Hijos de Marte


Este es un relato creado y redactado por Lucía Díez, @FulviaFlacca

Fata viam invenient – El destino encontrará la manera Publio Virgilio MarónEneida X,113.

Es bien conocido el afán de los hombres por descubrir sus propios orígenes, así como sus destinos; desgracias, angustias e incluso victorias, son interrogantes de los que buscan respuesta. Pobres ingenuos los humanos, que crean y tergiversan todo aquello que sus ojos ven pero que su mente no puede creer, elevándolo a la altura de mito. Muchas de estas historias han llegado hasta nuestros días, ocultas en un halo de falsa realidad como si los dioses mismos quisieran confundirnos. Mas no temáis, queridos, porque ahora yo estoy aquí, y os haré pensar, recapacitar.

Abrid vuestras mentes y escuchad con atención, pues esta será la primera y última vez que oigáis mis palabras.

En los albores del mundo, cuando dioses y hombres se unían en una extraña e íntima complicidad, se sitúa nuestra historia. La historia de una estirpe de reyes, que fueron despojados de una corona maldita por la soberbia, para poder elevarse a lo más alto, para poder rozar la Gloria eterna con sus dedos tan mortales. La historia de un héroe troyano, hijo de la diosa más bella del Olimpo, pero más humano que ningún otro.

No creyó lo que veía hasta que sus desnudos pies toparon con tierra firme. Se hallaba exhausto, sentía sed y un hambre voraz que le había llevado hasta prácticamente la pérdida del raciocinio. Se tumbó en la arena con un gesto de súplica, pidiendo a todos los dioses que aquello fuera real, que no se tratase de ninguna de las falsas visiones que tantas veces le habían acompañado en su viaje hacia aquella tierra inhóspita. ¿Por una vez había sido bendecido con la suerte propia de los héroes? La voz de su joven hijo Ascanio pareció darle la razón a la par que infundía en él el mayor de sus temores: el infortunio.

Podría pensarse de aquel hombre que fue afortunado, mas en aquel reino maldito del cuál escapaba, perdió aquello que más amaba. Por si no fuera suficiente, con sus propios ojos había contemplado como, tras arribar por primera vez en aquella isla no demasiado lejana de la tierra que ahora pisaba, su padre Anquises caía preso en los brazos de Tánatos, aquel que personifica la Muerte.

Avisados de antemano por los funestos acontecimientos, Eneas, Ascanio y los demás guerreros de la ya inexistente Troya, habían vuelto a embarcar hacia una nueva tierra donde los dioses les permitieran asentarse, donde aquellos hombres pudieran construir de nuevo el reino que se les fue arrebatado.

Cuentan las antiguas voces que Eneas fundó la ciudad de Lavinio, cercana al mar, en honor a su segunda esposa Lavinia, hija del rey Latino que gobernaba los territorios en los que los troyanos habían desembarcado. Todos convivían en paz y armonía, creyéndose por fin alejados de los conflictos divinos que tanto les había hecho sufrir en su antigua patria. Sin embargo, el caprichoso y bélico Ares, quiso propagar sus ansias de lucha.

Murió Latino, rey del Lacio, a manos de la tribu de los rútulos con los que compartía terreno, de modo que su yerno Eneas fue decretado rey de los latinos, que así era como se habían denominado aquellas gentes. Los Rútulos, al ser finalmente derrotados por el hijo de Afrodita, se unieron a los etruscos, un pueblo oriental cuanto menos, comandados por su rey, Mezencio.

Oh, cruel destino, ¡razón tenía el viejo Eneas cuando pisó por primera vez aquellas abundantes tierras; pues todo en esta vida es bien pagado y él lo hizo con su muerte! Ascanio, hijo del anciano y Creúsa, hija de Príamo antiguo rey de Troya, tomó la corona de su padre y se batió con Mezencio, derrotándolo para vengar su muerte.

Tras tan agitados tiempos, una época de estabilidad hizo que aumentase enormemente la población de Lavinio, de modo que aquellas tierras, antaño tan fértiles, se quedaron pequeñas para la cantidad de latinos que ahora las habitaban.

Tuvieron que trasladarse al norte, a territorios extensos y blanquecinos, allí se fundó Alba Longa.

Al poco, murió Ascanio, pero los latinos eligieron como rey a su hermanastro; el hijo de Eneas y Lavinia, nieto de Latino. Su nombre era Silvio, y fue así como dio comienzo a aquella dinastía que habían vaticinado los oráculos, aquella que sería Madre de la ciudad más poderosa del mundo conocido.

Numerosos soberanos se sucedieron, desde Silvio hasta Aventino, pasando por Tiberino, aquel que cuentan que dio nombre a un famoso río que pasa por nuestras tierras.

  • ¿Y quién reina ahora, padre? – Preguntó con voz soñadora un crío de no más de siete estíos.
  • Amulio, hijo del rey Procas, hermano menor de Númitor, al cual desterró.
  • ¿Por qué? – Cuestionó otro de los niños.
  • Por envidia y avaricia; por la codicia de poseer una corona.
  • ¿Y qué pasó con Númitor?
  • De él nada se sabe, pero supongo que halló mejor suerte que sus hijos. – El hombre miró a ambos, con un gesto tan dramático que estos se estremecieron. Su padre sonrió, adoraba contar antiguas leyendas a sus dos pequeños.
  • ¿Qué es lo que sucedió con ellos? – Volvió a preguntar el primero.
  • Un oráculo predijo la muerte de Amulio a manos de los herederos de su hermano. – Fáustulo se detuvo y, alzando el puño derecho como si blandiese un arma, continuó- Asesinó él mismo a sus sobrinos, uno por uno, excepto a su sobrina Ilia, que fue convertida en sacerdotisa y por ende, debía conservarse virgen. Pero…
  • ¿Pero? – Preguntaron sus hijos al unísono, con la misma mirada de curiosidad.
  • Cuentan que, mientras esta paseaba por uno de los bosques colindantes a Alba Longa, un dios la fecundó; nada más y nada menos que el Señor de la Guerra, haciendo de sus descendientes las más letales armas para acabar con el tirano Amulio.
  • ¿Y qué le ocurrió a Ilia?
  • Ella dio a luz a dos varones a los que, por su propio bien, tuvo que abandonar en el Tíber en una cesta.
  • ¿Qué les pasó?
  • Nada se sabe. Hay quién dice que reclamarán venganza y otros, que no son más que viejas historias para entretener a niños.

Los gemelos se miraron entre sí estupefactos, con sus ojos, tan oscuros como la misma noche, abiertos de par en par ante la fascinante historia que su padre les acababa de contar. Comenzaron a imaginar entonces, a antiguos héroes y dioses, luchas y venganzas, creyendo tal vez, que aquello estaba tan lejos de sus pequeñas manos como el firmamento. Pobres de ellos, cuando su propio destino estaba inscrito en aquellas palabras.

Fáustulo miró a sus hijos. Vio cómo se alejaban y jugaban entre su rebaño a blandir imaginarias espadas, como si fueran los mismísimos hijos del dios Marte.

El viejo pastor, suspiró. Con la mirada puesta en el horizonte, comenzó a recordar cómo, aquella noche de tormenta a principios de la primavera hacía siete largos años, alguien había tocado tres veces en la choza donde él, y su mujer Laurentia vivían muy modestamente con lo poco que les aportaba el rebaño de cabras. Recordó cómo abrió la puerta, temeroso de saber quién podría ser a tales horas, pero sobretodo recordó su sorpresa e incomprensión al encontrar, a los pies de la entrada, una gran cesta de mimbre dorado donde, en su interior, se removían dos pequeños bultos que en seguida rompieron a lloran. Su mujer apareció a su lado y, llevándose las manos al rostro, señaló a lo lejos, en la espesa negrura: una figura no demasiado corpulenta, ni demasiado alta, cubierta con pieles de animal se confundía con la noche, dejándoles en su poder a dos pequeños retoños de cabellos tan dorados como el oro.

El puñal cayó al suelo, ensangrentado, ensuciando el brillante suelo marmóreo con el líquido escarlata.

El joven dio un paso hacia atrás, como si pretendiera alejarse del cuerpo que ahora yacía a sus pies. Diez largos años habían transcurrido desde aquella tarde, pero Remo seguía escuchando las palabras de su padre –o al menos a quién él había considerado como tal- casi como si le tuviera a su lado. Casi dos décadas habían transcurrido desde que aquel infame arrebatase el trono a su abuelo y ahora, Amulio había pagado su falta. El joven seguía mirando el cadáver con una expresión ausente, e incluso apenas se inmutó cuando Rómulo puso una mano sobre su hombro.

  • Bien hecho, hermano. – Fue lo único que sus labios pronunciaron.

Se encontraban en un silencio sepulcral, apenas roto por el sonido entrecortado de sus respiraciones. Habían cumplido con su deber. O así se lo había transmitido Fáustulo en su lecho de muerte. “Hijos de Marte, acabad con él”, fueron sus últimas palabras, y así lo habían hecho.

El sonido de unas pisadas hicieron volverse a los jóvenes, que para su asombro, no habían encontrado obstáculo alguno en su camino. Casi como si fuera una orden divina, su padre humano les había otorgado un puñal de oro, tan bello como fiero, incapaz de pertenecer a este mundo. Rómulo lo había cogido entre sus dedos, impresionado, y se lo había tendido a Remo, no como un acto de cobardía, si no en un gesto que simbolizaba fraternidad.

Un hombre de cabellos canos y frondosa barba, entró en la estancia, acompañado de varios hombres armados que lo escoltaban. Los gemelos se sorprendieron, mas no retrocedieron en ningún momento, pues algo en sus corazones decía que no tenían nada que temer. El anciano se detuvo justo delante de ellos, y con lágrimas de agradecimiento en sus ojos, agachó la cabeza en señal de respeto.

Rómulo recogió entonces la corona que aún seguía firme en la cabeza de Amulio y coronó a Númitor, su abuelo, el verdadero rey de Alba Longa. Apenas unas palabras compartieron, puesto que en aquel preciso instante, aquella fila de hombres armados se replegó rápidamente, dejando paso a una figura envuelta en finas telas blancas. En cuanto esta estuvo a la altura de los tres varones, retiró el velo que cubría parcialmente su rostro.

  • Gracias, hijos míos. Que los dioses os bendigan. – Murmuró la mujer, cuyas lágrimas fueron secadas por las manos de sus vástagos.

Al fin, la traición del ambicioso rey había sido vengada, y los jóvenes héroes fueron dotados de la bendición de su abuelo, de su madre Ilia –también llamada Rea Silvia- y de los dioses, para cumplir un gran deber que les había sido encomendado: fundar una ciudad. Pero no cualquier ciudad, ya que esta debía ser próspera y, según los oráculos, la más grande de todos los tiempos. Para ello, ambos comprendieron que su situación debía ser estratégica.

  • ¿Dónde iremos, Rómulo? – Cuestionó Remo a su hermano.
  • A las montañas, cerca de donde vivimos todos estos años. Ese debe ser el lugar. – Sentenció él.

¡Oh, dioses! ¡Cuánta diferencia sembráis en cada ser, incluso cuando estos son tan semejantes! Uno de ellos, siempre temeroso, siempre indeciso; el otro tan sagaz, tan valeroso.

Y así lo hicieron.

Viajaron sin descanso, día y noche, hasta llegar al lugar donde Fáustulo y Laurentia, fallecida años atrás, habían construido su modesta cabaña con tanto esfuerzo. Ese, sin duda, debía ser su lugar. Desde la montaña en la que esta se encontraba, divisaron un vasto claro rodeado de colinas.

  • Allí iremos. – Dijo Rómulo en voz alta, apuntando con un dedo en la lejanía hacia la extensión.

Remo, sin embargo, ni se inmutó. Siguió los pasos de su hermano, como tan fielmente había hecho antaño, y no se detuvieron hasta prácticamente llegar al lugar.

La llanura era rica en agua, cercana a la desembocadura del Tíber, sin embargo, el terreno cenagoso no era demasiado conveniente para conformar un asentamiento en ella. A su alrededor, siete colinas se erguían como si protegiesen el lugar y Rómulo supo de inmediato que era en ellas donde debían fundar la urbe.

  • Pero, ¿en cuál?
  • Debemos esperar una señal de los dioses, ¿ves algo tú, Remo?

Ambos, se sumieron en un largo mutismo, observando cada colina esperando algún buen augurio que les indicase que aquella sería la correcta. Los oscuros ojos de Remo no dejaban de inspeccionar el terreno sin hallar en él nada fuera de lo común.

  • Hermano, no veo nada.
  • Yo tampoco –Confesó Rómulo, frunciendo el ceño con hastío.

Volvió a mirar en derredor y, como una especie de premonición, se fijó en una de las siete colinas que, a su parecer, sobresalía de las demás.

  • Esa es – Pronunció de inmediato y, sin esperar a su gemelo, echó a andar hacia aquel collado.

Remo se giró de inmediato, mirándolo sin comprender.

  • ¿A qué te refieres, hermano? – Sin embargo, no halló ninguna respuesta a su pregunta.

Ofuscado ante la actitud obstinada de Rómulo, harto de su propia dependencia hacia él, Remo echó a andar hacia el lado contrario al de su hermano, apostándose en el primer cerro que sus ojos divisaron.

  • ¡Yo fundaré esa ciudad! – Gritó con todas sus fuerzas para que su gemelo le escuchara – ¡Y la llamaré Roma!

Rómulo, ante tales palabras, no pudo más que reírse. “Roma”, pensó, “Que nombre tan ridículo para tan augusta ciudad”. Por su parte, se aposentó en la colina que había escogido y se tumbó en el verde pasto, esperando alguna señal que determinara que él había sido el elegido, que, como anteriormente había sucedido con su abuelo y Amulio, rey sólo podía existir uno.

Pasó la noche, sucediéndose el día. El cielo amaneció despejado sobre los oscuros ojos de los jóvenes, sin embargo, la paz duraría poco.

Nada más ponerse en pie, Remo observó fascinado como encima de su dorada cabeza nada más y nada menos que seis buitres comenzaron a volar alrededor de la colina. Exultante, se creyó bendecido por los dioses.

  • ¡Lo sabía! – Exclamó victorioso – ¡Lo sabía!

Corrió con todas sus fuerzas sin atender a nada más que sus pensamientos. Pronto, llegó hasta el lugar donde su hermano se había apostado. Jadeante, se detuvo a unos cuantos metros de donde este se encontraba y la extrañeza comenzó a teñir su joven rostro.

  • ¿Qué estás haciendo, hermano?

Rómulo, quién le había visto correr hacia allí, se mostró altivo y no habló hasta que hubo terminado de formar un surco con un arado alrededor de donde se encontraba. Después, con una ligera sonrisa de suficiencia, señaló encima de sus cabezas, donde los doce buitres aún trazaban círculos en torno a la colina. Remo observó asombrado el espectáculo, pero pronto toda sorpresa se transformó en ira. Una rabia para él, antes desconocida, comenzó a inundar todo su ser, por no ser el elegido, por ser siempre el último; por no haber seguido los pasos de su hermano.

  • Los dioses han hablado y yo seré el fundador de esta ciudad. – La voz solemne de Rómulo, sólo aumentó la indignación del joven, que apretaba fuertemente los puños – Nadie osará jamás profanar sus muros o aquello que hallará, será la muerte.

Esas palabras fueron la gota que colmó la paciencia de Remo. Con una fiereza como nunca antes había conocido, se arrojó a los brazos de su hermano, traspasando y difuminando el trazo que con el arado este había trazado. Sin embargo, apenas pudo llegar a rozarle porque, antes de posar sus manos alrededor del cuello de su gemelo, aquel puñal dorado que había aparecido repetidamente en sus sueños, ahora se encontraba clavado en su corazón como tiempo atrás había estado en el de Amulio.

Se miraron por última vez. Él sin encontrar explicación, Rómulo suplicando en lo más profundo de su ser, un perdón.

A toda gran ciudad se le asocia un mayúsculo sacrificio y en este caso, la ciudad de Roma -que así fue como su primer rey, Rómulo, la llamó – estaba predestinada a serlo.

Podréis creer o no en mis palabras. Si estos hechos, acaecidos según la tradición el 21 de Abril del año 753 antes de nuestra Era son verídicos o vaga palabrería, pero lo que jamás podrá nadie negar es la grandeza con la que Roma consiguió gobernar el mundo y cómo todos sus ciudadanos vivieron por y para ella.

 

Acerca de Rober

Me llamo Roberto y nací en el año 1979 en Madrid. Apasionado de la historia desde siempre, mi única intención es que compartamos y divulguemos en este espacio cada pedacito de la antigüedad que tanto nos gusta. Me encantaría que recorrieras conmigo este periodo. ¿Te apuntas?, pues bienvenido a Historia o leyenda.

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