Ad portas, Primera sangre (Parte I)


Galia Cisalpina, cerca de la ciudad de Piacenza, Diciembre de 218 a.c.

Sekilo inspiró el aire gélido al salir de la tienda, inmediatamente se cubrió con la capa negra de lana típica de su pueblo. Su pelo, casi tan negro como su capa había crecido tanto desde que salió de Sekaisa que al mínimo soplido del viento un mechón rebelde tapaba su rostro de facciones marcadas pero angulosas. Al mover el pelo con un gesto de la cabeza, dejó entrever unos ojos verdes oscuros que recordaban a los de los gatos salvajes que vivían en las montañas no muy lejos de su casa. A sus 22 años, Sekilo era alto y enjuto, pero con una musculatura definida y fibrosa, un guerrero de la Celtiberia que había abandonado su oppidum para cumplir la devotio que su padre juró ante Aníbal.

Al principio creía que el cartaginés era uno de tantos generales, reyes o tiranos que habían recurrido a su tribu para participar en sus guerras, pues sabían que no existían guerreros más dispuestos que los celtas de la Iberia, que su honor y ferocidad en la batalla eran incomparables. Pero durante el asedio en Sagunto se percató que no era como los demás, que su carisma con la tropa era única, hablaba como ellos, comía como ellos, no eludía el peligro exponiéndose como cualquier otro miembro del ejército que comandaba. Luego llegó la marcha hacia Italia, cruzando los Alpes cuando finalizaba el otoño, recordaba como los miembros se le entumecían y le dolían como si miles de agujas se clavaran en ellos, y la lucha constante contra los nativos de aquellas infernales montañas, pero Aníbal siempre estaba allí, reconfortando, aportando, liderando, allí fue cuando se dio cuenta de que seguiría a ese hombre hasta el final del mundo, ya no lucharía por Cartago, lo haría por Aníbal.

Un nuevo golpe de viento devolvió a Sekilo al presente, con un gesto de escalofrío se dirigió a la hoguera que estaba a pocos metros de la tienda, allí sentados se encontraban Lubbo, su primo hermano y Leukón, un arévaco con el que habían trabado amistad desde que llegaron a Qart Hadasht.

-Tiemblas como una doncella en su noche de bodas- rio Lubbo.

-Vete a la mierda- replicó Sekilo mientras amagaba un puñetazo contra el hombro de su primo. -¿se sabe algo de los romanos?-

-Están acampados en la otra orilla del río, a unos 50 estadios- contestó Leukón – Esta noche tuve guardia, y al hacer la última ronda llegaron unos exploradores númidas, me enteré por ellos-

-Entonces Aníbal tendrá su batalla- caviló en voz alta Sekilo

-Eso parece- confirmó Lubbo – de todas formas al atardecer saldremos de dudas, hay una reunión de oficiales en la tienda de Aníbal, quiere que haya un representante de cada nación para no dejar cabos sueltos y como tú eres el único que entiende algo de esa jerga que hablan los africanos te enterarás el primero – Sekilo entornó los ojos- no me mires así primo, tú eres el listo de la familia, además, si va a haber batalla tendré que agarrarme una buena borrachera- sentenció encogiendo los hombros como si fuera una penitencia ineludible.

Leukón resopló –entonces tendré que acompañarte, la última vez casi le rompe en la cabeza una ánfora de vino a un libio- añadió mientras se levantaba

-Nada que no se mereciera- contestó Lubbo con tono inocente. –Cuando termines Sekilo, ya sabes dónde encontrarnos, pero no tardes mucho o no dejaré nada para ti- se carcajeó mientras se alejaban hacia el mar de tiendas del campamento.

Lubbo era tres años mayor que Sekilo, de carácter irascible con los desconocidos pero de lealtad absoluta con los suyos, guardaba parecido con su primo en el rostro aunque sus ojos eran de un color avellana y su cuerpo bastante más musculado, recordaba al de un jabalí furioso a punto de embestir. Sekilo lo quería como un hermano y nunca se separaban, ni siquiera en el fragor del combate. El trío lo cerraba Leukón, el prototipo perfecto de guerrero celtíbero, un cabeza más alto que sus amigos, endiabladamente diestro con la espada y con una mirada azul que helaba la sangre a sus enemigos, de su pelo castaño caían dos pequeñas trenzas adornadas con un hilo grueso de bronce. Natural de un oppidum llamado Numancia, se jactaba de ser parte del clan más guerrero de la Celtiberia.

Sekilo abrió su zurrón y sacó una tira de carne seca que masticó con avidez, se puso en pie y se encaminó hacia la tienda del general de aquél ejército tan heterogéneo. Quizás más de diez naciones componían aquella hueste que tenía el objetivo de vencer a Roma, había númidas, libios, baleáricos, iberos, galos, celtíberos entre otros, aunque viendo el campamento nadie lo diría pues las filas de tiendas se alineaban ordenadas y dividas por tribus o pueblos. En el centro del campamento, hacía donde se dirigía Sekilo, se encontraba la tienda de Aníbal y justo al lado una explanada donde se practicaban las diferentes formaciones de combate, así pues no era extraño encontrar iberos y galos entrenando en formación cerrada, similar a una falange o ver celtíberos ensayando lanzamientos con sus jabalinas de hierro llamadas soliferrum, y decidió hacer un poco de tiempo hasta la hora del consejo viendo los diferentes ejercicios.

Los que en ese momento estaban practicando era una unidad de lanceros africanos que repetían una y otra vez un movimiento de giro sin perder la formación, si giraban hacia la derecha la fila de soldados en ese extremo pivotaban sobre sí mismos como una gigantesca bisagra, los más alejados apretaban la marcha mirando a su compañero constantemente para no romper el muro de lanzas y escudos, una vez hecho el giro, el oficial gritó una orden y la unidad completa adoptó la posición de ataque típica de una falange, un silencio que parecía directo del inframundo se apoderó de la explanada después de la cacofonía hecha por cientos de sandalias moviéndose a la vez. A lo poco segundos el oficial exclamó – ¡movimiento de ataque!- silencio…- ¡BAAL!- rugió como un león al atrapar su presa, – ¡HAMMON!- contestaron los africanos haciendo un envite al frente con la punta de sus lanzas. -¡otra vez señoritas!, ¡BAAL!- bramó de nuevo -¡HAMMON!- y las lanzas volvieron a atravesar el aire.

Sekilo permaneció una hora más allí hasta que la luz empezó a declinar, con paso resuelto cubrió el camino que llevaba hasta el corazón del campamento. La tienda del strategos no difería en mucho a la de los demás, de tamaño un poco más grande, lo justo para celebrar reuniones como la que estaba a punto de empezar, lo único que la diferenciaba realmente eran dos símbolos bordados en rojo en la lona lateral dedicados a sus dioses predilectos, Tanit y Melkart . Sekilo se detuvo en la entrada, custodiada por dos cartagineses de la guardia personal de Aníbal transferidos directamente del batallón sagrado de Baal.

-¿Nombre?- preguntó el que aparentaba más edad.

-Sekilo, hijo de Karo de la tribu de los Belos-, el guardia más joven entró raudo en la estancia, no habría pasado ni un minuto cuando salió de nuevo. –Adelante- farfulló en un griego con más acento que el del propio celtíbero.

Una vez dentro Sekilo observó con agrado la austeridad del general, en una de las esquinas se encontraba un camastro idéntico al que utilizaba cualquier guerrero del campamento, a los pies del mismo un arcón abierto dejaba ver un montón de pergaminos enrollados con diferentes lazos con leyendas escritas en púnico y griego, una silla de corte simple servía para sujetar su panoplia de general. En el centro de la tienda ocupando el espacio más grande una mesa rectangular en la que extendían mapas y un espacio delimitado relleno de arena donde se agolpaban piezas de marfil de diferentes colores.

Alrededor de la mesa se encontraban los principales representantes de cada nación de la que se componía el ejército, todos se giraron para ver al recién llegado. A la derecha de la mesa se encontraban Magón, hermano pequeño de Aníbal y Hannón que eran los comandantes de las unidades de infantería, por lo tanto sus superiores directos. Repartidos en dos pequeños grupos más estaban Balkar, representante de los pueblos íberos de la costa acompañado por dos galos que no conocía, y en el centro, moviendo las piezas de marfil y consultando mapas se hallaban Maharbal, comandante de la caballería y el mismísimo Aníbal, que eran los únicos que no habían reparado en la presencia del joven.

Balkar se acercó enseguida a recibirlo,- joven Sekilo, un placer tenerte entre nosotros- le recibió saludando en griego,- y un placer no ser el único de Iberia en la reunión- le susurró a continuación en el dialecto de su pueblo. –Me gustaría presentarte a dos caudillos de los celtas de estas tierras- retomó en un tono de voz más alto.

El mayor de los dos galos se acercó,- éste es Iodoco, jefe de los Boios- indicó Balkar haciéndose a un lado. Se trataba de un hombre bien entrado en la cincuentena, de pelo largo y blanco que se dividía en varias trenzas gruesas que dejaban al descubierto un torque de oro en su cuello, preludio a unos hombros y espalda musculosos, seña de quien ha estado combatiendo o entrenando la mayor parte de su vida.

-Saludos- gruñó en una especie de griego, no añadió más.

-Debes perdonar a Iodoco, no conoce más idioma que el nuestro- intervino el otro celta, más joven y estilizado que su acompañante. –Mi nombre es Brancos de la tribu de los Insubros- añadió en un griego mucho más fluido.

-Saludos- replicó Sekilo llevando su mano derecha hacia el pecho e inclinando levemente la cabeza- Mi nombre es Sekilo de la tribu de los Belos, es un pla…- La carcajada de Iodoco interrumpió a Sekilo, el veterano celta espetó algo en su dialecto mientras le dedicaba una despectiva mirada al celtíbero. -¿Qué ha dicho?- Inquirió Sekilo sin apartar la mirada del forzudo galo.

-Se pregunta si en tu tribu no había adultos que enviar a la guerra- respondió Brancos encogiéndose de hombros- lo cierto, dicho una manera más cordial es que se te ve con poca experiencia- añadió.

-Bueno, en mi pueblo es costumbre que combatan los jóvenes, mientras, los viejos se quedan contando a los niños sus glorias pasadas, ya sabes, de cuando sabían combatir antes de que la fuerza y los reflejos les abandonaran- sentenció con una leve sonrisa, sin apartar la mirada de Iodoco-

Al caudillo se le borró la sonrisa de la faz en cuanto Brancos terminó la traducción, a continuación de unos segundos que parecieron mucho más tiempo, Iodoco estalló en una feroz carcajada y palmeó efusivamente la espalda de Sekilo mientras le decía algo a Brancos para que tradujera.

-Dice que joven sí, pero con huevos- comunicó Brancos con el rostro ciertamente aliviado.

-Digno del hijo de Karo- dijo una voz a su espalda- guerrero que acompaño a mi padre desde sus campañas en Sicilia- era Aníbal, que se había acercado alertado por el alboroto que estaba formando Iodoco. Estrechó el antebrazo de Sekilo, que le agradeció el cumplido con una inclinación e invitó a todos a acercarse a la zona de la arena.

Aníbal tenía 29 años, de una estatura similar a la de Sekilo, tenía el cabello y la barba arreglados al estilo helénico, poseía una nariz recta que hacía destacar la profundidad de su mirada, una mirada que escrutaba y analizaba, pero que era veraz, sin ocultamientos. Dos pequeñas arrugas prematuras le surcaban la comisura de los labios, síntoma de las preocupaciones y responsabilidades que tuvo que asumir a los 25 años después del asesinato de su cuñado Asdrúbal.

-Bien caballeros, el momento de enfrentarse a Roma ha llegado- dijo con las manos apoyadas en la mesa y pasando la mirada por todos los asistentes.- Tengo informes recientes que aseguran que el ejército consular destinado en Sicilia se ha reunido con el de Escipión, que por cierto continua herido-.

-Pero si se han reunido será mucho más difícil acabar con ellos- aportó Brancos

-Ni mucho menos- contestó Aníbal – los ejércitos romanos son numerosos, pero predecibles y muchas ocasiones bisoños, no has de preocuparte Brancos, esto no será otro Telamón- A Brancos se le ensombreció el rostro recordando la derrota a manos de los romanos siete años antes.

-Mis espías dentro del campamento enemigo me ha hecho llegar el perfil del cónsul, su nombre es Tiberio Sempronio Longo y está deseando aplastarnos- dijo abarcando a todos con un gesto- y por eso será derrotado- terminó la frase cerrando un puño como si con el gesto aplastara las legiones enemigas.

Iodoco expresó una retahíla de frases claramente enfadado.- Dice que nosotros llevamos décadas luchando contra ellos y que una victoria tan rotunda no será fácil- tradujo Brancos.

-Antes no me teníais a mí para dirigiros- sentenció Aníbal clavando una mirada de león sobre Iodoco, dudaba de la lealtad de los recién llegados galos, pero los necesitaba para su plan de batalla, una de las razones para atacar tan pronto era que tenía que reafirmar esa alianza con una victoria sin tapujos.- Mirad, todos tenemos el mismo objetivo- continuó con un tono más moderado -llevo años preparando esta campaña, no os fallaré, pero necesito que confiéis en mí y os entregaré al Cónsul en bandeja- Iodoco asintió y cruzó los brazos esperando el plan.

Aníbal desenrolló un mapa y lo extendió sobre la mesa, a continuación miró a su comandante de caballería y también amigo Maharbal y asintió. – Esta mañana envié un escuadrón de caballería para que tomara contacto con los romanos, aquí- comentó señalando con el dedo una parte del mapa – sus órdenes eran las de huir tras una breve lucha contra el enemigo, lo justo para que creyeran que se trataba de su primera victoria. Ahora están ansiosos por repetir la gesta pero a gran escala- concluyó enderezándose y cruzando los brazos.

-Entiendo- comentó Balkar – quieres atraerlos hacia dónde tú quieras como si se tratara de un burro persiguiendo una zanahoria- dijo mirando al Barca

-Exacto- confirmó Aníbal – Pasado mañana daré un nuevo cebo a ese petulante Sempronio Longo y él me dará lo que yo quiero, donde quiero- un fulgor parecía relampaguear en los ojos mientras hablaba. – Y tu Magón, tendrás una parte importante que cumplir, mañana al amparo de la oscuridad quiero que lleves un contingente de caballería de mil númidas acompañado de otros mil infantes de Cartago y quiero que os escondáis aquí- aseveró señalando con el dedo una zona del mapa marcada de color verde, – es una zona de matorrales y hierbas altas que servirán para nuestro propósito, cuando el ejército romano se encuentre contra el nuestro aquí…- cambió la posición del dedo hacia lo que simulaba un espacio llano en el mapa- caerás sobre su retaguardia cortándoles la retirada- Magón asintió con la cabeza aprobando el plan de su hermano – ve hermano, realiza los preparativos convenientes- Magón se retiró dando un corto pero efusivo abrazo a su hermano.-Los demás, escuchadme atentamente, nuestra parte es la siguiente-

La reunión duró una hora más, al salir Sekilo fue en busca de Lubbo y Leukón a una tienda que hacía la función cantina. Los encontró riendo y brindando, en el regazo de Lubbo, había una gala de pechos generosos que le obligaba a beber tan deprisa que el vino se derramaba por las comisuras como un pequeño arroyo. Leukón, tan borracho como su primo al ver a Sekilo le vitoreo y se puso a danzar torpemente como acto de bienvenida a su amigo. Sekilo rio sin poder evitarlo y se unió a él. Después unos minutos de provocar las miradas y comentarios de la mayoría de los parroquianos se dejaron caer en unos taburetes toscamente tallados.

-Que los dioses te bendigan primito- exclamó Lubbo arrastrando las palabras

-Y sobre todo que Epona no nos llame a su lado, y ahora bebamos amigos, quizás sea la última ocasión que tengamos-.

 

Acerca de Rober

Me llamo Roberto y nací en el año 1979 en Madrid. Apasionado de la historia desde siempre, mi única intención es que compartamos y divulguemos en este espacio cada pedacito de la antigüedad que tanto nos gusta. Me encantaría que recorrieras conmigo este periodo. ¿Te apuntas?, pues bienvenido a Historia o leyenda.

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