Guerra judeo-romana, la ira del pueblo (I) 2


Si existe una zona en el globo que parece permanentemente en conflicto, esa es oriente próximo. Prácticamente a diario escuchamos o vemos noticias que nos muestran la inestabilidad de la zona. Pero esto no es algo que se limite al siglo pasado o a lo que llevamos de este, Judea ha sido un avispero desde hace milenios. Parece que tierra santa está condenada a sufrir la guerra eternamente.

A pesar de ser una zona árida y yerma en su mayor parte, se trata de un enclave de alto valor estratégico por tener salida al mar Mediterráneo y estar cerca de las rutas comerciales que vienen del este, a caballo entre Persia y la floreciente Nabatea, por no mencionar de su importancia religiosa que aglutina credos en Jerusalén. Numerosos imperios han dominado este territorio: egipcios, persas o griegos fueron soberanos de Judea, y todos sin excepción tuvieron su ración de revueltas locales.

Roma no iba a ser diferente, sólo que lo tuvo que vivir fue uno de los conflictos más arduos a los que el imperio se tuvo que enfrentar en el primer siglo de principado. Llegó a ser tan importante que aupó al poder del imperio a una nueva dinastía, los Flavios. Pero vamos a remontarnos hasta el año 40 a.c. para entender por qué los judíos osaron rebelarse contra la máquina de guerra más letal y engrasada del mundo antiguo.

El año 40 a.c. fue el año en que Marco Antonio designó un rey títere que velara por los intereses de Roma en la zona. Herodes gobernó con mano de hierro hasta el año de su muerte, el 4 a.c., y a pesar de que revitalizó la construcción de ciudades enteras y de la rehabilitación del templo de Jerusalén, los impuestos con los que abrumaba a los campesinos, hizo que el nivel de vida de su reino decreciera generación tras generación. Diezmos, tasas, préstamos agobiaban a los judíos obligando a muchos de ellos a retirarse a los desérticos montes para dedicarse al bandidaje.

Provincia de Judea en el primer siglo de nuestra era.

Provincia de Judea en el primer siglo de nuestra era.

La herencia del rey se repartió entre sus hijos Arquelao, Antipos y Filipos. El reino quedó dividido en tres partes, situación que aprovechó la población para rebelarse. El foco más intenso se produjo en Galilea, su líder Judas, mantuvo ocupado durante más de dos años al procurador romano de la provincia. Aunque no se libraron del yugo latino, el prefecto designado por el emperador Augusto, permitió la libertad de culto y con ella la exención de formar parte del ejército romano. Pero claro, no todo iba a ser tan fácil, si querían vivir bajo sus reglas tendrían que pagar por ello, así pues, un nuevo gravamen engrosaría la larga lista de impuestos a pagar. El catastro (palabra que hoy en día también nos produce urticaria a más de uno) fue el detonante para que las revueltas se mantuvieran activas.

El malestar era endémico, cada gesto que los romanos realizaban para mantener su autoridad tenía su respuesta en los estratos más humildes de la sociedad judía, las sectas proliferaban y aparecían “mesías” por doquier declarándose libertadores de Israel. Sólo era cuestión de tiempo que una revuelta generalizada se apoderara de toda la provincia, y actos despreciables y autoritarios como por ejemplo el de un legionario que se atrevió a insultar e injuriar a los judíos en su propio templo, provocando la airada reacción de los nativos, pues no ayudaban mucho, ya que para reprimirlos fue necesaria la matanza de casi 20.000 víctimas.

Después de décadas de sufrimiento y semi-esclavitud, de tener los montes atiborrados de asaltadores y bandidos, de que la autoridad fuera incapaz de controlar lo que ocurría en la provincia, se desató el infierno. Las calles de Jerusalén se tiñeron de sangre, los caminos estaban tomados por los insurgentes y cada vez más y más ciudades se alzaban en armas. Corría el año 66 y el procurador romano, Floro, estaba desbordado, su intentona de aplacar la revuelta en Jerusalén por la fuerza fue un fiasco y tuvo que retirarse de la ciudad con grandes bajas.

El gobernador de Siria no tuvo mas remedio que intervenir, Cestio Galo al mando de casi 30.000 hombres se disponía a recuperar Jerusalén y dar una lección a los judíos que no olvidarían jamás. Desde Ptolemaída partió hacia el sur arrasando cualquier ciudad sospechosa de contener sublevados, la ciudad de Zabulón fue prácticamente desmantelada, por suerte sus habitantes habían tenido tiempo de huir al monte, Joppa sin embargo no tuvo tanta suerte, más de 8.000 judíos perecieron en la ciudad. Muchas más plazas cayeron y ardieron de la misma forma hasta que el área de Galilea y Cesárea terminó por rendirse.

El siguiente paso era Jerusalén, decidió acampar a unos 50 estadios de la ciudad, más o menos a comienzos de octubre. Galo cometió varios errores subestimando la capacidad de organización de los judíos, al no enviar por delante de la formación exploradores, permitió que un numeroso grupo de insurgentes tomara las colinas que rodeaban la ciudad. Dos de los líderes de la revuelta (Níger de Perea y Silas de Batanea) atacaron la vanguardia romana con desertores que habían formado parte del ejército del rey Agrippa II, mientras que por la retaguardia Simón Giora y sus compañeros bandidos se abalanzaron sobre la retaguardia causando gran confusión y robando gran parte del bagaje, incluyendo una buena cantidad de armas.

Batalla de Beth Horon.

Batalla de Beth Horon.

Cestio Galo decidió entonces replegarse hacia Gabaón, por suerte para él y sus legionarios, la falta de disciplina de los insurrectos permitió la retirada a duras penas. Los atacantes decidieron volver a Jerusalén y hacerse fuertes allí, sabían que los romanos no tardarían en volver con más furia todavía. Galo volvió con sus máquinas de asedio preparadas y con sus legionarios dispuestos a devolver a esos judíos la moneda. El asedio duró una semana, los romanos superaron los dos anillos defensivos compuestos de unas ciclópeas murallas, defendidas con arrojo y valentía por sus ciudadanos y milicias irregulares, pero en un combate continuado no podrían aguantar mucho tiempo contra las disciplinadas y aguerridas legiones, por esa razón no se entiende muy bien que Cestio Galo decidiera retirarse.

Se puede entender que el invierno se acercaba y las líneas de suministro para el ejército pasaban por Galilea, y aunque a priori pareciera que la zona estaba controlada, se sabía a ciencia cierta que grupos de rebeldes acechaban los caminos. No obstante, Galo tenía tan tan cerca la victoria que incluso esta razón no parece lo suficientemente plausible.

Al retirarse los romanos, las ansias de combate de los judíos se duplicaron y enseguida los persiguieron acosando su retaguardia. La intención de Galo era volver al campamento de Gabaón, pero esta vez la pesada marcha de los legionarios jugó en su contra, los rebeldes eran como un enjambre a su alrededor, los soldados que se rezagaban o que salían de la formación eran pasados a cuchillo. Una vez que llegaron al campamento, los romanos se quedaron un par de días, lo justo para organizarse y avituallarse, sabían que si se quedaban allí solo era cuestión de tiempo que murieran sin comida o superados en número.

Los insurrectos aprovecharon para tomar posiciones en paso de Beth Horon, paso obligado para las legiones en su repliegue. Galo volvió a cometer el error de no tomar las elevaciones y de no mandar la caballería por delante para reconocer, cuando se quiso dar cuenta 14.000 rebeldes lanzaron sobre ellos una multitud de armas arrojadizas, que causaron estragos en las columnas de marcha. Sin posibilidad de formar y sin espacio para que la caballería maniobrase los romanos eran una presa fácil.

Alrededor de 5.000 romanos (más o menos el tamaño de una legión), perecieron ese día, y pudieron ser muchos más si el gobernador no hubiese escapado al amparo de la oscuridad sin hacer ruido y dejando como cebo a 400 hombres más los heridos en aquella horrible hondonada. La derrota fue humillante, para más inri habían perdido el águila de la XII Fulminata y no había sido un ejército con recursos, ni siquiera una hora de bárbaros, habían sido ciudadanos corrientes y molientes.

El emperador no podía permitir un ultraje semejante, tenía que responder contundentemente. El elegido fue Vespasiano, un legado entrado en la cincuentena con mucha experiencia en el ejército, había guardado las fronteras en Germania y también había participado exitosamente en la invasión de Britania al mando de la II Augusta.

Busto de Vespasiano.

Busto de Vespasiano.

El plan de Vespasiano era sencillo: acumular una cantidad muy superior en número e ir arrasando y tomando las plazas fuertes hasta llegar al punto neurálgico de la rebelión, Jerusalén. Para ello reunió las legiones X Fretensis y V Macedónica, a ellas se unió la humillada XII Fulminata que quedó para funciones de guarnición y retaguardia. También envió a su hijo Tito a Egipto para que trajera la XV Apollinaris desde Alejandría que sumados a los soldados y caballería que proporcionó el aliado de Roma Agripa II formaban un contingente de casi 60.000 efectivos.

Las operaciones comenzaron en la primavera del año 67, su primer objetivo era Galilea y, como un rodillo, sin dar oportunidad fue eliminando la resistencia con su avance hasta topar con una “china” en sus caligae, Jotapata. El encargado de la defensa era Josefo, que fortificó a conciencia el enclave para resistir lo máximo posible, aumentó la moral de sus paisanos y se dispuso a vender caro sus vidas.

Vespasiano organizó el típico asedio de manual, construyó defensas, cavó un foso alrededor de la ciudad, levantó empalizadas y comenzó el ataque intentando tomar las murallas con escalas. Los legionarios se encontraron con una oleada de armas arrojadizas y aceite hirviendo que desbarató el intento. Entraron entonces en juego las máquinas de asedio, Vespasiano desató un infierno contra Jotapata, pero Josefo se reveló como un buen comandante y utilizó diversos ardides para aguantar, como extender pieles húmedas de bovinos sobre las murallas para amortiguar los impactos de las catapultas y proyectiles incendiarios o elevar la altura de los muros para evitar las torres de asedio.

Enclave donde se situaba la fortaleza de Jotapata.

Enclave donde se situaba la fortaleza de Jotapata.

Viendo la resistencia a ultranza de los judíos, optó por intentar rendir la plaza por sed, las reservas de los judíos no debían de ser muy abundantes, pero Josefo volvió a engañar a Vespasiano colgando de los muros ropa empapada dando a entender que agua no les faltaba, los romanos picaron el anzuelo. La moral en las legiones empezaba a decrecer, las constantes salidas de los rebeldes desconcertaban a los soldados sin saber de donde venían los ataques.

Vespasiano no pensaba ceder ni un ápice, fue como un perro de presa, que una vez tiene a su víctima entre las mandíbulas podría recibir algún palo, pero ya no la soltaría. Fue en una acción solitaria al más puro estilo de las camisadas de los tercios que, Tito, con un grupo de aguerridos legionarios tomaron una de las torres degollando a sus guardias y permitiendo el paso del grueso de las tropas romanas. Tras 47 días de asedio (tiempo que el propio Josefo adivinó que duraría) el comandante del enclave y sus más allegados resueltos a no rendirse decidieron darse muerte, pero como el judaísmo prohíbe quitarse la vida a uno mismo decidieron matarse entre ellos, sólo uno quedaría condenado al suicidio. Josefo se ofreció voluntario para tal menester, pero como ya os imaginareis no lo hizo. En cambio fue llevado ante Vespasiano por intermediación de un tribuno amigo del judío llamado Nicanor, Josefo volvió a augurar una predicción y es que, al ver al general romano no tuvo dudas que éste terminaría siendo emperador. Por su valentía en el asedio y por su influencia hacia sus paisanos, Josefo fue perdonado y se unió a los romanos en la campaña contra su propio pueblo. Muchos han criticado a Josefo, pero no hay que olvidar que procedía de un sustrato menos humilde que la mayoría de los rebeldes, contaba con educación y hablaba varios idiomas, aunque quizás solo supo ver antes de tiempo que el resto de Judea que contra Roma no se podían ganar guerras.

Los romanos continuaron con toma paulatina de plazas fuertes, Tiberiada, Jafa, Tarichea y la resistente Gamala, cuyos habitantes ofrecieron tal resistencia que recordaba a los episodios acontecidos en Numancia o Sagunto.

Con los deberes hechos, Vespasiano se retiró a los cuarteles de invierno a esperar a la siguiente temporada de guerra e ir a por el plato principal: Jerusalén. Pero los acontecimientos dieron un vuelco total con la muerte del emperador Nerón, la inestabilidad se apoderó del imperio y una guerra civil se desató por el codiciado trono de Roma. El resultado fue el que vaticinó Josefo, y Vespasiano fue aclamado como emperador dando comienzo a una nueva dinastía de Césares.

Las hostilidades se reanudaron en el año 70, Vespasiano tenía ahora un montón de cosas por las que preocuparse en distintas zonas del imperio, empezando por consolidar su poder en casa, por lo tanto designó a su hijo Tito la tarea de conquistar Jerusalén. Aunque Tito derrochaba arrojo y valentía, carecía de experiencia en comandar un ejército de tales proporciones, ¿Sería capaz de conquistar la ciudad santa?, la semana que viene en Historia o leyenda leeréis el desenlace.

 

BIBLIOGRAFÍA Y FUENTES:

Flavio Josefo, La guerra de los judíos

Tácito, Anales.

Revista Desperta Ferro nº23, La primera guerra Judeo-romana.

 

Acerca de Rober

Me llamo Roberto y nací en el año 1979 en Madrid. Apasionado de la historia desde siempre, mi única intención es que compartamos y divulguemos en este espacio cada pedacito de la antigüedad que tanto nos gusta. Me encantaría que recorrieras conmigo este periodo. ¿Te apuntas?, pues bienvenido a Historia o leyenda.


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2 Comentarios en “Guerra judeo-romana, la ira del pueblo (I)

    • Rober Autor

      Hola Romualdo, efectivamente, el legionario se cuescó en pleno templo sagrado de los judíos, para ellos motivos más que suficiente para una rebelión, cada uno tiene su vara de medir, jaja. Un saludo.