las tribus hasta el fin del mundo en una ola de conquista y saqueo perpetuo.

Atila abandonó sus pensamientos al escuchar el inconfundible sonido de unos cascos acercándose al trote. No se giró ni cambió un ápice su gesto serio, simplemente continuaba observando el paisaje al otro lado del Rin. Se adivinaban a lo lejos tierras cultivadas y villas que se extendían como ramificaciones de un árbol a partir de la calzada que atravesaba la campiña, pronto todas esas cicatrices en la madre tierra serían pasto de las llamas y a su paso no quedaría ni rastro de vida.

El sonido de los cascos se hizo más intenso y oyó el piafar de un caballo detrás de él. – Gran Khan, todo está dispuesto- dijo una voz a su espalda. Atila se limitó a asentir levemente para dar su consentimiento. Entonces, la llanura y el bosque detrás del rey de los hunos pareció cobrar vida con su orden y su pueblo, acompañado por gépidos, ostrogodos, rugios, turingios, esciros, se puso en marcha y empezó a cruzar el Rin por el puente de madera que los mismos romanos habían construido.

El limes hacía décadas que estaba relativamente desprotegido, y el otrora orgulloso ejército de campaña del Magister Equitum intra Gallias era un mero despojo sin capacidad combativa y Atila lo sabía de sobra. Se había informado con sus numerosos espías de la situación diplomática de la zona antes de actuar, conocía al detalle las desavenencias entre los visigodos y Roma. Para aportar su granito de arena a la disputa entre ambos envió una misiva al rey Teodorico de los godos asegurando que su única intención era atacar las posesiones romanas en la Galia, mientras que al emperador Valentiniano le mandó una declarando sus intenciones de derrotar a los visigodos. No le preocupaba en demasía si lo creían o no, su única intención era ganar el suficiente tiempo para evitar una gran coalición que se opusiera a su ejército antes de arrasar toda la región.

Atila taconeó levemente los ijares de su pequeño pero robusto caballo y se puso al frente de la marcha, quería que todos le viesen comandando el ejército. Aunque despertaba el suficiente temor entre sus aliados para asegurarse su lealtad, quería además que estuviesen motivados.

Una vez que la larga columna de guerreros y jinetes hubo cruzado el río, ordenó acampar a las pocas millas y mandó avisar a los caudillos de las tribus que le acompañaban a un banquete para celebrar el comienzo de la campaña en la tienda del gran Khan. Pero antes se reuniría con Oktar, el chamán.

A diferencia de su propio pueblo, Atila nunca había dado mucho pábulo a las supersticiones y vaticinios, pero Oktar tenía algo en su voz y en sus respuestas enigmáticas que le producía respeto, y eso era más de lo que muchos habían conseguido. Además se había revelado como un buen consejero aparte de ritos con vísceras y lectura de huesos.

Una vez dentro de su gran yurta, Atila se despojó de las pieles de lobo que cubrían sus hombros y espalda. Antes de que la prenda cayera al suelo, un esclavo apareció de un lugar apartado de la habitación y empezó a recoger lo que su amo se quitaba. La coraza de cuero laminada en bronce, regalo de Gensérico, rey de los vándalos y uno de sus más fieles aliados fue depositada en con cuidado en un tocón que había sido lijado y tratado con ceras hasta darle un tacto suave. Su fuerte torso que culminaba en unos anchos hombros quedó al descubierto, fe de años de entrenamiento con el arco, la robustez de su cuerpo compensaba su baja estatura, habitual en las gentes de su pueblo.

El rostro era de pómulos marcados y prominentes, poseía una barba rala salpicada de canas, que acentuaba sus cicatrices en las mejillas, un corte por cada ser querido que le había abandonado. La mirada oblicua se mostraba permanentemente escrutadora e intimidante, pero en el fondo se adivinaba algo que sólo otra persona con un gran peso encima podría entender. Si, era el hastío y la decepción lo que se vislumbraba en su mirada, el conocimiento de saberse diferente a los demás y la soledad que ello conlleva, una soledad que siempre termina tornándose en ira y venganza.

Finalmente se cubrió con una túnica de lino y lana teñida de negro, sencilla pero pulcra, lavada ese mismo día como a él le gustaba. Al notar el aroma sonrió pensando en muchas de las leyendas que corrían sobre su pueblo, que comían carne cruda, que sus ropas eran de piel de rata, que eran demonios salidos del mismísimo infierno por una gruta en las estepas, nada cierto o por lo menos no todo.

-¿Interrumpo, gran Khan?- le sorprendió la voz del chamán y consejero.

-Eres sigiloso como una serpiente Oktar, ya sabes que me gusta que las visitas se anuncien antes de entrar en mis aposentos, incluso tú sabio hijo de las estrellas- espetó Atila.- Además, ¿Cómo es que mis guardias te han permitido el paso?

-Como bien dice mi señor, las serpientes somos escurridizas y a veces nuestra presencia pasa inadvertida a otros- contestó Oktar inclinando su cuerpo como si de una serpiente real se tratara.

Aunque Oktar también era huno, su físico no se parecía en nada al canon del pueblo de las estepas. Era alto y espigado, de apariencia completamente andrógina. Su cabeza había sido vendada desde sus primeros días de vida, creciendo hacia atrás de una manera desmesurada. Y sus dientes eran afilados como los de una hiena en una perpetua mueca macabra.

Oktar se quedó mirando al gran Khan con la cabeza inclinada hacia un lado y frotándose las manos, esperando a que su amo le diera permiso para decir lo que quería.

-¿Y bien?- preguntó finalmente Atila.

-Ahora que hemos cruzado el gran río sin problemas, la Madre exige un sacrificio y un vaticinio para el siguiente paso, mi señor.

-Creo que las informaciones que he logrado por medio de mis espías también han tenido algo que ver ¿no crees…, Oktar?- dijo inquisitivamente el rey. -¿O consideras que mis acciones son meramente un ardid de los dioses y yo soy solamente una marioneta?

-Por supuesto que no gran Khan- respondió Oktar postrándose completamente en el suelo.

-Los dioses ciertamente se han fijado en tú persona, pero para que eso ocurra hay que ser algo más que un mero mortal, mi señor. No obstante siempre es conveniente tener contentos a los dioses sino queremos que nos retiren su favor- las palabras del chamán casi sonaban a amenaza. Atila entrecerró los ojos intentando adivinar soberbia o locura en las palabras de su interlocutor, pero como siempre se encontró con un muro tras los ojos avellana, casi amarillos de Oktar.

-Sea pues como quieran los dioses- dijo Atila con un ademán para quitarle importancia o alejar malos pensamientos -pero primero quiero el augurio, te aseguro que la gran Madre tendrá un sacrificio digno.

-Como ordene el gran Khan- siseó Oktar mientras sacaba de entre sus pieles una bolsita de cuero atada.

El chamán agitó la bolsa mientras recitaba una letanía que Atila no llegaba a descifrar. Pasados unos momentos elevó sus manos hacia el techo de la tienda y sus ojos se tornaron velados como los de un ciego, abrió la bolsa y derramó su contenido por el suelo cubierto de pieles de oso y venado.

Oktar se abalanzó sobre las cuentas y figuras de hueso que yacían a sus pies, tras unos minutos de chasquidos guturales e imprecaciones a los dioses, su mirada blanca se posó sobre Atila.

-Tú que conduces a las naciones a la desolación, tú que portas la espada del dios de la guerra, tú sembrarás el caos en las tierras de occidente…. Pero cuídate de la sombra del pasado pues ésta siempre te seguirá a donde vayas, hasta que el sol se esconda y sólo uno de los dos quede como dueño de un campo sembrado de muerte- Oktar acabó la frase como si le faltara el aire, hasta que sin fuerzas se desvaneció junto al trono de madera de Atila.

– ¡Rua, Modu!- gritó Atila llamando a sus guardianes. –Que se lleven a Oktar a su yurta, ha caído en uno de sus letargos-.

Uno de los dos guardianes corrió a buscar a varios esclavos para trasladar al chamán a su tienda. Casi a la vez que sus guardias cumplían las órdenes de su Khan, uno de sus sirvientes personales asomaba por la abertura de la estancia donde Atila gustaba de recibir las visitas oficiales y no personales.

-Gran Khan, las viandas están preparadas y los reyes y caudillos le esperan tal como ordenó- anunció el esclavo.

-Perfecto, ahora vamos a decidir cómo cae un imperio de mil años- dijo Atila mientras iba a la estancia contigua con paso firme.

Dicho espacio era mucho más amplio que la zona de descanso del Khan. En medio de la yurta se encontraba una mesa larga, de cerca de ocho metros de largo en el que se hallaban los más diversos platos para agasajar a sus súbditos, porque eso es lo que eran todos aquellos reyes, súbditos del gran Khan. Dispuestos sobre ricas bandejas de plata descansaban en la tabla desde jabalís asados, pequeñas aves ensartadas en finos palos y cubiertas por una espesa salsa o ratoncillos de campo confitados, pero sin duda el éxito se lo llevaba las piernas de cordero asadas lentamente a gusto de cada régulo.

En la parte más alejada de la mesa estaban Valamir, rey de los ostrogodos, con sus inseparables lugartenientes Teodomiro y Videmiro. Valamir no era el típico germano ruidoso y temerario, era más bien astuto como un zorro y no decía una palabra de más, perfecto para el aliado que aportaba el contingente más numeroso.

Comiendo con avidez su pata de cordero estaba Edika, rey de los Esciros. Su pelo era largo y moreno atado en una especie moño que dejaba al descubierto el resto de su cráneo afeitado. –Un gran guerrero, pero demasiado ambicioso- recordó Atila para sí mismo.

Hablando con éste último se hallaba Genserico, rey de los vándalos. Sin duda el más leal y el que más tenía que ganar con la guerra, pues su miedo a Tedorico, rey de los visigodos estaba más que justificado. Tedorico había desposado a su hija con Hunerio, hijo del propio Genserico para unir lazos y convertirse en una potencia a tener en cuenta en occidente. Pero Hunerio era un desequilibrado y en uno de sus ataques de ira acusó a su mujer de intentar envenenarlo. No se le ocurrió otra cosa que cortarle la nariz y las orejas, luego la envió de regreso con su padre que tendría un recordatorio perpetuo de la venganza en la faz de su hija.

Y cerrando la reunión de comensales los dos últimos, Ardarico y Childerico. Ardarico, rey de los gépidos, era sabio y leal, quizás el más inteligente de todos los que allí se encontraban. Aunque fue forzado a unirse a la horda huna, supo sacar provecho de la situación y fue consiguiendo mejor posición para su tribu, que hasta entonces no era de las más fuertes e importantes.

Childerico era el aspirante al trono de los francos, pero perdió su oportunidad de coronarse rey por culpa de Aecio, que prefirió acoger bajo su manto a su hermano Meroveo. Aportaba un escaso número de guerreros, pero sin duda fieros en el fragor del combate.

-Con los guerreros de todos estos pueblos haré hincar la rodilla a Roma- caviló Atila desde el hueco de la puerta que daba a la yurta. –Aecio, ya nadie puede salvarte, lo mejor que puedes hacer amigo es huir a alguna villa y pasar el resto de tú vida en paz. Yo me aseguraré de ello, nadie te molestará. Pero si te atreves a interponerte entre mi destino y yo… arrasaré el imperio contigo incluido- terminó sus pensamientos como si su interlocutor estuviera frente a él.

Atila dio un paso adelante y se dejó ver ante todos sus invitados, éstos se pusieron en pie. Atila paseó su mirada por todos ellos, indagando en sus miradas para evaluar su determinación.

-Gran Khan, por fin nos honras con tu presencia- dijo Genserico levantando la copa.

-Si mis leales amigos, ya estoy aquí y ahora vamos a decidir cómo acabamos primero con la Galia, más tarde, el imperio-.

 

Acerca de Rober

Me llamo Roberto y nací en el año 1979 en Madrid. Apasionado de la historia desde siempre, mi única intención es que compartamos y divulguemos en este espacio cada pedacito de la antigüedad que tanto nos gusta. Me encantaría que recorrieras conmigo este periodo. ¿Te apuntas?, pues bienvenido a Historia o leyenda.

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