Honor Tebano (II)


Este es un relato creado y escrito por Sergio Alejo Gómez.

Tras cuatro días de espera, Jerjes había dado la orden de atacar, su paciencia se había agotado. Ese tiempo había sido vital para poder reorganizar las defensas del paso y sobre todo para tener tiempo suficiente como para levantar de nuevo el muro focense, que estaba prácticamente en ruinas cuando llegaron al lugar. Además Leónidas y el resto de strategoi aprovecharon para inspeccionar los alrededores del paso en busca de puntos débiles que proteger.

No tardaron demasiado en darse cuenta de la existencia de un pequeño sendero que rodeaba el campamento y que desembocaba justo en la retaguardia de este. Se trataba de un antiguo camino de pastoreo, que pese a no estar en muy buenas condiciones, servía para poder flanquear el punto defensivo sin excesiva dificultad. Tras discutirlo durante un largo rato, los generales llegaron a la conclusión que tal vez el enemigo no sabía de su existencia, aunque no quisieron arriesgarse a ser sorprendidos y optaron por acantonar en ese punto un contingente de mil hoplitas focenses que se encargarían de su defensa. Se les eligió a ellos porque eran oriundos de la zona, conocían perfectamente el territorio y en caso de asalto, serían más capaces de resistir y replegarse si era menester.

A lo lejos se podían ver las tropas persas formadas. Eran muy superiores en número a las de los griegos y su simple visión atemorizaba a los allí presentes. Para hacer frente a esa primera oleada de enemigos, las tropas griegas formaron frente al muro focense. Decidieron que era mejor aguardar en campo abierto que hacerlo tras la protección, ya que esta les impediría ver el avance persa. Se desplegaron en línea, cubriendo todo el ancho del camino, con una profundidad de doce filas. En el centro formaron los hoplitas corintios, en la derecha el contingente de tespios y el flanco izquierdo lo ocuparon cerca de dos cientos cincuenta tebanos de los cuatrocientos que estaban al mando de Demócrito.

Agatón y su hermano estaban formados en la segunda fila, uno al lado del otro. Llevaban puesta su panoplia completa, el yelmo, las grebas y coraza de bronce, su pesado aspis, la lanza de fresno y al cinto su espada corta. Estaban bastante apretados, pues la formación se había tenido que compactar debido a la estrechez del campo de batalla. Los persas que estaban formados frente a ellos, a unos dos estadios de distancia les cuadriplicaban en número, aunque pudo comprobar desde lejos que ni muchos menos iban tan bien pertrechados como ellos. No todos los pobres desgraciados llevaban armadura y los pocos privilegiados que disponían de ella, se podía apreciar que más bien era de baja calidad. Los escudos que sujetaban no eran de bronce, parecían ser mucho más frágiles, quizás fuesen de madera o de mimbre, materiales que no servían para detener las puntas de las potentes armas de las que disponían los guerreros helenos. Esos soldados iban muy mal protegidos, saltaba a la vista, y pese a su gran número, el tebano respiró más tranquilo al comprobar la inferioridad de su armamento. Se giró en dirección a su hermano y le dijo:

            —No te preocupes Hermógenes, aunque sean muchos, nosotros estamos mejor equipados. No duraran demasiado bajo la punta de nuestras lanzas.

            —Que los dioses te escuchen hermano—respondió este sonriendo.

            —No hace falta que metas a los dioses en esto. El Gran Rey se cree que mandando a tantos hombres nos vamos a asustar y vamos a dar media vuelta dejándole el paso franco. Confía en su superioridad numérica, aunque debería haber tenido en cuenta que la victoria no siempre la da el mayor número de efectivos—respondió Agatón esbozando una pícara sonrisa.

            —Cierto, es un iluso si cree que un hoplita griego no vale por cien de sus hombres. Aunque ya es muy tarde para esos desgraciados—dijo el joven a su hermano esbozando también una leve sonrisa—. ¡Démosles una cálida bienvenida hermanos!—gritó de repente a pleno pulmón dirigiéndose a sus camaradas.

Seguidamente el enemigo, como si hubiese escuchado sus palabras empezó su avance hacía ellos.

Cuando sus compañeros de armas escucharon las palabras del joven hoplita, comenzaron a entonar el Peán, primero los más cercanos y casi de inmediato el resto, invocando con ese cántico la protección de sus dioses durante el combate. En un instante las gargantas de los allí formados cantaron al unísono el himno que todos los hoplitas griegos, fuese cual fuese su polis de origen, interpretaban antes de entablar combate. A ellos se unieron también los hombres que estaban en lo alto del muro focense observando el devenir de aquel primer enfrentamiento, animando de esa manera a sus compañeros que ya habían iniciado la marcha en dirección a la formación rival. Las filas de griegos avanzaron de manera ordenada, con las lanzas en ristre y los pesados escudos en alto, protegiéndose tanto el portador como el compañero que formaba a su izquierda, ofreciendo de esa manera cobertura casi total a los guerreros. El canto resonaba en todo el campo de batalla y contrastaba con el griterío desordenado de los bárbaros que se habían lanzado a la carrera contra ellos.

De repente, cuando el enemigo estaba a tiro de jabalina, la formación helena se detuvo en seco. El Peán cesó y a una orden, todos los guerreros alargaron sus lanzas formando una empalizada de puntas de acero. Cuando los persas se percataron de la maniobra de sus enemigos ya era demasiado tarde para frenar la carrera. Los primeros hombres en llegar hasta la línea, se ensartaron irremediablemente contra el muro de astas, pese a que intentaron detenerse en última instancia. La efusividad y el empuje de sus compañeros ayudaron a que las primeras filas de medos se estrellasen contra las picas sin tener otra opción. Fueron muchos los que cayeron en esa primera envestida, no pudieron defenderse, y por mucho que intentaron interponer sus endebles escudos, estos no les sirvieron de nada. Fueron traspasados sin dificultad por las lanzas de los hoplitas, de igual forma que sus cuerpos apenas protegidos. Los aceros de los defensores se dieron un festín de sangre persa sin apenas moverse de su posición inicial.

Agatón, desde la segunda fila, aprovechó la longitud de su asta para ensartar a los enemigos que habían sobrevivido al choque inicial. Tan sólo tuvo que alzarse sobre el hombro del compañero que tenía delante y elegir un objetivo. La longitud de su lanza se acercaba a los tres metros, por lo que pudo ir rematando enemigos sin apenas tener que esforzarse. La mayor parte de esos pobres desdichados que todavía continuaban con vida, se habían quedado inmovilizados por los cuerpos de sus compañeros caídos y a su vez por los de las filas posteriores que les impedían retroceder. Eso facilitó mucho el trabajo a los hoplitas, e incluso algunos de los que formaban en la tercera fila se aventuraron a ensartar si piedad a sus rivales que no eran capaces de defenderse de aquella lluvia de acero. Los griegos tan solo tuvieron que escoger a sus víctimas y clavar sus largas lanzas para enviar a esos miserables al Hades o donde tuvieran que ir esos bárbaros a rendir cuentas.

Al choque de la carga se sucedieron gritos de dolor y sufrimiento, sin duda el miedo y el terror se apoderó de los otrora seguros medos, que al comprobar que sus enemigos eran implacables, se vieron atrapados en una carnicería de la cual ellos eran las víctimas.

Los griegos que formaban en la primera fila recibieron las salpicaduras de sangre de sus víctimas en su cuerpo y en sus corazas, y pronto estas quedaron teñidas de color rojizo. Fue una auténtica matanza, cientos de soldados persas perecieron en los primeros instantes de combate, y otros cientos más corrieron la misma suerte que sus compañeros al verse atrapados entre sus camaradas y sus enemigos. Fueron muchos los que intentaron a la desesperada dar media vuelta y huir de la lluvia de puntas de lanza proveniente de las filas helenas, aunque había muy poco espacio de maniobra y su acción únicamente sirvió para ofrecerles a sus verdugos un blanco mucho más fácil.

La agonía duró todavía un rato más, hasta que de repente  las trompas y tambores de los medos empezaron a entonar el toque de retirada. Las últimas filas de la infantería ligera, que estaban demasiado alejadas del combate para cerciorarse de lo que allí ocurría, obedecieron las indicaciones y empezaron a girar y a replegarse. Las maniobras, debido al poco espacio disponible se llevaron a cabo de manera desordenada, y ello sirvió para  ofrecer sin querer algunos huecos a sus camaradas para intentar salir de aquella matanza. Los pobres desgraciados, al darse cuenta de que tenían una posibilidad de escapar, comenzaron a darse la vuelta y a huir de manera desorganizada, dejando muchos de ellos sus armas y escudos en el suelo para aligerar peso y poderse mover con más agilidad.

Ni siquiera se preocuparon de defenderse, priorizaron su huida ante todo, por lo que fueron todavía más, lo que ofrecieron su espalda desprotegida a los hoplitas griegos, que de manera inmediata y sin un ápice de clemencia hacia el invasor iniciaron la persecución sin romper las filas. La carnicería se recrudeció, hasta el punto de que los oficiales tuvieron que refrenar el ímpetu de sus soldados, que en una orgía de sangre y venganza, acababan sin piedad con todos los enemigos que tenían al alcance comenzando a quebrar la hasta entonces ordenada línea.

Agatón se había colocado, al igual que toda su fila, al frente, relevando de esa manera a sus compañeros que habían aguantado la primera carga. Tenía la cara cubierta de sangre enemiga, que mezclada con el sudor por el esfuerzo le impedía ver con claridad, y en más de una ocasión tuvo que dejar de golpear a los que huían para poder secarse sus empapados ojos con la mano o el antebrazo. El frenesí y el odio habían invadido su ser por completo, haciéndole entrar en un efecto túnel que no le permitía ver más allá de lo que tenía justo enfrente. De la misma manera, sus compañeros debieron entrar también en ese modo, pues la línea se comenzó a quebrar cada vez por más puntos, provocando que muchos griegos saliesen de la formación de manera desordenada a la caza de sus rivales.

Ya hacía rato que la lanza se había quebrado, la punta se había clavado en la clavícula de un persa y al intentar sacarla se había partido a media asta dejándola totalmente inservible. Por ello tuvo que recurrir a su espada corta, lo que le obligó a tener que avanzar un poco más para asestar las estocadas a sus enemigos desde menos distancia. Al igual que él, su hermano tuvo que hacer lo mismo, pues la fragilidad de las lanzas, junto con el sudor y la sangre que se acumulaba en las empuñaduras de las mismas, provocaba que estas se fuesen perdiendo durante el avance, tanto al romperse como al resbalarse de las manos de sus portadores.

Tras abatir a otro enemigo clavándole su espada en la zona baja de la espalda, el tebano escuchó un grito potente del compañero que estaba detrás de él:

            — ¡Detened el avance, Demócrito ha ordenado replegarse de nuevo hacia el muro! ¡Hemos vencido hermanos!

En ese instante, mientras arrancaba la espada del interior del cuerpo de aquel pobre infeliz, pareció recuperar la compostura y la serenidad, lo que le llevó a refrenar su avance. Tomó aire profundamente e hizo un rápido barrido visual hacia su derecha y su izquierda para percatarse de cómo estaba la situación. Sus compañeros se detuvieron progresivamente hasta que la línea se empezó a recomponer de nuevo. Los enemigos que huían se alejaron poco a poco entre gritos de terror. Algunos heridos, otros magullados, aunque ninguno de ellos se detuvo ni un instante por si acaso. De repente de la formación corintia se empezaron a escuchar gritos de júbilo y alegría y los tebanos tras mirarse entre ellos, no tardaron demasiado en unirse a sus hermanos helenos. La primera oleada había sido rechazada con éxito y por lo que parecía sin demasiada dificultad.

A medida que los contingentes fueron retrocediendo hacia el muro, Agatón se dio cuenta de la cantidad de enemigos que habían sido abatidos. El terreno estaba sembrado de cadáveres, a la vez que también había un gran número de persas heridos y agonizantes que reclamaban asistencia. Los oficiales dieron la orden clara y contundente de ir rematándolos a medida que pasaban junto a ellos, no debía concederse clemencia alguna a los que habían osado invadir su patria.

Siguiendo las instrucciones, los hoplitas fueron acabando con la vida de los heridos, rematándolos con sus espadas y lanzas. Cuando la formación llegó a los pies del muro focense, se rompió, y de forma ordenada los guerreros volvieron a formar en el lado opuesto para proceder al recuento de bajas. Demócrito, que había combatido con firmeza al frente del contingente tebano, sangraba levemente en el muslo derecho, aunque ni siquiera soltó un gemido de dolor. Al contrario, esbozó una leve sonrisa, de satisfacción y se quedó mirando a sus hombres. La mirada transmitía orgullo, quedaba claro que por muy general que fuese, estaba dispuesto a combatir como el que más. Era un hombre mayor, rondaría ya los cincuenta y largos, pero al igual que su amigo Leónidas de Esparta, tenía un marcado espíritu guerrero. La gran mayoría de los combatientes tebanos estaban cubiertos de sangre y sudor, igual que él, y algunos sangraban de sus propias heridas todavía, aunque se mantenían firmes y en pie. Se mantuvo en silencio durante un rato mientras indicaba a dos de sus oficiales que recontaran el total de efectivos que habían regresado del campo de batalla. Pasó muy poco rato hasta que uno de ellos le dijo en voz alta:

            — ¡Señor, faltan catorce hombres en la formación!

            — ¡De acuerdo, coge un grupo de treinta hombres de refresco y buscad los cuerpos en el campo de batalla! ¡Traedlos a todos, tanto a los muertos como a los heridos, no quiero que dejéis a nadie allí!

El oficial obedeció sin rechistar y se dirigió hasta donde estaban acampados los hoplitas que no habían combatido. No hizo falta pedir voluntarios, pues la mayoría de hombres ya estaban preparados para salir a recoger a sus camaradas caídos. De hecho se habían mantenido cerca del contingente de combatientes a la espera de saber quiénes habían regresado y quiénes no pues ahora les unía un fuerte vínculo afectivo, eran todos hombres sin patria y tan sólo se tenían unos a otros.

Agatón había estado tan absorbido por el frenesí del combate que no se había percatado de la falta de sus camaradas. Ni siquiera cuando habían recibido la orden de retroceder de nuevo hasta el muro. Ahora lamentaba no haberse dado cuenta, pues podría haberse centrado más en los suyos y menos en rematar a los bárbaros que estaban malheridos. De repente la voz de su comandante le sacó de sus pensamientos:

            — ¡Tebanos, hoy habéis combatido como auténticos titanes! ¡Estoy más que satisfecho con vuestra actuación! ¡Pero debemos ser conscientes de que esto tan solo es el principio! ¡La infantería contra la que habéis combatido era muy inferior a nosotros! ¡Tan sólo nos estaba poniendo a prueba!

Los hombres, fatigados por el combate, se mantuvieron en silencio. Demócrito continuó hablando:

            — ¡El Persa dispone de reservas suficientes como para cansarnos, sus muertos pueden ser sustituidos sin problema alguno por hombres de refresco y de manera inmediata! ¡Para Jerjes, sus hombres no son más que números! ¡En cambio, cada hombre de los nuestros que cae, es irremplazable! ¡Eso lo sabe, por lo que si debe sacrificar a cien de los suyos para matar a un griego, lo hará sin problemas, le compensa!

Agatón miró a su hermano que estaba serio y atento a las palabras del comandante. Era muy joven pero había combatido con la fiereza de un león, estaba orgulloso de él. Pensó que ese había sido su bautismo de sangre, y lo había superado con muy buena nota. Ahora que había probado el sabor del combate, se había convertido en un hombre.

Era plenamente consciente de que las palabras que acababa de pronunciar Demócrito eran ciertas. La liga tan sólo había podido reunir a siete mil soldados, en cambio se decía que el ejército de Jerjes rondaba los dos cientos cincuenta mil soldados, sino más. Era un enfrentamiento muy desigual, y cada griego que caía, suponía una perdida demasiado cara. También era consciente, al igual que sus compañeros, que esa primera oleada no la formaban las mejores tropas persas, sino que se trataba de hombres poco pertrechados y seguramente con poca formación militar, enviados a una muerte segura y cuya función principal era tantear a los helenos y conocer más sobre sus tácticas bélicas. Cada vez era más evidente que tan solo se había tratado de una prueba, estaba convencido que cuando entrasen en liza las tropas de élite del rey persa, el combate no iba a ser tan sencillo.

Agachó levemente la cabeza, y oró en silencio a los dioses del Olimpo. En sus plegarias agradeció en primer lugar que tanto él como su hermano hubiesen salido con vida del enfrentamiento. Cuando concluyó, se tomó su tiempo para pedir guía y protección para las almas de sus compañeros caídos, que habían dado su vida por defender la libertad frente a la tiranía y la opresión.  

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Acerca de Rober

Me llamo Roberto y nací en el año 1979 en Madrid. Apasionado de la historia desde siempre, mi única intención es que compartamos y divulguemos en este espacio cada pedacito de la antigüedad que tanto nos gusta. Me encantaría que recorrieras conmigo este periodo. ¿Te apuntas?, pues bienvenido a Historia o leyenda.

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