Livia Drusila, la verdadera Augusta. 2


Este un artículo escrito por @MAntonivs y publicado originalmente en La romapedia.

Dice el refrán que detrás de todo gran hombre siempre hay una gran mujer, y en este caso nos encontramos con la encarnación de tal afirmación.

Ciertamente, Octavio Augusto es recordado por la Historia, no por sus crímenes, ni por su incompetencia total y absoluta en lo militar, sino por ser uno de los políticos más influyentes de la Historia de Roma. Sin embargo, analizando todas las causas que le catapultaron hacia esa consecuencia, Octavio no habría logrado ser el primer Emperador si no hubiera sido por su tercera esposa, Livia. Es curioso, que fuera precisamente ella, la que menos posibilidades tenía, la que finalmente contrajera matrimonio con el que en aquel entonces era el hombre más poderoso de la ciudad de Roma, objeto de deseo de todas las mujeres patricias, y sobre todo de sus ambiciosas familias.

Y es que Livia Drusila, en el año 39 a.C. no era nadie. Diría más incluso. En el año 39 a.C. Livia era, y más teniendo en cuenta la naturaleza cuasiparanoide de Octavio en cuanto a la traición, una sospechosa de sedición y candidata perfecta para el exilio o la ejecución. ¿Qué llevó a Augusto a despreciar a su segunda esposa (Escribonia) y divorciarse de ella el mismo día del nacimiento de su única hija con ella (Julia maior), un 30 de Octubre del año 39 a.C.? ¿Cómo logró convertirse la hija de los enemigos públicos de Octavio en la mujer más poderosa de la Historia del Imperio romano?

Repasemos primero sus antecedentes familiares. Livia era hija de Marco Livio Druso Claudiano, partidario de los cesaricidas que proporcionó seis legiones a Décimo Junio albino. Tras el asesinato de César, se posicionó irrevocablemente del lado de Bruto y Casio, pagándolo con su vida en la Batalla de Filipos, tras la cual, emulando a su comandante, Claudiano optó por el suicidio. Visto lo visto, lejos de casarse con ella, a primera vista parecería más bien que Augusto procedería a la proscripción de ella y del resto de su familia, pero no contenta con darle tan pocas razones, Livia aún tenía más familiares antioctavianos.

Su primer marido era Tiberio Claudio Nerón (padre biológico del sucesor de Augusto, Tiberio. Es que al pobre Octavio sólo le salían hijas por doquier, pero hijos ninguno). Tiberio era ante todo cesariano, y tras su muerte, un fiel servidor del auténtico heredero de César: Marco Antonio. Todo ello así, hizo que Tiberio colaborara con Lucio Antonio y Fulvia en su guerra contra Octavio en Perusia, llevándose consigo a su esposa, Livia. Tras la derrota de L. Antonio en Perusia, huyó por todo el Imperio con Livia ante el temor que luego se tornó realidad: las proscripciones de Octavio, que ordenó matar a 300 senadores y équites en Roma por apoyar al hermano del triunviro. Solamente gracias a la tregua entre Marco Antonio y Octavio en el 40 a.C. permitió a Tiberio, y más importante aún, a Livia, regresar a Roma sin temor a represalias.

Augusto, el primer emperador de Roma.

Augusto, el primer emperador de Roma.

Y aquí nos encontramos, cómo es posible que tras todo esto, y de entre todas las patricias disponibles (algunas las más bellas de toda la Historia de Roma), Augusto encontrara en Livia, una mujer “de sangre traidora”, a su compañera que lo acompañaría del altar hasta el último aliento. Todo comenzó como suelen hacerlo los grandes romances: Con un desengaño.

Tras la derrota del bando antoniano en la guerra de Perusia, en Livia se comenzó a gestar un espíritu de incredulidad primero, de frustración después y finalmente, un espíritu de pura y simple ambición. Ambición por huir de su miserable existencia, ambición por huir de un marido que era una decepción constante desde que se casara con él a los quince (más ahora, tras su humillante derrota militar, en donde quedó perfectamente patente su incompetencia), ambición por llegar a cotas más altas, por llegar a las estrellas. En definitiva, ambición por el PODER. Livia lo tuvo claro al llegar a Roma: Quería ser la mujer más poderosa del mundo, y para ello tenía un objetivo y dos obstáculos para llegar a él.

Su objetivo era claro: Cuanto más se acercara a la fuente del poder de su mundo, más fácil sería llegar a controlar su flujo. Tras su llegada a Roma, Livia fue consciente de que ese era el momento de hacer su apuesta, el momento por luchar para determinar quién se hacía finalmente con la fuente del poder absoluto. Livia movió ficha. Lo apostó todo por quien hasta ese momento había sido el enemigo de todos cuantos ella había conocido, pero de alguna forma, lo que Livia veía en el joven Cayo Julio César Octaviano la ambición, la traición y la misma determinación por conseguir sus metas sin importar las vidas que conllevaran que ella sentía en su alma desde niña.

Se dice que, por parte de Tácito y Séneca, que es probable que el primer encuentro entre Octavio y Livia pudiera producirse a finales del verano del año 39 a.C., siendo la persona que les presentara la propia esposa de Octavio, su segunda mujer Escribonia[1]. Sería cuanto menos irónico estar en la situación de Escribonia: Presentar a tu marido a su futura mujer, la persona por la que tu matrimonio se va a ir al traste y tu marido te va a dar la patada[2]. Tras este primer encuentro, las ocasiones se repitieron en el tiempo. Una de las que más se recuerda es la que tuvo lugar el 23 de septiembre del mismo año, en la fiesta de cumpleaños de Octavio. Este momento es importante, pues era el momento en que Octavio iba a lucir su barba por última vez. En la fiesta, Octavio mandó que le afeitaran la barba, y desde ese momento no volvería a llevar barba nunca más. ¿El motivo? Escribonia no hacía más que recriminárselo: Octavio tenía por aquellos entonces una amante, y evidentemente, no podía tratarse de otra más que de Livia. El juego acababa de comenzar.

Así, puesto el objetivo y habiéndose metido ya en la cama de Octavio, tocaba eliminar los obstáculos. El primero era sencillo para alguien como Livia. Pese a que vivía en una época oficialmente  se daba mayores derechos a los hombres, que quedaban así en un estatus superior al del resto, esto no la detuvo, y mediante el más doloroso de los engaños, Livia logró divorciarse de su marido. “Ahora debes divorciarte de mí. Hace cinco meses que estoy embarazada y tú no eres el padre de mi hijo: he jurado que no tendría otro hijo con un cobarde y pienso cumplir ese juramento” [3]. Se trataba su segundo hijo, Druso (padre del emperador Claudio), y Livia, consciente de que aquello era falso, no dudó en confesar una aparente infidelidad con el hombre más poderoso de Roma, intocable para la ira de su esposo, todo ello con objeto de no darle otra salida a su cónyuge que la de divorciarse de ella. Así fue como Livia, que por aquél entonces solamente contaba con 19 años, logró liberarse de las cadenas de un matrimonio convenido para centrarse en su escalada hacia la cumbre del poder. Solamente le quedaba un último obstáculo que salvar. Un obstáculo que, comparado con la proeza que acababa de realizar era relativamente fácil: Debía romper el matrimonio de Octavio con Escribonia. Aunque, en verdad, todo hay que decirlo, el matrimonio de Octavio con Escribonia era de todo menos feliz y con vistas de perdurar en el tiempo. Faltaría más.

Para muchos Livia encarnaba a la perfecta matrona romana.

Para muchos Livia encarnaba a la perfecta matrona romana.

Cuentan Tácito[4] y Suetonio[5] que la fascinación que Octavio sentía por Livia llegó a ser tan fuerte que contrajeron matrimonio el día siguiente de que fueran declarados sus respectivos divorcios. Era tal el poder de la pareja, que invitaron a la boda al flamante ex marido de Livia, Tiberio, para que éste entregara la mano de su ahora ex esposa a Augusto, en el año 38 a.C. Toda una venganza servida en caliente, cortesía de Liviaugusto.

Así fue como comenzó un matrimonio de 52 años de duración. Así fue como Octavio consiguió a la mejor mano derecha en las sombras que jamás hubiera podido soñar. Así fue como Livia comenzó su andadura hacia el poder absoluto desde su futuro trono de emperatriz. Tal vez no lograra engendrar un heredero con la semilla de su marido (muchos eran los que murmuraban acerca de la impotencia de Octavio debido a lo que su esposa le imponía al yacer con ella), pero eso no le impidió a Livia mantener contento a su marido, permitiéndose seleccionar a las jóvenes concubinas que habrían de mantener satisfechas las “necesidades” del futuro emperador.

Sea como fuere, públicamente su imagen como pareja era absolutamente ejemplar. Ella, una impoluta, regia y virtuosa dama romana, estandarte de la tradición y la sobriedad de la mayor alcurnia. Él, un fuerte (eso había que verlo con una espada en la mano, pero bueno) e inteligente hombre de Estado, “digno” sucesor de su divino abuelo[6] y capaz de iluminar el oscuro sendero de una República en ruinas. Ambos eran una pareja vestida siempre de manera humilde. Ella sin excesiva joyería, él con túnicas austeras para abrigarse dada su frágil salud. En definitiva, públicamente eran la pareja perfecta.

En privado, la cosa cambiaba radicalmente. Nada más contraerse la unión, Livia comenzó a influir en Octavio de tal manera que ella estaba presente en la mayoría de actos políticos de su marido. Livia intervenía en los asuntos de Estado prácticamente en su totalidad, aunque siempre desde la cautela y la prudencia que las sombras le proporcionaban. Suetonio le atribuye a Livia el mérito del otorgamiento del título de “Augusto” a su marido con objeto de evitar que la plebe lo asociara con un rey (a César le habría venido muy bien algo así). Cuentan que si había alguien que superara a Octavio estudiando durante horas en su scriptorium esa era Livia. Poco a poco, Livia se hizo un hueco cada vez más grande entre todos los hombres de Estado, manejando a su marido en todos y cada uno de los asuntos que la política, administración, conflictos y diplomacia pudieran plantear. Todo ello con una meta: eliminar a los enemigos en el Imperio, primero de Octavio, pero finalmente la lista también englobaría especialmente a todos aquellos que impidieran asegurar que el sucesor al trono del mundo no fuera otro más que su hijo, Tiberio. Objetivo conseguido. Hurra (?) por Livia.

El Imperio debía ser conservado. Más cuando el poder que de él emanaba era tan grande. No podía echarse a perder por culpa de un inepto sucesor, una lección que muchos aprenderían a golpe de veneno…a golpe de asesinato. Una larga lista de asesinatos manchan las manos de Livia con sangre romana.

Virgilio leyendo la Eneida a Augusto, Octavia y Livia, de Jean-Baptiste Wicar.

Virgilio leyendo la Eneida a Augusto, Octavia y Livia, de Jean-Baptiste Wicar.

El primero de ellos fue el sobrino de Octavio, Marco Claudio Marcelo[7], que murió en el año 23 a.C. por una intoxicación causada por envenenamiento. Todos sabían que fue Livia la que estaba detrás del favorito de su marido para la sucesión, pero nadie dijo nada. Nadie tuvo el valor de hacerlo. Los tres hijos de Julia maior, la primera estirpe en la sucesión de Augusto fueron muertos uno a uno; los dos primeros, Cayo César y Lucio César (que llegaron a ser adoptados por Octavio) murieron envenenados y el tercero, Agripa Póstumo, fue falsamente acusado de una conspiración en la que él ni siquiera participó, desterrado por Octavio (previo designio en tal sentido de Livia) y finalmente ejecutado días después de la muerte de Augusto en el 14 d.C. Podréis imaginaros quién lo ordenó…

Al final, como dice el refrán: A cada cerdo le llega su San Martín. Y en el 14 d.C. le había llegado el turno al creador del monstruo en que Livia se había convertido. Llegó la hora de Augusto.

Cuentan que previamente a su muerte, siendo consciente de los crímenes de su esposa y de su complicidad en los mismos, pero igualmente consciente de que no podía hacer nada para detenerla pues el poder de Livia en Roma ya superaba el suyo propio, Octavio tenía miedo hasta de comer en su propia casa. Se dice que llegó un momento en que el antes conocido como Augusto solamente bebía de la jarra de su esposa para evitar que lo envenenara y comía higos recién cogidos de un árbol de su jardín. A tal punto de debilidad llegó a estar el heredero de César, el vencedor de Nauloco y Actium, el dueño de todo el mundo conocido. Ese fue su castigo: Ser consciente en sus últimos años de vida de que gracias a su esposa, aquella que provenía de una familia repleta de sus enemigos, lo había transformado de emperador a juguete, si es que alguna vez llegó a ser emperador. Se dio cuenta de que no le quedaba ningún enemigo fuera. No le hacía falta. Tenía al enemigo en su propia casa.

Pero como todo momento en la vida tiene un principio y un final, Octavio no padeció mucho de aquello. Livia se encargó de aquello, pues fue ella quien, finalmente, envenenó la higuera de Octavio. Poco a poco, el tóxico consuntivo (el favorito de Livia)[8] hizo que el ya de por sí debilitado cuerpo del emperador fuera apagándose lenta y dolorosamente, hasta que murió con su mente puesta en Teutoburgo, su cuerpo emponzoñado y podrido por el veneno y su corazón roto a manos de su peor enemigo: su esposa.

Finalmente, Livia lo había logrado. Ese objetivo vital que se impusiera a los 15 años para escapar de la vida mediocre de ama del hogar vejada por la ineptitud de su familia y marido había llegado a su fin. Ella era ahora la dueña, ama y soberana del mundo.

Por extraño que parezca y a riesgo de cometer sacrilegio, me considero en el deber de romper una lanza en favor de Livia tras exponer todo lo anterior. Podrá ser y haber cometido todo lo humanamente imaginable y probablemente más, pero constituye, incluso a día de hoy, un estandarte de lo que una mujer es capaz de hacer en un mundo gobernado por hombres[9]. Pocas mujeres en la Historia han estado a tal altura (Fulvia y Cleopatra desde luego que también. Que no se diga). Tal y como dijo el autor en su obra: “Por delictuosos que fuesen los métodos que empleó Livia para conquistar la dirección de los asuntos para sí, primero a través de Augusto y luego por medio de su hijo Tiberio, era una gobernante capaz y justa y el sistema que había construido sólo comenzó a funcionar mal cuando dejó de dirigirlo”. ¿Quién fue Livia realmente? ¿De verdad estuvo detrás de todos esos asesinatos que conllevaron la inevitable ascensión al trono de su hijo Tiberio? ¿Tan mala fue Livia? Aquí he tratado de dar respuesta a todas, pero a la vez a ninguna de estas preguntas. ¿Qué es verdad y qué es ficción? Juzgad vosotros mismos. Lo único que me ha quedado claro a mi es una verdad. Una sola: “Augusto gobernaba el mundo, pero Livia gobernaba a Augusto”.

Marcvs Antonivs, Marci fili, Marci Nepos.

 

[1] Escribonia era nieta de Pompeyo el Grande y de Lucio Cornelio Sila, máximos representantes del ideal optimate. Su tío Sexto Pompeyo, era el último de los focos optimates que quedaban restantes tras la guerra civil entre César y Pompeyo. Dada la incompetencia absoluta de Octavio a la hora de derrotar al que posiblemente fuera el mejor comandante de Classis de la Historia de Roma, el futuro emperador optó por una frágil tregua con el optimate sellada con el matrimonio con su sobrina. Una vez dejó de serle útil a Octavio el matrimonio con Escribonia, lo disolvió para finalmente casarse con Livia, que además era sobrina de adopción de Escribonia. Muy irónico todo.

[2] Esta teoría se basa en numerosos historiadores que aceptan el hecho como realidad. Para saber más acerca de ello: BARRET, Anthony A.: “Livia. Primera dama de la Roma Imperial”. Espasa. 2004. Pgs. 44-50.

[3] GRAVES, Robert: “Yo, Claudio”. Alianza Editorial. Madrid. 1998. En esta obra, Livia decide mentir a su esposo y recurrir a su orgullo herido para que disuelva su matrimonio.

[4] TACITO, Cornelio. “Anales” (Annalium ab excessu divi Augusti libri).  Madrid: Librería de la viuda de Hernando y Ca. 1890.

[5] SUETONIO TRANQUILO, Cayo: “Vida de los Doce Césares: Augusto” (Divus Augustus. De vita duodecim caesarum). Trad. NORBERTO CASTILLA, F., National Geographic Historia, Barcelona, 2004.

[6] Octavio fue el responsable de la divinización de César en el año 42 a.C., públicamente como tributo a su figura, realmente para aumentar su autoridad al ser conocido como “hijo de un Dios”. SUETONIO TRANQUILO, Cayo: “Vida de los Doce Césares: César”. Trad. NORBERTO CASTILLA, F., National Geographic Historia, Barcelona, 2004. Ep. 88.

[7] Hijo de Octavia y de su primer marido, Cayo Claudio Marcelo.

[8] El síndrome consuntivo, también conocido como síndrome de desgaste, es aquel producido por una enfermedad o tóxico que origina pérdidas importantes de peso y fluidos corporales de una manera notoria, pudiendo llegar incluso a producir la muerte del individuo.

[9] Sin irnos más lejos, para poder ver un ejemplo de cómo sería algo parecido a la relación entre Octavio y Livia (salvando algunas trascendentales diferencias), encontramos el ejemplo perfecto actualmente en la serie de Netflix, House of Cards, con sus co-protagonistas, Frank y Claire Underwood.

 

Acerca de Rober

Me llamo Roberto y nací en el año 1979 en Madrid. Apasionado de la historia desde siempre, mi única intención es que compartamos y divulguemos en este espacio cada pedacito de la antigüedad que tanto nos gusta. Me encantaría que recorrieras conmigo este periodo. ¿Te apuntas?, pues bienvenido a Historia o leyenda.


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2 Comentarios en “Livia Drusila, la verdadera Augusta.

  • Olga Romay Pereira

    Hace poco vi en Madrid los frescos recuperados de la casa de Livia en el Capitolio. Eran horribles, del peor gusto que he visto.
    Me gustaría contar una nécdota perversa del día de su boda con Augusto: un niño que andaba por la boda ( por lo visto era costumbre que niños hermosos adornaran los eventos, una pervensión romana detestable) le cogió la mano a Livia y le dijo: señora ese con el que te sientas no es tu marido, refiriéndose a Octavio, sino este otro, refiriéndose al padre de Druso del que ya estaba embarazada y al que habían invitado a la boda. El pobre niño, en su inocencia no se enteraba del lío de su matrimonio, debía de ser el alma más cándida de Roma.

     
    • Rober Autor

      Hola Olga.

      Una anécdota que refleja la complicada relación de poder en la Roma del siglo I a.c. y principios del Principado. Muchas gracias por tú aporte, espero que disfrutes del resto del blog.