Honor tebano (V) 9


Este es un relato creado y redactado por Sergio Alejo Gómez.

Las filas de guerreros volvieron a chocar de nuevo a primera hora de la mañana. El rey persa no había parecido aprender nada de la primera jornada de combates, pues de nuevo había vuelto a lanzar a sus hordas contra los defensores del muro Foceo. Cuando los hoplitas griegos fueron llamados a filas de nuevo, Agatón pensó para sí mismo qué sorpresas les depararía el nuevo día. Ahora estaba a punto de vivirlo en sus propias carnes, allí formado en primera línea de combate, aferrando con fuerza su pesado escudo y su renovada lanza, apretó los dientes al observar como los enemigos cargaban con ímpetu hacia ellos. Sin mirar a su hermano que formaba justo a su derecha, le dijo casi riendo:

            —¿No querías gloria y honor? Pues prepárate porqué vas a tener de sobras esta mañana.

Hermógenes, un poco sorprendido por lo que le acababa de decir su hermano mayor, tan sólo acertó a responder:

            —No soy tan avaricioso como piensas, creo que de este día todos podremos sacar algo de provecho Agatón. Y no te preocupes por la gloria y el honor, habrá de sobras para todos.

Ambos hombres rieron fuerte, el comentario de los dos había sido gracioso. Incluso algunos de sus camaradas más cercanos, se contagiaron de las palabras de sus conciudadanos y rieron con ellos.

Esa mañana los tebanos habían tenido el honor de formar junto a los espartanos y a los arcadios. Los guerreros de esas poleis, habían sido los elegidos para encabezar la defensa matutina, por lo que habían sido los más madrugadores. Los propios generales se habían encargado de ir despertando a los suyos para informales de las nuevas. Apenas había salido el sol, cuando los soldados empezaron a recoger sus panoplias y con el estómago recién lleno tras ingerir un ligero desayuno, se dirigieron a las posiciones asignadas.

En esa ocasión no fue necesario ningún discurso o arenga para motivar a las tropas. No era menester repetir lo que ya se había dicho con creces el día anterior, además cada cual ya conocía las razones por las que se hallaban allí destacados. Por ello, en completo y sepulcral silencio, los hoplitas fueron formando a la espera de que apareciese el invasor. Estos no tardaron mucho en acudir al encuentro, y tras los sonidos de los tambores y trompetas, las tropas medas se comenzaron a vislumbrar en el horizonte. Como en las anteriores ocasiones, el número era muy superior al de los efectivos desplegados por los helenos, aunque estos últimos seguían contando con la ventaja de su posición estratégica. Los exploradores habían cumplido bien con su tarea, y tan pronto como se dieron cuenta de los movimientos en el campamento persa, se dirigieron al suyo para informar a los generales y que estos tuvieran tiempo suficiente para preparar la defensa.

Allí estaban los tebanos, formados en el flanco derecho, justo al lado de los temibles espartanos que cubrían el centro. El flanco izquierdo fue para los arcadios. Agatón se giró una última vez hacía detrás y pudo comprobar como sobre el muro defensivo se había agolpado un gran número de guerreros. Los que habían tenido la fortuna, o la desgracia, según el punto de vista, de no combatir. Estaban allí atentos, tal y como habían hecho él y sus compañeros la tarde anterior. Ya no había vuelta atrás, tocaba de nuevo pelear por su libertad y por su hogar, por mucho que sus conciudadanos hubiesen decidido no participar de la alianza y someterse al yugo del Gran Rey. En el fondo de su ser comprendía el miedo y temor que albergaban esos hombres y mujeres al invasor, preferían, a diferencia de los voluntarios de Demócrito, vivir bajo el dominio persa que morir defendiendo sus ideales. Sí, vivir, bajo el control de unos extranjeros, pero al fin y al cabo vivir. No por haber tomado esa decisión eran más cobardes que los que estaban combatiendo hombro con hombro con él en aquel desfiladero. No era él quien tenía que juzgarlos, no le correspondía. Eso era cosa de los dioses, los únicos capaces de realizar tamañas tareas. Ellos, simples mortales debían tomar las decisiones que les pertocaban, y los que se hallaban allí habían tomado ya la suya.

El silencio se quebró cuando el Peán empezó a ser entonado. Las gargantas de todos los griegos, los que combatían y los que observaban desde la retaguardia, cantaron al unísono el himno de guerra, mientras a escasa distancia los primeros gritos de los enemigos ganaban potencia. No dio tiempo de llegar a la tercera estrofa del cántico cuando las primera filas enemigas estuvieron a distancia de proyectil. Fue en ese instante cuando las filas de hoplitas se abrieron y de entre estas salieron los peltastas, infantes ligeros que portaban jabalinas, arcos cortos y hondas. A diferencia del día anterior en el que no participaron en los enfrentamientos, Leónidas y los demás strategoi decidieron hacer uso de ese tipo de tropas para sorprender al enemigo, y causar el mayor número de bajas posibles antes de que llegasen hasta las filas de los defensores.

Los infantes ligeros, en gran número, aparecieron ante la atónita mirada de los atacantes y soltaron una lluvia de proyectiles de todo tipo, causando una gran mortandad entre las primeras filas persas, que apenas tuvieron tiempo para poder reaccionar y defenderse. Los hombres cayeron en gran número y a su vez provocaron que muchos de los que venían corriendo tras ellos tropezasen con sus cuerpos y fuesen también al suelo. La acometida inicial se refrenó a causa de los obstáculos y en ese instante, desde las filas aliadas se escucharon varias órdenes:

            —¡Ahora griegos, cargad! ¡Por Ares, mandad a esos desgraciados al reino de Hades!

De repente y entre gritos y aullidos de rabia, la formación helena inició su avance a paso ligero, abriendo las filas ligeramente para que los peltastas pudieran colocarse a salvo tras sus camaradas. Los hoplitas, arrollaron las primeras filas de persas, que estaban todavía reestructurando sus líneas tras el ataque de proyectiles. No tuvieron piedad alguna de sus rivales, y a diferencia de los enfrentamientos previos en los que había mantenido una estrategia defensiva, tomaron la iniciativa y arremetieron contra sus enemigos con fiereza.

Tras atravesar al primer medo que tuvo al alcance, ensartándole la punta de su lanza en la garganta, Agatón se centró en el hombre que estaba a su izquierda. Balanceó su asta ligeramente hacia atrás para volver a empujarla de nuevo bruscamente hacía el pecho desprotegido de su rival. Este, pese a interponer su escudo, fue alcanzado en el tórax. Soltó un grito de terror y el miedo se reflejó en sus ojos. El tebano no se demoró en mirarle más de un segundo, desencajó su arma del cuerpo de aquel desdichado, llevándose carne, músculo y hueso y propinó otro golpe al enemigo más cercano. La ira y la rabia se habían apoderado de su ser. Cuando combatía, su campo de visión se reducía bastante más de lo habitual, ya que el pesado casco que portaba y el efecto túnel de la situación le dejaban ver menos de lo que debiera. En cualquier caso, lo suficiente para ir cumpliendo con su tarea en ese momento.

Estaba sumido en una liza con otro persa que había logrado bloquear el ataque de su lanza, cuando escuchó un fuerte grito que provenía de su derecha. Algo en su ser se encogió, pues era justo de la zona en la que estaba combatiendo Hermógenes. Lanzó una rápida estocada con su lanza y acabó con el molesto rival, justo a tiempo para girarse y observar como su hermano caía hacia detrás desplomado. No tuvo tiempo de comprobar su estado, pues enseguida alguien desde la fila posterior arrastró su cuerpo hacía atrás y pasó a ocupar su posición.

Así era como se combatía en la falange, cuando un hombre de la fila delantera era alcanzado y caía al suelo, era indispensable que el que estaba inmediatamente detrás, ocupase su posición. Era básico que la formación no se quebrase, por ello los huecos se debían cubrir sin demora, pues una grieta era el punto idóneo por el cual el enemigo se podía infiltrar y romper las ordenadas filas. Por ello era esencial la disciplina, los guerreros estaban plenamente concienciados de los pasos a seguir en situaciones de ese tipo. La diferencia entre la victoria y le derrota podía depender del trabajo en equipo, por ello durante los períodos de entrenamiento, los formadores hacían especial hincapié en la práctica reiterada de ese tipo de maniobras. Casi sin darse cuenta, el pesado escudo de su nuevo compañero, volvió a protegerle el flanco izquierdo, que había quedado expuesto durante un breve periodo de tiempo. Gracias a los dioses ningún persa se había percatado o había sido suficientemente rápido como para atacarle por ese punto.

Muy a su pesar, Agatón tuvo que volver a centrarse en el combate. No había tregua en primera línea, no podía permitirse el lujo de relajarse, la lucha continuaba y las noticias sobre el estado en el que estaba su hermano deberían posponerse. El fervor guerrero recorrió sus venas, la posibilidad de que Hermógenes hubiese perecido le llevó a alcanzar un frenesí casi animal. Con una habilidad sorprendente, comenzó a asestar golpes y estocadas a todos y cada uno de los enemigos que tenía a su alcance. Parecía estar poseído por el mismo Ares, y pronto frente a su posición, el terreno quedó plagado de cadáveres y hombres malheridos. En ese instante el sonido de las flautas griegas, acompañado de una voz potente del oficial al mando de la línea, indicaron que había llegado el momento del relevo, por lo que Agatón, exhausto y cubierto completamente por la sangre de todos los enemigos a los que había abatido, se echó a un lado para dejar paso a su compañero de atrás, luego ocupo su lugar, y así sucesivamente hasta llegar a la retaguardia de la formación.

Allí, ya más relajado, echó un rápido vistazo a su alrededor en busca de su hermano. Al no visualizarlo, le dio un suave golpe al compañero que formaba delante de él y le dijo:

            —¿Dónde están los heridos hermano?

            —Han retirado los cuerpos de los caídos hacía el campamento. He podido ver que había varios hombres heridos entre ellos—dijo el tebano.

            —¿Has visto a Hermógenes? —preguntó un poco nervioso.

            —No Agatón, no me he fijado. Aunque ya sabes que con el yelmo puesto es más difícil reconocer los rostros de los camaradas—volvió a decirle el hoplita.

            —Lo sé…—dijo este resignado.

            —Seguro que está bien. No te preocupes, tu hermano es duro—intentó tranquilizarle el guerrero.

            —Espero que los dioses te escuchen amigo… 

El combate duró un buen rato más, aunque Agatón no llegó a ocupar la primera línea de nuevo, cosa que le calmó relativamente pues tenía la mente más centrada en el estado en el que se podía encontrar su hermano que en la lucha. La retirada se hizo de manera ordenada, y desde lejos pudo observar el estado en el que había quedado el campo de batalla. De nuevo decenas y decenas de cuerpos sin vida persas volvían a formar parte del paisaje de la zona. Gea se estaba dando un festín con la sangre de los invasores… El Gran Rey podía tener miles de hombres a su servicio, pero todavía no se había dado cuenta que ese estrecho paso se estaba convirtiendo en una fosa común para ellos.

Tan pronto como su unidad entró al campamento, Agatón se dirigió apresuradamente hacia la tienda que hacía las veces de enfermería para buscar a su hermano. Estuvo preguntando a varios sanitarios por él, pero estos estaban muy ocupados, y evidentemente no conocían a Hermógenes por lo que no le sirvieron de mucha ayuda. Se tuvo que dedicar a ir mirando de camastro en camastro. El espectáculo era terrible, ya que había decenas de hombres heridos, de diversa consideración. Gracias a los dioses las veces que había tenido que ser atendido, no había revestido tanta gravedad como para tener que desplazarse hasta lugares de ese cariz. El lugar apestaba a muerte, su olor impregnaba cada uno de los rincones, y se colaba dentro de las fosas nasales provocando terribles nauseas.  Los lamentos y lloros de los heridos y mutilados no ayudaban demasiado, se metían en la cabeza atormentando hasta al más cuerdo. No sabía cómo los médicos y sanitarios podían aguantar aquel espectáculo… Esa era la verdadera cara de la guerra y no el honor y la gloria que los espartanos, y a su vez su hermano, tanto se afanaban en buscar. Era preferible sin duda perecer en el campo de batalla de un golpe certero, que agonizar lentamente fruto de las heridas infligidas. Al menos eso era lo que él opinaba y quizás los que allí se hallaban, debatiéndose entre la vida y la muerte, pensasen exactamente lo mismo. 

 

Acerca de Rober

Me llamo Roberto y nací en el año 1979 en Madrid. Apasionado de la historia desde siempre, mi única intención es que compartamos y divulguemos en este espacio cada pedacito de la antigüedad que tanto nos gusta. Me encantaría que recorrieras conmigo este periodo. ¿Te apuntas?, pues bienvenido a Historia o leyenda.


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9 Comentarios en “Honor tebano (V)

  • Sergio

    Es un verdadero placer para mí saber que mi relato HONOR TEBANO es de vuestro agrado. Solo decir que es un verdadero placer escribir y poder compartir lo que pasa por mi cabeza, y lo que es más importante, hacerlo en la página de Rober, un gran apasionado por la historia y que nos ayuda desinteresadamente.

     
  • Jorge

    Rober, muy buen relato. Gracias por compartirlo. Tengo un artículo que escribí sobre Lucio Cornelio Sila, y quisiera saber si podrías publicarlo. Saludos desde Colombia.

     
    • Rober Autor

      Hola Jorge.
      No hay problema para la publicación de tu artículo, pero realmente ya hay cuatro publicados sobre éste personaje. Si tuvieras alguno de otro personaje o batalla de la antigüedad o medievo sería perfecto. Gracias y saludos desde Madrid.

       
      • Jorge

        Rober, buenos días. Gracias por tu amable respuesta. Tuve la oportunidad de leer los artículos sobre Sila que publicaste, y como todo lo de éste personaje fue de mi entero agrado. Quisiera que leyeras el que redacté sobre Lucio Cornelio y evaluaras si aporta algo más sobre la vida de éste personaje. Si consideras que aporta algo más para el conocimiento histórico y decides conveniente publicarlo en tu blog, te pido el favor me indiques como podría hacértelo llegar. Saludos desde Cali, Colombia.