Los hermanos Graco (I), Tiberio Sempronio Graco, de tribuno a mártir


La caída de Cartago supuso para Roma un punto de inflexión en su historia, su expansión por la cuenca del mediterráneo desde entonces se hizo imparable. Pero lo que para unos pocos eran tiempos de gloria y riqueza, para la mayoría eran tiempos oscuros. El poder que adquiría la clase senatorial con cada campaña acrecentaba su poder y riqueza en perjuicio de los que verdaderamente luchaban en cada conquista, los ciudadanos, convirtiéndolos prácticamente en esclavos del estado. Dos hermanos intentarían cambiar esta tendencia a toda costa, arriesgando su vida contra los de su propia clase, que ávidos de más y más poder no se detendrían ante nadie para seguir conservando sus privilegios, por muy noble que fuera su cuna y su causa.

Los hermanos Graco nacieron en el seno de una de las familias más importantes de Roma, nietos por parte de madre del mismísimo Escipión “el africano”, e hijos de Tiberio Sempronio Graco, que ostentó el consulado en dos ocasiones y fue proclamado censor por el senado, que llegó a elevarlo a la categoría de adalid de la república y enemigo de reyes. Su educación fue acorde con la posición de su gens, adiestrados tanto en sentido militar como en oratoria, gramática e historia. Los hermanos se llevaban casi diez años y aunque desde bien jóvenes compartieron un objetivo común su carácter era bien diferenciado, mientras que Tiberio (el mayor, nacido el 164 a.c.) era más sosegado y amable, Cayo (154 a.c.) tenía un temperamento más directo y osco, aunque los dos gozaban de un carisma innegable.

En este artículo nos centraremos en la vida de Tiberio, ya que por ser mayor tomó parte antes de la vida pública de la ciudad de las siete colinas. Tiberio tomó parte en el asedio a Cartago, bajo las órdenes de su primo Escipión Emiliano. El mayor de los Graco se distinguió por su entrega y heroísmo en el combate, llegando a ganar la corona mural por ser el primero en llegar a lo alto de las murallas púnicas. Tiberio no sólo se había distinguido como un gran combatiente sino que demostró en todo momento respeto hacia los enemigos y se comportó con dignidad en la victoria, cosa que no ocurrió con su primo que ordenó la total destrucción de la ciudad causando gran mortandad entre la población civil y dejando una ciudad todavía más antigua que Roma en la completa ruina.

Cornelia con sus hijos Tiberio y Cayo. Obra de Kauffmann.

Cornelia con sus hijos Tiberio y Cayo. Obra de Kauffmann.

El siguiente destino de Tiberio fue como cuestor de las legiones en una de las campañas que Roma lanzó contra una de las ciudades más obstinadas y resistentes que jamás habían encontrado los latinos, Numancia. Esta vez acudía como subordinado del cónsul Cayo Mancino, de infausto recuerdo, pues tras enlazar varias derrotas contra los numantinos, intentó escapar con lo que quedaba de ejército por la noche, pero los celtíberos se dieron cuenta y fueron persiguiendo la columna romana causando bajas continúas entre los rezagados y conduciendo a la columna por parajes inhóspitos hasta cercarlos en una zona montañosa.

Atrapados y sin salida parecía que las legiones iban a ser exterminadas por los numantinos. Mancino, en un último intento de salvar el ejército (y principalmente a sí mismo) entabló negociaciones con el enemigo, que sólo estuvo dispuesto a tratar con Tiberio, pues su padre había sido destinado a Hispania anteriormente y era conocido por su rectitud en los tratados y por ser una persona digna de confianza. Tiberio finalmente consiguió un vía de salida prometiendo a los celtíberos una paz duradera, que Roma respetaría el acuerdo pues él pertenecía a una de las más nobles familias y su palabra sería respetada, que equivocado estaba el joven Graco.

A la vuelta de la campaña, el senado calificó el tratado como ignominioso y degradante, como castigo se envió de vuelta a Numancia a Cayo Mancino, se le llevó ante las puertas y se le desnudó para que los habitantes del oppidum tuvieran constancia del valor que le daba el senado a la paz propuesta por Tiberio. Al joven Graco no le ocurrió nada, pues sus defensores en el senado (entre ellos su primo Escipión Emiliano) arguyeron que la culpa debía recaer sobre su general y que él no hacía más que cumplir órdenes de un superior y que debían felicitarlo pues había salvado la vida de 20.000 romanos.

Tiberio empezaba a percatarse de lo realmente movía al senado: la codicia, ¿Cómo iban a ratificar un tratado de paz mientras pudieran conquistar otro territorio más e inundar la ciudad con más esclavos?, así podrían obtener las tierras de legionarios muertos a bajo precio y llenarla de mano de obra gratuita que a su vez empobrecería todavía más a los pocos campesinos que quedaban en el Lacio y gran parte de Italia, obligándoles a emigrar a Roma y otras urbes de importancia a buscar una oportunidad para no tener que venderse a sí mismos como esclavos, cosa que pasaba con cierta frecuencia.

Es cierto que se promulgó una ley que limitaba al cultivo por persona a 500 yugadas, pero los ricos utilizaban testaferros o directamente nombres falsos para hacerse con más tierras, la práctica se hizo tan común que finalmente ni se ocultaban a los ojos de la gente pues ellos eran la ley y entre ellos se escondían las miserias (no sé de qué me suena esto).

Tiberio, decidido a cambiar lo que consideraba algo autodestructivo para la república además de inmoral, se presentó al cargo de tribuno de la plebe en el año 134 a.c. Una vez elegido presento una propuesta de reforma que pretendía asegurar el tamaño de tierra cultivable por cada persona a 500 yugadas (250 ha), más 250 yugadas por hijo con un límite máximo de 1000. La tierra sobrante se dividiría en parcelas de 20 acres iguales para distribuirse entre los ciudadanos sin recursos ni propiedades por la cual pagarían un arrendamiento casi simbolico al estado. La ley tuvo el apoyo de Craso (no el de Carrae), que era pontífice máximo, de Mucio Escévola que ostentaba el consulado de aquél año y por supuesto de Apio Claudio, su suegro.

Escultura que representa a los hermanos Graco.

Escultura que representa a los hermanos Graco.

 La ley, aunque no era de corte nuevo pues Cayo Lelio, lugarteniente del propio Escipión “el africano” ya había propuesto décadas antes una ley similar (pero entonces estaba Catón dispuesto a desechar cualquier propuesta que viniera de las filas “pro africanus”), chocaba de lleno con los intereses de la clase senatorial, que en vano intentaron desprestigiar a Tiberio para que su “lex” no prosperara. Según Plutarco, Tiberio, con un encendido y emotivo discurso se ganó el favor de la plebe. Cito las que fueron estas palabras según el historiador romano:

“Las fieras que discurren por los bosques de Italia, tienen cada una sus guaridas y sus cuevas; los que pelean y mueren por Italia solo participan del aire y de la luz, y de ninguna otra cosa más, sino que, sin techo y sin casas, andan errantes con sus hijos y con sus mujeres; no dicen la verdad sus caudillos cuando en las batallas exhortan a los soldados a combatir contra los enemigos por sus aras y sepulcros, porque de un gran número de romanos ninguno tiene ara, patria ni sepulcro de sus mayores; sino que por el regalo y la riqueza ajena pelean y mueren, y cuando se dicen que son señores de toda la tierra, ni si quiera un terrón tienen propio.”

Cuando parecía que la propuesta iba a salir adelante, apoyada por el pueblo, el otro tribuno de la plebe, Marco Octavio, presionado por el senado y por su propia codicia, vetó la iniciativa. Tiberio quedó profundamente consternado pues Octavio era amigo íntimo suyo, no podía creer que el dinero pesara más para Octavio que la amistad y la dignidad. La rancia clase nobilitas sólo le dejaba una salida, utilizar su cargo sacrosanto para obstaculizar las administraciones públicas hasta que se repitiera la moción. Así, Tiberio Sempronio Graco bloqueó la apertura del templo de Saturno evitando que el erario público se abriera y los cuestores pudieran disponer del dinero del estado.

Decidido a evitar un nuevo veto, Tiberio decidió expulsar a Octavio del tribunado alegando que un tribuno de la plebe tenía el deber sagrado de proteger al pueblo y los actos de este iban en contra de dicho deber. La votación rozaba la ilegalidad porque según qué términos, los senadores podían considerar este acto hasta inconstitucional, pero la puntilla fue cuando por orden de Tiberio, uno de sus lictores expulsó a la fuerza a Marco Octavio. La plebe allí reunida empezó a envalentonarse y a cercar peligrosamente a la nobilitas, que tuvo que huir entre las enrevesadas calles de Roma.

Empezó entonces una guerra menos soterrada entre los partidarios de Tiberio y el senado, liderado por los optimates con Escipión Nasica a la cabeza, que en cuanto tenía oportunidad ponía trabas desde el escaño senatorial a las funciones públicas de Tiberio, negándole recursos constantemente. Además apareció muerto un amigo íntimo de Tiberio tirado en la calle, advertencia más que clara para el tribuno, que, siempre tenía que salir armado y escoltado.

La siguiente vuelta de tuerca entre los optimates y Tiberio fue por una herencia. Cuando el rey de Pérgamo (cliente de Roma), Átalo Filopator murió, dejó parte de su herencia al pueblo romano. Tiberio propuso que con ese dinero se proporcionara herramientas de trabajo a los pobres que poseían tierras otorgadas por el estado. El senado veía horrorizado como Tiberio conseguía cada vez más apoyo popular con cada propuesta, aunque no fueran aprobadas, pues el mayor de los Graco se aseguraba que hasta en el último rincón del Aventino o la Suburra se enteraran de sus acciones.

Hartos de Tiberio, viendo como sus riquezas e influencias se escapan de entre sus manos, el senado optó por utilizar el miedo y la aversión que desde hacía siglos tenían los romanos a la figura del rey. Un senador llamado Pompeyo, vecino de Tiberio, aseguró haber visto a Eudémo de Pérgamo en la casa de los Graco ofreciendo a Tiberio una diadema y la púrpura, signos claros de las intenciones de éste de convertirse en rey.

El mensaje empezó a calar, y parte de la muchedumbre recelaba de las intenciones finales de Tiberio, las votaciones a partir de entonces no contaron con tanto apoyo, pues los ciudadanos ya no acudían en masa al capitolio a ejercer su derecho. Para colmo, el tiempo de Tiberio como tribuno se acababa y tenía claro que en cuanto eso sucediese, le juzgarían y probablemente le ejecutarían. Su única oportunidad pasaba por ser reelegido tribuno durante otro periodo más, algo que era totalmente ilegal, pero su única escapatoria real.

Grabado del siglo XIX que representa la muerte de Tiberio.

Grabado del siglo XIX que representa la muerte de Tiberio.

Vestido de luto se dirigió a la votación para reelección a sabiendas de que si la jugada salía mal no tendría escapatoria. Acompañado de una escolta (que se reveló como inútil) y de sus partidarios, Tiberio intentó dar comienzo a la asamblea, pero los ánimos estaban tan caldeados que una pelea generalizada entre los partidarios de uno y otro bando se desató por doquier. Entre el tumulto, las cuchilladas y garrotazos se sucedían sin control, Tiberio temiendo por su vida, ya que no se distinguía amigo de enemigo, hizo una señal a su escolta llevándose las manos a la cabeza para que pudiera verle. Los pro optimates vieron este gesto y se dirigieron inmediato al senado a informar de que Tiberio estaba en el capitolio pidiendo la diadema para coronarse allí mismo rey. Los senadores, con Nasica al frente se armaron de palos, garrotes y otros objetos contundentes y se fueron a la busca de Tiberio.

La escolta de Tiberio, al ver el número cada vez más creciente de enemigos a los cuales se unió prácticamente la mitad del senado, dejó abandonado a Tiberio sólo con sus más fieles seguidores, que aunque valientes murieron sin remedio. El propio Tiberio intentó escapar sin éxito y fue muerto de una paliza con palos y varas de diversa índole. Pero lo pero no fue la deshonrosa manera de morir, sino que en un acto vil, cruel y de un rencor sin igual, se le negó la sepultura y las exequias pertinentes, y fue arrojado al Tiber con el resto de sus seguidores.

Los optimates habían conseguido una victoria, pero la república ya no fue la misma nunca más. A las acciones de Tiberio le sucedieron las de su hermano Cayo, caído en desgracia al igual que su hermano mayor, los Graco fueron la bandera que portarían los enemigos de los optimates. Los llamados populares continuarían su legado hasta un tal Julio César diera el paso definitivo hacia el principado desatando la guerra civil que marcaría la balanza de poder en Roma durante los siglos siguientes, pero bueno eso como sabéis, es otra historia.

BIBLIOGRAFIA Y FUENTES:

Plutarco, Vidas paralelas.

Polibio, Historias.

Adrian Goldsworthy, Julio César.

Isaac Asimov, La república romana.

 

Acerca de Rober

Me llamo Roberto y nací en el año 1979 en Madrid. Apasionado de la historia desde siempre, mi única intención es que compartamos y divulguemos en este espacio cada pedacito de la antigüedad que tanto nos gusta. Me encantaría que recorrieras conmigo este periodo. ¿Te apuntas?, pues bienvenido a Historia o leyenda.

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