La guerra relámpago de César 4


Este es un artículo de invitado, escrito por Jorge Menéndez Caunedo.

 

En el año 50 a. C. Julio César era el ídolo del pueblo romano, acababa de conquistar toda la Galia. Los galos habían sido siempre una amenaza para la frontera norte de los romanos, todo romano tenía cierto pánico a  que una invasión bárbara los arrasara, hecho que ocurrió en el año 390 a. C. con el saqueo de Roma por el caudillo de la tribu de los senones Breno. No solo los galos habían intentado una invasión de la península itálica, sino que durante la década del 100 a. C. una migración de tribus germanas había vagado por las Galias y el norte de Italia hasta que Cayo Mario (tío político de César) los derrotó en Aquae Sextiae y Vercellae. Ahora, con las nuevas fronteras, cualquier invasión germana tendría que vencer primero a las legiones acantonadas en la Galia antes de poner un pie en Italia. Ningún romano había ido tan al norte, llegando incluso a realizar dos expediciones a Britania. Por todo esto, César era el héroe del pueblo, una especie de paladín invencible que llevaba a Roma a su máxima expansión.

En Roma no todos estaban contentos con las nuevas fronteras, los senadores más conservadores, los llamados optimates, estaban muy preocupados, creían que César se proclamaría rey. Hasta entonces el hombre con más poder en Roma había sido Cneo Pompeyo, pero él no tenía los antepasados necesarios para ser rey. Sin embargo, César pertenecía a los julios, una de las familias más antiguas de Roma, que se decía que descendían de Eneas y de la diosa Venus. Por lo tanto, para una sociedad tan aristocrática como la romana donde eran de suma importancia los “derechos de sangre”, César constituía una verdadera amenaza.

Los optimates decidieron provocar la caída de César para evitar el fin de su amada república y lo hicieron evitando que César se pudiera presentar al consulado in absentia (sin estar presente), ya que si se presentaba en Roma perdería todo el poder que en aquellos momentos tenía como procónsul de las Galias y podría ser procesado por cualquier causa ridícula que a los optimates se les ocurriera, pues ostentaban el control de los tribunales. Y si César no se presentaba al consulado, expiraría su mandato en las Galias y sería procesado de igual modo, por lo que estaba entre la espada y la pared. César se paso todo el año negociando a través de sus senadores afines para que le dejaran presentarse, haciendo importantes concesiones a los optimates, pero estos no daban su brazo a torcer, pues pensaban que si cedían ahora nunca podrían parar a César. El conflicto se quedó en un punto muerto hasta principios del 49 a. C., con César al mando de una legión en Rávena, muy cerca de la frontera de Italia, preparado para saltar sobre Roma y hacerse con el poder por la fuerza si era necesario.

Las legiones de César en plena acción. Ilustración de Peter Connolly.

Las legiones de César en plena acción. Ilustración de Peter Connolly.

Los optimates, habían atraído a su facción a su antiguo enemigo Pompeyo que se convirtió en su líder, pues era el único que tenía poder militar sobre sus veteranos y comenzaron a reclutar un ejército. Nadie, y mucho menos el famoso general Pompeyo podría pensar que César los atacaría con una sola legión, era ridículo. Las opciones de César para los optimates se reducían a partir al exilio, no contemplaban que César los atacara con tan pocas fuerzas, no al menos hasta que sus legiones, que estaban invernado en la Galia, cruzaran las montañas y se reunieran con él. Por esa razón, forzaron un poco más la situación, y a principios de año promulgaron un senatum consultum ultimun declarando a César fuera de la ley. Por supuesto, los tribunos de la plebe cesarianos Marco Antonio y Quinto Casio vetaron aquella decisión, pero solo consiguieron ser expulsados del Senado y amenazados por Pompeyo que había desplegado tropas por la ciudad. Estos dos tribunos se disfrazaron de esclavos para escapar de Roma y se fueron a informar a César, que tendría la excusa perfecta para empezar el conflicto, la profanación del derecho de veto de los inviolables tribunos de la plebe, que se presentaron ante el ejército con un aspecto lamentable.

El 12 de enero, César, al mando de la XIII legión, cruzo el Rubicón, que hacía de frontera norte de Italia. Era pleno invierno, aún quedaban meses para la temporada de campaña, esto unido a sus escasas fuerzas y a la velocidad con la que se desplazaban hacían que este movimiento fuese totalmente inesperado. No fue hasta el 17 de enero cuando llegó a Roma la noticia del avance de César, pero para entonces ya era demasiado tarde. El ejército de César avanzaba a una velocidad endiablada, entraban en las ciudades del norte donde era recibido como un dios sin resistencia alguna. Las cohortes reclutadas por el Senado se dispersaban a la sola vista del ejército de César o simplemente se le unían.

Pompeyo, ante el estupor general, ordenó la evacuación de la ciudad, sabiendo que era imposible presentar un ejército decente ante César en tan poco tiempo, y se retiró hacia el sur.

Batalla de Dirraquio. Ilustración de Radu Oltean.

Batalla de Dirraquio. Ilustración de Radu Oltean.

En Asculum la XII legión llegó como refuerzo el 10 de febrero y siguieron su marcha triunfal hacia el sur hasta la ciudad de Corfinium, un estratégico cruce de caminos donde el optimate Enobarbo los esperaba con una fuerza de 26 cohortes. Enobarbo había hecho caso omiso de la orden de Pompeyo de retirarse para poder salvar el mayor número de efectivos contra César. El 21 de febrero, solo seis días después de comenzar el asedio, las tropas de Enobarbo se rindieron pasándose al bando de César que perdonó al propio Enobarbo dejando claro que no habría matanzas ni listas de proscritos, como era habitual en las guerras civiles de Roma. César, con un ejército considerable después de los refuerzos y las deserciones de sus enemigo se dirigió a Brundisium donde Pompeyo intentaba enviar a su ejército al otro lado del Adriático. Para el día que César llegó a la ciudad costera, el 9 de marzo, Pompeyo ya había conseguido desalojar a más de la mitad del ejército y estaba esperando a que la flota regresase para desalojar el resto del ejército. César asedió la ciudad e intentó bloquear la salida del puerto con un rompeolas, pero era demasiado tarde y las tropas de Pompeyo consiguieron ser evacuadas por completo el 17 de marzo.

Comienza así un conflicto que recorrería todo el mediterráneo (Hispania, Grecia, Egipto, África y nuevamente Hispania) y que duraría varios años acabando definitivamente con la maltrecha República de Roma. Durante la campaña de César de Italia, apenas hubo bajas y todos los que se rindieron fueron perdonados. Por eso podemos decir que César conquistó Italia sin derramamiento de sangre y todo ello debido al factor sorpresa y a la velocidad a la que sus tropas se movieron. Algo así ocurrió casi dos mil años después cuando los alemanes llevaron a  cabo la famosa táctica blitzkrieg, la guerra relámpago, pillando por sorpresa a los ejércitos aliados, que habían subestimado el poder de los vehículos motorizados en la nueva guerra que se cernía sobre Europa y se dedicaron a trazar una línea de defensa estática al estilo de la I Guerra Mundial, pensando que los alemanes seguirían la misma estrategia que en el anterior conflicto, con la linea maginot al sur y la defensa de los países bajos y Bélgica al norte. Pero los alemanes habían desarrollado una nueva forma de guerra con sus divisiones acorazadas, no habían subestimado el poder de la tecnología como hicieron los británicos y los franceses y los pillaron por sorpresa cruzando por el bosque de las Ardenas con las divisiones Panzer, por donde se creía imposible una ofensiva, y lanzando paracaidistas tras las lineas enemigas (una innovación en el arte de la guerra), a partir de aquí, la velocidad de los alemanes fue crucial para la conquista de Francia, que se llevaría a cabo casi sin que los aliados pudieran defenderse.

A esta nueva forma de Guerra se le llamó guerra relámpago, por su endiablada velocidad, a menudo dejando tropas enemigas en la retaguardia. Con las evidentes diferencias entre los dos periodos y centrándonos únicamente en la base estratégica de los dos movimientos (la velocidad y el factor sorpresa) ¿realmente fue una nueva forma de hacer la guerra? ¿O ya había sido llevada cabo por César 1989 años antes?

Jorge Menéndez Caunedo

BIBLIOGRAFÍA BÁSICA:

-”La Guerra Civil” de Julio César.

-”Vidas paralelas” de Plutarco, capítulos de Pompeyo y César.

-Desperta Ferro Antigua y Medieval número 19.

 

Acerca de Rober

Me llamo Roberto y nací en el año 1979 en Madrid. Apasionado de la historia desde siempre, mi única intención es que compartamos y divulguemos en este espacio cada pedacito de la antigüedad que tanto nos gusta. Me encantaría que recorrieras conmigo este periodo. ¿Te apuntas?, pues bienvenido a Historia o leyenda.


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4 Comentarios en “La guerra relámpago de César

  • Alfonso

    Jorge, excelente artículo.
    Muy buen paralelismo, teniendo algunas diferencias que deben señalarse pues tanto César como Pompeyo se desplazaban a pie, carro y alguna caballería, lo cual tiene su mérito.
    La guerra relámpago se basa en ambas épocas en un criterio parecido si no igual, no hacer caso de los altos mandos y ir adelante, adelante, como Rommel, por ejemplo, y los ejemplo romanos que tan bien describes. La audacia de Napoleón.
    Buscar la brecha en la línea del frente y entrar a toda velocidad por ahí, caballería o tanques ligeros (o motos con sidecar, cuidado), buscar la sorpresa de estar situados a muchos kilómetros de la retaguardia.
    Repito muy bien documentado y redactado. Gracias.

     
    • Rober Autor

      ¡Hola Alfonso!

      El artículo de Jorge se puede calificar de impecable, no es de extrañar, pues es un experto en la época cesariana. Seguro que le encantará leer tu comentario y así se anima a escribir alguno más 🙂