Mons Graupius, la gran victoria de Agrícola 6


Si hablamos de Escocia, habitualmente lo relacionamos casi sin querer con William Wallace, que, con más corazón que recursos, se enfrentó al emergente reino de Inglaterra en el siglo XIII. Pero no fue el primer braveheart de aquellos húmedos y verdes parajes.

Nos encontramos en el siglo I de nuestra era, y Escocia ni siquiera se llamaba así, su nombre era Caledonia y sus habitantes: los pictos, una serie de pueblos celtas con alguna diferencia de sus primos del sur de la isla ya que, como los escotos (antepasados de Wallace) su origen es irlandés. Sus intrincadas pinturas azules y tatuajes arremolinados son característicos de este pueblo, al igual que los diseños de cuadros en sus ropas, muy similares a los del kilt escocés. Indómitos y salvajes, se resistían al avance de los romanos que llevaban en la isla desde el año 43 d.c., cuando el emperador Claudio en un movimiento para afianzar su poder ordenó la invasión de Britania.

Desde luego hubo resistencia, jefes capaces como Carataco y la indomable Boudica pusieron muy difícil el avance a las legiones, pero al final el resultado siempre era el mismo, las águilas de Roma se alzaban victoriosas. En el año 77 llegó un nuevo cónsul a la isla, Cneo Julio Agrícola, un patricio provinciano nacido en Forum Iulii, una colonia de la Galia Narbonense. Cuestor en Asia el año 64, tribuno de la plebe en el 66, Pretor en el 68, en el año 71 serviría como legado bajo las órdenes del gobernador de Britania en ese periodo, Quinto Pentilio Cerialis, así que ya tenía experiencia en Britania.

No esperó demasiado y al año siguiente de ser nombrado cónsul, marchó hacia el oeste de Britania, a lo que hoy conocemos por Gales. Allí se encontraba una de las tribus más belicosas, los ordovicos. Si quería finiquitar la conquista de la isla no se podía permitir avanzar al norte dejando el flanco izquierdo a expensas de un posible ataque desde esa zona o a un posible desembarco de los habitantes de Hibernia (Irlanda). Prácticamente aniquiló a la tribu, persiguiéndolos hasta el último rincón de Gales. No contento con la destrucción de los ordovicos, tomo al asalto la isla de Mona (Anglesey) último reducto de los druidas del sur de Britania, asestando un golpe fatal a la moral de los nativos.

Su siguiente objetivo eran los brigantes que se encontraban en la mitad norte de Inglaterra, Agrícola era consciente de que no podía emplear todas sus tropas en campañas a muerte por todo el territorio, ya que las pérdidas podían ser cuantiosas y tendría que abandonar la campaña. En su lugar después de realizar varias incursiones rápidas y letales, Agrícola procuró mostrarles “las ventajas de la civilización”, romanizando en vez de aniquilando.

Claro que, teniendo en cuenta que su historiador personal (Tácito) era también su yerno, probablemente nos represente la imagen de un general ideal, duro pero magnánimo y urbanita. Esta estrategia le permitió sentar las bases de una próxima invasión a Caledonia, construyendo una serie de fuertes hasta la actual ciudad de Eboracum  (York), desde donde avanzaría el año 79. Nada detuvo al general romano, que incluso con mal tiempo hacía avanzar lentamente a la maquinaria romana, dejando desolación a su paso, los pictos mientras tanto esperaban su llegada.

Estatua de Agrícola en la ciudad de Bath, Reino Unido.

Estatua de Agrícola en la ciudad de Bath, Reino Unido.

 
Después del levantamiento de Boudica, los romanos habían aprendido a no dar las cosas por sentado en aquellas brumosas tierras, con ello en mente, Agrícola dedicó el siguiente año a fortificar y terminar de someter el territorio conquistado, ya habían entrado en Caledonia, llegando hasta la actual ciudad de Dunning, en el sur de Escocia. En este punto el avance se hizo realmente lento debido a varios factores: la falta de calzadas o caminos adecuados para la marcha de los ejércitos, el desconocimiento de la región y sus habitantes y no menos importante el ascenso de Domiciano al poder.

Ya nos encontramos en los años 82-83, los romanos en su lento avance por la costa este de las tierras bajas de Caledonia, van sembrando fuertes y puestos fortificados, Agrícola probablemente utilizó una de sus cuatro legiones para ir dejando guarniciones y asegurar su ruta de suministros pues los pictos no dudaban en atacar fuertes por la noche y cortar la líneas, retrasando así el avance imperial.

Varios de éstos campamentos fueron hallados por arqueólogos en la segunda mitad del siglo XX, algunos ya en las tierras altas escocesas, lo que indica cuan al norte llegaron los romanos. Para el año 84 los pictos ya se habían dado cuenta que estos romanos no serían detenidos por mucho que atacaran sus fortificaciones, había que pensar más a lo grande, había que unirse, ¿pero quién los lideraría?

Nuestro braveheart de la antigüedad se llamaba Calgaco e igual que Vercingétorix Armínio reunió a los clanes y tribus de su tierra para plantar cara al imperio. Vacomagos, venicones, taexalos, incluso las tribus más norteñas como los creones y cornavii se unieron. Tácito afirma que 30.000 guerreros pictos de todas las edades se reunieron para acabar con las legiones de Agrícola, quizá un número un poco menor sea más real pero los expertos aseguran que como poco rondarían los 20.000-25.000 efectivos.

Sabemos que Agrícola contaba con cuatro legiones, pero como hemos comentado antes una de ella probablemente se quedara atrás como guarnición, así que contando con los auxiliares, el ejército imperial sería muy similar en número al de los pictos. Calgaco, al ver avanzar el ejército romano hacia sus posiciones, aquel ciempiés de metal, se subió a una roca y arengó a sus compatriotas con un discurso digno de Hollywood:

“Cuantas veces reflexiono sobre las causas de esta guerra y sobre cuál será la actitud de los dioses para con nosotros, me siento bien seguro de que vuestra unión el día de hoy será el principio de la libertad para toda la Britania: pues habéis avanzado juntos y además no habéis estado nunca sometidos; por otra parte, no nos queda ya tierra más allá, ni siquiera el mar nos ofrece seguridad con el acecho de la flota romana. Es así que, el combate, que los hombres valerosos consideran cuestión de honor, incluso para los cobardes resulta la salida más segura. Las batallas anteriores que se han sostenido contra los romanos con fortuna variada, dejaban en nuestras manos la esperanza de estar a salvo, porque, al ser el pueblo de mayor raigambre en Britania toda, y vivir en nuestras reservas sin vista alguna a las costas sometidas, no llegábamos a imaginar siquiera una invasión.

En el último baluarte de la libertad, la propia distancia y las incógnitas sobre nuestra fama nos han defendido hasta hoy, que todo lo desconocido se magnifica. Pero ahora Britania queda completamente al descubierto: ni un pueblo más allá, nada salvo olas sobre los acantilados y una amenaza peor, los Romanos, de cuya prepotencia no vamos a librarnos con una rendición digna. Depredadores que son de la tierra, cuando ya lo han devastado todo y les falta tierra, miran al mar: avaros, si el enemigo es rico, y rastreros, si pobre, no se han saciado con Oriente ni Occidente: sólo ellos ansían con igual tesón riquezas y miseria. Al expolio, la matanza y el saqueo los llaman por mal nombre hegemonía, y allá donde crean un desierto, dicen que hay paz.”

 
El poder de las tribus reunidas.

El poder de las tribus reunidas.

 
“Por naturaleza, cada uno quiere a sus hijos y a su familia más que a nada: pues los reclutan y se los llevan a cualquier parte; nuestras esposas, nuestras hermanas, incluso si han escapado a las bajas pasiones del enemigo, son mancilladas en nombre de la amistad y de la hospitalidad. Bienes y fortunas a modo de tributo, campos y cosechas para su abastecimiento, las personas como mano de obra para franquear bosques y pantanos, todo lo esquilman entre violencias y ultrajes. Los esclavos de nacimiento se venden una vez, y aún son alimentados por sus amos: Britania compra cada día su servidumbre, la mantiene a diario. E, igual que en una familia el último de los esclavos sufre abusos de sus propios camaradas, en un mundo así a nosotros nos buscan para renovar el servicio y, baratos que somos, para exterminarnos; y es que ya  no nos quedan campos, ni minas, ni puertos para cuya explotación nos guarden. Por otra parte, a los invasores no les gusta el valor y el orgullo de las gentes: la distancia y la independencia, cuanto más seguras parezcan, más  desconfianza provocan. Pues no hay esperanza de benignidad, tomad fuerzas, según queráis, para sobrevivir o para alcanzar la gloria. Los Brigantes, al mando de una mujer, incendiaron una colonia, expugnaron un campamento, y, si la dicha no se hubiera convertido en desidia, habrían podido liberarse del yugo: nosotros vamos a avanzar juntos e invictos por la libertad, y no nos arrepentiremos de ello: mostremos al primer ataque qué clase de hombres se había guardado Caledonia en reserva.”
 
“¿Creéis que a los romanos les asiste el mismo valor en guerra, que molicie en la paz? Ellos se crecen con nuestras discrepancias y desacuerdos, y vuelven los fallos del enemigo en gloria para su ejército. Un ejército que, a partir de pueblos muy diversos, se mantiene tan compacto en situaciones favorables, como se disgrega en las adversas: excepto si pensáis que los Galos y los Germanos y, da vergüenza decirlo, no pocos Britanos, aunque entregan su sangre a la dominación ajena, ellos que han sido más tiempo enemigos que siervos, se mantienen fieles por simpatía. Miedo, terror, son vínculos poco firmes de afinidad. Si se remueven, quienes han dejado de temer, empezarán a odiar. Todos los estímulos para la victoria están de nuestra parte: no hay esposas que animen a los romanos, ni padres que vayan a reprochar su fuga; la mayor parte son apátridas o su patria es otra. Los dioses nos los han entregado, poco numerosos, temblando de ignorancia, mirando a su alrededor incluso un cielo y un mar, unos bosques, que desconocen por completo, prisioneros en cierto modo y encadenados.
 
No os asuste su aspecto vano, el fulgor de oros y platas, que ni cubren ni hieren. Entre las filas del enemigo descubriremos tropas a nuestro favor: los Britanos reconocerán su causa, los Galos recordarán la libertad perdida, y los Germanos desertarán igual que hace poco abandonaron los Usipos. Por lo demás, nada que temer: recintos vacíos, colonias de ancianos, municipios empobrecidos y en desacuerdo entre los que se someten a desgana y los que imponen su poder. Aquí hay un general, aquí un ejército. Allí tributos, trabajos forzados y los demás castigos de esclavos: soportarlos para siempre o, sin más dilación, vengarse depende de este campo. Así que al entrar en combate pensad en los que os han antecedido y en los que os seguirán.”
 
Los auxiliares en pleno combate. Ilustración de Seán Ó'Brógáin.

Los auxiliares en pleno combate. Ilustración de Seán Ó’Brógáin.

 

Agrícola al ver a los enemigos enardecidos, gritando y golpeando sus escudos, tomó la misma decisión que su enemigo y decidió espolear a sus tropas con unas palabras:

“Va para siete años, camaradas, desde que tomasteis Britania, por iniciativa y decisión del gobierno de Roma, y gracias a vuestra firmeza y a vuestro esfuerzo. Nos ha costado tantas expediciones, tantos combates, fortaleza contra el enemigo, resistencia y coraje incluso contra la propia naturaleza del entorno y ni yo me he avergonzado de mis soldados ni vosotros de vuestro jefe.

Hemos superado los límites: yo, los de legados anteriores; vosotros, los de los ejércitos precedentes; conocemos a fondo Britania, no por los rumores de la fama, sino con nuestras armas y nuestras posiciones: Britania está descubierta y sometida. Es cierto que a veces durante la marcha, cansados de pantanos, montes y ríos, podía escuchar la voz de los más decididos: ¿Cuándo va a entregarse el enemigo, cuándo caerá en nuestro poder? Pues aquí están, han salido de sus escondites, y decisión y valor están a descubierto; los vencedores lo tendrán todo de su parte y en contra los vencidos. Pues haber superado jornadas tan intensas, haber superado bosques, cruzado estuarios en nuestro avance, nos honra y nos distingue, pero si vamos en retirada, sería muy peligroso todo lo que hoy nos favorece en extremo. Por otra parte, no conocemos el lugar como ellos, ni disponemos de igual facilidad de avituallamiento, pero estamos armados y eso es lo esencial. Por lo que a mí respecta, he ordenado que no se preste apoyo a la retirada de tropas ni jefes. Así pues, no sólo es mejor una muerte honesta que vivir en el escarnio, sino que supervivencia y honra van juntas; además no deja de ser motivo de gloria haber caído en los mismos confines del mundo.

Si se tratara de nuevos pueblos, de formas imprevistas de combate, yo os exhortaría a recordar otros ejércitos: pero en esta situación, mejor rememorad vuestras medallas, contad con vuestra experiencia. Éstos son quienes el año pasado atacaron por sorpresa sólo una vuestras legiones y les derrotasteis con vuestras voces; éstos son los más huidizos de los Britanos y por ello precisamente han sobrevivido tanto tiempo. Igual que al penetrar en bosques y desfiladeros los animales más fuertes os han atacado, pero los asustadizos y los débiles huían sólo con el ruido de vuestro avanzar, así los más bravíos de los Britanos ya han caído antes, queda el resto de los incapaces y los cobardes. Si por fin os los habéis encontrado, no es que
se hayan plantado ante vosotros, sino que los habéis sorprendido; las últimas novedades y su miedo extremo han paralizado sus filas sobre sus propias huellas, donde vais a conseguir una hermosa y previsible victoria. Acabad ya con las expediciones, sellad cinco décadas con un gran día, probad a la república que nunca se ha podido imputar al ejército ni las demoras en la guerra ni los motivos de las rebeliones.”

 
La caballería rodea a los pictos y caledonios. Ilustración de Seán Ó'Brógáin.

La caballería rodea a los pictos y caledonios. Ilustración de Seán Ó’Brógáin.

 

Los dos ejércitos se lanzaron el uno contra el otro, disciplina y experiencia contra pasión y arrojo. La primera línea de los romanos se componía de auxiliares y caballería, de momento las legiones aguardaban. Los caledonios partían con doble ventaja, eran un poco más numerosos y se hallaban en terreno alto, y para colmo las primeras líneas de auxiliares observaban un movimiento extraño entre los enemigos, se abrían huecos entre sus guerreros, como si una mole los apartara, dejando ver cómo iban apareciendo decenas de carros de batalla, muchos de ellos con guadañas en las ruedas.

Los auxiliares subían la pendiente mientras los carros se acercaban colina abajo, una lluvia de jabalinas desbarató la carga picta dispersando los carros, los caledonios perdían iniciativa. Ahora los auxiliares desenfundaban el gladio y se ponían manos a la obra, dando estocadas y escondiéndose tras el escudo ovalado, así miles de ellos avanzando poco a poco como un cortacésped que se ralentiza por el exceso de hierba. Mientras tanto en los flancos era la caballería la que actuaba, desorganizando y poniendo en fuga a los nativos.

Para mayor desgracia de los pictos, los carros sobrevivientes a la lluvia de jabalinas habían quedado atrapados entre el barro o la maleza quedando inutilizados. Calgaco ordenó entonces que los guerreros que no habían entrado en combate intentaran flanquear a los romanos, pero no contaba con la rápida victoria de la caballería romana a la suya propia, y los primeros ya habían vuelto grupas hacía la batalla sorprendiendo a los caledonios que maniobraban, que no solamente evitaron el ataque, sino que puso en fuga a la parte más “fresca” del ejército picto.

Una vez que los flancos se retiran, la caballería no tenía más que rodear al enemigo y atacar por la retaguardia. Tácito narra la masacre posterior citándola como “caza de hombres”, las cifras de bajas aportadas por el yerno de Agrícola evidentemente están “infladas” comentando que los romanos solo sufrieron 360 bajas por las 10.000 caledonias. Evidentemente debemos subir las muertes romanas y bajar las nativas, pero no obstante la victoria romana fue apabullante en el  campo de batalla de Mons Graupius.

Quizás es lo normal pensar que ante tal victoria se comenzará el establecimiento de una nueva provincia romana, pero la popularidad alcanzada por Agrícola no gustaba nada de nada al emperador Domiciano. El Dominus et Deus llamó de vuelta a su general con la excusa de los gastos originados por la campaña, una vez en Roma lo apartó de la vida pública y en el año 93 todavía envidioso de sus éxitos ordenó su muerte. Las tropas acantonadas en Caledonia se utilizaron para otras fronteras, debilitando los logros conseguidos, oportunidad que aprovecharon los pictos para recuperar paulatinamente el terreno perdido, tierra que se convertiría en el último bastión de Britania, donde un muro marcaba el final de la civilización y el comienzo de lo desconocido, pero bueno eso como sabéis, es otra historia.

 

 Bibliografía y fuentes:

Tácito, Anales.

Duncan B Campbell, Mons Graupius 83 d.c.

 

Acerca de Rober

Me llamo Roberto y nací en el año 1979 en Madrid. Apasionado de la historia desde siempre, mi única intención es que compartamos y divulguemos en este espacio cada pedacito de la antigüedad que tanto nos gusta. Me encantaría que recorrieras conmigo este periodo. ¿Te apuntas?, pues bienvenido a Historia o leyenda.


Deja un comentario

6 Comentarios en “Mons Graupius, la gran victoria de Agrícola