Recuerdos de un general derrotado 5


Este es un relato creado y escrito por Jorge Menéndez Caunedo.

Ahora que me hallo aquí encerrado, por propia voluntad, para intentar olvidar los trágicos sucesos que me han hecho caer, he recordado cómo empezó todo. Es irónico que hayan pasado más de trece años y nunca me lo hubiese planteado y ahora, que intento olvidarme de todo, encuentre en mi memoria el acontecimiento que cambió mi vida y la historia del mundo. Llevo más de un mes entre estas cuatro paredes a escasos metros del mar a pan y agua y la lucidez que el vino me había arrebatado ha vuelto a mí. Hice construir esta casucha de una sola habitación sobre la escollera del puerto de Alejandría, cerca del templo de Poseidón, al modo de Timón de Atenas para llevar una vida eremita. No dispongo más que de un jergón de paja donde duermo y de la mesa sobre la que estoy escribiendo ahora, aunque estoy cerca del palacio de Cleopatra donde podría estar viviendo como un dios. Así, cerca de mi final y en soledad, voy a relatar cómo el que estaba llamado a ser el hombre más poderoso del mundo comenzó su declive, antes incluso de haber llegado a la cima. Aún me quedaba mucho por ascender, acababa de ser nombrado cónsul y en el futuro sería triunviro y dueño de los dominios orientales de Roma. Mi nombre, antaño temido por enemigos y respetado por mis conciudadanos, es Marco Antonio.

Todo empezó en los idus de marzo del año del consulado de Cayo Julio César y Marco Antonio. No me  estoy refiriendo al asesinato del dictador vitalicio y cónsul, César, sino a lo que ocurrió después. Es cierto que fue un suceso muy importante para Roma, pero, aunque yo, a mi manera, quería a César y era su protegido; aquello no tenía porqué venirme mal, pues sin el viejo dictador casi todo el mundo vería en mí a su sucesor, desde la plebe hasta los soldados, tan importantes para hacerse con el poder y que tantas veces habían arriesgado su vida por él. Fue doloroso, pero también podía ser muy lucrativo, ya que por aquel entonces estaba convencido de que figuraría en su testamento. Le había servido bien y, aunque le había fallado el día que, ciego por la ira, había sofocado una protesta en el Foro con una carnicería; debería estar incluido en su testamento y llevarme así una parte de la gran fortuna de César. No esperaba que me adoptara póstumamente y heredar así su nombre e influencia, pero con su fortuna me bastaba.

 

En el momento en qué me di cuenta de que iban a asesinar a César ya era demasiado tarde. El traidor de Trebonio me entretuvo a la entrada del lugar donde se celebraba aquella sesión del Senado y cuando escuché el griterío y vi a varios senadores salir corriendo seguidos de otros con togas ensangrentadas y exhibiendo puñales me levanté la toga y eché a correr. Mi deber era defender a César, pero en aquel momento ya poco podía hacer y pensando que, siendo el cónsul, aquellos traidores también querrían matarme a mí, corrí como nunca en mi vida lo hice. He de confesar que aunque soy famoso por mi valentía en combate, en aquel momento estaba muy asustado. No tardé en cruzar Roma y llegar a mi casa en el barrio del Carinae. Nada más entrar ordené que atrancaran todas las puertas y ventanas y me dispuse a esperar acontecimientos.

No salí de casa hasta el día siguiente, cuando me enteré de que Lépido estaba entrando en Roma con la legión que tenía bajo su mando. Estaba seguro de que quería vengarse del asesinato de César por la fuerza y mataría a todos los conjurados y a su escolta de gladiadores, que en aquellos momentos estaban atrincherados en el Capitolio. Había reflexionado  mucho durante la noche y aquello no me convenía, pues los conjurados tenían muchos apoyos entre los miembros del Senado y, además, si dejaba que Lépido acabara con ellos nada le impedía utilizar su legión para instaurarse en lugar de César, deshaciéndose antes de mí. Es cierto que Lépido era demasiado reflexivo y no lo creía capaz de algo tan arriesgado, pero aún así no me fiaba. Así que me encaminé hacia el Foro y, tal como me esperaba, allí encontré a Lépido organizando el asalto al Capitolio con un par de cohortes. Me dirigí hacia él y con lágrimas en los ojos se me acercó y me dio un abrazo.

—Acabaremos con esos malnacidos, vengaremos a César ahora mismo —me dijo.

Nos separamos y, para asombro de Lépido, le contesté:

—No, Lépido. Ahora debes utilizar a tus soldados para garantizar el orden. La venganza tendrá que gestarse en el Senado. Debemos evitar un baño de sangre.

—¿Piensas que voy a quedarme de brazos cruzados con los asesinos de César ahí delante?

—¡No seas necio, Lépido! Si ahora nos imponemos por la fuerza, seremos nosotros los que seremos vistos por el Senado como asesinos, no ellos.

En ese momento se acercó Aulo Hircio, un legado de gran confianza de César que había sido nombrado cónsul para el año siguiente.

—Antonio tiene razón -dijo el recién llegado—. Ahora hay que conseguir la ratificación de todas las medidas de César.

—Exacto, Aulo —dije ante el estupor de Lépido—. Incluso con los asesinos presentes en la sesión del Senado votarán a favor, pues la mayoría ostentan cargos otorgados por César y querrán mantenerlos. Así, al votar a favor de las medidas de César, no podrán presentar el asesinato como un tiranicidio y perderán la legitimación que quieren darle a su traición. Cuando esto ocurra, nosotros tendremos el control de Senado, pues los cónsules de este año y los del año que viene son cesarianos, y el pueblo, que tanto amaba a César, nos apoyará a nosotros. Entonces, tras restaurar el orden de manera legal y pacífica, podremos vengarnos de esos cunnus.

—Está bien —aceptó Lépido—, pero si no bajan de ahí, y aceptan presentarse en el Senado y aprobar las medidas de César, correrá la sangre.

—Si eso ocurre, yo mismo estaré en primera línea para hundir mi gladius en las entrañas de esos traidores —le contesté.

 

Esa misma tarde, con una situación de calma tensa en al ciudad, me dirigí a la residencia de César, la Domus Pública, para dar el pésame a su esposa Calpurnia y para abrir el testamento. Cuando entré en la mansión, que estaba a la salida del Foro, pedí al esclavo que me recibió ver a Calpurnia y éste me condujo a la estancia donde estaba ella rodeada de un grupo de mujeres y de su padre, Calpurnio Pisón. También moraban por aquella estancia las vírgenes vestales, que habían perdido a su guía, el Pontifice Máximo, otro de los cargos de César. Me abrí paso y me agaché para hablar con Calpurnia que estaba sentada mirando al vacío. La cogí suavemente por la barbilla para lazar su mirada hacía mí y le di el pésame.

—Lo siento —dije—. Se ha ido un padre para mí. El mejor hombre de Roma.

Ella apenas reaccionó, no estaba llorando, pero tenía pinta de haberlo hecho durante muchas horas seguidas y de no haber dormido en varios días. Recordé entonces que César me había comentado que la víspera de los idus Calpurnia había tenido pesadillas y que ambos apenas habían dormido, y estaba claro que desde entonces Calpurnia no había podido pegar ojo. Iba a añadir que haría todo lo posible por vengarlo y por estar a su altura, pero me pareció inútil, la mente de aquella mujer estaba en otro lugar. Me incorporé entonces y le tendí la mano a Pisón, instándole a salir de aquella estancia. Fuimos al despacho de César, allí estaban Filipo, el padrastro de Octavio, y mi tío Lucio César. Nada más entrar Lucio me recriminó que no hubiera hecho nada el día del asesinato.

—Se creó un vacío de poder al desaparecer el cónsul. El cuerpo de César se quedó en la Curia hasta la tarde, cuándo un par de esclavos acudieron a traer el cuerpo a la Domus Pública en una camilla. No ocurrió nada más, pero sólo porque los conjurados no habían pensado qué hacer después del asesinato y se retiraron al Capitolio. ¡Debiste haber tomado las riendas de la situación!

—¿Y dónde estabas tú, tío? —respondí. Nunca me había llevado muy bien con mi tío.

—¡Yo no soy el cónsul!

—¡Calmaos! —gritó Pisón—. Esto nos ha dolido a todos y ahora debemos obrar del modo en que honremos la memoria de César de la mejor manera posible.

—Debemos abrir el testamento —dije.

Los tres se quedaron mirándome, pero fue Lucio César el que habló:

—¡Eres un avaricioso y un desagradecido! Apenas ha pasado un día de su muerte y ya solo piensas en su fortuna.

—No es eso, Lucio —mentí intentando calmar los ánimos.

—El testamento ha de ser leído ante el pueblo en el funeral de César -dijo Pisón que era el albacea del testamento de César.

—Y será leído ante el pueblo en el funeral de César —contesté—, pero antes debemos saber lo que pone para tener un discurso preparado por si hay que calmar los ánimos. Me propongo que no corra la sangre en Roma y para ello es de vital importancia calmar a la plebe.

—En eso tiene razón Antonio —dijo Filipo que era la primera vez que abría la boca desde que había entrado en el despacho.

—Sea —sentenció Pisón ante la mirada airada de Lucio César.

Fuimos a  buscar a la vestal superior que nos llevó a  su residencia, situada en la otra ala del edificio, donde guardaban los testamentos de los ciudadanos romanos. Me resultó impresionante cuando entramos en el almacén dónde los guardaban. No cabía un rollo más en todas aquellas estanterías, aunque todo estaba en orden como se esperaba de las vestales. La vestal superior extrajo un rollo y se lo entregó a Pisón. Entonces volvimos al despacho de César, aunque si fuera por mí se hubiese abierto el testamento en el mismo instante en que la vestal superior lo había localizado. Me moría de impaciencia.

Ya en el despacho se hizo llamar a Calpurnia para que estuviera presente, aunque mentalmente estuviese en otro lugar. Todos se sentaron y Calpurnio Pisón comenzó a desenrollar el testamento tras romper el sello que lo mantenía cerrado. El suegro de César echó un vistazo al documento y después sonrió mirándome con sorna.

—¿Y bien? —le pregunté con ansia.

—César lega trescientos sestercios a cada ciudadano romano. Además, los hermosos jardines de la mansión que César tenía al otro lado del Tíber serán para uso y disfrute del pueblo de Roma.  También lega una cuarta parte de su fortuna a sus familiares lejanos Quinto Pedio, Lucio Pinario y Décimo Bruto -al pronunciar el nombre de uno de los asesinos Pisón calló y todos se quedaron atónitos-. Este último, por supuesto, no verá ni un sestercio.

Pisón se demoró un poco, regodeándose en la expectación de los presentes y mirándome fijamente.

—Por último, César nombra su heredero universal y adopta como hijo suyo a todos los efectos -¡Sí, por fin!, pensé a punto de estallar de felicidad. Sabía que sería uno de los herederos, pero para nada esperaba la adopción — a Cayo Octavio Turino.

—¿Qué? —acerté a decir. Fue como si me golpearan con un mazo en la cabeza. La ira y el resentimiento me invadieron y salí de la Domus Publica hecho una furia. Ni un sestercio me había dejado el muy desagradecido.

 

Después de mucho reflexionar he llegado a la conclusión de que aquel momento fue el que cambió mi destino de gobernar Roma. La última decisión de César me dolió mucho, pero no tenía porqué ser fatal para mis ambiciones. Después de todo Octavio era un muchacho de dieciocho años enfermizo y afeminado ¡Qué equivocado estaba! Nadie por aquel entonces, y mucho menos yo, pensaba que Octavio pudiera sobrevivir al periodo convulso que siguió al asesinato de César. Debí hacer caso a mi esposa, Fulvia, que me aconsejó enviar asesinos a acabar con el muchacho. Aquel fue mi peor error, desprecié a Octavio, lo subestimé y por eso hemos llegado a esta situación. Si hubiese acabado con él nadie me habría disputado el poder, el ejército habría visto en mí al sucesor de César aunque no figurase en el testamento. Pero con el heredero de César vivo las lealtades se dividieron y por eso llegamos a la situación de tener que repartirnos las provincias entre nosotros dos y Lépido, cuando acabamos con los asesinos de César en la batalla de Filipos.

Octavio pasó a llamarse Cayo Julio César Octaviano pero me niego a llamarlo así, para mí siempre será Octavio Turino, un muchacho con orejas de soplillo. Era un inútil militarmente, pero muy inteligente y supo rodearse de buenos consejeros, sobre todo Agripa, el almirante de la flota de Octavio en Actium dónde perdí la mayor parte de mi ejército y mis esperanzas. Sí, está claro que en el momento en que escuché a Pisón pronunciar el nombre de Octavio se selló mi destino de ser un derrotado más, como Pompeyo. El destino quiso que me apiadara del muchacho y no lo mandara asesinar. Sin duda, el mayor error de mi vida.

Alguien acaba de picar en la puerta. Es Cleopatra, mi amada Cleopatra, que viene a pedirme, como todos los días, que vuelva a palacio.

—Hay que organizar la campaña, ese gusano de Octavio no tardará en presentarse en Egipto con sus legiones —me acaba de decir. Aún cree que podemos ganar la guerra, la muy necia.

—Está bien, saldré —Le respondí.

Ya estoy cansado de estar encerrado entre estas cuatro paredes recordando el pasado, es hora de volver al palacio y disfrutar de la vida los meses que nos queden. Después, cuando el enemigo llegue, me pondré mi coraza y mi yelmo y avanzaré a la batalla para morir como un romano. Me han acusado de dejarme influenciar por Cleopatra, de que soy un pelele en sus manos y que ya no soy un verdadero romano, que lucho por Egipto y por su Faraón. Pues bien, volveré a ser un romano, aunque sea por última vez. Maldigo mil y una veces a Octavio, pero más me maldigo a mí mismo por no haber acabado con él cuando aún estaba a tiempo.

 

 

 

Jorge Menéndez Caunedo

 

Acerca de Rober

Me llamo Roberto y nací en el año 1979 en Madrid. Apasionado de la historia desde siempre, mi única intención es que compartamos y divulguemos en este espacio cada pedacito de la antigüedad que tanto nos gusta. Me encantaría que recorrieras conmigo este periodo. ¿Te apuntas?, pues bienvenido a Historia o leyenda.


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