Honor Tebano (Parte I) 7


Este es un relato creado y escrito por Sergio Alejo Gómez.

Agatón escuchó atentamente las palabras del rey espartano al igual que todos sus camaradas tebanos. Habían acudido a la llamada de la liga panhelénica pese a que su ciudad decidió no formar parte del pacto de coalición. Los gobernantes se habían decantado por la aceptación de las condiciones impuestas por el rey persa, al igual que otras ciudades griegas para evitar de esa manera la destrucción de su polis. La oferta que les hizo Jerjes quizás permitiría que los ciudadanos continuasen vivos, pero a cambio deberían pagar un alto precio ya que el sistema que conocían hasta ese momento sufriría un cambio radical, dejarían de ser libres para pasar a convertirse en esclavos, al igual que todas las naciones que formaban parte del imperio Aqueménida.

Ni él, ni los guerreros que se encontraban en ese momento en el paso de las Termópilas, estaban dispuestos a vivir de rodillas, preferían morir de pie, luchando por su libertad junto al resto de griegos. Todavía recordaba el día en que la asamblea decidió por unanimidad que no prestaría apoyo a la liga griega. Fueron algunos los que se opusieron firmemente a tal decisión, entre ellos, el más destacado fue el strategos Demócrito, que en un largo y no exento de polémica discurso en el ágora, expuso su disconformidad con lo acordado. Además, manifestó que se encargaría de reunir una fuerza de combate para acudir a la llamada de la confederación y,  que si era necesario, él mismo costearía ese ejército, sin necesidad de que el erario público tuviese que hacerlo.

Agatón y su hermano menor Hermógenes no dudaron en apuntarse como voluntarios a ese contingente. Sabían que si lo hacían existía la posibilidad de que su propia ciudad les condenase al ostracismo, pero de todas formas se unieron a Demócrito y los suyos. Si el enemigo persa vencía a la coalición, todas las polis griegas quedarían a merced del Gran Rey, y eso significaba la pérdida de todo aquello por lo que tantas generaciones pasadas habían luchado. Grecia debía unirse para hacer frente a esa invasión, pese a que había viejas rencillas entre muchas de las ciudades. Algunas de ellas eran tan antiguas que ni los habitantes de las mismas recordaban porque se habían iniciado. En contrapartida existían muchos puntos en común entre estas que las unían, y eso era lo que debía primar, el sentimiento de unidad y  no la fragmentación, que era lo que buscaba el rey persa para facilitar su cometido. En cambio, ¿qué era lo que les unía al bárbaro invasor? Nada, ni un solo aspecto.

Pensó entonces en los griegos jónicos que luchaban en el ejército de Jerjes. Esos compatriotas lo hacían porque no les quedaba otra opción, ya no eran libres, hacía ya varias generaciones que habían perdido ese derecho, y no les culpaba en absoluto por ello, pues habían intentado alzarse contra ese dominio años atrás con resultado infructuoso. Pidieron ayuda a sus hermanos continentales, pero la respuesta dejó mucho que desear. Tan sólo Atenas y Etreria enviaron algunas naves para apoyar esa revuelta, muy pocas, y no fue más que un gesto simbólico, y es que cuando los almirantes se dieron cuenta que la rebelión estaba condenada al fracaso, regresaron de inmediato a sus bases sin ni siquiera excusarse ante sus aliados. ¿Qué se podía esperar ahora de esos griegos? Evidentemente que luchasen del lado persa, pues habían sido abandonados a su suerte tan sólo veinte años atrás. Quizás ahora volviesen a la madre patria para cobrarse su merecida y tardía venganza.

Las palabras del comandante supremo del ejército griego no le dejaron indiferente, pues además de su fama como estratega, le acompañaba la de orador. Según había oído, Leónidas había llegado a ocupar el cargo de rey por matrimonio, al haber desposado a la hija de su predecesor, que no había tenido descendencia masculina para ocupar aquel cargo que se heredaba de padres a hijos. Lo poco que sabía de ese hombre se lo había explicado el propio Demócrito, quien parecía admirarle y tenerle en gran estima. Tanto él, como sus camaradas, fueron testimonios de ello, ya que justo cuando llegaron al punto de reunión acordado, el mismo rey en persona fue a recibirles, dándoles las gracias por su compromiso al haber acudido a su llamada. Les dijo que era consciente del sacrificio que habían hecho, sabía de sobras que su ciudad no estaba de acuerdo con la estrategia de la liga ni con su propia existencia, y les llamó valientes por arriesgarse a ser repudiados por sus propios conciudadanos. La respuesta que dio Demócrito fue lo que más sorprendió al joven hoplita:

            —Si no frenamos al invasor persa, no habrá ninguna ciudad a la que regresar Leónidas. Es por ello que tanto mis hombres como yo estamos aquí. Preferimos morir luchando con todos nuestros hermanos como hombres libres, que vivir como esclavos en una ciudad sometida a la tiranía de un bárbaro extranjero.

Agatón recordaba como la cara del monarca espartano se puso seria, las arrugas se dibujaron en su frente. Era un hombre ya mayor, tal vez rondara los sesenta años o incluso más, su largo y trenzado cabello plateado y su barba cana así lo dejaban entrever, aunque no eran impedimento alguno para llevar puesta toda la panoplia de guerrero. Era sin duda un claro ejemplo del ideal de soldado espartano. Esos valerosos hombres que desde muy temprana edad eran entrenados para convertirse en máquinas de combatir y que alargaban su vida militar hasta bien entrada su madurez. Era la única polis que disponía de un ejército profesional. Sus ciudadanos dedicaban todo su tiempo a formarse y entrenarse exclusivamente para la guerra. El resto de ciudades disponía de fuerzas de combate temporales, ya que los soldados desarrollaban otras profesiones y tan solo se entrenaban puntualmente y en períodos concretos o de necesidad, tal y como estaba sucediendo en ese momento. Esparta era única en el mundo griego, pero la valentía de sus guerreros no era suficiente para enfrentarse a un ejército invasor de la magnitud del que se acercaba. El rey, al momento, se acercó al strategos tebano y poniéndole su mano sobre el hombro le dijo con voz clara para que todos los presentes le pudieran escuchar bien:

            —Esparta y el resto de ciudades libres de Grecia están agradecidas y en deuda con los tebanos que habéis acudido a la llamada. No lo olvidéis jamás. Cuando el invasor sea vencido, vuestros conciudadanos os darán las gracias y se darán cuenta que vuestra elección fue la correcta y no la que ellos tomaron por miedo. ¡Bienvenidos hermanos!

Todavía recordaba la aclamación y los vítores que pronunciaron tanto él como sus compañeros al escuchar las palabras de Leónidas. Eso les dio fuerzas para continuar adelante, ya que a la vez que se habían enrolado en las filas de la compañía del general Demócrito, habían renunciado a su ciudadanía tebana. Desde ese momento pasaron a ser unos traidores para su polis, por muy lícita que creyesen ellos que fuese su causa.

Tras recordar ese momento, Agatón volvió de nuevo a la realidad y se centró en el discurso que estaba pronunciando el rey lacedemonio. No todos los combatientes tenían la posibilidad de escuchar sus palabras directamente, la orografía del terreno no lo permitía, por lo que se situaron estratégicamente varias decenas de hombres que se encargaban de repetir las palabras de Leónidas a los que estaban más alejados y no las escuchaban bien. Los tebanos tuvieron el privilegio de poder formar cerca de él, por lo que la nitidez de sus palabras les permitió observar a su vez el ímpetu con el que eran pronunciadas. El contingente tebano estaba formado a la derecha del espartano, que era el que se había situado en primera línea, frente a su más alto mandatario. A la izquierda de los lacedemonios formaban los hoplitas de Corinto, cuyo número estaba entorno a los cuatrocientos hombres, y en las filas posteriores el resto de tropas de la coalición. Las siguientes palabras que el hoplita tebano escuchó de la boca del comandante en jefe fueron:

            —…¡Es por eso hermanos, por lo que debemos plantar cara al invasor! ¡Veo el miedo en vuestros rostros, y lo comparto, no creáis que mis hombres y yo no estamos asustados! ¡Somos espartanos, sí, pero también tememos a la muerte! ¡Aunque la causa por la que estamos hoy aquí va más allá de la individualidad, el sentimiento que nos mueve a todos es luchar por un bien común! ¡Algo que los esclavos del Gran Rey no tienen y que no tendrán jamás! ¡La libertad!

Tras esas últimas palabras las primeras filas de soldados soltaron una potente aclamación, que se contagió a las más de siete mil gargantas que se agolpaban en aquel estrecho paso. Todavía no se había acabado de transmitir el mensaje a las últimas filas, pero estas ya se habían unido a sus camaradas de armas. Los vítores tardaron un buen rato en cesar, pese a que el rey espartano intentaba calmar el ánimo de los presentes gesticulando con ambos brazos. Parecía que su discurso todavía no había concluido y deseaba que volviese a imperar el silencio para proseguir. Cuando por fin el sosiego reinó de nuevo, se aclaró la garganta y continuó hablando:

            —¡Debemos luchar unidos hermanos! ¡Olvidemos las rencillas del pasado, ahora tenemos un enemigo común, y no viene en son de paz! ¡No creáis sus falsas promesas, lo único que pretende es dividirnos! ¡Ya lo ha conseguido con algunas ciudades, sino mirad el ejemplo de Tebas! ¡Gracias a los dioses no todos sus ciudadanos han sucumbido a las promesas de Jerjes! ¡Un claro ejemplo es el contingente tebano que forman junto a mis espartiatas!

En ese instante todas las miradas se centraron en los hombres de Demócrito. El rey les señaló con su dedo índice mientras retomaba la palabra:

—¡Pese a que sus dirigentes han preferido claudicar y aceptar las condiciones impuestas por el Persa. ¡Pese a que se han sometido a su voluntad, este grupo de valientes, disconformes con la decisión de sus líderes, ha tomado la determinación de unirse a nuestra lucha! ¡A vuestra lucha! ¡A la lucha de toda Grecia por la libertad! ¿No creéis que ellos más que nadie se merecen nuestro respeto y admiración? ¡Demostrémosles nuestra gratitud hijos de la Hélade!

Casi sin dejarle terminar, los guerreros volvieron a vociferar como una sola garganta una potente aclamación. Esta vez iba dirigida a ellos, a esos hombres que habían sacrificado mucho más que los demás para estar allí. Sus hermanos, no de sangre pero si de armas, les estaban demostrando el orgullo que sentían al tenerlos allí. Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Agatón, que se dio cuenta por primera vez en muchos días de que su elección había sido acertada. Lágrimas de emoción humedecieron sus ojos y aferró con más fuerza su larga lanza de fresno. Miró a su derecha y se encontró con el rostro de su hermano Hermógenes. Este estaba completamente serio. Le respondió asintiendo levemente con un movimiento de su cabeza mientras se henchía poniéndose todavía más firme de lo que ya estaba. Era tan sólo un muchacho, tenía apenas veinte años y no había combatido jamás, además de tampoco haber saboreado otros placeres de la vida… Pero ahí estaba, orgulloso de ser quien era, orgulloso de estar en ese lugar. Orgulloso de formar parte de ese grupo de hombres que desobedeciendo los mandatos de la autoridad de su ciudad se había adentrado en un camino del que no había retorno posible.

El guerrero tebano se quedó mirándole fijamente y respondió al gesto de manera idéntica a la vez que le decía en un tono de voz muy bajo:

            —Estoy orgulloso de ti hermano…

El joven le miró y le respondió:

            —Yo también de ti Agatón.

La ovación fue cesando y el rey lacedemonio tomó de nuevo la palabra:

            —¡Tebanos, tespios, locrios, corintios, mantineos, micénicos, arcadios y el resto de hombres que estáis hoy aquí reunidos! ¡Ha llegado la hora de demostrarles a los medos que se han equivocado al venir a invadir nuestra tierra! ¡Enseñémosles qué es lo que les espera si permanecen en Grecia! ¡Teñiremos nuestra fértil tierra con su sangre! ¡Lo juro por los dioses!

De nuevo los guerreros volvieron a clamar fuertemente, aunque a diferencia de las anteriores ocasiones, esta vez acompañaron el sonido de sus gargantas con el repiqueteo de sus armas en los pesados hoploi de bronce, lo que provocó un gran estruendo. Siete mil hombres golpeando su escudo metálico a la vez era un espectáculo asombroso, si los gritos le habían hecho sentir un escalofrío, aquel sonido le erizó todo el vello corporal y sintió que la emoción se apoderaba de su ser. Pensó por un instante en sus enemigos, acampados a varios estadios de distancia de ellos. Si ese escándalo se había escuchado desde su posición, cabía la posibilidad de que ya estuviesen embarcando en sus naves de regreso a sus tierras.

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Acerca de Rober

Me llamo Roberto y nací en el año 1979 en Madrid. Apasionado de la historia desde siempre, mi única intención es que compartamos y divulguemos en este espacio cada pedacito de la antigüedad que tanto nos gusta. Me encantaría que recorrieras conmigo este periodo. ¿Te apuntas?, pues bienvenido a Historia o leyenda.


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7 Comentarios en “Honor Tebano (Parte I)

  • adam el azrak

    Me ha encantado este pequeño relato y creo que sería genial que hablases sobre la relación entre la estrategia de la Esparta por tierra y la de Atenas por mar, en cuanto a que grado de compenetración habia teniendo en cuenta que sus líderes XD.

     
    • Sergi

      Tomo nota Adán, los deseos de los lectores se deben tener en cuenta. Como ha dicho Rober todavía faltan unas cuantas entregas del relato. Pero no dudes en que hare mencion a la batalla del cabo Artemisio y a esa discrepancia en el mando de las operaciones terrestres y navales. Un saludo y gracias por tu comentario.

       
    • Sergi

      Gracias Alfonso, esta es tan solo la introducción, de momento hay poca acción. Sirve para situar un poco al lector en el contexto histórico del momento. Las siguientes entregas serán mucho más emocionantes, no lo dudes. He querido ofrecer una visión diferente de lo que nos ha llegado de las Termópilas a través de la película 300 basada en un cómic. De nuevo agradecerte tus palabras y animarte a estar pendiente de la segunda parte que está ya en el horno. Quiero agradecer también a Rober su predisposición a la hora de aceptar mi relato y animarle a continuar con este magnífico proyecto. Un saludo a tod@s.

       
    • Rober Autor

      Desde luego Sergi es un “crack”, tenemos la enorme suerte de que un gran escritor nos dedique un pequeño relato en exclusiva, además sobre las Termópilas.
      Un saludo Alfonso.