Expedición a Siracusa, el desastre ateniense 2


Durante el siglo V a.C. las ciudades estado griegas se enfrentaron unas a otras en la conocida guerra del Peloponeso. Durante más de 25 años los hijos de Esparta Atenas se dieron muerte unos a otros. Tras los primeros diez años de conflicto se firmó un “alto el fuego” entre las dos ciudades (421 a.C.) llamada paz de Nicias (nombre del strategos ateniense que la propició) que en teoría debía durar 50 años ya que las dos ciudades se encontraban exhaustas por los continuos conflictos. Cinco años más tarde (416 a.C.), los atenienses recibieron una petición de ayuda de parte de una ciudad aliada de la isla de Sicilia, Segesta. Sus enemigos en la isla, la ciudad de Selinus, estaban siendo apoyados por una polis emergente en occidente: Siracusa.

Los megarenses se ofrecieron a pagar todo el coste de la campaña, invitando a los atenienses a su ciudad para comprobar sus riquezas. Además, como prueba de su buena fe adelantaron 60 talentos de plata. Los embajadores llegaron maravillados por la solvencia de la pequeña ciudad siciliana, y lo que era mejor, habían corroborado que Sicilia era una tierra fértil  y su posición central en el mediterráneo la convertía en paso obligado para cualquier ruta comercial, solo había un problema, la ciudad-estado de Siracusa.

Ruta ateniense hacia Sicilia y movimientos en la isla.

Ruta ateniense hacia Sicilia y movimientos en la isla.

 
El debate se abrió en Atenas, Nicias fue uno de sus mayores detractores ya que pensaba que la polis se quedaría demasiado desprotegida ante los enemigos de la Hélade, sería una locura organizar una expedición de semejante envergadura con los espartanos tan cerca. Sin embargo, Alcibíades (sobrino de Pericles), que era un hombre ambicioso, deseaba que la campaña se llevara a cabo. Argumentó su discurso enalteciendo las virtudes de Atenas contra Persia y de lo mucho que lograrían para la polis controlando aquella zona del Mediterráneo.
Nicias contraatacó rebatiendo que con 60 trirremes sería imposible conseguir la hazaña, que serían necesarios al menos 100 barcos, y por lo menos 10.000 hombres. Con estos datos esperaba desencantar a la asamblea, pero su ardid salió mal y la asamblea aprobó la invasión con un contingente mucho mayor que el que se había decidido un principio.

Se nombraron tres estrategos para la campaña: el propio Niceas, Alcibíades y Lámaco, cada uno con ideas diferentes de cómo llevar a cabo tal propósito, lo cual no auguraba nada bueno, ¿no creéis? Se realizaron los preparativos para zarpar, un total de 134 trirremes más otras 100 embarcaciones de transporte llevarían un contingente de 5.000 hoplitas, 1.500 arqueros, 20.000 infantes ligeros y unos 50 caballos.

En Junio del año 415 a.C. estaba todo preparado para partir, pero la noche anterior alguien se dedicó a destrozar muchos de los Herma que adornaban la ciudad. Los Herma eran columnas rectangulares con la cabeza del dios Hermes coronándolas y con un falo erecto en su base que representaba como no, la virilidad y la disposición guerrera de los ciudadanos de Atenas, aparte de la buena suerte que estos “adornos” otorgaban a la ciudad.

Alcibíades fue acusado por éste acto de vandalismo que traía tan malos augurios para el viaje. El propio Alcibíades se presentó para ser juzgado y poder demostrar su inocencia, pero la asamblea temerosa de un golpe militar, pues el ejército apoyaba a Alcibíades, ordenó que éste partiera hacia Sicilia posponiendo su juicio hasta que se llevara al ejército.

Por fin las naves atenienses partieron desde el Piero, haciendo escala para recoger tropas en Corcira rumbo a Sicilia. Los atenienses desembarcaron en Reggio y se dirigieron a su ciudad aliada de Segesta, pero se encontraron una desagradable sorpresa, y es que el tesoro prometido no era ni mucho menos el acordado, los embajadores fueron engañados haciéndoles creer que poseían más riquezas.

De nuevo el desacuerdo tomo forma en las filas atenienses, Alcibíades era partidario de atacar la ciudad más rica, es decir Siracusa. Tucidides el famoso historiador, comentaba que esa era su intención desde el principio, pues tomar Siracusa prácticamente significaba tomar Sicilia entera. Por supuesto Niceas no estaba de acuerdo, aunque tampoco era partidario de irse con las manos vacías, pero emprender un asedio de tal magnitud era más de lo que el ejército podía abarcar, por ello propuso realizar un par ataques a objetivos más plausibles y volver a casa. Pero la balanza la declinó finalmente Lámaco, que se unió a Alcibíades en la opción de atacar a Siracusa.

Cuando la flota se disponía a partir hacia Catania (50km al norte de Siracusa), llegó un barco desde Atenas exigiendo el regreso de Alcibíades que había sido condenado por la “mutilación” de los Hermas. Mientras viajaban de vuelta, Alcibíades huyó hacia Esparta para prestar sus servicios allí. Efectivamente, el propio sobrino de Pericles traicionó a su ciudad natal sólo por ambición. Alcibíades sólo buscaba la gloria personal y realmente le daba igual conseguirla con Atenas o cualquier otra ciudad, y desde luego Esparta sabría valorar su conocimiento de Atenas.

Así pues el ejército en Sicilia quedó bajo el mando de Nicias y Lámaco, que decidieron dividir el ejército. Pero el cambio de circunstancias les hizo dudar en sus movimientos y los siracusanos optaron por tomar la iniciativa. Al ser informados de los movimientos del enemigo, los atenienses embarcaron y volvieron hacia el sur de Siracusa, donde librarían la primera batalla de la campaña, en los campos de Anapos.

Los atenienses cogieron con la guardia baja a los siracusanos, y les infringieron una derrota contundente, pero no decisiva, pues al carecer de caballería no pudieron lanzarse a la persecución, corrían el riesgo de ser diezmados por la caballería siracusana. El invierno se les había echado encima, y la temporada de guerras no se reanudaría hasta la primavera del 414 a.c., así que los atenienses se retiraron a su base de Catania.

Era tiempo para la diplomacia y después de su primera derrota, Siracusa intensificó el entrenamiento de sus tropas y realizó movimientos diplomáticos pidiendo ayuda a Corinto y Esparta. Sus embajadores se reunieron con Alcibíades en la ciudad de Corinto, éste informó a Esparta de la situación y sugirió que si Sicilia finalmente caía, el Peloponeso sería la siguiente. Esparta tomó la decisión de intervenir, pero moderadamente, mandaría a Siracusa al general Gilipo con cerca de 4.000 hoplitas espartanos.

Los atenienses también pidieron ayuda, y enviaron embajadores a Etruria y Cartago pero no consiguieron la respuesta deseada, no obstante de la propia Atenas llegaron 250 jinetes con sus monturas y una cantidad en talentos de plata suficiente para contratar y armar 400 jinetes más de sus aliados en la isla. La primavera llegó y los movimientos se reanudaron, los siracusanos habían guarnecido Olimpeion (situado cerca del lugar de la batalla de Anapos) y a la meseta norte, llamada Epipolai, llevaron 600 hoplitas más. Una mañana mientras su comandante, Diomilo, pasaba revista a las tropas, fueron atacados por sorpresa por los atenienses que habían realizado un desembarco nocturno en León. Los siracusanos no tuvieron más remedio que retroceder hasta la propia ciudad.

Parecía que poco a poco los atenienses iban consiguiendo sus metas, y empezaron con el asedio propiamente dicho. Construyeron un muro con el objetivo de aislar a la ciudad, y los siracusanos para contrarrestar levantaron otro en la misma meseta de Epipolai que impedía la culminación del cerco. Empezó entonces una serie de escaramuzas por el control de éste último muro que cambió de dueño varias veces. En uno de los contraataques siracusanos, el estrategos Lámaco perdió la vida, aunque que finalmente los atenienses salieron victoriosos.

Duelo naval en el golfo de Siracusa

Duelo naval en el golfo de Siracusa

Cuando de nuevo parecía que las cosas se ponían de cara para los de Atenas, llegaron los refuerzos desde Esparta. Gilipo con sus 4.000 espartanos y 2.000 hoplitas más que había conseguido en Himera al poco de desembarcar, tomaron de nuevo el muro y construyeron otro para evitar la circunvalación. De hecho hicieron retroceder a los atenienses hasta su campamento de Labdalum y los masacraron allí. Nicias era consciente de que habían perdido la iniciativa, además de no culminar el asedio con éxito estaban sufriendo bajas constantes por las escaramuzas y la enfermedad. Para colmo los cascos de las naves empezaban a pudrirse ya que no recibían los cuidados necesarios, todo esto derivó a una caída total de la moral.

Nicias escribió a Atenas contando las penurias que estaban aguantando y los pocos avances que habían conseguido, la misiva exigía que la asamblea tomase una decisión, o se retiraban enseguida de la isla o mandaban refuerzos suficientes para terminar con cierto éxito la campaña. Pero parece que nadie quería escuchar el sentido común de Nicias, y desde la polis decidieron mandar más refuerzos, esta vez al mando de Demóstenes, que comandaría una flota de 73 trirremes con unos 15.000 soldados a bordo. Mientras tanto los Siracusanos no perdían el tiempo, y como en la antigüedad las noticias también volaban, se apresuraron a intentar dar un golpe de efecto al ejército de Nicias antes de que llegaran los refuerzos desde Atenas.

Gilipo diseño un plan para atacar la posición defendida al sur de la bahía de la ciudad en Plemirion. Cogió a sus espartanos y bajó de la meseta dando un rodeo para que el enemigo no se percatara, a su vez los siracusanos lanzaron un ataque por mar para acabar con su flota. Los atenienses los divisaron desde su posición y en un rápido movimiento derrotaron y pusieron en fuga a la flota siracusana. Los compañeros desde tierra vitoreaban a su flota, pero la alegría les duró poco. Gilipo atacaba su base por tierra y ni lo habían visto acercarse. Fue otra masacre y además de las pérdidas humanas, todo el grano y los pertrechos de la base también se perdieron, Nicias veía como se hacían realidad sus temores, a este paso cuando llegaran los refuerzos no quedaría nadie.

Por fin, en Julio de 413 a.c. Demóstenes llegó con los refuerzos atenienses, debió de causar mucha impresión tanto a aliados como a enemigos, según las palabras del historiador Plutarco:

 “En aquél momento se hizo ver en el puerto Demóstenes, infundiendo temor al enemigo con la pompa de su armada. Avanzaba llevando tras suyo, 73 navíos, a 5.000 hoplitas, y no menos de 3.000 lanceros, arqueros y honderos; el ornato de las armas, las insignias de las trirremes y la multitud de jefes de los remeros, con cantores y flautistas, eran propios para impresionar a los enemigos y provocar su admiración“.

Demóstenes, al comprobar la falta total de moral, la dejadez y el estancamiento de las tropas allí apostadas, decidió tomar la iniciativa enseguida. Nicias que había caído enfermo no se opuso al cambio de mando, así pues ideó un plan que consistía en atacar por la noche desde el fuerte enemigo de Euryalus, que se encontraba al oeste de la meseta de Epipolae, para posteriormente subir a dicha meseta y tomar el contramuro que levantaron los espartanos.

Batalla de Epipolae. Ilustración de Radu Oltean.

Batalla de Epipolae. Ilustración de Radu Oltean.

Los atenienses se lanzaron a por el fuerte siracusano, y lograron tomarlo, pero varios enemigos pudieron escapar. Demóstenes no quería dejar nada al azar, ya que se trataba de la última oportunidad de poder cercar la ciudad, y sin perder tiempo se lanzó hacia la meseta con sus hoplitas, y avanzaron tan rápido que perdieron la formación en plena oscuridad. Cuando la vanguardia llegó al muro, se encontró una pequeña guardia de espartanos que lo defendía, los atenienses cansados y desorganizados no fueron rivales para ellos. Fue tal la confusión, que los atenienses se atacaban unos a otros sin diferenciar amigo de enemigo, se calcula que esa noche más de 2.500 atenienses perdieron la vida.

Este último fracaso fue la gota que colmó el vaso, y encima llegaban noticias desde Grecia, los espartanos se ponían en marcha de nuevo. Demóstenes y Nicias lo tuvieron claro, había que salir de allí cuanto antes y volver a Atenas donde serían más útiles que en aquella maldita isla. Cuando tenían todo dispuesto para partir, la víspera de la marcha hubo un eclipse de luna, un terrible signo de mal augurio. Los oráculos del ejército aconsejaron posponer la marcha y Niceas, que era totalmente devoto a los dioses, estableció que tendrían que esperar tres periodos de nueve días.

Por supuesto los siracusanos y espartanos tuvieron tiempo de sobra para prepararse y dificultarles más todavía su precaria situación. Una vez pasado el tiempo prudencial para no ofender a los dioses, los atenienses decidieron salir a la desesperada de la isla, todos sus barcos se encontraban dentro del golfo de Siracusa, al inicio del muro de circunvalación. Para poder escapar, debían romper el cerco que taponaba la salida del golfo, era una apuesta a todo o nada. Cuando los atenienses se acercaban a los navíos que cerraban la salida, se percataron que estaban encadenados entre sí, pero ya no había vuelta atrás, tendrían que intentarlo.

Se pusieron manos a la obra a intentar desmantelar esa especie de muro flotante, mientras observaban como la marina siracusana salía del puerto en su busca. Los barcos chocaron entre sí, no había espacio para maniobrar y el golfo se convirtió en una gran balsa de madera flotante donde los hoplitas de cada flota luchaban por despejar la cubierta enemiga. Fue el canto de cisne de los atenienses en Sicilia, su flota quedó destruida y aunque Demóstenes logró huir con algunas tropas hacía Catania, éste fue interceptado por los espartanos. Los atenienses lucharon a cada paso que daban demostrando gran valor, pero solo era cuestión de tiempo que fueran totalmente aniquilados. Nicias que confiaba que Gilipo fuera clemente por el valor demostrado, se rindió ante él, pidiendo que parara la matanza, Gilipo acepto.

En total más de 45.000 muertos y prisioneros había costado aquella aventura, hoplitas que hubieran sido necesarios en los conflictos que quedaban por venir en las propias puertas del Ática. Sin estos soldados Esparta y sus aliados tenían el camino libre para hacerse con la supremacía en Grecia, Atenas comenzaba su inevitable declive, pero bueno eso como sabéis… eso es otra historia.

 

Bibliografía y fuentes:

Nick Fields, Siracusa, el desastre ateniense.

Tucídides, Historia de la guerra del Peloponeso.

Plutarco, Nicias.

 
 

Acerca de Rober

Me llamo Roberto y nací en el año 1979 en Madrid. Apasionado de la historia desde siempre, mi única intención es que compartamos y divulguemos en este espacio cada pedacito de la antigüedad que tanto nos gusta. Me encantaría que recorrieras conmigo este periodo. ¿Te apuntas?, pues bienvenido a Historia o leyenda.


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2 Comentarios en “Expedición a Siracusa, el desastre ateniense

  • Cayo Mario

    Excelente resumen, llama mucho la atención el hecho de que los audaces atenienses no calcularon el hecho de lo contraproducente que es otorgar un mando compartido, y peor aún, saboteando su propio esfuerzo de guerra al atacar políticamente a su mejor comandante o bien al más popular entre la tropa, sellaron su destino, y Esparta aseguró el suyo, también es sorprendente lo azarosa que fue esta contienda, leyendola casi se puede sentir el cansancio y agotamiento de las tropas, lo has contado muy bien.

     
    • Rober Autor

      Muchísimas gracias por tus palabras Cónsul eterno, efectivamente los griegos tenían la mala costumbre de llevarse peor entre ellos que contra su enemigo común, la campaña al final fue un despropósito que facilitó las cosas a Esparta y otros enemigos que tenían en la Hélade.