Honor tebano (IV)


Este es un relato creado y redactado por Sergio Alejo Gómez.

Las noticias que llegaron acerca de la flota que estaba varada cerca del cabo de Artemisio fueron alentadoras para los aliados. Las luces en el interior de la tienda de mando se apagaron muy tarde, bien entrada la noche. Aunque en tierra firme había sido un día muy largo y agotador, los marineros también habían sufrido lo suyo, ya que al igual que ellos, se habían enfrentado a una flota muy superior en número.

Según los informes que había traído el mensajero enviado por el comandante supremo de la flota de la liga, el también espartano Euribíades, el primer día de combates se había saldado con un balance positivo. Pese a la información inicial que había llegado a primera hora de la mañana, en la que se decía que un contingente de doscientos navíos persas estaba rodeando la isla de Eubea para bloquear la huida de la flota griega en caso de que quisieran rehuir el combate, o que la situación les obligase a retirarse, el almirante ateniense Temístocles, había convencido al comandante espartano de la importancia de mantener la posición. Si lograban aguantar, el ejército de tierra no se quedaría sin protección en el flanco y la retaguardia, a la vez que tampoco se dejaría a su suerte a los eubeos, que eran los primeros interesados en que la operación tuviese éxito.

Cuando Demócrito llegó hasta el campamento donde estaban sus hombres, se preparó para explicarles con pelos y señales todos los detalles acerca de la información que había dado ese mensajero. Era ya entrada la noche, por lo que no todos estaban despiertos, la dureza de los combates de la mañana había hecho mella en muchos de ellos y se habían dejado atrapar por el dios Morfeo. Agatón había estado despierto aguardando la llegada del strategos tebano, junto a la pequeña hoguera en la que habían cocinado la cena. Su hermano y el veterano Clístenes le hacían compañía, mientras el joven le explicaba a su contertulio como el mismísimo rey Leónidas le había dirigido unas palabras tras el enfrentamiento contra los Inmortales.

Demócrito tomó asiento junto a sus hombres y tras tomar un largo trago de vino, empezó a hablar:

            —Bien soldados, parece ser, según las palabras del mensajero, que Euribíades se había planteado la posibilidad de abandonar su posición en la orilla sur del estrecho y replegarse hasta Salamina para reorganizar la flota. Pero en el último momento, ha optado por mantener la posición.

            —¿Y qué le ha hecho cambiar de opinión señor? —inquirió Clístenes atento a sus palabras.

            —Parece ser que el ateniense Temístocles, que se había encargado de urdir todo el plan, le ha convencido de que era posible frenar a los persas en ese punto—dijo el general—. A las palabras del almirante hay que sumarle las buenas noticias que han recibido justo en el preciso instante en el que se iba a transmitir la orden de repliegue. Parece ser que los dioses están de nuestro lado. Hace dos días, la flota invasora fue azotada por una potente tormenta que hizo que perdieran casi un tercio de sus naves.

Una sonrisa se dibujó en el rostro de los presentes y Hermógenes dijo:

            —Poseidón está de nuestro lado hermanos. Los dioses persas no tienen poder aquí, nuestras divinidades son superiores, como nosotros lo somos en el campo de batalla.

El general sonrió también al muchacho y continuó el relato:

            —Espero que así sea joven Hermógenes… Aunque la flota enemiga continua siendo muy superior en número a la nuestra, de eso no hay ninguna duda.

            —¿Y por qué se eligió a Euribíades como comandante de la flota, si el ateniense que has nombrado antes es el que ha ideado la estrategia? —preguntó Agatón intrigado al percatarse de que algo no cuadraba demasiado en lo que había explicado su general.

            —Lo desconozco soldado, aunque ya sabes cómo funciona esto…—respondió Demócrito encogiéndose de hombros.

            —Todos saben que la supremacía terrestre la ostenta Esparta, por ello deben ser ellos los que encabecen la coalición aquí, en el paso. Pero si Atenas es la que más barcos aporta con diferencia, a la vez que mayor número de marineros y la que más experiencia posee en el combate naval, ¿cómo es que no es uno de sus strategos el que ostenta el mando de la flota?­—volvió a interrogar el hoplita.

            —Sería lo más lógico sin duda, pero no alcanzo a saber a qué tipo de acuerdo han llegado los líderes de ambas polis—respondió el general tebano.

            —Ten en cuenta que Euribíades puede ser el comandante en jefe de cara a la galería, pero con el gesto de hoy, el tal Temístocles ha dejado claro que es él quien toma las decisiones estratégicas—añadió Clístenes mientras se llevaba a la boca un pedazo de carne.

Agatón se quedó pensando en las palabras de su camarada y por un instante desconectó del discurso de Demócrito. Desde lo sucedido en Maratón diez años atrás, la ciudad de Atenas había optado por una política de construcción de naves, pese a que había sido su fuerza terrestre de hoplitas la que había derrotado a Darío I. Era por todos sabido que el filón de plata encontrado en las minas de Laurión, había servido para contribuir al esfuerzo de aumentar el poderío naval de la ciudad. Pese a la larga enemistad que había mantenido la ciudad con su Tebas natal, estaba claro que quizás había sido una buena elección, pues si no hubiese sido por esa política no hubiese sido posible plantar cara a la poderosa armada persa.

Se rendía ante la previsión que habían tenido los dirigentes de la ciudad, pues se habían percatado de la importancia del mar como punto idóneo para frenar la invasión. Hasta sus oídos habían llegado los rumores de que una facción ateniense, de corte más conservador se había opuesto a esa idea, pero al final no les sirvió de nada. Sólo el tiempo, y el designio de los dioses les daría la razón. Lo que estaba claro era que la supremacía naval les había llevado a ceder la terrestre a los espartanos, quienes gozaban de un poderío que no tenía rival. Quizás tras la victoria en Maratón, los atenienses escalaron posiciones, y pudieron competir con los lacedemonios, pero los acontecimientos de los últimos años, hicieron que se decantaran más por el mar que por la tierra.

Tal vez por ello cedieron el mando supremo de las operaciones tanto terrestres como navales a Esparta. Lo que estaba claro era que las dos polis más importantes de Grecia no debían competir entre ellas por el poder en ese momento, ya tendrían tiempo más adelante para discutir sus diferencias, ahora el enemigo era otro y tocaba aunar esfuerzos.

Las palabras del strategos le devolvieron a la realidad:

            —Han apresado unas quince naves enemigas, junto con sus tripulaciones. Lo que no está tan claro es que pasará cuando la escuadra que está rodeando Eubea de la vuelta a la isla.

            —Con suerte dará tiempo a que Euribíades repliegue a los suyos y busque un lugar mejor para combatir—dijo Hermógenes como si entendiese de estrategia naval.

            —Espero que los dioses te escuchen muchacho, porque si nuestra flota queda atrapada, no se va a salvar ningún navío—dijo Clístenes poniendo cara de circunstancia.

Agatón que se había quedado en silencio, bebió un poco de agua de su cantimplora y dijo a los presentes:

            —Debemos confiar en los atenienses. Ese tal Temístocles seguro que sabe lo que hace.

            —Pero arriesgarse a perder toda la flota en un solo enfrentamiento…—le replicó su hermano menor—. Creo que la idea de replegarse no es tan mala, quizás Euribíades no tenga tanta experiencia como el otro, pero en ocasiones uno debe saber retirarse a tiempo para encontrar una situación más propicia para combatir.

            —Vaya hermanito, ahora resulta que tienes el talento oculto de la estrategia. Y yo sin saberlo—dijo riendo Agatón.

Los demás también soltaron una carcajada ante el desparpajo mostrado por el muchacho que estaba hablando como si fuese todo un veterano. Este al ver que se reían de él dijo un poco enfadado:

            —No poseo ese talento, simplemente expongo lo que cualquiera de nosotros haría…

            —No te enfades muchacho—dijo Demócrito—. Tú hermano tiene razón, de que sirve huir si tarde o temprano te vas a tener que enfrentar a tu enemigo. Los atenienses ya vencieron al persa en una ocasión. Démosles otra oportunidad, ese Temístocles me gusta.

            —Creo que deberíamos ir a descansar, tengo el presentimiento de que mañana va a ser un día mucho más duro que hoy—dijo Agatón levantándose y despeinando a su hermano con un gesto cariñoso.

            —Buena idea, nos lo hemos ganado soldados, y como bien dice Agatón, no creo que los dioses nos deparen una jornada mucho más tranquila mañana—indicó el general desperezándose.

Se levantaron todos de su sitio y se dirigieron a donde tenían sus tiendas. Agatón y su hermano compartían la suya. Cada uno se tumbó en su lecho y antes de dormirse intercambiaron algunas palabras. El hermano mayor le dijo al menor:

            —Ha sido un largo día Hermógenes…

            —Cierto, aunque le hemos asestado un duro revés a los persas—dijo satisfecho el muchacho.

            —Tienes toda la razón. Aunque quizás con la salida del sol las cosas se compliquen—expuso Agatón.

            —¿A qué te refieres con esas palabras?

            —Tan sólo quiero decir que quizás lo de hoy no haya sido más que un contratiempo para Jerjes. Los dioses nos han sido favorables, pero la fortuna no dura eternamente y ya sabes lo que decía padre…—dijo el mayor de los hermanos.

            —Lo sé, cuanto más arriba estás, más fuerte será la caída.

            —Cierto…

            —Las dos victorias terrestres de hoy, más la de la flota en Artemisio han servido para demostrarle al rey de los persas que no estamos dispuestos a rendirnos. Que venderemos cara nuestra piel y que si quieren pasar por aquí tendrán que pagar un alto precio—dijo de nuevo Hermógenes satisfecho.

            —Tus palabras son correctas hermano, pero debes refrenar tu euforia. Demócrito ya nos advirtió de que esto solo era el principio, y no le falta razón…

            —Pero los espartanos han derrotado a los mismísimos Inmortales—interrumpió el joven—. ¿No es esa suficiente prueba de valor? ¿No crees que el todo poderoso rey de reyes será mucho más cauto y prudente a partir de ahora? —preguntó animado por la conversación.

            —Precisamente eso es lo que más temo—respondió Agatón con cierta preocupación.

            —¿A qué te refieres ahora hermano? No te comprendo.

            —Pues que si Jerjes no ha sido capaz de superar y tomar nuestra posición usando sus tropas de élite, tal vez busque otra manera de hacerlo—explicó—. Y tal vez lo haga usando alguna estrategia que no signifique sacrificar a tantos de los suyos.

            —Pero hoy hemos acabado con un buen número de enemigos…

            —Estoy de acuerdo, pero debes tener en cuenta una cosa. ¿Cuántos de los nuestros han muerto o están heridos e imposibilitados para luchar? —dijo levantándose de su camastro.

El joven se quedó mirándole, preocupado por las palabras que su hermano le acababa de decir. Desde que era pequeño, Agatón había destacado por su inteligencia y por su prudencia, a diferencia de él, que había sido más impulsivo. En más de una ocasión se había visto envuelto en alguna pelea con otros muchachos y si no hubiese sido por su hermano mayor las cosas se habrían complicado. Siempre había estado pendiente de él, le había protegido, y le había aconsejado cuando había tenido alguna dificultad. Le conocía muy bien, por ello las últimas palabras que había pronunciado le generaron cierta preocupación. No tanto por el contenido de estas, pues sabía de sobras a lo que se refería, sino más bien por la manera en la que las había pronunciado. Se quedó mirándole fijamente y le dijo:

            —Lo sé Agatón… La segunda oleada ha sufrido más bajas que en la que hemos combatido nosotros, al fin y al cabo los Inmortales son soldados de élite…

            —Los generales saben que las fuerzas que tenemos son escasas en comparación al ejército del enemigo, es por ello que tan solo es cuestión de tiempo que nos venzan o que nos tengamos que retirar y dejar esta tierra a su suerte—explicó mientras cerraba los ojos.

            —Frenaremos su avance tanto como sea posible, y cuando ya no podamos contenerlos, lucharemos hasta el último aliento—dijo el joven­—. Venderemos cara nuestra piel, acabaremos con el mayor número de persas que podamos.

            —Leónidas tendrá la última palabra, él es el comandante de esta fuerza.

            —Entonces estoy seguro de que lucharemos hasta el final, los espartanos no se retirarán del campo de batalla. Su honor no se lo permitirá—dijo Hermógenes.

            —Esperemos que no sea necesario recurrir al honor hermano, en ocasiones puede ser un mal consejero. Los hombres deberían guiar sus acciones por medio de la razón, créeme, las cosas irían mucho mejor.

            —A veces pienso que tu lugar no está en el campo de batalla Agatón, eres más un orador que un guerrero—sonrió el joven mientras se daba media vuelta—. Que descanses.

            —Que los dioses protejan tus sueños hermanito…—respondió este a su vez mientras cerraba sus ojos.

Por mucho que intentase hacer o decir, Hermógenes no cambiaría de opinión. Se había modelado su propia idea sobre los ideales de Esparta. Hasta ese día sólo sabía de sus valientes guerreros a través de las historias que había escuchado, pero tras verlos en persona, combatiendo con esa fiereza y determinación, su admiración había ido en aumento. Temió por un instante que los que estaban en ese paso, al igual que su hermano obrasen más con el sentido del honor que con la razón. Los tiempos de los héroes pertenecían al pasado remoto. Los nombres de Aquiles, Héctor, Diomedes, Odiseo, Menelao…, eran más míticos que reales. Ni siquiera se sabía si realmente habían existido, desconocía si eran historia o leyenda… Pero en ese momento, en ese lugar, los hombres que luchaban por su libertad, quizás necesitasen aferrarse a su recuerdo para llenarse de valor y poder hacer frente a semejante situación. Sólo el tiempo lo diría.

 

Acerca de Rober

Me llamo Roberto y nací en el año 1979 en Madrid. Apasionado de la historia desde siempre, mi única intención es que compartamos y divulguemos en este espacio cada pedacito de la antigüedad que tanto nos gusta. Me encantaría que recorrieras conmigo este periodo. ¿Te apuntas?, pues bienvenido a Historia o leyenda.

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