Honor Tebano (III)


Este es un relato creado y redactado por Sergio Alejo Gómez.

Aquella misma tarde el rey persa preparó una nueva oleada para intentar tomar la posición en la que se habían hecho fuertes las tropas helenas. Tras el estrepitoso fracaso del primer asalto, que tantas bajas le había costado, Jerjes decidió que la situación requería el uso de tropas de más calidad, pues los griegos habían demostrado ser unos valerosos guerreros. Había quedado claro que no estaban dispuestos a retirarse por muy elevado que fuese el número de soldados que les enviase, a la vez que lo acontecido le había servido para darse cuenta de que la clave para vencer no dependía únicamente de la cantidad de efectivos, sino que era necesario aumentar la calidad de estos para acabar con esos insensatos que estaban frenando su avance. Si una cosa había quedado clara, era que el paso era fácilmente defendible, por lo que la ventaja estratégica la poseían los guerreros de la coalición de ciudades griegas. Debía arriesgar un poco más si no quería quedarse estancado en ese punto por más tiempo.

Ese fue el motivo por el que las tropas seleccionadas para el segundo asalto no iban a ser de tan baja calidad como lo fueron las primeras. En esa ocasión lanzaría a su cuerpo de élite: los mismísimos Inmortales. No recibían ese nombre porque no se les pudiese matar, sino porque cada vez que uno de sus efectivos caía en combate, se escogía a otro soldado del grueso del ejército medo para reponer su baja. De esa manera su número era siempre el mismo, diez mil. Además de ser su guardia personal, también eran utilizados en los momentos más difíciles, cuando la dureza del combate así lo exigía. Eran profesionales, no levas de ciudadanos que tomaban las armas cuando empezaba una campaña. Se trataba de hombres que se ejercitaban diariamente en el uso de las armas y en las tácticas de combate.

Por asemejarlos a algunos de los soldados que formaban parte del ejército panhelénico, eran comparables a los hoplitas espartanos, aunque salvando las distancias, menos efectivos y letales en combate que estos, según le había comentado el depuesto lacedemonio Demarato. Esa vez su asalto no iba a fracasar, por mucho que ese griego que le había acompañado como consejero desde el principio del viaje le hubiese advertido del potencial bélico de sus compatriotas.

Cuando corrió la noticia por el campamento griego de quienes eran los que se estaban preparando para el asalto, fue el propio rey Leónidas quien tomó la palabra ante los demás strategoi que componían el contingente aliado y dijo que serían sus hombres los que formarían en aquella ocasión en el centro de la línea. Por lo menos esas fueron las palabras que Demócrito transmitió a sus hombres cuando les explicó lo que estaban preparando sus enemigos.

Los tebanos estaban en la zona del campamento que se les había asignado justo al llegar, una zona que se encontraba a una distancia de medio estadio al sur del muro focense. Cuando el general se acercó a las tiendas para informar a sus hombres de los planes, la mayoría estaban limpiando sus equipos de las manchas de sangre pertenecientes a los persas que habían perecido en el primer asalto. Otros pulían sus armas y sacaban brillo a sus panoplias. Mientras todo eso sucedía, todavía se estaban trasladando algunos de los cuerpos de los aliados muertos y  heridos del primer enfrentamiento hasta una tienda que se había habilitado para tal efecto. Agatón y su hermano estaban rascando las salpicaduras ya secas de sus pesados aspis, un trabajo que les estaba llevando su tiempo. Cuando vieron a su comandante acercarse, dejaron lo que tenían esa tarea y al igual que sus compañeros de armas, se fueron acercando hasta donde este se detuvo. Cuando todos estuvieron allí reunidos, Demócrito tomó la palabra:

            —Soldados, supongo que ya os habréis enterado de que los persas preparan un segundo asalto, y que en esta ocasión parece ser que lo encabezarán los mismísimos Inmortales.

            —Algo hemos oído general. Parece ser que el Gran Rey está dolido en su orgullo. Lo que les hemos hecho esta mañana a sus hombres le debe haber molestado mucho para tener que recurrir a sus mejores guerreros—dijo con su potente vozarrón Clístenes, uno de los hoplitas más veteranos.

            —No te falta razón viejo amigo—respondió el general sonriéndole.

Los hombres se miraron entre ellos esbozando sonrisas por el acertado comentario de su camarada. Hasta ese momento se había podido percibir la tensión y el nerviosismo en el ambiente, pero el comentario del veterano había concedido algo de alivio para los hombres, sobre todo tras la intensidad del combate vivido recientemente. El general volvió a hablar:

            —Acabo de salir de la tienda de mando, y el mismo Leónidas, nos ha comunicado que él en persona, junto a sus espartanos se situará en el centro de la formación que sostendrá la acometida.

Los hombres se quedaron en silencio, sin decir nada. Pero fue de nuevo Clístenes quién abrió la boca:

            —Entonces si los espartanos van a dar una calurosa bienvenida a los Inmortales, el combate no tendrá desperdicio. ¿A qué estamos esperando? Creo que deberíamos subir al muro y encontrar un buen punto desde el que presenciar semejante espectáculo.

Los tebanos volvieron a reír y Demócrito, consciente de que en ese momento hacía falta subir la moral de sus hombres, respondió:

            —Tienes toda la razón, si no nos damos prisa nos quitarán el sitio.

Los hombres, encabezados por su strategos se apresuraron hacia el muro. De manera ordenada comenzaron a escalarlo hasta situarse algunos en la parte alta sentados, y otros apoyados tan solo en este. Eso les concedió una privilegiada posición que ofrecía una perspectiva formidable del lugar donde se desarrollaría el enfrentamiento. De repente varios grupos de hoplitas de diferentes ciudades, entre los que se encontraban los corintios y los tespios que habían combatido junto a ellos tan solo unas horas antes, se fueron acercando hasta dónde se habían aposentado. Desde abajo, un corintio, preguntó a Hermógenes:

            — ¿Qué sucede hermano? ¿Por qué habéis subido al muro?

Este, mirando a sus camaradas que se habían dado la vuelta ante la pregunta, respondió:

            — ¿No os habéis enterado? Los espartanos van a encabezar la defensa del paso y no hemos querido perdernos la oportunidad de verlos en acción.

            —Además, esta vez van a ser los Inmortales quienes atacarán nuestras posiciones—añadió Clístenes—. Será un espectáculo irrepetible y no queremos perdernos ni un solo detalle.

Algunos de los hoplitas que estaban al pie del muro, los primeros en decidirse, imitaron a sus camaradas tebanos y treparon por el muro para poder presenciar el acontecimiento. No fueron demasiados los que encontraron espacio, pero los que lo consiguieron se deleitaron ante la escena que se dibujó frente a sus ojos. Las fuerzas griegas estaban acabando su despliegue, de manera ordenada y rigurosa, de la misma manera en la que aquella misma mañana lo hicieron los que ahora eran espectadores. En aquella ocasión, las fuerzas aliadas estarían compuestas exclusivamente por hoplitas peloponesios, quedando reservado el flanco derecho a los tegeos, el izquierdo a los micénicos y el centro a los espartanos.

Agatón se quedó perplejo ante la magnificencia del contingente defensivo. Durante la contienda de la mañana lo había visto todo desde el interior, y no era lo mismo. Sin duda esa vista aérea le ofrecía una visión mucho más impresionante. La disciplina era férrea, y el propio monarca lacedemonio estaba acabando de dar las últimas instrucciones a sus guerreros. Estaba formado en la primera fila, quedaba claro que pese a pertenecer a la realeza y ejercer de comandante supremo de las fuerzas de la liga, no iba a quedarse en un segundo plano viendo como los demás se llevaban toda la gloria de la batalla. La visión de las trescientas capas escarlatas ondeando con la suave brisa veraniega fue lo más bonito que sus ojos habían visto jamás. Si se sumaba a la visión global de la formación era todavía más fascinante, aunque el centro de la línea era sin duda el punto que más le llamó la atención.

Pese a ser tan sólo trescientos, los únicos que los éforos, autoridad máxima de Esparta, habían autorizado a movilizar, la imagen que proyectaban los hoplitas lacedemonios se asemejaba casi a un ejército completo. Sintió cierta envidia al no poder luchar junto a los mejores guerreros de toda Grecia y pensó por un momento que si la festividad de la karneia hubiese permitido que el ejército espartano al completo se hubiese podido desplazar hasta allí, ellos solos se habrían podido ocupar de frenar el avance persa.

Pero la realidad era distinta, y pese a haberlo lamentado y haberse excusado ante sus aliados, Leónidas tan solo había podido acudir con su guardia personal de trescientos guerreros. Eran buenos, los mejores, pero no suficientes para detener a un ejército tan grande.

El Peán empezó a sonar y eso le devolvió a la realidad. Los hombres entonaron el canto mientras estaban formados, justo en el momento en el que comenzaron su avance hacía donde formaban los persas. Ese era uno de los aspectos en común que tenían todos los griegos, y de la misma manera que ocurrió en el anterior enfrentamiento, los hombres que estaban sobre el muro observando, se unieron al cántico, pidiendo fuerza, valor y protección en el combate para sus hermanos. A la vez que los hoplitas emprendieron el paso en compacta formación, los enemigos hicieron lo mismo, aunque a diferencia de sus desdichados predecesores, lo hicieron en un exquisito orden a la vez que en completo silencio, cosa que denotaba mucha más veteranía y experiencia. Además esos Inmortales no iban tan mal pertrechados como los medos que habían sucumbido ante las lanzas de los tebanos, corintios y tespios. Estos, portaban escudos y armaduras de más calidad, lanzas más largas y espadas de dimensiones más grandes. Agatón se fijó en la cara que ponía su hermano y le dijo:

            —Creo que está vez no va a ser tan sencillo. Los espartanos y los demás peloponesios se tendrán que emplear a fondo.

Hermógenes se giró y le respondió:

            —Eso parece hermano, aunque creo que nuestros camaradas son plenamente conscientes de ello. Se dice que los espartanos buscan morir combatiendo contra enemigos que estén a su altura—dijo el joven tebano—. Opino como ellos, es preferible que te mate un Inmortal, que no que lo haga un simple infante medo como los que han luchado contra nosotros esta mañana.

            —Olvidas lo más importante joven Hermógenes: sobrevivir—dijo Clístenes que había estado atento a la conversación—. El honor es algo abstracto, no te da de comer, ni resuelve tus problemas. Créeme muchacho, te lo digo yo que he visto perecer inútilmente a muchos hombres que han manifestado luchar en nombre de él.

El joven pareció comprender inicialmente las palabras del veterano, aunque casi de inmediato le contestó:

            —Quizás tengas razón abuelo, pero respóndeme a una sola pregunta. ¿Sino es por el honor, por qué motivo estamos aquí?

            —Estamos aquí para evitar que los persas nos invadan, pero no es el honor lo que nos ha traído hasta este punto muchacho, no te equivoques. Es algo diferente, tampoco es la gloria que tanto ansían los espartanos—explicó el veterano bajo la atenta mirada de los hermanos—. Leónidas ya lo dijo durante su discurso, se trata de algo que va más allá de todos esos valores, algo que esos hombres que quieren invadirnos jamás tendrán ni jamás comprenderán. Lo que nosotros llamamos libertad. Algo intangible, abstracto, pero al fin y al cabo algo sin lo que el honor y la gloria no tendrían razón de ser…

Agatón se quedó mirando a Clístenes. Las palabras del veterano eran ciertas, estaban cargadas de razón, la lucha por la libertad sí que era un motivo por el cual valía la pena morir, en cambio, la gloria y el honor eran efímeros. Incluso los espartanos que estaban en ese momento dirigiéndose al combate, por muy onírico que resultase el ideal de luchar por la gloria, en el fondo, lo hacían por lo mismo que el resto, vivir en libertad y sin tener que arrodillarse ante un invasor extranjero. Una cosa estaba clara, si los hombres no gozaban del más preciado de los valores, era imposible que tuvieran esa gloria u honor que tanto ansiaban, de eso no había ninguna duda. De repente Hermógenes dio un grito que devolvió a su hermano al mundo real:

            — ¡Las líneas están a punto de chocar!

Todos los presentes se prepararon para el momento, aunque de repente algo hizo que las tropas griegas se detuviesen en seco. Los hombres que estaban sentados sobre el muro, se quedaron perplejos pues no esperaban tal maniobra. Todavía se quedaron más sorprendidos cuando las flautas entonaron la melodía que anunciaba el repliegue de las filas. Los tebanos y demás aliados que estaban observando la escena no daban crédito a lo que sus ojos veían. La formación al completo empezó a retroceder de manera ordenada como si algo les asustase. Algunos de los hombres se pusieron en pie sobre la fortificación y empezaron a mirarse entre ellos. Clístenes fue uno de ellos, y al percatarse dijo:

            —No lo comprendo, se están retirando…

            — ¡Imposible! —Exclamó Hermógenes—. Leónidas y sus espartanos no son unos cobardes, debe haber sucedido algo que no podemos ver desde aquí…

Agatón, consciente de la desesperación que cundía entre sus camaradas acertó a decir:

            —Somos muchos menos que ellos, seguramente sean el triple, y es normal que Leónidas quiera retroceder y buscar una posición más ventajosa. Además son los Inmortales, no las tropas con las que hemos luchado antes nosotros.

Su hermano se giró hacia él y con los ojos humedecidos le respondió:

            —Pero ellos son espartanos Agatón… Si ellos huyen del combate…

En aquel instante, mientras la desesperación y el desánimo empezaban a apoderarse de los presentes, un hoplita corintio que estaba cerca de ellos, exclamó:

            — ¡Mirad, los persas se han dado cuenta y se están lanzando a la carga, han roto sus líneas!

Las miradas se dirigieron de nuevo hacia la formación griega, que ante la atónita mirada de los presentes frenó en seco su retroceso. Se compactó de nuevo y los hombres colocaron sus lanzas en posición defensiva para recibir la desordenada carga de sus enemigos. Agatón y los demás comprendieron perfectamente la maniobra, Leónidas había simulado la retirada para forzar a los bárbaros a que rompieran su orden de batalla. No estaban huyendo, era imposible que los espartanos rechazasen un combate, y más cuando una de las premisas que las madres y esposas decían a sus maridos e hijos antes de partir a la guerra era: “Regresad con vuestro escudo, o sobre él”.

Lo que sucedió a continuación fue lo esperado. Las filas de Inmortales, chocaron contra el muro de lanzas y escudos, y al igual que sus compañeros de la mañana, sufrieron la ira del acero griego. Aunque iban mejor pertrechados que los medos, no fue suficiente para detener el frenesí y el arrojo de los espartanos, tegeos y micénicos que se dieron un festín de sangre persa en honor de los dioses del Olimpo. La batalla fue larga y cruenta, aunque a diferencia de la de la mañana, perecieron un mayor número de hoplitas. Cuando los Inmortales tuvieron suficiente, se retiraron hacia su campamento dejando el campo de batalla sembrado de cuerpos de camaradas suyos, muchos muertos, aunque también bastantes heridos y moribundos. En aquella ocasión, fueron los propios guerreros que habían combatido quienes se encargaron de recoger los cuerpos de sus hermanos caídos, pero por orden explícita de Leónidas no se dio muerte a los persas heridos que yacían por todo el terreno en el que se había desarrollado el enfrentamiento.

Al llegar al muro dijo en voz alta a todos los que estaban esperándoles que quería que el Gran Rey escuchase los lamentos de sus hombres que agonizaban. De sus mejores hombres, que de nuevo habían sido derrotados por los ciudadanos libres de todas las poleis de Grecia. Quería que eso le sirviese de lección al todopoderoso rey de reyes, pese a que era consciente de que en cierto modo Jerjes estaría ya preparando otra oleada de soldados para hacerse con la posición sin tener en cuenta las vidas de los que habían perecido.

El combate se había alargado durante unas pocas horas, y la fatiga y el cansancio se podían ver reflejados en los rostros de los guerreros conforme iban llegando al campamento. Los tebanos ya habían descendido del muro y la mayoría habían regresado a sus ocupaciones en la zona del campamento. Agatón, por expreso deseo de su hermano, se había quedado con él para ver llegar a los combatientes. Había sido un combate muy duro, pero los espartanos habían demostrado que la fama que les precedía no era una leyenda, sino que era verídica. Los rostros de estos eran serios, y a medida que iban llegando se iban dirigiendo a la zona en la que estaban sus tiendas. El mismo rey Leónidas, se quedó cerca del muro hasta que todos los guerreros hubieron entrado en el recinto. Su armadura, al igual que su pesado escudo, estaba cubierta de sangre, no se podía visualizar la lambda que estaba dibujada en la superficie del elemento defensivo. Sus brazos, manos, piernas y rostro también estaban manchados con salpicaduras de sus víctimas, o quizás también de su propia sangre, pero se mantuvo firme hasta que el último de los guerreros regresó.

Los dos hermanos tebanos, que se habían mantenido firmes en su posición observando como el rey era el último en abandonar el pie de la muralla, se quedaron fascinados ante la figura de ese hombre. Había sido el primero en acudir al campo de batalla y también el último en abandonarlo. Esperó firme y erguido pese a su edad, tras haber estado combatiendo durante horas, a que los heridos y los muertos fuesen evacuados y cuando el último de ellos traspasó su posición, miró al cielo, alzó sus brazos y entonó una plegaría a los dioses agradeciendo el resultado de la contienda. Cuando se giró se percató de la presencia de los dos hombres que le estaban mirando fijamente. Esbozó una leve sonrisa y se acercó hasta ellos. Estos se pusieron firmes mientras el anciano monarca les decía:

            —Hoy ha sido un largo día soldados, creo que todos nos merecemos una buena cena y algo de descanso. Quien sabe lo que los dioses nos deparan para mañana…

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Acerca de Rober

Me llamo Roberto y nací en el año 1979 en Madrid. Apasionado de la historia desde siempre, mi única intención es que compartamos y divulguemos en este espacio cada pedacito de la antigüedad que tanto nos gusta. Me encantaría que recorrieras conmigo este periodo. ¿Te apuntas?, pues bienvenido a Historia o leyenda.

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