Los hermanos Graco (II), Cayo Sempronio Graco, el principio del final de la república 2


Cayo Sempronio Graco nació en año 154 a.c., como ya comentamos en el anterior artículo dedicado a Tiberio, su hermano mayor, fueron criados en el seno de una de las familias más prominentes de la república. Su educación bajo la tutela de su madre, Cornelia menor (hija del mismísimo “Africanus”) y la influencia de su padre, Tiberio Sempronio Graco (cónsul y censor), hicieron de los hermanos unos jóvenes con unas expectativas de futuro muy prometedoras.

Cayo se estrenó en la vida pública de Roma participando como cuestor en uno de las campañas militares más duras a las que participó la república: el asedio a Numancia. Bajo las órdenes de su primo (y cuñado) Escipión Emiliano destacó como aguerrido combatiente y gestor diligente, pero no pudo ver como caía la ciudad celtíbera, pues su hermano Tiberio que en ese momento ejercía de tribuno de la plebe, necesitaba de su apoyo en la capital. Como ya sabéis poco pudo hacer Cayo para evitar la muerte de su hermano, y el pobre Tiberio dio con sus huesos en las sucias aguas del Tíber en el año 132 a.c.

Cuando Cayo pidió al senado permiso para poder recuperar el cuerpo de su familiar para darle la debida sepultura y poder velarlo según la tradición el senado se lo negó, tal era la inquina y el odio que había levantado en la clase senatorial las leyes promulgadas por Tiberio. Lo único que pudo hacer Cayo fue intervenir y defender públicamente a Vetio (amigo y partidario de Tiberio) en la caza de seguidores posterior a la muerte de Tiberio y apoyó propuestas contrarias a los anhelos de los optimates ganándose aún más enemigos dentro del senado.

Acabado el año, Cayo decidió retirarse a un discreto segundo plano, su situación era muy delicada y permanecer tranquilo parecía la mejor opción. Sin embargo después de un tiempo de sosiego cuenta la leyenda que en sueños se le apareció su hermano Tiberio y con gesto entre tierno y apesadumbrado le reveló su sino: “¿Por qué causa o en que te detienes Cayo? No hay como evitarlo, una misma vida y una misma muerte por defender los intereses del pueblo nos tiene destinas el hado.” Tuvo claro entonces lo que tenía que hacer, retomar su cursus honorum y defender su causa hasta las últimas consecuencias.

Grabado de Cayo Graco en uno de sus discursos ante la plebe.

Grabado de Cayo Graco en uno de sus discursos ante la plebe.

En el año 126 a.c. ocupó de nuevo un puesto de cuestor, esta vez bajo el mando de uno de los cónsules de ese año, Lucio Aurelio Orestes, en la provincia de Cerdeña. De nuevo destacó como combatiente destacando entre los demás jóvenes de su edad, y su empleo como gestor fue muy efectivo, sabiendo solucionar incluso alguna crisis como la de falta de vestuario para las tropas en un invierno especialmente duro. Su rectitud en el cargo y empatía con los soldados rasos empezó a granjearle amistades entre la tropa y sus familiares, cosa que al senado no le gustaba nada.

Los senadores no querían tenerle en Roma y tomaron la medida de prolongar su estancia en Cerdeña junto a Orestes, pero Cayo ya estaba harto de esperar e indignado por lo que sabía era una treta de los optimates se presentó en la ciudad eterna sin avisar para sorpresa de todos. Como os podéis imaginar sus enemigos políticos no tardaron en acusarle públicamente y llevar su causa ante los censores, pero en el juicio, Cayo demostró que no solo era un buen gestor, ante todos desplegó una batería de respuestas a las acusaciones con tal vehemencia y lógica que poco pudieron hacer los acusadores, para que os hagáis una idea, décadas más tarde el propio Cicerón otorgaría a Cayo Graco el título de mejor orador de Roma.

A partir de entonces las causas contra él parecían llover del cielo, pero en todas demostraba su inocencia, consiguiendo más popularidad entre la plebe y poniendo cada vez más nerviosos a los patricios contrarios a su facción. Cayo decidió que era hora de dar el siguiente paso, y se presentó a las elecciones para tribuno de la plebe en el año 123 a.c., ganó contra todo pronóstico pues no eran muchos los nobles en Roma que se atrevían a apoyarle o que directamente seguían vivos, pero el pueblo se volcó con él y desde todas las partes de Italia, ciudadanos con derecho a voto viajaron hasta Roma para apoyar su candidatura, fue tal la movilización que la ciudad entera se quedó con el cupo de hospedaje completo.

Cayo no tardó mucho en promulgar sus primeras propuestas de ley en contra de los intereses de la nobilitas, una de esas leyes proponía que cualquier cargo público que hubiera sido destituido, no podría volver a ejercer ninguna otra magistratura de nuevo. Era un claro ataque hacia Octavio, antiguo tribuno de la plebe, que vetó y obstaculizó las propuestas de Tiberio y que posteriormente fue destituido por éste último.

Su siguiente ley contemplaba llevar a juicio a los magistrados que hubieran ejecutado a algún ciudadano sin juicio previo y sin oportunidad de defenderse ante el pueblo, precisamente lo que le ocurrió a su hermano Tiberio. Los rancios senadores hervían de rabia, observaban impotentes como cada propuesta que salía de la boca del Graco era ovacionada por la plebe, que caía encandilada por su oratoria y presencia. Cayo Sempronio Graco solo acababa de empezar, su plato principal estaba a punto de servirlo.

Se trataba de una batería de leyes que eran de carácter agrario, alimenticio y judicial. La ley agraria era básicamente un calco de la que promulgó Tiberio, la tierra cultivable de dividía en 500 yugadas por persona, más 200 por hijo hasta un límite de 1000, la tierra sobrante se dividiría a partes iguales y sería entregada a los pobres para que trabajaran y vivieran de ella.

Despedida de Cayo Graco de su familia.

Despedida de Cayo Graco de su familia.

La alimentaria proponía vender  el pan a la gente sin recursos a un precio más bajo del establecido en el mercado para mitigar el hambre galopante que sacudía algunas zonas de la urbe. Y la judicial y quizás la que dio la “puntillita” a los senadores, proponía que éstos no podrían presidir ningún juicio, ni emitir veredicto alguno dejando este poder a un conclave de 600 ciudadanos. El peligro para los intereses de los más corruptos era evidente, con estas leyes no podrían tapar sus vergüenzas entre ellos y seguir perpetuándose en el poder.

La actividad de Cayo era febril, no terminaba un proyecto cuando se enfrascaba en otro: reparación y construcción de calzadas y graneros, fundación de colonias en las provincias, etc. La plebe y los aliados itálicos estaban encantados con él, tanto, que cuando se acercaba la fecha de las nuevas elecciones fue el propio pueblo quien llevó en volandas a Cayo para que saliera elegido de nuevo tribuno.

Sus enemigos sabían que si lo mataban en ese momento sin una acusación clara y con la mayor parte del pueblo a su favor, se desataría el caos en la ciudad y una ola de disturbios inundaría todo. Primero tenían que retirarle el favor del pueblo para hacerle daño, y si no podían hacerlo a su modo, lo harían al modo del propio Cayo Graco. Los senadores convencieron a Cayo Livio Druso, hasta entonces partidario de los Graco, de que con su apoyo podrían llegar más lejos en sus propuestas y que así aparte de ayudar a la plebe, toda la gloria y amor del pueblo se lo dedicarían a él. Su táctica era básica, proponer leyes irrealizables y demagógicas desmerecer las de Cayo Graco y hacer que perdiera prestigio y apoyos. Puede parecer un plan demasiado evidente y tosco pero consiguió que en ciertos círculos Cayo perdiera apoyo, pues éste se hallaba en África inmerso en la gestión de una nueva colonia cerca de Cartago llamada Junonia.

A su vuelta Cayo decidió abordar su proyecto más ambicioso y también el más peligroso, pues era una ley revolucionaria que incluso podía hacerle perder más apoyo entre los de su clase, pero esperaba que con su propuesta la casi totalidad de Italia le apoyaría hasta el final. Se trataba nada más y nada menos que otorgar la ciudadanía a todas las ciudades itálicas aliadas, lo cual significaba posibles senadores nuevos que sin duda apoyarían todo lo que propusiera Graco.

Pero el tiempo se acababa y si quería que el proyecto saliese adelante debía presentarse por tercera vez al tribunado de la plebe, situación bastante irregular y casi anticonstitucional, pero que permanecía en una especie de limbo legal, no obstante iba contra la tradición. Su apoyo para la ocasión la buscó en Marco Fulvio Flaco, seguidor de su causa desde la época de Tiberio, pero que había sido relacionado con la muerte de Escipión Emiliano años antes, tema que utilizó hábilmente el senado para desprestigiar a Cayo que finalmente no salió reelegido. El senado aprovechó la situación para otorgar poderes especiales a los cónsules y derogar la práctica totalidad de las leyes que se habían aprobado bajo el tribunado de Cayo Graco.

Cayo no daba crédito, todo su trabajo y el de su hermano borrado de un plumazo, no podía permitirlo, no sin luchar por ello, y recordando el sueño de su hermano se dirigió al capitolio para hacer protestar ante tal injusticia. La cosa se salió de madre y los enfrentamientos ente optimates y los denominados populares se generalizaron provocando la muerte de un lictor del cónsul Opimio. El cónsul llevo el cadáver hasta el senado para enardecer todavía más el odio hacia Cayo y ordenó que al día siguiente todos acudieran armados.

Muerte de Cayo Graco. François Topino-Lebrun.

Muerte de Cayo Graco. François Topino-Lebrun.

Cayo, que no quería que el caos se apoderara de la ciudad, se hizo fuerte en la colina del Aventino, esperando que las aguas se calmasen, tres mil partidarios le apoyaban. Opimio al mando del senado, varios cientos de esclavos y una unidad de arqueros cretenses mercenarios atacó la colina esperando capturar al Graco, que hastiado de tanto odio y podredumbre quiso retirarse al templo de Diana para suicidarse, algunos de sus seguidores se lo impidieron, y sacrificándose contra las fuerzas más numerosas del cónsul, le dieron tiempo para que pudiera escapar, la práctica totalidad de los partidarios de Cayo murieron en el Aventino.

Cayo logró escapar a un pequeño bosque situado en las afueras de Roma, cerca del Tíber. Acompañado por su esclavo Filócrates se supo perdido, tarde o temprano le encontrarían y le matarían a palos como a su hermano, la única salida que le quedaba era morir por su propia mano de manera honorable. Pidió a su fiel acompañante que le hundiera la espada en el pecho para finalmente, reunirse con su hermano Tiberio.

Triste final para dos hermanos que a pesar de ser pertenecientes a la clase senatorial, supieron ver las necesidades de un pueblo que pasaba hambre y penurias sólo para que unos pocos nadaran en la abundancia más absoluta. La brecha social se iba haciendo cada vez más grande, hasta que personajes como Lucio Cornelio Sila, Cayo Mario, Julio César y finalmente Octavio Augusto marcarían el final de una mortecina república que se ahogó en su propia codicia, pero bueno eso, como sabéis, es otra historia.

 

 

BIBLIOGRAFIA Y FUENTES:

Plutarco, Vidas paralelas.

Polibio, Historias.

Adrian Goldsworthy, Julio César.

Isaac Asimov, La república romana.

 

Acerca de Rober

Me llamo Roberto y nací en el año 1979 en Madrid. Apasionado de la historia desde siempre, mi única intención es que compartamos y divulguemos en este espacio cada pedacito de la antigüedad que tanto nos gusta. Me encantaría que recorrieras conmigo este periodo. ¿Te apuntas?, pues bienvenido a Historia o leyenda.


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2 Comentarios en “Los hermanos Graco (II), Cayo Sempronio Graco, el principio del final de la república

    • Rober Autor

      Hola Jose, siempre es un revulsivo leer que os gusta el blog y su contenido, desde aquí seguiré intentando acercar la historia a todo el mundo que quiera interesarse por ella, un saludo.