Troya, realidad dentro del mito 8


Se trata ni más ni menos que de la “novela” más antigua de nuestro continente. Una historia que cautivó a conquistadores como Alejandro Magno, que siempre guardaba un ejemplar de la Ilíada bajo su almohada. Pero, ¿existió realmente Troya? ¿Tuvo lugar una guerra entre griegos y troyanos allá por el siglo XIII a.c.? En este artículo descubriréis que como nos suele enseñar la historia, siempre hay algo de realidad en las leyendas y mitos.

La mayoría de la gente conoce aunque sea de oídas la historia de la Ilíada. La bella Helena de Esparta huye (o es raptada, según la versión) con Paris, príncipe troyano a su ciudad natal. Allí Príamo, rey de la mítica ciudad la acoge a petición de su hijo.

Menelao, rey de Esparta y esposo de Helena no puede dejar su honor mancillado por un muchacho y pide ayuda a su hermano, el poderoso rey de Micenas Agamenón. Éste reúne a los diferentes reinos aqueos y se dirige hacia Troya para recuperar a Helena y el honor de su hermano. Comienza entonces un asedio que duraría diez años.

La Ilíada recoge los sucesos acontecidos sólo el último año. Un año donde los héroes griegos y troyanos se miden entre ellos con la intervención en muchas ocasiones de los dioses, que ayudan a sus favoritos de diversas maneras.

Aquiles, Héctor, Ajax, Odiseo (Ulises), Briseida, son algunos de los famosos personajes que llenan los versos de esta historia que acaba como bien sabéis con un gran caballo de madera y una flecha en el talón.

Los griegos clásicos jamás dudaron de la veracidad de los acontecimientos relatados por Homero sobre el siglo VIII a.c., de hecho tanto la Ilíada como la Odisea eran temas obligatorios en la enseñanza de los más jóvenes. Sin embargo la autoría de la historia ya es otra cosa.

Homero no era un famoso pedagogo ni un convencido filósofo, era un poeta, una especie de bardo o juglar que recorría las polis de Jonia cantando las gestas de los griegos arcaicos que poblaron la Hélade antes que ellos, y que dieron forma a la Grecia clásica. Estos poetas llamados aedos normalmente se dedicaban a conservar y transmitir hechos o leyendas que habían pasado de generación en generación, utilizando como en otras culturas técnicas mnemotécnicas para memorizar una cantidad ingente de datos.

Esa es una de las razones por la cual algunos expertos dudan de la autoría de las dos obras que se atribuyen a Homero. Creen que el célebre ciego puede ser simplemente un “recopilador” de estas historias que finalmente las aglutinó dándolas forma en la Ilíada y Odisea. No obstante son especulaciones y todavía después de tantos siglos no hay nada concluyente que nos haga pensar que Homero no fue (o fue) autor de los versos. Ahora vamos a los protagonistas de la épica, griegos y troyanos.

En ningún momento se refiere Homero a los griegos como tal, utiliza los términos aqueos, dánaos y argivos. Realmente se trata de la cultura micénica, cuyo periodo ocupó desde el siglo XVII a.c. hasta XI a.c.

Reconstrucción de la ciudadela de Micenas.

Reconstrucción de la ciudadela de Micenas.

La cultura micénica no la conformaba un solo ente, eran un grupo de pequeños reinos que a su vez se dividían en distritos para controlar mejor la burocracia. Cada reino tenía su propia capital donde residía el rey (wanax) y todo el aparato administrativo. Todo se centraba en sus imponentes ciudadelas que servían de bastiones, palacios y ministerios.

La arqueología ha revelado varias de estas construcciones por todo el Peloponeso y en gran parte de Grecia. Algunas de ellas se encuentran en enclaves tan conocidos como  Tebas, Midea o la propia Atenas. Aunque la joya de la corona es Micenas, cuyo yacimiento se encuentra al noreste del Peloponeso.

Eran enclaves altamente fortificados, con unas murallas de gran altura y preparadas para sufrir largos asedios o periodos de escasez. En Micenas se encontraron un almacén de gran tamaño probablemente destinado a guardas vituallas, y una cisterna de agua lo suficientemente grande para proporcionar el líquido esencial durante meses a los habitantes de la ciudadela.

Pero lo interesante estaba dentro del propio palacio. En el centro del mismo, se hallaba una gran sala rectangular llamada megarón. Esta especie de salón real servía para varios cometidos, desde grandes banquetes hasta audiencias con embajadas extranjeras. Eso sí, el rey como figura principal a mayor altura y vestido con púrpura.

En el palacio también se encontraba el centro administrativo, desde donde se detallaban las transacciones con otros reinos, tareas a realizar y una minuciosa base de datos con los impuestos cobrados a los damoi, comunidades rurales que quedaban bajo la influencia del wanax. Estas poblaciones pagaban sus impuestos con alimentos, sal, especias o tejidos.

Paradójicamente los incendios que arrasaron las ciudades micénicas en el siglo XI a.c. permitieron que las tablillas de barro se cocieran, dejando así una foto del modo de vida de los griegos arcaicos para que la encontraran los arqueólogos más de tres mil años después. Bueno, aunque realmente a quién debemos el primer paso en el descubrimiento de Troya y Micenas es al excéntrico Heinrich Schilemann.

Schilemann fue un exitoso hombre de negocios cuya pasión (y obsesión) en la vida era la Ilíada. Cuando amasó suficiente fortuna se lanzó a la aventura de encontrar Troya y viajó al oeste de Anatolia buscando el enclave de la mítica ciudad.

Fortuna le sonrió cuando conoció a Frank Calvert, propietario de unas tierras en la zona que, casualmente también era apasionado de la arqueología. Calvert aseguraba que la ciudad homérica se encontraba en sus propiedades, situadas en la zona de Hisarlik.

Schilemann comenzó las excavaciones en 1870 y pronto dieron sus frutos. Pero las ansias de Heinrich por encontrar la Troya de Homero y su inexperiencia como arqueólogo, destrozaron literalmente capas de la ciudad más reciente perdiéndose información muy valiosa.

Tres años después encontró un increíble tesoro compuesto por cantidad de piezas de oro que él mismo bautizó como el tesoro de Príamo. Pero se equivocaba, eran todavía más antiguas. Ni corto ni perezoso sacó las piezas de contrabando y se las puso a su mujer griega para hacerla unas fotos, en fin, un verdadero personaje.

Convencido de que había encontrado la Troya de la Ilíada (pensaba que estaba en el nivel dos, la “verdadera” Troya aparecería más adelante, en el sexto nivel) continuó su búsqueda en Grecia donde comenzó las excavaciones de Micenas. De nuevo con sus métodos poco ortodoxos de excavación, encontró un mausoleo con cinco tumbas dentro, ricamente ataviadas de oro, armas y artículos de importación.

El rico alemán pensaba que había encontrado el tesoro del mismísimo Agamenón, pero de nuevo se había topado con unas piezas más antiguas, unos doscientos años antes de la supuesta guerra de Troya.

A la muerte de Schilemann continuaron las excavaciones de manera más cuidadosa y se fueron encontrando diversos yacimientos micénicos por toda Grecia. En Troya, Wilhelm Dörpfeld reanudó las excavaciones hallando hasta “diez Troyas” en diferentes capas.

La arqueología daba vida al mito, Troya existió realmente. ¿Pero hubo un conflicto real entre los micénicos y troyanos similar al relatado en la Ilíada? Lamentablemente no se puede dar una respuesta firme (todavía). A pesar de haber encontrado multitud de información en las ciudades micénicas, nada de lo encontrado refiere a algún gran conflicto contra la ciudad de Anatolia.

Sin embargo si recurrimos a las fuentes de los hititas, poder indiscutible en oriente durante aquellos siglos, se encuentran multitud de referencias que podemos asociar tanto a troyanos como a micénicos.

En las famosas tablillas de Hattusa (capital hitita) se habla de un poder en el oeste que se encontraba cerca de las fronteras. La comunidad científica da por bueno que se refiere a los micénicos ya que por aquella época no había otra civilización que cumpliera con la descripción encontrada en dichas tablillas.

Detalle de una reconstrucción de la "Troya homérica".

Detalle de una reconstrucción de la “Troya homérica”.

Los ahhiyawa, como conocían los hititas a los micénicos, tenían un fuerte carácter bélico y expansionista. Así pues están datados en los textos encontrados repetidos enfrentamientos en la zona más occidental de Anatolia, incluso llegando a la parte sur donde conquistaron ciudades tan importantes como Mileto y expandieron su influencia por la zona, afectando a la estabilidad de los aliados/vasallos del imperio hitita.

El oeste de Anatolia era proclive a rebelarse y los micénicos estaban más que dispuesto a dar apoyo a cualquiera que se atreviera a alzarse contra los hititas. Aunque siempre había ciudades o pequeños reinos que preferían el orden establecido a sorpresas inesperadas. Una de estas ciudades era Wilusa, situada en el noroeste de Anatolia, justo a la entrada de los Dardanelos. Precisamente esta es la situación donde se encuentra el yacimiento de Hisarlik, con lo cual podemos estar hablando de las fuentes históricas más antiguas que nos hablan de la ciudad “real” de Troya.

Wilusa aparece como una de los grandes aliados (vasallos) de los hititas en un momento muy delicado para el imperio, pues la guerra contra Egipto era inevitable y no podían atender adecuadamente los asuntos del extremo occidental de su imperio. Si unimos esta situación con la inestabilidad inherente en la zona, más el apoyo externo ofrecido por los micénicos, podemos encontrarnos con un conflicto bélico protagonizado por las facciones que aparecen en la Ilíada.

Peter Conolly nos ilustra a los héroes de la Ilíada.

Peter Conolly nos ilustra a los héroes de la Ilíada.

Es más que probable que de haber existido un conflicto entre micénicos y oriundos de Wilusa, este hubiera sido por motivos más mundanos que los relatados en la Ilíada. La posición privilegiada de la ciudad entre el Egeo y el Mar Negro con el consecuente control del comercio me parece un motivo más que plausible.

El caso es que según las excavaciones Troya nunca llegó a ser una gran urbe, a lo sumo pudo llegar a albergar unos 10.000 habitantes, aunque en caso de asedio podemos triplicar el número con los residentes de las cercanías. Aun así el papel geoestratégico que cumplió durante siglos la convirtió en un enclave a tener en cuenta en cualquier movimiento militar o político en la zona.

No sabemos si Agamenón se plantó frente a las murallas de Troya con un gran ejército griego, o si Aquiles arrastró con su carro al heroico Héctor ante la vista de sus paisanos. Por lo menos, gracias a la arqueología y la pasión por la historia, hemos averiguado que los contendientes de esta gran historia no sólo estaban hechos de palabras sino que gente de carne y hueso habitó en las míticas ciudades que describió Homero.

Personalidades tan fuertes e importantes como Alejandro Magno nunca se separaban de su copia de la Ilíada. Con él, las escenas de Aquiles y Briseida, de Patroclo y Héctor recorrieron medio mundo en busca de la gloria, pero bueno eso como sabéis es otra historia.

Os dejo también un enlace a una web donde podéis indagar un poco más sobre la mitología:

Agamenón

Bibliografía y fuentes:

W. C. Ceram, “Dioses, reyes, tumbas y sabios”

Desperta Ferro nº 30, “La guerra de Troya”

John Chadwick, “El mundo Micénico”

 

 

 

 

Acerca de Rober

Me llamo Roberto y nací en el año 1979 en Madrid. Apasionado de la historia desde siempre, mi única intención es que compartamos y divulguemos en este espacio cada pedacito de la antigüedad que tanto nos gusta. Me encantaría que recorrieras conmigo este periodo. ¿Te apuntas?, pues bienvenido a Historia o leyenda.


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8 Comentarios en “Troya, realidad dentro del mito

    • Rober Autor

      Hola Leticia.

      Muchas gracias por tu comentario. Espero que el resto de los artículos también sean de tu agrado y te interesen, espero leerte más por aquí. Saludos.

       
    • Rober Autor

      Hola Antonio.

      Y personalmente creo que debería seguir siendo obligatorio al igual que hacen leer el Quijote (indispensable), ya que la Ilíada y la Odisea son considerados las primeras “novelas” europeas.
      Muchas gracias por tus palabras, un saludo.

       
  • Sergio

    Buen articulo, como siempre Rober, se nota que les has dedicado un buen rato a documentarte. La historia de Schlieman si más no es curiosa, un tipo con pasta, sin conocimientos que quiso complir un sueñao a toda costa, sin importarle si hacía bien las coses o no, simplemente buscaba la fama y la notoriedad, ni más ni menos. Un saludo crack y a seguir trabajando para darnos estos Buenos articulos.

     
    • Rober Autor

      Hola Frater.

      Pues muchas gracias, creo que Troya es un tema muy interesante desde el punto de vista arqueológico y más ahora que poco a poco se van descubriendo hallazgos que van confirmando pasajes de Homero (en cuanto a armamento, costumbres, etc). ¿Quién sabe si encontraremos la verdadera tumba de Aquiles?
      Un abrazo

       
  • Alf

    Interesante, bien expuesto y resumido.
    Como aporte recomiendo el libro “Dioses, tumbas y sabios” de C.W.Ceram, para profundizar en la fascinante figura de Schilemann entre otros. Desde pequeño quiso descubrir Troya y se dedicó a aprender idiomas antiguos mientras trabajaba para hacerse millonario y financiar su sueño. Todo un ejemplo y un personaje

     
    • Rober Autor

      Hola Alfredo.

      Muchas gracias, me alegra que te parezca interesante. De hecho el libro que comentas lo he utilizado como fuente, sin duda Schilemann fue fundamental para conocer todo lo que sabemos hoy en día sobre Troya y la cultura micénica (a pesar de sus métodos). Un abrazo Alfredo.