El último romano (I) 8


A pesar de ser primavera, el viento era especialmente inclemente aquel día en las cercanías de la ciudad de Tolosa. El Magister Militum de Roma descabalgó de su yegua blanca como el algodón y se quitó el casco de campaña adornado con un penacho rojo, a semejanza de los grandes legados del pasado. Pasó sus dedos entre su pelo completamente cano y continuó hasta la nuca. Al sentir el tacto de la fina cadena de oro sonrió tristemente, y con un tirón repentino arrancó el colgante. Se quedó mirando fijamente el crucifijo mientras deslizaba lentamente su dedo pulgar por el borde. Era de marfil ribeteado en oro, con cuatro rubíes engarzados en cada extremo y una esmeralda de mayor tamaño que adornaba el centro de la cruz.

-No es tiempo para un dios de amor y redención- pensó mientras guardaba el crucifijo en un paño de lino que ocultó con cuidado bajo su coraza escamada. Ahora necesitaba el favor de otro dios, necesitaba el favor de aquél que venció al mismísimo sol para lo que se avecinaba.

Y es que los sueños…, más bien las pesadillas habían vuelto. La visión a la que se enfrentaba siempre era la misma, se veía a sí mismo en una gran llanura teñida de rojo sangre, doce buitres sobrevolaban una colina en la que se hallaba una espada clavada en su parte más alta. Entonces él sentía la imperiosa necesidad de avanzar hacia la espada para cogerla, pero a cada paso que daba un buitre moría y caía fulminado del cielo. Solo cuando quedaba un último buitre dando rodeos sobre el promontorio, aparecía la figura de un jinete fornido, con arco a la espalda y dos pozos negros en lugar de ojos. Entonces el jinete misterioso asía la empuñadura de la espada y se la arrebataba a la tierra para dirigir la punta del hierro hacia él, murmurando unas palabras que resonaban por todo su ser vibrando como si un rayo recorriese su alma: eres el último, Aecio, el último.

Aunque nunca era capaz de distinguir las facciones del rostro del jinete, Flavio Aecio sabía de sobra de quien se trataba. Esa forma de montar y sobre todo, esa mirada, la conocía muy bien. Se trataba de Atila, el rey de los hunos, azote de Dios.

Aecio recordaba perfectamente el día que se conocieron, unos cuarenta años antes, durante la última estación que permaneció como rehén amistoso de los hunos. Todavía no se le conocía como Atila, simplemente era Etil, sobrino del soberano huno Rugila, recién llegado de su estancia en Roma también como “invitado” del emperador.

Aunque era cinco años menor que él, Etil y Aecio hicieron amistad rápidamente. Durante tres meses fueron inseparables, se contaban mutuamente historias de su pueblo, de leyendas imposibles, de héroes increíbles. Imaginaban que ellos eran como aquellos héroes legendarios, y cabalgaban hasta el ocaso por las verdes llanuras de la estepa, sintiendo que el viento les llevaba en volandas al lado de los dioses y las estrellas.

-Quédate con nosotros Flavio- le dijo sin preámbulos mientras observaban tumbados la luna, inmensa aquella noche.

-Sabes que no puedo Etil. Mi deber es volver a Roma y servir al emperador.-

-¿Porqué, amigo mío? Roma está acabada, allí sólo quedan consejeros gordos y afeminados. Por no hablar de los sacerdotes, que proliferan como cucarachas aquí y allá. Aquí serías uno más, bueno, uno más no, serías como el hermano mayor que debería haber tenido- dijo Etil sin apartar la mirada de la luna.

Flavio Aecio observó a su amigo. Su rostro mostraba seriedad, casi dolor, las cicatrices rituales en las mejillas no hacían sino acentuar más su expresión de disgusto.

-Con más razón entonces- rio Aecio en una mueca que pretendía disipar el mal humor de Etil.

-No puedo abandonar a Roma, no me lo perdonaría jamás. Quizás terminaría siendo feliz el resto de mis días aquí, pero llevaría una carga en mi alma que jamás desaparecería. Exactamente igual que tú, por eso jamás te pediría que dejaras a tú pueblo-

-Roma no es como tú crees Flavio- Intentó de nuevo Etil.

-Es corrupta y débil, un moribundo que todavía no sabe que se muere- añadió esta vez mirando fijamente a los ojos de su amigo romano.

-¿Qué te paso allí Etil? Apenas hablas de los años que pasaste en Roma. Tu tío es aliado del imperio, no creo que te trataran mal- preguntó Aecio con curiosidad.

-No, me trataron como a uno más, por lo menos los primeros meses. Conviví con otros hijos de nobles y reyes germanos. Había alamanes, francos, godos, incluso algún sajón, todos obnubilados por el poder y la majestuosidad de Roma.

-He de confesar que al principio también yo quedé prendado por los templos, las amplias avenidas, el foro, el anfiteatro Flavio. Pero a medida que pasaban los meses y aprendía más de vuestra historia, una sombra crecía en mi interior. ”Roma nunca ha perdido una guerra, pero tampoco ha empezado ninguna” decían mis preceptores, pero yo no terminaba de creérmelo. ¿Cómo es posible que un imperio de tal tamaño nunca haya sufrido una derrota? y lo que es más increíble, ¿Cómo es posible que nunca haya atacado primero, Aecio?

-Como el niño que era, expresé mis dudas a los demás chicos. Ellos se burlaron de mí. Dijeron que si no tenía ojos en la cara, que era afortunado de estar allí, que si prefería estar tirado en una yurta comiendo carne cruda y me llamaron bárbaro. ¡Bárbaro! ¡Por la espada del gran dios! Aprendí latín y griego antes que esa panda de ratas con el pelo pajizo, conocí las tácticas de vuestro gran Julio César antes que cualquiera de ellos, leí a Séneca antes de que supieran siquiera que era la filosofía y me trataron como a un bárbaro, todos ellos.- Las palabras salían como un torrente de su boca.

-Fue entonces cuando indagué por mi cuenta, pues no todos en la antigua capital eran fieles devotos del emperador. Aprendí que Roma se levantó sobre las cenizas de muchas naciones que se creían sus aliadas, de aguerridos pueblos que eran libres en sus propias tierras. Y a esa desolación la llamaron civilización.- Dijo mientras se levantaba como un resorte y comenzaba a deambular sin rumbo fijo.

-Juré que jamás permitiría que a mi pueblo le pasara lo mismo, y me di cuenta que solo había una manera de asegurarse. Tenía que destruir Roma.- Los ojos de Etil se habían transformado en dos ascuas rodeadas de un negro insondable.

Aecio no supo que contestar, de sobra sabía que todo lo que había dicho era cierto, pero Roma era mucho más que eso.

-Etil, Roma no es sólo codicia y terror- dijo Aecio acercándose a su amigo.

-También son calzadas, acueductos, progreso Etil, Roma es progreso. ¿Qué sería del saber sin Roma? Si alguna vez cayese como tú quieres, el mundo se sumergiría en una oscuridad de ignorancia y superstición. Además yo también soy Roma, y no creo que pienses lo mismo de mi, ¿no, amigo mío?

Etil se volvió y encaró a Aecio. –No, amigo mío, tú no. Tú eres… el último romano.

Al recordar las palabras de su otrora amigo, la melancólica sonrisa que se había dibujado en su cara desapareció. Casi sin darse cuenta había llegado a la entrada del Mithraeum. Con paso comedido bajó por los peldaños excavados en la gruta natural donde se encontraba el santuario.

Al llegar a la zona sacra, el general de occidente inclinó la cabeza más a modo de súplica que de veneración por la deidad. Se acercó lentamente a la estatua que representaba la tauroctonía, la muerte del toro primigenio a manos de Mithra. Se despojó de la capa, la espada y las grebas. Levantó la mirada hacia arriba y cayó de rodillas en un gesto de sumisión.

-Oh poderoso Mithra, ilumina el camino que ahora se abre ante mi. Dame parte de tu fuerza y sabiduría para poder hacer frente al peligro que acecha a Roma-. Aecio se postró completamente pegando la frente en el suelo, esperando una señal.

Pasaron unos minutos que se le hicieron eternos, pero Mithra no le hablaba, ni le enviaba ninguna señal. Quizás le había abandonado por compartir su fe con la del Galileo, quien sabe lo que piensa un dios.

Se disponía a levantarse cuando escuchó un aleteo encima de su cabeza. Un gran cuervo se había posado sobre el gorro frigio de la estatua de Mithra y le escrutaba con su mirada. Un graznido resonó en toda la estancia que reverberaba con el eco. Al Magister Militum le pareció atronador y cerró los ojos mientras se tapaba los oídos y de nuevo otro graznido y otro más.

Una espesa niebla inundó la cueva, privando de la visión a Aecio, que se incorporó de un salto desorientado. Ya no se encontraba en el Mithraeum, estaba en la llanura de sus pesadillas, pero se encontraba solo, no había rastro ni de la espada, ni de Atila. Una luz blanca, cegadora sorprendió al general de occidente desorientándolo momentáneamente, pero una voz suave, cadenciosa y amable lo tranquilizó.

-No te aflijas Aecio, ¿acaso no has sido tú quien ha pedido mi consejo? No debes temerme, pues yo soy la luz y nada puede ocurrirte bajo mi protección.- aseguró la voz.

Aecio todavía no podía ver nada por la intensidad de la luz, pero las palabras que escuchó actuaron como un bálsamo para su alma.

– Aecio, sabes que encarnas al último buitre, que occidente morirá contigo. Pero no has de sufrir hijo mío, pues Roma perdurará en oriente, en la ciudad del nuevo dios y se alzará durante mil años más. Y aun después de que el último emperador sea devorado por la media luna, el legado de la ciudad eterna será como la misma ciudad, eterna.-

– Pero para eso deberás alzar a occidente y todos los pueblos que habitan en él, pues suyo es el futuro, y aunque caminarán por las tinieblas durante siglos, tú les habrás ofrecido la oportunidad de alzarse como el sol lo hace cada día. Pero a cambio, tú deberás caer, es el precio que has de pagar para que esto ocurra, es tu sacrificio Aecio. ¿Estás dispuesto a pagarlo?

Aecio con lágrimas en los ojos, asintió mientras una mano de luz acariciaba su rostro.

– Sea pues, que la rueda del destino continúe su curso- la voz desaparecía, alejándose.

Aecio salió del Mithraeum con energías renovadas, aceptando con clarividencia lo que Mihtra le había mostrado. Volvió a ponerse el casco y subió a su yegua que le acercó uno de sus subordinados.

-Hay que ponerse en marcha- dijo con una voz grave, diferente a la que tenía antes de visitar al dios.

-¿A dónde Magister?- Preguntó el tribuno que le había esperado en la entrada de la cueva.

– A la corte del rey Teodorico, vamos a levantar a todo occidente. Roma ira a la batalla por última vez.-

 

Acerca de Rober

Me llamo Roberto y nací en el año 1979 en Madrid. Apasionado de la historia desde siempre, mi única intención es que compartamos y divulguemos en este espacio cada pedacito de la antigüedad que tanto nos gusta. Me encantaría que recorrieras conmigo este periodo. ¿Te apuntas?, pues bienvenido a Historia o leyenda.


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8 Comentarios en “El último romano (I)

  • Antonio

    Excelente me encanta aunque no tengo mucho tiempo últimamente voy a leerlos del tirón, mucho ánimo con el tema de la novela si el resto está al mismo nivel seguro que es un éxito. Un cordial saludo.

     
    • Rober Autor

      Hola Antonio.

      Gracias por dedicarle tiempo al relato. Primero pedirte perdón por tardar en contestar, pero ya sabes lo que pasa con las navidades y compromisos familiares. Un saludo.

       
    • Rober Autor

      Hola Monchu, muchas gracias por tus palabras, estoy encantado de que te parezca tan bueno. Probablemente el fin de semana que viene continuaré con el relato, espero no decepcionar. Un saludo.

       
    • Rober Autor

      Hola Cándida!! Me alegra mucho de que te guste el relato, ya tienes disponible el segundo capítulo y ¡va a dar para largo!. Por lo menos 3 capítulos más. Gracias por tus palabras.

       
    • Rober Autor

      Hola Pepe, lo único que tienes que hacer es suscribirte al blog y recibirás todas la publicaciones en tu email. Muchas gracias por el interés mostrado.