Gaugamela, la derrota definitiva de Persia 3


Este es un artículo de invitado, creado y redactado por Enrique Ros, autor del blog http://www.apuntesdehistoria.net/ 

Un siglo y medio después de la victoria de los griegos en Salamina, Persia seguía siendo el imperio más poderoso del mundo y Grecia continuaba en guerra con él. Pero muchas cosas habían cambiado.

La región de Macedonia había quedado unificada bajo el poder de Filipo II. Filipo cambió la forma en que los ejércitos se organizaban y su manera de luchar. Había profesionalizado el ejército macedonio y, una vez hubo sometido a toda Grecia, puso su ojo (Filipo II era tuerto, había perdido el ojo derecho en combate) en el antiguo enemigo de ésta: el Imperio persa.

Alejandro y Darío

Filipo fue asesinado en el año 336 a.C. subiendo al trono su hijo, Alejandro, que reinó como Alejandro III, aunque quizá le conozcas mejor por el sobrenombre que la historia le dejó: Alejandro Magno.

Alejandro tenía veinte años cuando tomó el mando de los ejércitos macedonios, pero su padre ya le había nombrado general de la caballería macedónica cuatro años atrás, y era un comandante experimentado a pesar de su juventud.

Pero Alejandro no sólo heredó de Filipo el trono de Macedonia y el mando de sus ejércitos: también hizo suyos los planes de conquista de su padre y su sueño de acabar con el antiguo enemigo de los griegos, el Impero persa.

Darío III era el emperador aqueménida cuando Alejandro subió al trono. Sólo había subido al trono un par de años antes, pero para entonces ya tenía cuarenta y dos años.

Darío era un líder capaz al mando de un imperio inestable que cada vez había ido perdiendo poder central, poder que habían ido ganando paulatinamente los gobernadores sátrapas.

Además el descontento de sus súbditos era generalizado y las rebeliones eran, si no continuas, sí habituales.

Así estaba el Imperio persa cuando Darío III subió al trono. Sin embargo su intención era hacer resurgir su antiguo poder, reforzar su dominio y conseguir devolverlo al lugar que había ocupado durante su época álgida, con el gran Darío I. Por eso adoptó su nombre real.

Y realmente demostró querer afirmar su poder cuando, cuatro años después de subir al trono, consiguió conquistar Egipto, que había conseguido su independencia de los persas rebelándose unos años antes.

Alejandro y Darío. Un poder que nacía en Macedonia y que ponía sus ojos y sus deseos de conquista sobre un antiguo imperio cansado y decadente, pero aún el más poderoso del mundo.

Alejandro arenga a sus falanges.

Alejandro arenga a sus falanges.

Alejandro en Persia

En el año 334 a.C., dos años después de subir al trono, Alejandro cruzó el Helesponto al frente de treinta mil infantes y cinco mil jinetes dispuesto a liberar a las ciudades griegas de Asia Menor del yugo persa.

No tardó en enfrentarse al enemigo, primero a los ejércitos reunidos por los gobernadores sátrapas del norte, en el río Gránico, y más tarde en Issos, a las tropas persas mandadas por Darío III.

No sólo venció Alejandro en ambas batallas, sino que tras ello se dirigió a Tiro y puso la ciudad bajo asedio durante siete meses, hasta que consiguió conquistarla.

Puedes imaginar a Darío, rey del mayor imperio del mundo, cada vez más enfadado (y seguramente preocupado) mientras veía cómo un joven general de veintidós años avanzaba por su imperio derrotando a sus ejércitos una y otra vez.

Darío comprendió sin duda el peligro que Alejandro suponía para su imperio y para él mismo. Así que decidió que tenía que pararle los pies a toda costa, y comenzó a reunir el mayor ejército que habían visto los tiempos con la intención de aplastar a las tropas macedónicas y a su comandante.

Entretanto Alejandro, tras haber sometido Asia Menor y Siria, llegó a Egipto. Allí se proclamó faraón y fundó la ciudad de Alejandría. El Imperio persa se desmoronaba ante su avance.

La llanura de Gaugamela

A estas alturas lo que Alejandro buscaba era derrotar definitivamente a Darío en un enfrentamiento directo para poder reclamar el trono del Imperio persa.

El rey aqueménida, por su parte, no podía seguir rehuyendo dicha batalla, o los territorios que aún estaban bajo su poder acabarían sublevándose. El enfrentamiento era inevitable.

Mientras Alejandro avanzaba hacia Egipto y se proclamaba faraón, Darío había reclutado un gran ejército proclamando levas forzosas a lo ancho de todas las satrapías de su imperio.

El mayor ejército que había visto la historia hasta el momento, de hecho. Doscientos mil infantes, jinetes y aurigas, según las fuentes de la época. Cinco veces el tamaño del ejército macedonio. Y aunque las estimaciones modernas rebajan la cifra a poco menos de cien mil combatientes, siendo el resto nobles y esclavos, esta cantidad sigue siendo muy respetable.

Para poder obtener ventaja de su gran número Darío reunió su ejército en una gran llanura a la espera del encuentro con Alejandro: Gaugamela.

La falange macedonia

El ejército de Alejandro por su parte también contaba con una ventaja respecto al de Darío, y es que tenía la que probablemente era el arma de guerra más poderosa de su tiempo, creada por su padre Filipo: la falange macedonia.

La falange macedonia era una formación de soldados de infantería, ligeramente protegidos, pero armados con una temible arma: la sarissa, una pica de unos seis metros de largo con punta de bronce.

Las lanzas de los soldados de la época eran mucho más cortas, de unos dos y medio o tres metros, así que la sarissa permitía a los macedonios atacar a la infantería enemiga manteniéndose fuera de su alcance.

Además, esta larga lanza tenía soportes también de bronce en su extremo final, de forma que el falangita podía apoyarla contra el suelo para asentarla fuertemente y resistir una carga de caballería… si alguien estaba tan loco como para lanzarse al galope contra una falange (normalmente los que lo hacían era porque no tenían elección, claro).

Los carros escitas intentan abrirse paso entre la falange.

Los carros escitas intentan abrirse paso entre la falange.

Porque ahora imagina una formación de doscientos cincuenta y seis soldados, organizados en un cuadro de dieciséis falangitas de frente y dieciséis filas de fondo, erizada de sarissas por todos lados. Sinceramente, debía dar mucho miedo solamente pensar en acercarse a semejante unidad.

Por supuesto que la falange también tenía sus puntos débiles. La lanza era tan larga que debía ser sostenida con las dos manos, así que el escudo hoplita quedó reducido en las falanges macedonias a una pequeña rodela que se colgaba del brazo.

Además las formaciones eran tan cerradas que carecían de flexibilidad. Años más tarde esto llegó a significar el fin de las falanges y de la supremacía macedónica a manos de una nueva unidad mucho más flexible y poderosa: la legión romana.

Pero de momento, en Gaugamela, las falanges macedonias de Alejandro eran el peor enemigo al que un ejército se podía enfrentar. Frente a ellas, las tropas de Darío no llevaban armadura y su equipo consistía en una lanza clásica y un escudo de mimbre.

Los compañeros

A decir verdad, la falange no era la única baza de Alejandro Magno. Porque el rey macedonio contaba en su ejército no sólo con la mejor y más organizada y entrenada infantería del mundo, sino que contaba además con una gran caballería de élite: los hetairoi.

Los hetairoi, cuyo nombre significa compañeros, era la guardia personal de Alejandro. Un cuerpo de caballería pesada del que ya su padre le había nombrado general a los dieciséis años y frente a la cual luchaba en todas las batallas.

Y, al igual que la falange macedonia era la mejor unidad de infantería que existía, los hetairoi eran sin duda los mejores jinetes. Equipados con casco y coraza, armados con una lanza arrojadiza y una espada, y con los caballos, elegidos entre los mejores del mundo, también parcialmente protegidos.

A menudo se compara a esta unidad de caballería como un martillo, capaz de aplastar a los enemigos contra el “yunque” formado por la falange macedónica.

Lo que está claro es que ambas unidades en conjunto suponían una ventaja táctica enorme que un genio militar como Alejandro supo aprovechar bien. El gran imperio que dejó a su muerte es la mejor prueba de ello.

Alejandro al frente de sus hetairoi (compañeros). Ilustración de Giussepe Rava.

Alejandro al frente de sus hetairoi (compañeros) en Gaugamela. Ilustración de Giussepe Rava.

Las bazas de Darío

Darío se enfrentaba, como has podido ver, a las dos unidades más poderosas del mundo: la falange macedonia y la caballería de los compañeros. Sin embargo, él también tenía algunas bazas a su favor.

Para empezar, Darío tenía en primera línea de sus ejércitos a su cuerpo de élite, que aún era la unidad más letal del ejército persa: los inmortales.

Además, confiaba en poder oponerse a la poderosa infantería macedonia con otra de sus unidades: los carros escitas. Los carros escitas eran carros de dos ruedas equipados con largas cuchillas como prolongación de su eje que seccionaban las piernas de cualquier enemigo, hombre o caballo, que encontraban a su paso.

Por último, y ante todo, Darío contaba con una gran ventaja: la superioridad numérica. Cinco a uno es una proporción enorme, y el frente de su ejército en formación abarcaba cuatro kilómetros. Incluso con las estimaciones más conservadoras, el ejército persa duplicaría al macedonio. Demasiado, incluso para un genio militar como Alejandro Magno. ¿O quizá no?

La batalla final

El encuentro se produjo el día 1 de octubre del año 331 a.C. Un encuentro que lo decidía todo entre los dos imperios más fuertes de la época. Si vencía Alejandro, el Imperio persa, el más extenso y rico, le pertenecería.

Pero si la victoria era para Darío, Macedonia y toda Grecia estarían bajo su poder. Y, con un ejército de semejante tamaño y un emperador deseoso de demostrar su fuerza, Europa toda se convertiría en su siguiente objetivo.

No quiero entrar en tácticas de batalla, órdenes de combate o movimientos estratégicos, pero sí te diré una cosa: la batalla de Gaugamela supuso, por parte de Alejandro, una de las estrategias más brillantes que se han visto en la historia.

Darío, por supuesto, lanzó sus doscientos carros escitas contra las falanges macedonias, pero gracias a un movimiento ideado por el propio Alejandro sus soldados acabaron con ellos.

Tras eso realizó con la caballería de los compañeros un movimiento tan inusual e inesperado para Darío que éste cayó en una trampa táctica abriendo el centro de su ejército.

Y por ese mismo centro entraron los hetairoi, con Alejandro al frente, rompiendo las tropas persas y poniendo al mismísimo Darío en fuga para salvar su vida.

Y de hecho la habría perdido si no fuera porque el general macedonio recibió aviso de que el flanco izquierdo de sus tropas necesitaba refuerzos, y acudió en su ayuda. Darío consiguió huir, pero ni él ni su imperio sobrevivirían mucho tiempo después de Gaugamela.

El fin del Imperio persa

Después de Gaugamela, Alejandro asumió el título de Gran Rey de Persia. Continuó hacia el este conquistando el resto de territorios persas, llegando hasta la cordillera del Hindu Kush, en la actual frontera entre Afganistán y Pakistán.

Darío continuó su huida a lo largo de su hasta entonces imperio, seguido siempre por el avance del general macedonio hasta que, cuando ya Alejandro estaba a punto de darle caza, fue asesinado por los nobles que lo acompañaban.

Cuando Alejandro llegó junto al cadáver de su enemigo lo cubrió con su manto y, llorando, dijo:

«No era esto lo que yo pretendía».

Bibliografía y fuentes:

Victor Davis Hanson, “El arte de la guerra en el mundo antiguo”

Nicholas Hammond, “El genio de Alejandro Magno”

 

Acerca de Rober

Me llamo Roberto y nací en el año 1979 en Madrid. Apasionado de la historia desde siempre, mi única intención es que compartamos y divulguemos en este espacio cada pedacito de la antigüedad que tanto nos gusta. Me encantaría que recorrieras conmigo este periodo. ¿Te apuntas?, pues bienvenido a Historia o leyenda.


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3 Comentarios en “Gaugamela, la derrota definitiva de Persia

  • Pedro

    Muy buenas! lo primero, enhorabuena por el artículo Enrique, y por tu trabajo. Es de amena y rápida lectura. Pero entrando en el fondo, me choca bastante que digas que “las tropas de Darío no llevaban armadura y su equipo consistía en una lanza clásica y un escudo de mimbre” y que las bazas de Darío eran su superioridad numérica, los carros y los Inmortales.

    Empecemos con el armamento de las tropas. Si hacemos caso de las fuentes, 200.000 fueron los infantes reclutados por los persas para la “batalla definitiva”. Obviamente, no todos ellos estarían perfectamente armados. Muchísimos serían infantería ligera (jabalinas, arcos, hondas), que no quiere decir que no fuesen competentes utilizando tales armas, y otro tantos armados pobremente como tu dices con una lanza y un escudo de mimbre. Pero también hay que decir que Darío tuvo 2 años para reclutar este ejército. Y eso significa buen aprovisionamiento de materia bélico y de entrenamiento para muchos reclutas. Así mismo, hay que seguir diciendo que el “típico infante persa pobremente armado” que nos presentan en películas como 300 es falso. Más todavía en esta época donde ya estrategos helenos como Ifícrates habían modernizado al infante persa convirtiéndolos en cuasi-hoplitas: los llamados cardacos. Es más, fue a partir de su revolución cuando los verdaderos soldados griegos, los hoplitas, cambiaron su lanza por la del soldado persa, que era más larga, así como su escudo y se dejó de utilizar el hoplon. Dicho esto, es de suponer que muchos de los soldados asiáticos reclutados para Gaugamela hubiesen recibido equipo y entrenamiento como cardacos. Lo que incluía como mínimo, coraza de lino (invento asirio, es decir, asiático), lanza y escudo. Siendo una verdadera infantería de línea.

    Así también, el ejército persa contaba con mercenarios griegos al servicio del Gran Rey en número entre 5,000 y 10,000 dependiendo de las fuentes. Verdaderos profesionales de la guerra. también había que incluir como tu has dicho a 10,000 inmortales, la guardia real del rey persa.

    Pero nos olvidamos de los más importante: la caballería asiática. La mejor del mundo, o, como mínimo, igual en calidad que los hetairoi macedonios. Y en número de 40,000 (siguiendo a las fuentes jeje). Aunque no toda ella sería de choque, sí que lo eran muchos miles. Nobles persas que al igual que los nobles macedonios habían aprendido a montar antes que a andar y que habían recibido entrenamiento con las armas desde que tuvieron fuerzas suficientes para sujetar una espada.

    Por todo lo dicho, termino diciendo que el ejército persa tenía muchos puntos a su favor:
    – Mercenarios griegos
    – Caballería de primera, ¡en gran número!
    – Carros
    – Superioridad numérica

    Pero si tenían todo esto, ¿cómo es que no ganaron? por una simple razón. Porque delante suya tenían a uno de los mejores estrategas y tácticos que ha dado la Historia: Alejandro Magno.

    un saludo

     
    • Rober Autor

      Hola Pedro, comunicaré a Enrique tu comentario por si quiere contestarte. Yo por mi parte decir que muchos historiadores modernos (Benedicto Cuervo Álvarez, Antonio Guzmán, Adolfo J. Domínguez Monedero) dan por buena la cifra de 91.000 combatientes persas, pero siempre aproximada pues las fuentes son muy diversas, por ejemplo Arriano habla de un millón de infantes. Sin duda su caballería era superior en número y de buena calidad, pero lo referente a la infantería el núcleo duro lo formaban la guardia real y los mercenarios griegos, no más de 4.000 efectivos (Adolfo J. Domínguez Monedero) el resto eran levas pobremente armadas que poco podían hacer contra el genio de Alejandro y sus falanges expertas.
      Muchas gracias por tu comentario, un saludo.

       
    • Enrique Ros

      Muchas gracias por tu comentario, Pedro. Poco puedo aportar a lo ya dicho por Rober, aparte de que sólo puedo hacer mías tus palabras: “¿cómo es que no ganaron? por una simple razón. Porque delante suya tenían a uno de los mejores estrategas y tácticos que ha dado la Historia: Alejandro Magno.” 🙂
      Un saludo.