Trebia, el león de Cartago da su primer zarpazo 6


La segunda guerra púnica es uno de los conflictos de la antigüedad más conocidos y que más pasiones suscita. No en vano tiene todos los ingredientes para ello. Grandes personajes como Quinto Fabio Máximo, Lucio Emilio Paulo, Marco Claudio Marcelo, Asdrúbal Barca, etc… Pero sin duda los protagonistas fueron dos titanes de la época: Publio Cornelio Escipión y Aníbal Barca.

Sus grandes victorias como comandantes tuvieron un épico final en la batalla de Zama, que supuso el punto de partida para que una pujante, pero imparable república romana se extendiera por todo el Mediterráneo. Aunque antes de llegar a esa batalla los romanos tuvieron que sufrir mucho, soportar durante dieciséis años una espina clavada en Italia, y el enfrentamiento que nos ocupa hoy fue el primer zarpazo del león de Cartago, la batalla del río Trebia.

La ruta que llevó a Aníbal hasta Italia merece un artículo propio, sin duda, pero para situar el contexto de la batalla es inevitable resumir en pocas líneas cómo lo consiguió.

Aníbal partió de Qart Hadasht (Cartagena) a mediados de junio del año 218 a.C. Su heterogéneo ejército estaba compuesto por diversos pueblos y etnias. Celtíberos, númidas, íberos, libios, baleáricos, sumaban una hueste de cerca de 90.000 infantes, 12.000 jinetes y 37 elefantes.

En seis semanas cruzó el río Iber (Ebro) y continuó avanzando hacia los Pirineos. La belicosidad de las tribus del norte de la península, le obligó a marchar combatiendo continuamente y a dejar un fuerte destacamento para cubrir su retaguardia y asegurar las provisiones. Unos 10.000 infantes y 1.000 jinetes fueron separados del ejército principal para tal efecto. A esto hay que sumar 7.000 hombres más que Aníbal licenció por no considerarlos suficientemente leales o preparados para la empresa.

A finales de septiembre se disponía a vadear el río Ródano, ya en plena Galia. Para entonces sus efectivos eran de unos 50.000 guerreros a pie y 9.000 de caballería. Y para colmo, la tribu gala de los volcas se encontraba en la otra orilla impidiéndole el paso.

Soldado cartginés equipado al modo hoplita. Ilustración José Daniel Cabrera Peña.

El genio cartaginés se enfrentó a ellos causándoles grandes bajas y obligando a los restos de la horda celta a retirarse dejando paso franco al ejército púnico. Mientras tanto Roma se movilizaba para enfrentarse Cartago. Los cónsules elegidos para aquél año 218 a.C., habían sido Publio Cornelio Escipión y Tiberio Sempronio Longo.

La estrategia de Roma pretendía ser simple pero eficaz en su resultado: Mientras Escipión retenía en Hispania a las fuerzas cartaginesas, Sempronio Longo atacaría la capital del enemigo en África.

Se preparó una flota que partió a finales de agosto rumbo a Hispania para detener a Aníbal. En dicha travesía, los romanos hicieron escala en Massilia para reabastecerse, aunque hay fuentes que dicen que la mar estaba tan brava que los soldados sufrían de constantes mareos y malestar y por eso atracaron en la ciudad de origen griego.

Sea como fuere, la sorpresa de Escipión fue mayúscula cuando se enteró que el ejército de Aníbal se encontraba al norte, a varias jornadas de marcha. Escipión pensaba que el cartaginés no habría llegado siquiera a los Pirineos. Rápidamente envió un contingente de caballería para confirmar la noticia, y de ser cierta, conseguir información sobre el enemigo.

Aníbal también se había enterado de la presencia romana en la zona, y como consecuencia, realizó el mismo movimiento que el cónsul romano. La caballería númida fue la encargada de cabalgar hacia el sur para recabar noticias de los romanos.

Se produjo un duro enfrentamiento cuando las dos caballerías se cruzaron. La mayoría de las fuentes indican que el duelo fue parejo en bajas, aunque finalmente los númidas volvieron grupas y se dirigieron hacia el cuerpo principal del ejército.

Confirmada la presencia de los cartagineses, Escipión movilizó sus legiones y acudió al encuentro de Aníbal. Pero cuando llegó al vado del Ródano, sólo encontró los restos del campamento cartaginés.

Los lugareños informaron al cónsul que el bárcida había partido tres días antes dirección norte. Publio Cornelio Escipión dedujo entonces las intenciones de Aníbal. Si lograba cruzar los Alpes, los cartagineses estarían a tiro de piedra de las ciudades romanas y de sus aliados, en plena Italia.

Para continuar con la misión que le había ordenado el senado, Escipión envió a su hermano Cneo a Hispania con todos los efectivos. Publio informó al senado de la nueva situación, y se decidió que tomara el mando de las legiones I y II, acantonadas en el valle del Po.

La heterogénea infantería cartaginesa se enfrenta a las legiones.

También se llamó a Tiberio Sempronio Longo para que marchara con sus legiones desde Sicilia al norte de Italia para reforzar las tropas de Escipión. Los dos ejércitos consulares aplastarían al cartaginés.

Se cree que Aníbal llegó al valle del Po entre las dos primeras semanas de noviembre. Había tardado unos quince días en cruzar los Alpes, a costa de gravísimas bajas. Prácticamente la mitad de los que comenzaron a ascender la cadena montañosa habían perdido la vida. En total, el bárcida contaba con unos 20.000 infantes y 6.000 jinetes.

Sus aliados celtas del norte de Italia empezaron a dudar de la capacidad de Aníbal. El gran ejército que les prometieron no era más que una horda de desarrapados y hambrientos guerreros. Fueron los taurinos los que más dudaron, incluso dejaron la alianza y volvieron a sus oppida.

Aníbal no podía permitir perder un buen número de combatientes para su empresa, si las demás tribus se dejaban contagiar por los taurinos, sería un desastre.

Decidió tomar a sangre y fuego la capital de los taurinos. Arrasó la ciudad y exterminó a la población casi por completo. Las demás tribus se unieron en masa a la causa de Aníbal, sin duda había demostrado su capacidad combativa. Pero si quería su lealtad total, necesitaba ganar una gran batalla a los romanos, era hora de partir en su busca.

De nuevo Escipión y Aníbal tomaban la misma decisión, y mientras el cartaginés avanzaba de desde Taurinum, el romano hacía lo propio desde Placencia.

Las caballerías de los dos ejércitos se encontraron en las inmediaciones del río Tesino, donde se produjo una escaramuza de las mismas a gran escala. El propio cónsul se vio involucrado en el combate y resultó herido en una pierna. Las fuentes romanas aseguran que su vida fue salvada por la intervención de su joven hijo, del mismo nombre que el cónsul, el futuro “Africanus”. La caballería cartaginesa y númida había demostrado lo peligrosa que era.

Publio Cornelio Escipión decidió retirarse tras el río Trebia, muy cerca de Placencia donde acampó a esperar los refuerzos de Sempronio Longo que estaban a punto de llegar. Mientras, Aníbal decidió saquear algunas villas y pequeñas ciudades como Clastidium para reabastecerse.

A principio de diciembre del año 218 a.C., Sempronio Longo por fin llego por la vía de Placencia al encuentro de su colega cónsul. Asumió el mando de todas las tropas, pues la salud de Escipión le impedía ejercer como comandante de hombres.

El cónsul recién llegado movilizó las legiones y avanzó hasta el río, pero sin cruzarlo. Quería demostrar a Aníbal y sus nuevos aliados que Roma no se amedrentaba por un pequeño revés con la caballería, los soldados de Roma acabarían con todo rastro del cartaginés. Además, su tiempo como cónsul se acababa y si quería obtener gloria debía darse prisa en derrotar a sus enemigos.

Pero Aníbal tenía la costumbre (y habilidad) de conseguir que sus enemigos combatiesen donde y cuando él quería. Y aunque la proximidad de los romanos ponía nerviosos a los celtas, no iba a desaprovechar la oportunidad que el impetuoso Sempronio Longo le brindaba.

El genio cartaginés decidió acampar cerca de la ribera del río Luretta. Entre este río y el río Trebia, había una llanura perfecta para una batalla, pero se fijó en que también estaba repleto de pequeños arbustos y follaje variado, lo cual utilizaría en su beneficio.

Sabía que los romanos estarían recelosos de posibles emboscadas, por lo tanto, su campamento se levantó al norte de dicha vegetación para evitar sospechas. Después inició una serie de salidas con la caballería númida para provocar respuesta en la romana. Los latinos picaron, y algunos de los encontronazos salieron muy bien parados (o eso creían ellos) aumentando así la confianza de Sempronio en la victoria. Cuando Aníbal consideró que ya tenía donde quería a su rival romano, preparó la batalla.

Los elefantes de Aníbal atacan por los flancos. Ilustración de Angus McBride.

La noche del 17 de diciembre, ordenó a su hermano Magón que se ocultara en la zona boscosa con 1.000 hombres de infantería y otros 1.000 de caballería. Mantuvo los fuegos del campamento encendidos, pero envío a sus hombres más pronto de lo normal a dormir. En la madrugada del 18, los guerreros de Aníbal se levantaron descansados, tuvieron un desayuno completo y se untaron de aceite para resguardarse del terrible frío invernal.

Ahora tenía que poner el anzuelo, y que mejor que pavonearse frente al mismísimo campamento romano. Los encargados de hacerlo fueron los númidas, que, antes del amanecer cruzaron el Trebia y comenzaron a cabalgar frente a las empalizadas y defensas romanas lanzando venablos a los centinelas mientras proferían terribles gritos y alaridos.

Sempronio Longo ordenó que las turmae de caballería romana salieran en su busca mientras movilizaba al resto del ejército. Los romanos salieron en busca de los cartagineses, Sempronio ordenó cruzar el río pensando que los púnicos ni habrían salido de su campamento, y por lo tanto tendría la ventaja.

Cuando los legionarios vadearon el río, somnolientos y hambrientos por no haber tenido tiempo ni para desayunar, se encontraron un ejército perfectamente dispuesto y preparado para combatir. Imaginad que estáis completamente helados de frío y empapados en pleno diciembre, con apenas sensibilidad en las manos para coger una espada.

Los romanos sumaban cerca de 40.000 efectivos entre legiones consulares y aliados itálicos. Dichas legiones fueron flanqueadas por la caballería, protegiendo los flancos. Los cartagineses con un numero sensiblemente menor, que podía rondar los 35.000 gracias a los refuerzos recientemente llegados de las tribus celtas de la Galia Cisalpina.

El combate lo iniciaron las infanterías ligeras. Los vélites se enfrentaron a honderos baleáricos y guerreros númidas a pie. Los jóvenes romanos salieron mal parados y fueron apartados del combate a las primeras de cambio.

Fueron entonces los hastati seguidos de los prínceps quienes entraron en acción. Se entabló un encarnizado combate en el centro de la batalla, donde íberos, celtas y celtíberos aguantaban los envites de los latinos.

En los flancos, la caballería púnica se lanzó al ataque. Superaba a la romana en número y calidad y su comandante Maharbal no tuvo problemas en dispersarla. Era hora de que los elefantes que habían sobrevivido a los Alpes actuaran.

Los flancos romanos se deshacían, una columna tras otra caía por la embestida de los paquidermos o por las temibles falcatas. Cuando Sempronio Longo decidió retroceder, los 2.0000 guerreros al mando de Magón Barca atacaron su retaguardia finalizando la trampa del púnico.

La victoria de Aníbal fue total, la mortandad entre los romanos fue elevadísima. Algunas fuentes la elevan hasta las 30.000 bajas. Hubo pequeños grupos que se organizaron durante la retirada y pudieron salvar la vida retirándose a Placencia.

Se había asegurado la lealtad de los galos y había acabado prácticamente con dos ejércitos consulares más aliados. Pero sólo había subido el primer peldaño de una escalera tortuosa, la guerra contra Roma sólo acababa de empezar, al sur se extendía Italia como fruta madura para recoger y Aníbal lo haría sin dudar.

Lo que Aníbal descubriría durante los dieciséis años siguientes, es que Roma era un bocado demasiado grande para digerir. Pero bueno, eso como sabéis, es otra historia.

Bibliografía y fuentes:

Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación.

Polibio de Megalópolis, Historia universal bajo la república romana.

Nic Fields, Roma contra Cartago.

 

Acerca de Rober

Me llamo Roberto y nací en el año 1979 en Madrid. Apasionado de la historia desde siempre, mi única intención es que compartamos y divulguemos en este espacio cada pedacito de la antigüedad que tanto nos gusta. Me encantaría que recorrieras conmigo este periodo. ¿Te apuntas?, pues bienvenido a Historia o leyenda.


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