Juliano “El apóstata”, héroe de Argentoratum, salvador de la Galia (II) 6


En el artículo anterior habíamos dejado a Juliano recién nombrado César. El emperador Constancio le había otorgado el control de la provincia de la Galia con gran pompa, pero la realidad es que era un César de postín. Lo primero que hicieron fue cambiar su aspecto de joven filósofo cortándole el pelo y afeitándolo, le vistieron con sedas y le asignaron una escolta de 360 jinetes, pero nada más. El mando efectivo del ejército recaía en el general Marcelo y el Prefecto Florencio, que sólo acataban órdenes directas del Augusto Constancio.

Constancio no temía a Juliano por su experiencia militar (carecía totalmente de ella), pero sí por su gran carisma que había mostrado en Mediolanum y que dicen había cautivado a la mismísima emperatriz Eusebia, que por cierto, ya había intervenido a favor de Juliano en alguna ocasión. El propio Juliano se lamentaba de que solo le querían para pasear por la Galia en nombre del emperador, y aunque insistió varias veces a su primo Constancio para que le dijera que se esperaba de él, solo recibía largas y respuestas triviales. Y la cosa no estaba precisamente para trivialidades.

Los alamanes habían cruzado el Rin de nuevo y asolaban las ciudades fronterizas del norte. Plazas tan importantes como Colonia Agripina habían sido tomadas desde noviembre del año 355, un mes antes de la proclamación de Juliano como César, pero Constancio le ocultó este dato (y muchos otros) a Juliano y el César partió con su escolta hacia Vindobona (Viena) a pasar el invierno, ignorante de lo que se le echaba encima.

Proclamación de Juliano como César, Mediolanum. Ilustración del cómic "Apóstata", Yermo ediciones.

Proclamación de Juliano como César, Mediolanum. Ilustración del cómic “Apóstata”, Yermo ediciones.

Juliano aprovechó la estancia en Vindobona para desarrollar sus capacidades castrenses, pues su educación, a diferencia de otros Césares o Augustos se había basado en conocimiento y filosofía, dejando la parte militar a un lado. Juliano pensaba que si era César debía comportarse como tal, y puso todo su empeño en entrenar y leer las viejas batallas de los grandes de Roma como Julio César o Trajano.

En el año 356 Juliano acompaño al general Marcelo en la campaña contra los alamanes. En un buen movimiento, Constancio había presionado desde el norte del Rin obligando a los alamanes a dirigirse contra el ejército de Juliano (realmente de Marcelo) que acudía siguiendo la ruta de Durocortorum (Reims). Los Alamanes fueron rechazados y expulsados de Colonia Agripina, aunque no totalmente vencidos.

Juliano se resguardó en la ciudad de Agedincum (Sens), organizó la defensa de la zona enviando guarniciones a diversas poblaciones en previsión de que los alamanes atacaran de nuevo, pues para este pueblo germano atacar en invierno no era impedimento. Mientras tanto, Marcelo había acampado no muy lejos de Agedincum con el grueso del ejército, pero cuando finalmente se cumplieron las previsiones de Juliano y la ciudad fue sitiada, no movió ni un solo dedo para apoyar al César de las Galias, ¿decisión propia o instigada desde la corte de Constancio? Bueno, decidid vosotros mismos en función de los hechos pasados.

No obstante, Juliano decidió resistir el asedio con los pocos hombres que tenía, alentando a la población a ayudar en las fortificaciones y defender la plaza todo el tiempo posible. La tenacidad del joven César dio resultado y tras un mes de ataques, los alamanes levantaron el asedio y se retiraron. Constancio, ante el arrojo de Juliano se vio obligado a destituir a Marcelo y retirarlo a Sardica, su ciudad natal. Además no tuvo más remedio que ceder a Juliano el mando del ejército, su popularidad cada vez era más alta y lo que era más peligroso, el ejército empezaba a verle como un líder capaz al que seguir.

Constancio no podía permitirse dejarle sin vigilancia y de paso aprovechar cualquier oportunidad de librarse de su molesto primo. Para no levantar sospechas designó un nuevo general para sustituir a Marcelo. Se trataba de Severo, un comandante capaz que escapaba de las intrigas de palacio y que acataría las órdenes de Juliano como un buen militar, pero en contraposición envió como Magister Peditum (general de infantería) a Barbacio, un general afín al Augusto y que no dudaría en poner en una situación muy comprometida a Juliano como veremos a continuación.

Comenzaba el año 357 y los alamanes regresaban de nuevo, heridos en su orgullo por la retirada forzosa del año anterior, y esta vez no se trataba de un solo clan dispuesto para la rapiña. Su líder, Chnodomario, utilizó las alianzas tribales y deudas clientelares para reunir varias tribus y clanes, un total de siete reyes y diez príncipes se unieron para encabezar una horda de guerreros compuesta por unos 35.000 hombres dispuestos a acabar con Juliano y hacerse con el control de la Galia, incluso se unieron guerreros germanos de otros pueblos como mercenarios ante la perspectiva de saqueo y botín.

Juliano estaba decidido a oponer resistencia y utilizar todos los recursos a su alcance. Trazó un plan para coger a los alamanes por dos frentes usando los 25.000 hombres al mando de Barbacio como cebo, mientras que el cerraba la trampa con los 13.000 de su ejército.

Los alamanes llegaron a Lugdunum e intentaron tomarla por sorpresa, su ardid no dio resultado pero los alrededores de la urbe quedaron totalmente devastados. Juliano al enterarse se movió rápidamente y ocupó con unidades de caballería los caminos que forzosamente tenían que usar los alamanes de vuelta, capturando el botín saqueado y dando muerte a muchos de ellos. Sin embargo los huidos que pasaban cerca del campamento de Barbacio escapaban sin ninguna oposición, Juliano pidió al general algunas barcas para perseguir a los germanos a la otra orilla y hostigarlos con escaramuzas, pero el lacayo de Constancio prefirió quemarlas antes que brindar a Juliano una oportunidad de tener todavía más éxito.

A Juliano no le extrañaban estas “zancadillas” continuas, estaba más que acostumbrado a sufrirlas, pero no cejó en su empeño de demostrar a los bárbaros que ni si quiera en su lado de la orilla estarían a salvo. Interrogó a varios de los prisioneros capturados y éstos le indicaron un lugar donde la sequía había dejado un trecho vadeable, llevó hasta la zona a una unidad de auxiliares al mando del tribuno Bainobaudo que en una serie de rápidas incursiones causó grandes bajas en los campamentos alamanes de la orilla este.

La audacia de Juliano era cada vez más evidente, aquél chico desaliñado aprendiz de filósofo estaba consiguiendo los objetivos de un verdadero César sin ayuda y salvando un obstáculo tras otro. Pero Chnodomario no se iba a quedar con los brazos cruzados. Mientras el César dirigía la construcción de fortificaciones para evitar nuevas invasiones y ataques, el grueso del ejército alamán atacó la posición de Barbacio cogiéndole con la túnica bajada, tanto que huyó a uña de caballo perdiendo el bagaje y las bestias de carga del ejército, dejando a Juliano en una situación muy peligrosa, en inferioridad numérica y con un enemigo con la moral alta y suministros de sobra.

Chnodomario pensaba que ya tenía vía libre para tomar la Galia, daba por hecho que Juliano por estar en clara inferioridad numérica se retiraría hacia el oeste a esperar refuerzos. Reunió cerca de Argentoratum (Estrasburgo) al resto de los clanes que llegaban poco a poco al mando de sus reyes: Vestrulapo, Urio, Serapión (su padre era devoto de Serapis), Soumario y Hortario estaban preparados para tomar lo que el derecho de las armas y la conquista les ofrecían.

Pero Juliano no se iba a amedrentar, donde otros veían una empresa imposible, Juliano veía la oportunidad de acabar con todos los enemigos de una sola vez. Terminó las fortificaciones situadas en Tres tabernas para tener un lugar al que retirarse si las cosas se complicaban y sin demora partió hacia Argentoratum al encuentro del enemigo. La columna iba marchando flanqueada por la caballería de catafractos y jinetes montados, a falta de veinte millas para llegar Juliano detiene la marcha y se sitúa al frente del ejército y les dirige unas palabras, que las transcribo directamente de Amiano:

“Compañeros: Conocedores sois de vuestra fuerza y poseéis la confianza que inspira: el César que os habla tampoco es sospechoso de carecer de valor: así es que se le puede creer, cuando en interés de la salvación de todos os dice, y pocas palabras os lo demostrarán, que en las pruebas de paciencia y valor que nos esperan, es necesario escuchar los consejos de la moderación y la prudencia, y no los de la precipitación e inconsiderado ardimiento. Los hombres valientes, altivos e intrépidos cuando el peligro está presente, deben mostrarse, si es necesario, reflexivos y dóciles. Este es el consejo que os doy, y que os ruego aceptéis. Es cerca de medio día: fatigados ya por la marcha, vamos a entrar en desfiladeros tortuosos y obscuros; la luna en menguante nos amenaza con tenebrosa noche; no podemos esperar ni una gota de agua en este suelo abrasado por la sequía. Triunfaremos, así lo quiero, de todos estos obstáculos; pero ¿qué haremos si nos encontramos encima al enemigo, descansado, alimentado y fresco? ¿Cómo resistiremos el choque rendidos por la fatiga, el hambre y la sed? El éxito en las circunstancias más críticas suele depender de una sola disposición. Una buena determinación, tomada oportunamente, es un camino que nos abre la divinidad para salir de las coyunturas más desesperadas. Creedme, acampemos aquí, bajo la protección de un foso y una empalizada; pasemos esta noche descansando y velando por turno; y mañana al amanecer, repuestos por el sueño y el alimento, desplegaremos de nuevo, con el auxilio de Dios, nuestras victoriosas águilas y banderas.”

Sin embargo los soldados estaban impacientes por comenzar el combate, se sabían en inferioridad numérica pero las victorias pasadas unidas a la confianza que les mostraba el César enardecían sus espíritus. Convencidos de la victoria, un signifer tomó la palabra y en nombre de todo el ejército replicó la exposición de Juliano:

“Adelante, César, el más afortunado de los hombres: la fortuna misma guía tus pasos. Solamente desde que tú nos mandas comprendemos cuánto puede el valor unido a la habilidad. Enséñanos el camino de la victoria como valiente que marcha delante de las enseñas, y nosotros te mostraremos a nuestra vez lo que vale el soldado ante la vista de un jefe valeroso que por sí mismo juzga el mérito de cada cual.”

No hubo más que añadir, el ejército se ponía en marcha y avanzaba hacia los alamanes sin demora. Los germanos a su vez habían enviado varios jinetes para observar los movimientos romanos, se detuvieron sobre una colina al ver el ejército romano marchando. Fueron descubiertos y perseguidos, varios lograron huir, pero uno de ellos que se había quedado sin montura fue capturado e interrogado. Gracias a este prisionero supieron dónde estaba la horda bárbara y que habían tardado tres días en vadear el Rin, lo cual daba fe del tamaño del ejército alamán.

Disposición de los ejércitos en la batalla de Argentoratum.

Disposición de los ejércitos en la batalla de Argentoratum.

Juliano situó al ejército en la colina donde antes estaban los exploradores enemigos y formó a sus hombres en posición defensiva. La primera línea la dejó a los auxiliares para recibir al enemigo con una lluvia de proyectiles, justo detrás de éstos situó a las unidades de infantería pesada que tendrían que aguantar los envites bárbaros. El flanco izquierdo quedó al mando del Magister Equitum Severo, mientras que Juliano se hacía cargo del derecho. A pesar de estar en inferioridad numérica, Juliano optó por guardar una unidad de Clibanarii (unidad de caballería pesada similar a los catafractos) como apoyo en donde flaqueara más la línea, además dejó para la misma función otra unidad de primanii (infantería pesada).

Chnodomario también dispuso a sus hombres para el combate. Observando que el flanco comandado por Juliano tenía más caballería que el otro, el rey alamán dispuso casi toda la suya en frente del César pero la mezcló con un grupo de infantes para que en el fragor de la batalla hirieran a los caballos de los clibanarii y poder desmontar a sus acorazados jinetes. El propio Chonodomario se puso a la cabeza de este flanco, ataviado con su banda roja en la cabeza y sus armas relucientes que destacaban de las demás.

El grueso de los reyes con sus clanes se situaron en el centro, formando un cuadro compacto de tres líneas que normalmente terminaba convirtiéndose en cuña para poder penetrar con más ímpetu en las líneas enemigas. En el flanco derecho, entre una zona de cañaverales, Chonodomario dispuso un gran grupo de guerreros al mando del impetuoso Serapión que a pesar de ser incluso más joven que el propio Juliano tenía unas dotes de mando innatas. Su plan era dejar avanzar la línea romana para que cuando superase su posición atacar su flanco y retaguardia, rodeando así por completo las legiones.

Juliano ordenó avanzar al ejército sin perder la formación, al acercarse a la zona de los cañaverales, Severo se percató del truco enemigo y ordenó detener el avance. Los alamanes tomaron entonces la iniciativa con un lanzamiento de proyectiles que la infantería romana mitigó con la formación de testudo. Juliano cabalgaba con su escolta por detrás de la línea constantemente, arengando a las tropas y buscando posibles fisuras en la formación para restablecer la línea.

Se escuchó entonces un clamor que procedía del grueso del ejército alamán, los guerreros exigían a sus reyes que desmontaran y se unieran a la batalla a pie. Parece ser que los súbditos de los monarcas no querían que si la batalla se ponía en su contra, éstos huyesen con su sequito abandonándolos en el fragor del combate. Los reyes no pusieron objeción pues estaban convencidos de la victoria, pero las legiones de Roma todavía tenían mucho que decir.

Severo atacó la posición de Serapión con una lluvia de venablos y plumbatae (arma arrojadiza utilizada por las legiones del bajo imperio), que hizo poner en fuga a los que pretendían emboscar. Rehízo las filas y continuó avanzando hacía el grueso del ejército.

Pero las cosas no iban tan bien en el flanco derecho, los clibanarii a pesar de estar fuertemente acorazados aguantaban a duras penas la posición. Los continuos envites de los germanos apoyados por una lluvia constante de proyectiles fue demasiado para ellos.

Juliano se percató de la retirada de su caballería pesada y se interpuso en su camino para intentar reagruparla. Amiano comenta que varios de los jinetes reconocieron al César por el portaestandarte que galopaba junto a él, recibieron una reprimenda de Juliano que logró que parte de la caballería se agrupase tras las líneas de infantería.

Severo ataca a los alamanes de Serapión. Ilustración de Gerry Embleton.

Severo ataca a los alamanes de Serapión. Ilustración de Gerry Embleton.

Parecía que las cosas no iban demasiado bien, el peso del ejército enemigo era difícil de contener a pesar de tener excelentes unidades de infantería que se estaban mostrando totalmente disciplinadas, aguantando la posición a pesar de ver huir a la caballería.

Los reyes germanos, al ver que el flanco derecho romano se desmoronaba decidieron lanzan un ataque generalizado por todos los frentes, esperando desbordar las legiones como si de una tormenta se tratara. Cuando avanzaban dispuesto a quebrar la moral del ejército del César, un sonido conocido por ellos emergía de entre las filas romanas. Se trataba del barritus, grito de guerra de origen germano, muchos de los legionarios sobre todo de las unidades auxiliares eran de ese origen y querían dejar muy claro que la victoria les iba a costar caro a los alamanes.

Las formaciones chocaron en un terrible caos de muerte, polvo y sangre, que hacía imposible saber hacia qué lado se decantaba la balanza. El peso de los números y las cargas consecutivas que realizaban los germanos lograron romper la línea romana en varias ocasiones, Juliano envió entonces a los Batavii y los Regii, que sufrían menos presión en su zona para restablecer la línea y hacer retroceder a aquellos germanos que se abrían paso por la brecha.

Chnodomario no podía dejar pasar la oportunidad, ya empezaba a vislumbrar el cansancio en sus guerreros, sin embargo los romanos, estáticos en sus posiciones estaban más frescos y no parecía que fueran a desfallecer pronto. Chnodomario reunió su guardia personal y ordenó a los demás reyes que hicieran lo mismo, si el César daba ejemplo a sus tropas acudiendo a lo más encarnizado del combate, él llevaría a siete reyes nada menos.

La carga fue brutal, la formación en cuña hizo tambalear toda la línea romana que empezaba a hacer aguas por varias zonas. Chnodomario podía oler la victoria en forma de sangre romana, pero Juliano movilizó entonces la reserva, las mejores unidades de su ejército que había dejado para el último momento. Los primanii detuvieron en seco la cuña de ataque, y al más puro estilo de las legiones imperiales de antaño empezaron a dar estocadas a los cansados alamanes, que perdían el ímpetu por segundos, cayendo uno tras otro.

Los romanos aguantan el envite germano. Ilustración de Igor Dzis.

Los romanos aguantan el envite germano. Ilustración de Igor Dzis.

Cuando el polvo empezó a disiparse los alamanes descubrieron aterrorizados la cantidad de muertos y heridos que cubrían el campo de batalla, y sobre ellos el ejército de Juliano, casi impertérrito. El terror se apoderó de la horda alamana que probablemente se había quedado descabezada de varios reyes en la última acometida. En su desastrosa huida fueron masacrados por las legiones que se precipitaron sobre ellos como una jauría de perros. Cientos de germanos se ahogaron en el Rin antes que ser atravesados por las spatha romanas, que según Amiano tiñeron de rojo el río.

Chnodomario fue capturado mientras huía, sus relucientes armas le delataron mientras intentaba ocultarse en una zona pantanosa. Su gallardía y altanería se disipó rápidamente cuando se vio rodeado de legionarios. El rey alamán fue enviado a Roma donde juró lealtad al emperador y se le procuró un retiro en la colina Palatina.

Los alamanes habían dejado 8.000 muertos en el campo de batalla, 2.000 de ellos se presume que se ahogaron en la huida, una gran cantidad en proporción a los 243 muertos romanos que asegura Amiano. Es mucho más que probable que haya que sumar varios cientos más, incluso un par de miles a las bajas romanas, pero tratándose de un autor romano y encima coetáneo de los hecho producidos, no podemos esperar otra cosa.

Juliano lo había conseguido, un par de años antes solo era un aprendiz de filósofo cuya única ambición era pasar desapercibido para poder sobrevivir, y ahora era todo un César victorioso. Sus legiones le amaban, y para demostrárselo le nombraron Augusto dando a entender que le seguirían hasta la misma Mediolanum para reclamar el trono. Pero Juliano no quería enfrentarse a su primo, que ya se había deshecho en más de una ocasión de diferentes usurpadores y rechazó el título de pleno, además para Juliano que le calificaran como usurpador sería una deshonra.

Pero hay veces que parece que el destino guarda grandes gestas y gloria para aquellos que en un principio huían de ella, y Juliano parece una de esas personas tocadas por el fatum.

Todavía queda mucho por conocer de este gran personaje, pero para ello tendréis que esperar al próximo artículo, que cerrará esta serie dedicada a Flavio Claudio Juliano “El apóstata”.

 

BIBLIOGRAFIA Y FUENTES:

Amiano Marcelino, Historia del imperio romano 350-378.

Juliano “El apóstata”,  Discursos I-V.

Revista Desperta Ferro nº29, Juliano “El apóstata”.

Adrian Goldsworthy, La caída del imperio romano.

 

Acerca de Rober

Me llamo Roberto y nací en el año 1979 en Madrid. Apasionado de la historia desde siempre, mi única intención es que compartamos y divulguemos en este espacio cada pedacito de la antigüedad que tanto nos gusta. Me encantaría que recorrieras conmigo este periodo. ¿Te apuntas?, pues bienvenido a Historia o leyenda.


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6 Comentarios en “Juliano “El apóstata”, héroe de Argentoratum, salvador de la Galia (II)

  • Alf

    Gran trabajo el tuyo.

    Añado un aspecto de Juliano diferente al de líder militar y estratega sobre el que no has incidido: su capacidad como administrador y legislador justo. Gran parte de su éxito viene motivado por unas legiones que confían y creen en él porque han salido de un pueblo al que ha liberado de impuestos aplastantantes, limpiado de administradores corruptos y administrado con justicia y equidad. Todo ello dió lugar a que las Galias se mantuvieran leales al Imperio otro siglo y medio

    Creo que en la caída del Imperio nadie incide en la gran influencia que tuvieron los impuestos aplastantes que dieron lugar a las bagaudas y, sobre todo, que se prefiriera la más magnánima administración del bárbaro que la de Roma, perdiendo el sentimiento de ciudadanía (un día me animo y hago un artículo, jejej)

    Respecto a las cifras de Amiano, está constatado que en la Antigüedad la desproporción tremenda de bajas entre el ganador y el perdedor de una batalla eran correctas y no fruto de las exageraciones: las bajas en su gran mayoría se producían al desbandarse uno de los ejércitos y ser masacrados por el vencedor

    Saludos

     
    • Rober Autor

      Hola Alf!!
      Esperaba tu comentario jajaja. No me he olvidado de la parte administrativa ni mucho menos, el tema es que este artículo ya me ha ocupado 3000 palabras y excederme más sería contraproducente. Pero no te preocupes que incidiré en el tema para el próximo artículo de Juliano, que como bien sabes todavía queda historia.

      En lo que no coincido contigo es en el número de bajas, estamos de acuerdo que Amiano es la fuente más fiable en cuanto a hechos se refiere, pero hemos de ser prudentes con las cifras de las batallas, no solo en esta sino en cualquier otra de la antigüedad. Sólo pensando en las bajas de los clibanarii bajo la lluvia de venablos y las continuas cargas de 35.000 guerreros, datar las bajas romanas en 250 me parece como poco llamativo.

      Por cierto, si te animas a escribir algún artículo mi blog esta totalmente a tu disposición. Muchas gracias por tus comentarios Alf, siempre son de agradecer, saludos.

       
      • Pedro

        Buenas!

        Hay que tener en cuenta que no todas las heridas matan. Por lo que un 2% (250) de muertes en el caso del ejército vencedor ,a los que habría que añadir unos 1,500 o 2,000 heridos de diferente gravedad, si dan unas cifras aceptables.

        Hay que tener en cuenta que los catafractos eran caballería acorazada, muy difíciles de herir, por lo que creo que sufrieron más heridas que muertes en dichas unidades de caballería.

        Como ha dicho Alf, la gran mayoría de bajas en las batallas de la antigüedad se producían cuando uno de los dos ejércitos daba la espalda al contrario y se ponía a huir. Ese momento era aprovechado por el ejército victorioso para matar “a placer”.

        un saludo

         
        • Rober Autor

          Hola Pedro.
          Sigo pensando que 250 bajas son pocas en una batalla de ese calibre, lo malo de la historia romana es que está escrita mayormente por ellos mismos. La diferencia de muertes entre un bando y otro fue total, ya que la victoria en Argentoratum fue así, total, pero lejos de negarlas solo pido prudencia a la hora de tomarse al pie de la letra las cantidades relatadas.
          Un saludo y muchas gracias por participar en el blog.

           
          • Pedro

            Buenas Rober,

            Totalmente cierto en tomar las cifras de los autores antiguos con pinzas jeje (2,000,000 millones de persas según Heródoto jaja). Pero también hay que decir que las batallas no eran las matanzas que nos presentan las películas (me refiero a la propia batalla, con dos ejércitos luchando frente a frente, no a la subsiguiente persecución del enemigo vencido).

            Las batallas se luchaban línea contra línea, no cada uno a los suyo, por lo que sólo parte de los soldados tomaban parte en la lucha. Así mismo, se hacían pausas en la misma. Ninguna persona tiene la fuerza necesaria para estar durante horas luchando con escudo, armadura, espada, etc., es totalmente imposible.

            Por todo ello, sigo haciendo hincapié en que casi siempre suele haber una alta desproporción entre las víctimas del bando vencedor y las del perdedor (las cuales se siguen produciendo en su mayor parte en su huida y persecución).

            un saludo!