La sombra de César


Este es un relato creado y redactado por Rubén de la Calle Lázaro

Los gritos y las órdenes del capitán se escuchaban por todo el barco contribuyendo a que se sintiera todavía peor de lo que solía estarlo, desde hacía varios minutos el suave balanceo del barco se había trasformado en un brusco sube baja que le estaba terminando por revolver su maltrecho estómago. Hacia casi tres semanas que zarparon del puerto de Gades rumbo al norte de la Galia y durante ese tiempo poca o ninguna había sido la comida retenida por su cuerpo, y justo cuando pensaba que tendría un respiro al recalar en el poblado costero de Oiasso les atrapaba una tormenta.

El barco pertenecía a los Balbo una familia de banqueros cartagineses asentados en la ciudad desde varias generaciones y que últimamente habían prosperado mucho apostando por la estrella de Cesar. Y a él le vino de perlas enrolarse como escolta de uno de sus enviados para poder escapar de sus acreedores y de los hombres que enviaron a matarle.

Si por lo menos no estuviera este maldito olor a pescado impregnándolo todo pensó mientras acercaba el cubo que utilizaban para vomitar. Quien me mandaría embarcarme, nadie se respondió a si mismo al cabo de varias arcadas, igual que nadie me obligo a endeudarme en un negocio de que nada conocía cuando me licencie, lo mío es la vida militar y nunca debí abandonarla.

Al menos pude escapar con vida y cuando llegue a la Galia quizás Cesar se acuerde de mí. Al fin y al cabo me condecoro con la corona cívica por salvar la vida de aquel joven tribuno durante una de las innumerables emboscadas que los lusitanos nos hicieron, y creo recordar que les unía alguna clase de parentesco. Durante  su mandato en la provincia Ulterior de Hispania les dio una buena paliza a los lusitanos y yo destaque en varias acciones, estoy convencido de que me aceptará.

  • ¿Porque no subes para enterarte de lo que ocurre? –le dijo al joven esclavo que se encontraba sentado junto al inconsciente enviado de los Balbo que debía proteger -. Con suerte serán piratas.
  • ¿Los piratas significan suerte? –pregunto el esclavo levantándose, su latín era bastante mejor de lo que se podía esperar tratándose de un esclavo ibero recién capturado-. Estás loco, mejor estar mareado que con una espada en la tripa.
  • ¿Acaso no es lo mismo?

Instantes después el chico regreso con la cara blanca como la nieve, y sin mediar palabra comenzó a recitar oraciones a sus dioses.

  • ¿Qué es lo que ocurre? ¿Piratas?
  • Peor –se limitó a contestar cuando termino una plegaria, y acto seguido comenzó con otra.

Ya estaba tratando de levantarse para ir a ver lo que tanto asustaba al muchacho cuando este decidió hablar.

  • Una tormenta, galerna dice el capitán que las llaman por esta zona. Una tan grande que el sol ha desaparecido por completo y parece de noche –la voz le salía con dificultades, como si el mero hecho de hablar le consumiera por dentro-. El capitán quiere acercarse a la costa y esperar a que amaine, pero el viento nos arrastra hacia unas rocas.
  • ¡Mierda! –exclamo Pompeyo al mirar por una de las portillas que utilizaban para ventilar la bodega-. Vamos directos a las rocas. ¡Ven, rápido, ayúdame! Debemos salir de aquí antes de que choquemos.

Llevarse su equipo de centurión estaba descartado, el peso le lastraría en caso de caer al agua, por lo que aparto el escudo, el casco, la loriga y se ciñó el cinturón con la espada y la daga, seguramente las necesitase en los próximos días. Estaba a punto de comenzar a subir por la escalera que conducía a la cubierta superior cuando se percató de que el muchacho continuaba sentado junto a su amo, el miedo le impedía moverse. No era la primera vez que veía aquella reacción, se trataba de la misma que sufrían los reclutas novatos antes de su primer combate, la misma que sufrió el durante la guerra social en Italia.

  • Arriba chico, si te quedas hay morirás.
  • Debo permanecer junto a mi amo, no puedo separarme de su lado –respondió con un hilillo de voz-. Debo permanecer junto a mi amo, debo permanecer junto a mi amo…

Pompeyo observo de reojo la enorme mole del mercader y acto seguido movió la cabeza en señal de negación.

  • No puedes hacer nada, esta inconsciente y pesa demasiado para cargarlo a tu espalda. Mira yo también abandono cosas -no sirvió de nada, el chico seguía balbuceando que no podía abandonar a su amo. Por suerte se le ocurrió que aquella mole de grasa no tenía aspecto de persona amable-. ¿Es un buen amo, te trataba bien?
  • No –contesto recuperando el control de su cuerpo-. Es un cabrón.
  • Eso es, no le debes nada. Y ahora vamos, subamos antes de que nos quedemos atrapados, si nos preguntan les diremos que estaba muerto.

Se encontraba casi en la cubierta superior cuando escucho un fuerte crujido a su espalda y acto seguido noto un golpe seco en su cabeza. Lo siguiente que recordaba eran gritos de miedo, y agua mucha agua, pero sobre todo una cara, la del esclavo al que acababa de levantar por la fuerza.

Cuando despertó noto la ausencia del apestoso olor a pescado y vio el cielo, aunque se trataba de un cielo gris cubierto de nubes que apenas permitían el paso del sol. ¿Dónde estoy? Murmuro al notar una presencia a su derecha.

  • Estas a salvo – Intento incorporarse para ver la cara de quién le hablaba pero un fuerte dolor de cabeza le obligo a desistir-. Tranquilo recibiste un fuerte golpe, menos mal que el trozo de mástil que arranco la tormenta te dio de refilón.

Esta vez reconoció la voz, se trataba del esclavo. Y ladeando con cuidado la cabeza pudo ver como marchaban dejando muy atrás el mar.

  • ¿A dónde vamos, y quiénes son? –pregunto al darse cuenta que los hombres que le rodeaban no formaban parte de la tripulación. Vestían con pieles y sus armas eran una mezcla de metal y madera.
  • ¿Qué pregunta? –esta vez no se trataba del chico, era una voz mucho más suave. Esto hizo que volviera a intentar incorporarse, aunque necesitó la ayuda para lograrlo.

El esfuerzo mereció la pena. Junto al carro, a lomos de una mula marchaba una hermosa joven celta, sus rasgos y pelo rubio la delataban y sus ropas que en cualquier ciudad romana no hubieran destacado eran de mejor calidad que las de los hombres que les escoltaban. Su mirada era cálida pero a la vez dura, se notaba que últimamente había llorado bastante.

La mujer no se incomodó por su examen visual, al contrario. Sin dejar de mirarle en ningún momento comenzó a hacer preguntas al chico, y este respondía inmediatamente mostrando un respeto casi cómico hacia ella. Logro entender bastantes partes de la conversación, como todo picentino sus antepasados habían sido galos, y aunque la chica mezclaba palabras celtas con otras iberas entendía lo suficiente para saber que se interesaba por él.

  • Me llamo Pompeyo, y soy centurión romano –su intervención hizo que el muchacho le mirara sorprendido y que la joven se limitara a sonreír-. Mis antepasados fueron celtas antes de que se unieran a Roma, entiendo algo de lo que dice. ¿Es verdad que me salvaste la vida? ¿Cómo te llamas?
  • Tu me salvaste antes al hacerme racionar, te lo debía–le respondió en latín pues adivino que el celta de Pompeyo no daba para mantener una conversación-. El suyo es Amia es la difunta esposa del hijo de Turibas, el jefe de estas tierras. Somos sus prisioneros hasta que cumplamos nuestro cometido
  • ¿Nuestro cometido, que cometido? ¿Y el resto de la tripulación?
  • Muertos, no quisieron escucharme, dijeron que solo era un esclavo y que no sabía nada. Los muy idiotas quisieron asaltar uno de los poblados de la costa y eligieron el que pertenece al padre de Amia, sus guerreros los mataron. Pero logre salvarnos, nos ofrecí a trabajar para ellos hasta después del invierno, tu entrenaras a los hombres de su suegro –parecía muy contento, sin duda volver a ser libre lo justificaba-. ¡Ah! Como estuviste dos días inconsciente me dio tiempo a salvar nuestras cosas antes de que el barco se hundiera del todo.
  • ¡Menuda mierda! –exclamo resignándose mientras abría la mochila donde guardaba su equipo y comprobaba su estado.- Bueno al menos seguimos vivos, ¿y tú que harás, sabes luchar?
  • Pues claro que se, pero mi trabajo será forjar las armas para sus hombres. Antes de que las legiones de Julio Cesar acabaran mi pueblo por ayudar a los lusitanos era aprendiz de herrero.

Pompeyo cambio de tema rápidamente, no quería que Buntalos supiera de su participación en esa campaña, era su único amigo en muchos kilómetros y no le convenía enfadarle.

Casi al anochecer llegaron a su destino. Un pequeño oppidum que en poco se diferenciaba de los que asalto con las legiones en el sur de Hispania. Quizás en su tamaño, pues en el sur nunca vio uno tan pequeño. El recinto estaba delimitado por dos terraplenes reforzados con piedras y una empalizada en la parte superior de cada uno. El primero, era utilizado como redil de ovejas y cabras más que como obstáculo para los asaltantes, y el segundo situado unos cinco metros por encima aunque de menor tamaño se encontraba en bastante mal estado, solamente la decena de casas circulares de su interior se encontraban en condiciones. Era tan pequeño que ni siquiera tenía nombre, Amia esta se limitó a decir que el monte se llamaba Malmasin.

Una semana después Pompeyo se hizo a la idea de que entrenar a los jóvenes del oppidum no sería fácil. Convertirlos en legionarios estaba descartado, sin embargo confiaba en hacer de ellos unos buenos auxiliares. Para empezar les hizo reparar las empalizadas y ayudar a Buntalos a construir una pequeña forja en el primer terraplén, después les hizo construirse unas chozas para vivir junto a la forja. Y cuando estuvo satisfecho con su forma física cambio sus pequeños escudos circulares por otros más grandes, no tanto como el suyo pero lo suficiente para que pudieran formar en orden cerrado, se cubrieran y pudieran arremeter con las lanzas desde una posición segura.

Escogió a un grupo de veinte para esa función, y a los otros diez les comenzó a enseñar a lanzar jabalinas y a manejar las hondas. Solo cuando dominaron lo bastante la técnica como para no matarse entre ellos se los llevo a cazar, si lograban abatir liebres o lobos podrían hacer lo mismo con los enemigos.

Resultaba sorprendente que aquel pequeño poblado en lo alto del monte dispusiera de tantos jóvenes teniendo en cuanta el reducido número de adultos que había, solo cuando Durato se acercó para hablar durante uno de los descansos supo la razón de aquel fenómeno.

  • ¿Eres legionario romano? –le pregunto el joven guerrero pasándole la jarra de agua-. Mi padre lucho junto a ellos, y también contra ellos.
  • ¿Bajo el mando de Sertorio? – por esa zona no podría ser de otro modo.
  • Sí. Me dijo que era el mejor general del mundo ¿Lo conocías?
  • No, en esa guerra yo luche bajo el mando de Pompeyo Magno. Pero todavía guardo algún recuerdo suyo –le dijo enseñándole la cicatriz que le recorría todo el muslo derecho de arriba abajo-. Me la hizo uno de los compañeros de tu padre en la batalla del rio Sucro, si no llegamos a recibir refuerzos hoy no estaría aquí.
  • ¿Entonces era el mejor?
  • ¡No, yo no he dicho eso! –le caía bien el muchacho, era con mucho el mejor de los guerreros de su edad, pero aún tenía mucho que aprender-. El mejor general de su época era Lucio Cornelio Sila, pero este no podía venir a Hispania para derrotarlo, debía reparar Roma. Por eso envió a otros generales. Pero dime, si tu padre lucho junto a Sertorio no pertenecía a este pueblo, ¿porque estás aquí?
  • Mi padre pertenecía a un pueblo que estaba junto a vuestra Pompaelo. Pero cuando mataron a Sertorio huyo a las tierras de los Caristios y se hizo mercenario. Al morir me dejo sus armas, y como no tenía nada aparte de mi espada también me hice mercenario. Turibas me pago al igual que hizo con la mayoría de ellos. Este poblado es especial, es mitad Cántabro mitad Caristio, la frontera es el rio que bordea la montaña, por eso no les caen bien a ninguno de los dos pueblos.

El jefe contrata jóvenes para luchar, aunque poco debe pagar para que solo vengan niños. Me sorprende que este terruño le de para tanto, solo veo cabras y ovejas ¿De dónde sacara la plata?

  • ¿Contra quién quiere luchar?
  • De momento contra nadie, pero cuando Buntalos nos fabrique las lanzas con punta de hierro y las espadas seguramente contra Caciro. Es el jefe de lo más parecido a una de vuestras ciudades que hay por la zona, y lleva tratando de casar a Amia con su hijo desde que se quedó viuda. De ese modo al morir Turibas se quedaría con sus tierras y no tendría que repartir la plata que les dan por el hierro los mercaderes de Oiasso.

Paso un mes entero y el entrenamiento comenzaba a dar sus frutos, los chicos le ponían ganas y lo hacían bastante bien, la única pega estaba en que los quince guerreros con experiencia que podría reunir Turibas se negaban a aprender, incluso cuando Durato tumbo a uno en una pelea se negaron a ponerse a sus órdenes. Con su colaboración quizás sobrevivieran al primer combate, se había estado informando sobre Caciro y las expectativas para ellos no eran muy alentadoras. Su enemigo gobernaba sobre tres poblados más grandes que el suyo y podía reunir unos cien hombres, ellos en cambio solo podían juntar a quince guerreros que no colaboraban y treinta jóvenes.

  • No sobrevivirán – le dijo a Buntalos mientras este metía un trozo de hierro al rojo en un cubo de agua-. ¿Se supone que eso es una espada?
  • Si los guiases seguro que sí, me he enterado que ayer Turibas te ofreció el puesto, y la mano de Amia. ¿Porque lo rechazaste? Os he visto juntos y no me puedes negar que te gusta.
  • Dame el martillo – Buntalos había tenido problemas para fabricar espadas con las que armar a los jóvenes. Para fabricar puntas de lanza o de jabalina solo se necesitaba un molde, pero según decía nunca llego a perfeccionar la técnica necesaria para una espada antes de que le hicieran esclavo. Y por eso avanzaba mediante el método de prueba y error-. ¡Sujétala!

Clac, Clac dos golpes le bastaron para partirla. Estaba mejorando antes bastaba con uno.

  • No seas cabezota, hazles hachas o algo por el estilo con eso el jefe estará contento y te dejara marchar.
  • Yo no me voy – contesto cogiendo los dos cachos de metal y tirándolos a un cesto-. Aquí tengo todo el mineral de hierro que quiera y puedo ser herrero, fuera sigo siendo propiedad de los Balbo y mi pueblo ya no existe. Yo me quedo, uno de los granjeros de los alrededores quiere casar a su hija conmigo, y encima es bonita. Deberías hacer lo mismo.

Pompeyo negó con la cabeza y tomo una lanza del montón junto a la puerta. No es que Amia le desagradase, solo que no estaba dispuesto a morir en aquel poblado perdido en el norte de Hispania donde no paraba de llover nunca, para eso se hubiese quedado en Picenum. Prefería probar suerte en las legiones.

Al atardecer de ese mismo día Pompeyo pudo conocer a Caciro y a los mercaderes de Oiasso. Estos no eran ciudadanos romanos pero al verlos sintió como un viejo sentimiento se adueñaba de él, gracias a sus servicios como legionario había conseguido la ciudadanía y por lo tanto tenía una ventaja sobre todos los demás a muchos kilometro a la redonda. Era ciudadano romano, y eso valía por todos los tesoros de aquellas tierras. Le vasto presentarse para que los mercaderes superaran el recelo que provocaba su aspecto desaliñado y le aceptaran entre ellos. Le prometieron que a su regreso de tierras cántabras le llevarían con ellos, según decían un centurión les vendría bien para protegerse de los salteadores.

Solucionado esto se situó junto a Buntalos y Amia para observar a Caciro. Su aspecto no impresionaba demasiado, no superaba en edad a Turibas pero se le notaba la buena vida que llevaba. Una tripa abundante, manchas de comida en sus ropas y una copa de bronce colgada del cinto en lugar de una espada o cualquier otra arma le delataban como alguien descuidado y más pendiente del dinero que de cuestiones guerreras. Si no hubiera estado acompañado por los cinco guerreros perfectamente armados que le rodeaban Pompeyo incluso hubiera sonreído, aquel tipo no sería un gran guerrero pero sabía muy bien cómo sacar partido a sus recursos.

  • Le están timando, el precio de los dos carros con mineral de hierro que se llevan valen el triple de lo que Caciro le ofrece –mascullo Buntalos en latín.
  • No te metas, deja que ellos negocien, no es asunto nuestro.
  • Tuyo quizás no, pero yo pienso quedarme. Y como miembro del poblado es mi obligación avisarle.

Y dicho esto avanzo hasta situarse a la altura de Turibas.

  • ¿Qué hace? –pregunto Amia sin entender nada.
  • Meternos en un lio. Busca a Durato y dile que vengan todos armados y en formación, ¡corre!

Amia obedeció aunque seguía sin entender nada. Mientras, Pompeyo apoyo la mano en el pomo de su espada corta y avanzo disimuladamente hasta colocarse junto a Turibas. Este se encontraba rojo de ira y comenzaba a mirar a Caciro con verdadero odio. Hablaba demasiado rápido para que pudiera entender algo más que el contexto pero la cosa no pintaba bien, los guerreros y los mercaderes comenzaban inquietarse.

Por suerte en ese instante Durato apareció  junto a los veinte muchachos armados con escudo, lanza y un peto de cuero con una chapa de hierro en el pecho. Los primeros efectuaron bien la maniobra pero los últimos tropezaron empujando a sus compañeros y dejando caer alguna que otra lanza. Podría haber sido peor pensó Pompeyo, ninguno ha terminado en el suelo.

Esta repentina llegada hizo que los mercaderes cedieran, por lo que les escucho incluso a ese precio todavía sacaban bastante beneficio. Sin embargo Caciro no parecía muy contento con el nuevo reparto.

Dos días después Pompeyo y Durato acompañaron a Amia y a Buntalos al poblado situado junto al rio, este a pesar de ser pequeño estaba situado frete al último vado antes de que el rio se ensanchase demasiado para cruzarlo. Como sucedía con todos los lugares de aquella zona carecía de nombre, pero según Amia la gente de los alrededores lo conocían como Bilobao –algo así como vado curvo- y allí una vez al mes se organizaba el mercado de mayor importancia de la zona. Buntalos se emocionó sobremanera al ver todo aquello y a su vuelta no paro de hablar de sus planes comerciales.

Estaban a punto de comenzar la ascensión de las primeras laderas de la montaña cuando tres de los guerreros que acompañaron a Caciro durante la visita de los mercaderes les salieron al paso.

  • Apartaos, dejarnos pasar o lo pagaréis caro –les amenazo Amia con el puño-. Mi suegro no permite que los perros de Caciro entren en sus tierras.
  • Pronto tendrás un nuevo suegro, nuestro jefe –contesto el que parecía el líder del grupo, Bodo creía recordar Pompeyo que se llamaba, según le contaron actuaba como comandante de los guerreros de Caciro-. Se buena y así no tendremos que matar a tus guardianes.

Todos marchaban a pie pero aunque lo hubieran hecho a caballo les hubiera sido imposible escapar. El lugar de la emboscada estaba bien escogido, justo donde unas rocas obligaban a quien quisiera pasar a ir en fila.

  • Venga, entregarnos a la mujer –les apremio otro de los asaltantes-. No nos obliguéis a mataros.
  • ¡Intentarlo! –grito Durato lanzándose espada en mano contra ellos.

El movimiento del chico cogió desprevenido a Pompeyo y para cuando quiso reaccionar ya se encontraba luchando contra Bodo sin que pudiera ayudarle. Bodo era tenía mayor experiencia y se limitó a parar sus golpes mientras sus dos compañeros avanzaban hacia ellos.

  • Si me ayudáis a llegar a Oiasso yo mismo cargare con ella –les dijo Pompeyo agarrando a Amia por el brazo derecho-. Lo único que quiero es marcharme de ese apestoso lugar, solo hay cabras y ovejas. Y ya he probado a la única mujer que merece la pena. ¿Trato hecho?
  • Trato hecho –aceptaron al unísono los asaltantes después de dudar ante su reacción. Amia por su parte le miraba sorprendida y la rabia comenzaba a aflorar en sus ojos-. El jefe nos advirtió de que no te matásemos, eres romano y no y no queremos problemas con tu ciudad, si nos ayudas mejor para todos. ¡Vamos dámela!
  • Toda tuya.

Acto seguido la daga de su cinto pasó a su mano y de su mano a la cabeza del guerrero que se acercaba a Buntalos. El otro sorprendido tardo lo justo en reaccionar para permitirle desenvainar su espada y arremeter contra el. Varios golpes altos bastaron para que su oponente descuidase la guardia y Pompeyo pudiera clavar la punta de su espada en su muslo izquierdo, luego con un movimiento rápido le remato y corrió en ayuda de Durato. Si no se daba prisa el chico moriría, no era rival para Bodo y ya se había llevado corte en el hombro.

Bodo al ver la suerte corrida por sus compañeros decidió escapar bosque a través, por su parte Pompeyo no se atrevió a perseguirle, no conocía el terreno y era probable que hubiese otros guerreros de Caciro por la zona.

Una hora de carrera bastaron para que llegasen a las lomas altas de la montaña y allí se encontraron con el grupo de cazadores. La suerte les sonreía, los muchachos se encontraban impacientes debido al encontronazo con Caciro, y por ello para desfogarse habían decidido salir a ejercitarse un rato. Sin dudarlo Pompeyo les hizo desplegarse y reconocer los accesos a la zona.

Tres días pasaron desde que Turibas partiese al frente de sus quince guerreros para atacar las granjas y terrenos de Caciro. Pompeyo había tratado por todos los medios que se quedasen junto al poblado, pero le fue imposible convencerles. Además partieron llevándose los dos únicos caballos disponibles y provisiones para una semana, escapar estaba descartado. Y así, si quererlo y sin saber como se vio al frente de la defensa de aquel remoto lugar.

No se hacía ilusiones, la victoria era casi imposible y sin los guerreros que Turibas se había llevado todavía menos. Aun así puso a todos los habitantes a preparar las defensas, unos cavaban un improvisado foso a los pies del lado bajo del muro, otros amontonaban piedras para lanzarlas desde los muros, y los niños al mando de Amia improvisaban barricadas que sustituyeran a las inexistentes puertas. Los granjeros de los alrededores empezaban a llegar en busca de refugio lo que significaba que los combates no se desarrollaban lejos.

Todo transcurría con normalidad, algunos incluso empezaban a quejarse argumentando que exageraba. Que no hubiese parado de llover en los dos últimos días tampoco ayudaba a levantar la moral. Solo Durato y Buntalos compartían su preocupación. Desgraciadamente para los escépticos al atardecer de ese mismo día aparecieron Turibas visiblemente mal herido y tres de los guerreros corriendo desesperados, varios metros por detrás venían Caciro a lomos de un caballo negro y Bodo junto varias decenas de guerreros enemigos.

Nos les alcanzarían antes de que llegasen al poblado pero estaba claro que no se conformarían con perseguirles y aguardar al día siguiente, tratarían de entrar y terminar con aquello de una vez por todas. Sin pensárselo Pompeyo se puso el casco de centurión con el penacho rojo, llamo a Durato e hizo formar a los muchachos en la entrada. Aguantarían hombro con hombro con él situado en el centro de la primera línea, el grupo de cazadores les apoyaría desde el muro y los ancianos y las mujeres vigilarían el resto del muro para evitar sorpresas.

El combate fue breve pero sangriento, Turibas y sus guerreros cruzaron primero, y acto seguido sus perseguidores ya estaban allí. Pompeyo notó como el corazón se le aceleraba y la tensión previa al combate comenzaba a adueñarse de su cuerpo, fue entonces cuando se le ocurrió, si mataban a sus jefes el resto de guerreros se retirarían. Afirmo los pies y cubriéndose con el escudo arremetió con su lanza contra la cara de Caciro, este se asustó y freno su montura provocando que los enemigos se amontonaran detrás suyo. Dio igual, la lanza atravesó carne y hueso salpicando el brazo de Pompeyo quien inmediatamente dejo caer el asta para desenvainar su espada.

Por el rabillo del ojo noto como Durato le seguía y varios de los muchachos arremetían con saña contra los desorganizados atacantes, los cazadores estaban bordando su papel y ya superaban la decena los caídos. Fue entonces cuando vio a Bodo, este trataba de poner orden, pero antes de que pudiera acercarse Durato se le había vuelto a adelantar y aprovechando la confusión supero la guardia de su rival para arremeter contra su cuello y partírselo en dos. El resto fue todo confusión, solo al finalizar y hacer recuento celebraron su victoria, veinte muertos enemigos y una única baja que lamentar.

Al día siguiente aparecieron el resto de guerreros enemigos bajo el mando de Jadar, el hijo de Caciro. Según decían acababa de llegar de la Galia donde había luchado junto a unos primos contra Cesar. Para sorpresa de todos quería negociar.

  • Es cierto, eres un centurión romano – balbuceo al verle. Parecía que hubiese visto al mismísimo Marte-. Mi padre estaba cegado por la plata de los mercaderes. En cambio yo he comprendido que no se puede luchar contra Roma, y tu representas a Roma en estas tierras, a partir de hoy los beneficios por la venta de hierro serán repartidos a partes iguales ¿te parece bien?

Pompeyo no daba crédito a lo que escuchaba, obviamente estaba encantado con el trato, además debido a la muerte de Turibas y la mayor parte de los guerreros adultos el actuaba en nombre de Amia, su futura esposa.

  • Me parece bien. ¿Cuantas derrotas sufristeis a manos de Cesar?
  • Nunca luchamos directamente contra Cesar, pero si contra sus centuriones –saltaba a la vista que le tenía miedo-. Cesar es benévolo si no le enfadas demasiado, los centuriones sois peores. Nunca mostráis piedad y lucháis mejor que cualquiera de nuestros guerreros.

Yo ya he tenido suficiente guerra, cuando el pueblo de mis primos firmo la paz decidí volver. Otros decidieron unirse a los belgas y seguir luchando, da igual, nadie puede derrotar a Cesar y a sus veteranos, al cabo de varios combates comprendimos que era imposible sorprenderles.

  • Nos veremos cuando los mercaderes regresen –le dijo Pompeyo acercándose varios pasos para intimidarle-. Llévate a todos tus guerreros y no volváis a pisar las tierras de Amia

No se hacía ilusiones, Jadar era un guerrero joven con el espíritu de lucha quebrado por la mayor maquinaria militar del mundo, las legiones de Cesar.  Por suerte para ellos Cesar era tan grande que su sombra llegaba incluso a ese remoto lugar olvidado por los dioses, pero pasado un tiempo Jadar recuperaría sus ganas de lucha, y entonces, Pompeyo con ayuda de Buntalos y de Durato estaría preparado. Pero primero estaba su boda con Amia.

 

 

Acerca de Rober

Me llamo Roberto y nací en el año 1979 en Madrid. Apasionado de la historia desde siempre, mi única intención es que compartamos y divulguemos en este espacio cada pedacito de la antigüedad que tanto nos gusta. Me encantaría que recorrieras conmigo este periodo. ¿Te apuntas?, pues bienvenido a Historia o leyenda.

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