Pidna, el sol de Macedonia se apaga 11


Las desavenencias entre Roma y Macedonia se remontan a la segunda guerra púnica, cuando un joven Filipo V se alió con Cartago en contra de la ciudad de las siete colinas.  El monarca macedonio tuvo que aprender por las malas que con Roma la fuerza bruta no solía dar buen resultado.

No obstante, no sería la última vez que intentaría dar un vuelco a la expansión romana hacia el este. Encontró un nuevo aliado en la figura del poderoso rey Antíoco III. Pero tampoco obtuvo réditos. Finalmente, el pragmatismo tomó las riendas del proceder de Filipo y mantuvo durante un tiempo al reino en un “perfil bajo” frente a la expansionista república romana.

Incluso llegó a colaborar con los latinos en su campaña contra la decadente Esparta en el año 195 a.C., y permitió el paso por sus posesiones a los hermanos Escipión en su marcha contra su antiguo aliado Antíoco III, que terminó con la celebérrima batalla de Magnesia.

Estos actos permitieron que su deuda monetaria con Roma fuera perdonada y pudiera dedicarse sin oposición a reconstruir su reino económica y militarmente. Poco a poco fue consolidando su posición frente a otros estados griegos, volviendo a ser una potencia regional.

Pero Filipo sabía que esa tranquilidad era sólo temporal. Sabía que tarde o temprano el senado romano dedicaría toda su atención a Macedonia e intentaría apoderarse de su reino.

Filipo tampoco era ya ese rey impetuoso y joven que se alió con Cartago y la responsabilidad de mantener el reino recaería sobre su heredero.

El rey tenía dos hijos: Demetrio y Perseo. Demetrio, el mayor, siempre fue de más agrado para Roma que Perseo, pues este era impetuoso como su padre y sibilino como una víbora.

Y no se equivocaban, pues el pequeño de los príncipes macedonios tenía muy claro que él sería quien sucedería a su padre. Maniobró para que pareciera que su hermano mayor mantenía contacto permanente con Roma, y esparció el rumor de que pretendía derrocar al rey con la ayuda de sus amigos latinos. Filipo se tragó el embuste y ordenó ejecutar a su primogénito y Perseo quedó finalmente como único heredero legítimo de Macedonia.

Ya sabéis que las mentiras tienen las piernas cortas, y en una corte como la macedonia no era fácil mantener en secreto cualquier conspiración. Si, finalmente Filipo se enteró del engaño de Perseo y totalmente abatido (según Tito Livio, aunque otras fuentes lo describen casi como un rumor) cayó enfermo por la culpa.

Filipo maniobró entonces para nombrar sucesor a un sobrino, pero las parcas le llevaron finalmente frente a los dioses en el año 179 a.C. Perseo heredaba un trono en buenas condiciones económicas y política (regionalmente hablando).

Sin embargo, los primeros años de reinado de Perseo fueron tranquilos y acertados para el devenir de Macedonia. Gestionó con sabiduría los recursos que su padre había atesorado, rearmó el ejército y reabrió algunas de las minas de oro caídas en desuso. Forjó alianzas con alguna liga helénica, no descuidó sus relaciones diplomáticas con celtas al norte y tracios al este.

Pero no creáis que el trono había amansado sus ansias, no. Todo movimiento tenía su razón de ser, Perseo no daba puntada sin hilo, y pronto su alargada mano empezó a verse detrás de varios conflictos en Grecia.

Quizá el más sonado fuera cuando la tribu de los bastarnos atacó a los dardanios, un belicoso reino que se hallaba al oeste de la frontera macedónica. Las quejas de que el oro de Perseo estaba detrás del ataque llegó hasta el mismo senado de Roma, y no fueron las únicas.

Masinissa, rey de Numidia y gran aliado de Roma, aseguró a los patres et conscripti que Perseo mantenía una estrecha relación con la siempre odiada Cartago. Roma decidió entonces enviar una delegación de tres embajadores a Macedonia formada por Cayo Lelio, Sexto Digicio y Valerio Mesala.

Para entonces Perseo disimulaba muy mal sus intenciones. Con un rápido ataque, subyugó a los dólopes tomando sus ciudades y derrotando por completo a su ejército. Para colmo avanzó con sus tropas hasta la tierra sagrada de Delfos, poniendo en jaque a las demás poleis griegas.

Perseo tras la batalla de Calicino. Ilustración de Johnny Shumate.

Con ello demostraba dos cosas: que disponía de la fuerza suficiente para enfrentarse a cualquier ciudad estado y que Roma nunca llegaría a tiempo para evitarlo.

A los pocos días retrocedió sin causar daño en su retirada, pero el mensaje estaba enviado y todos sabían que más pronto que tarde se desataría la guerra en Grecia.

Corría el año 173 a.C., y mientras la confusión se extendía por la Hélade y los conflictos locales se multiplicaban, Perseo daba una larga tras otra a las embajadas que Roma presentaba en su reino.

El rey de Pérgamo, Eúmenes, aliado de Roma y enemigo declarado de Perseo, contemplaba con temor como el delicado equilibrio de poder en Grecia se decantaba poco a poco a favor de Macedonia. Tenía que actuar y precipitar la entrada de Roma de forma más activa, y en consecuencia envió a Roma a su propio hermano presentado pruebas del rearme y oscuras intenciones de Perseo. Incluso él mismo decidió viajar a Roma y pronunciar un discurso en la curia que sirvió a los senadores un casus belli en bandeja. Aun así Roma tardó un año en hacer los preparativos de la expedición, pues Grecia no era el único frente abierto de la poderosa república.

En el año 171 a.C., el cónsul Publio Licinio Craso fue elegido para hacerse cargo del problema macedonio. Para ello, disponía de un ejército de 16.000 infantes y 1.400 jinetes.

Desembarcó en Epiro sin oposición, pero a medida que se acercaba a Tesalia el terreno agreste y la falta de provisiones hicieron su avance bastante penoso. Las noticias llegaron a Perseo, que se encontraba en Beocia acosando a los aliados romanos. Perseo se puso en marcha con tal celeridad que sorprendió al cónsul mientras estaba reunido en un consejo de guerra.

Tras unas pocas escaramuzas de caballería, los dos ejércitos se enfrentaron, saliendo victorioso el rey macedonio. Los romanos sufrieron 2.500 bajas y 600 prisioneros.

Aunque el cónsul Craso intentó devolverle la moneda la verdad es que se inició un periodo de casi tres años de un tira afloja entre las fuerzas macedonias y romanas que estancó el conflicto sin ventaja aparente para ninguno de los dos bandos.

Cuando Perseo vencía en alguna batalla, no aprovechaba su ventaja. Y cuando eran los romanos los que hacían retroceder a Perseo, no culminaba el trabajo por prudencia o mala gestión logística que dejaba al ejército sin provisiones.

En el año 168 a.C., el senado decidió enviar a algún comandante con más experiencia y de probada capacidad. El elegido fue Lucio Emilio Paulo, que, aunque contaba con más de sesenta años de edad, era un líder de hombres que ya había desempeñado el cargo catorce años antes con éxito.

Lo primero que hizo el nuevo cónsul fue recabar toda la información posible sobre la situación en el escenario de guerra. Necesitaba saber con qué contaba y que es lo que le hacía falta. Cuando llegó al teatro de operaciones, restituyó la disciplina y la moral de la tropa encargándose primero de que no les faltaran vituallas, mal endémico de la guerra en Macedonia.

Después sin más demora salió al encuentro de Perseo, dejando su flota en el golfo de Tesalónica para cortar el suministro del monarca macedonio. Avanzó a marchas forzadas rodeando el monte Olimpo para coger por sorpresa a Perseo. Envió a Publio Cornelio Escipión Nasica y a su propio hijo, Quinto Fabio Máximo, para tal fin. Perseo fue alertado por un desertor y ocupó los pasos poniendo al mando de una buena hueste a su lugarteniente Milón, pero Nasica hizo que se retirase causándole grandes pérdidas.

Los oficiales del cónsul le instaron a terminar el trabajo de Nasica y atacar sin más dilación, pero Emilio Paulo, veterano comandante decidió no atacar a un enemigo que estaba en alerta y superior en número.

Pero para no permanecer inactivo desplegó durante los dos días siguientes contingentes de infantería ligera que no obtuvieron buen resultado contra los experimentados tracios y peltastas de Perseo.

El rey macedonio tampoco quiso esperar la reacción de los romanos, y en un más que probable error estratégico decidió retirarse a Pidna y acampar en las afueras donde la llanura le permitía desplegar todo el poderío de la falange. Pensó que si era suficientemente rápido podría formar su ejército y salir al paso de sus perseguidores.

Y sin duda lo consiguió, cuando Emilio Paulo divisó el campamento enemigo y a su ejército de cerca de 44.000 hombres en perfecta formación, con las sarisas en ristre paró el avance y caviló su siguiente movimiento.

Esa misma noche hubo un eclipse de luna que los contendientes tomaron de diferentes formas. Los romanos hicieron sacrificios para ganarse el favor de los dioses, mientras que los macedonios quedaron aterrados y paralizados en sus tiendas durante toda la vigilia, pues pensaban que era un presagio funesto.

Emilio Paulo sabía que no podía esperar mucho antes de atacar, pues aunque había dos ríos del que abastecerse (Esón y Leuco), las tareas de forraje no eran sencillas. Precisamente en una acción de ese tipo las cosas se desbocaron y precipitaron el enfrentamiento final.

Al día siguiente del eclipse lunar, el cónsul esperó a que el mediodía pasase para que el sol no deslumbrara a sus legiones. Hay dos versiones de lo que ocurrió, la primera cuenta que el propio Emilio Paulo ordenó espantar a un corcel en dirección al campamento enemigo para que creara confusión y se precipitaran al ataque (versión muy inocente y poco probable para mi gusto).

La segunda es que un grupo de forrajeadores cuando volvían de su labor perdió una de las mulas que se dirigió hacia las líneas enemigas, concretamente a la sección de los tracios, que intentaron apoderarse de ella.

Los romanos entablaron combate con ellos. Poco a poco se fueron uniendo refuerzos de cada bando, hasta que al final los ejércitos formaron al completo.

Antíoco ocupó el flanco derecho de la formación con la caballería de compañeros, seguido por infantería ligera. En el centro la falange, cubierta de bronce y hierro, en un bosque de sarisas impenetrable. En el flanco izquierdo los tracios con sus escudos blancos y túnicas negras dispuestos a vengar a sus compañeros caídos en la escaramuza previa. Como escribía anteriormente, unos 44.000 efectivos.

Batalla de Pidna, Ilustración de Peter Connolly,

Los romanos disponían de un ejército más pequeño, entre aliados itálicos, griegos y legiones consulares no sumaban más de 30.000 efectivos.

Emilio Paulo dispuso la caballería cubriendo los dos flancos, seguidos de los aliados itálicos y griegos a en el interior, y en el centro las legiones consulares.

La falange avanzó como un muro de hierro imparable, causando muchas bajas con sus largas sarisas. La compacta formación en terreno llano era prácticamente imparable, y las espadas cortas de los legionarios diseñadas para “apuñalar” al enemigo, casi inútiles.

No era extraño ver durante el combate a legionarios intentando arrancar de las manos las lanzas a sus oponentes, o intentando colarse por debajo de la línea de combate para cortar corvas y tendones.

Pero era inútil, el centro romano retrocedía dejando el suelo plagado de muertos, y en los flancos la cosa no iba mejor. Los peltastas y tracios acosaban a los aliados romanos impidiendo el avance, además, éstos no se atrevían para no romper la formación con el núcleo principal que llevaba las de perder claramente.

Tanto retrocedió el ejército romano, que empezó a replegarse en el terreno abrupto del monte Olocro. Emilio Paulo no dejó de recorrer las líneas durante todo el combate, arengando y ayudando donde hiciera falta, parecía que sus más de sesenta años no le pesaban.

Perseo, en vez de enviar a su caballería, claramente superior, para acabar con los romanos, hizo avanzar a la falange tras el retroceso romano. Pero toda la ventaja del macedonio se perdió al entrar en terreno accidentado, ya no había línea de combate. Los pezhetairoi no lograban mantener la formación, y Emilio Paulo aprovechó la circunstancia ordenando a las cohortes que se infiltraran entre los huecos de las unidades desperdigadas.

La ventaja para maniobrar de la unidad romana fue la clave de la victoria. Las anteriormente letales sarisas se convirtieron en un estorbo para combatir las estocadas de los hastati y prínceps. Los pezhetairoi las arrojaron al suelo y sacaron su arma corta, pero no tenían nada que hacer contra un enjambre de unidades que les atacaban por todas partes.

El ejército macedonio se retiró totalmente desordenado, dejando la ladera y la llanura en la posterior persecución llena de cadáveres. Las fuentes como siempre varían en el número de bajas, pero podemos datarlas entre 15.000 y 20.000 unidades. Habría que sumar unos 5.000 prisioneros, lo cual quiere decir que la fuerza combativa de Macedonia quedó totalmente destruida.

Versión de la batalla según Angus McBride.

Según Plutarco las bajas romanas ascendieron a cien…, bueno, una fanfarronada claramente, y más teniendo en cuenta el comienzo de la batalla. Fuentes más modernas y estudios universitarios datan esta cifra en unos 5.000, un número mucho más plausible en un choque de estas dimensiones.

Perseo huyó a Pella y posteriormente fue abandonado por sus compatriotas. Huyó durante algún tiempo hasta que fue capturado y llevado a Roma para el triunfo de Emilio Paulo, llamado después de la batalla “Macedónico”. El veterano senador permitió que el último rey de Macedonia se retirara a la pequeña urbe de Alba Fucens, donde terminó sus días.

Pidna no sólo fue el final de la falange, también el de Grecia como entidad política independiente. Macedonia fue dividida en varios pequeños estados republicanos, más de sesenta ciudades fueron arrasadas y decenas de miles de esclavos llevados a Roma.

La república no tenía ninguna oposición seria para expandirse hacia oriente, y poco a poco el Mediterráneo iba convirtiéndose en el Mare Nostrum. Pero bueno eso como sabéis, es otra historia.

Bibliografía y fuentes.

Plutarco, Vidas paralelas.

Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación.

Polibio de Megalópolis, Historia universal bajo la república romana.

Fernando Quesáda Sanz, Armas de Grecia y Roma.

 

Acerca de Rober

Me llamo Roberto y nací en el año 1979 en Madrid. Apasionado de la historia desde siempre, mi única intención es que compartamos y divulguemos en este espacio cada pedacito de la antigüedad que tanto nos gusta. Me encantaría que recorrieras conmigo este periodo. ¿Te apuntas?, pues bienvenido a Historia o leyenda.


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