Cuídate de los idus de marzo 7


Este es un relato creado y redactado por Jorge Menéndez Caunedo 

Afueras de Roma.

Madrugada de la víspera de los idus de marzo del año 44 a.C.

Aún distaba mucho de alzarse el sol cuando César se despertó. Apenas había dormido tres horas, pero era algo habitual en él; su deseo de no delegar ninguna tarea importante para el Estado le obligaba a dormir poco. Abrió los ojos sintiéndose cansado como nunca lo había estado, ni siquiera en las largas marchas por la Galia.

“Debo ver a mi médico”, pensó César. “Siento cerca otro ataque.”

Padecía morbus comitiales[1], la enfermedad de los comicios, llamada así porque estaba considerado un presagio muy funesto que alguien sufriera una crisis de esta enfermedad en el transcurso de cualquier acto público, hasta el punto de que se podían suspender los comicios si esto ocurría. Por suerte, nunca le había dado un ataque en público.

Le dio un beso a Cleopatra, que dormía plácidamente a su lado, pero no la despertó. Ya se despediría de ella el día siguiente, en la tarde de los idus de marzo, pues al día siguiente a los idus partiría hacia su próxima campaña militar, esta vez en Oriente, a la conquista de los partos para recuperar las águilas arrebatadas al ejército, derrotado hacia nueve años, dirigido por su pobre amigo Craso y para acabar de una vez por todas con la amenaza que se cernía sobre los dominios orientales de Roma. Se levantó casi de un salto, parecía que el solo pensar en su próxima campaña militar le daba fuerzas y, después de vestirse, se dirigió hacia la habitación donde dormía su hijo Cesarión, que algún día sería faraón. Era un niño muy listo de poco más de dos años al que apreciaba mucho. Le dio un beso y salió del palacio situado frente a Roma al otro lado del Tíber. Donde antes solo había un barrio extramuros de mala muerte, él había ordenado construir aquel magnífico palacio con unos jardines estupendos.

Sin ninguna escolta que le protegiera se dirigió hacia Roma, a pesar de todos los rumores que circulaban sobre una conjura para asesinarle, para matar al dictador, a él, el conquistador de las Galias. Seguramente había algo de verdad en aquellos rumores; pero si alguien iba a atentar contra su vida serían senadores resentidos, y los senadores no madrugaban tanto. Se encontró con bastantes mercaderes que preparaban sus puestos cuando entró en Roma y atravesó el foro Boario. Tan ocupados estaban en sus tareas que no se dieron cuenta de que, en la oscuridad de la noche, el dictador de Roma estaba pasando ante ellos. Ascendió por el Vicus Tuscus hasta el Foro, donde estaba la domus pública, la residencia del Pontifex Maximus, el sumo sacerdote de roma y cargo que él mismo ostentaba desde hacía muchos años.

Cuando entró en su residencia oficial los primeros rayos de sol iluminaban la ciudad de la loba y su mujer Calpurnia lo esperaba ya levantada. Le dio un abrazo a pesar de saber de donde venía. Aquella mujer sabía bien que lo suyo había sido un matrimonio de conveniencia y que no suscitaba en César más que un sincero aprecio desprovisto de amor y pasión, pero ello no quitaba que ella lo amase.

 -Estoy preocupada por los rumores sobre la conjura -le dijo Calpurnia después de abrazarle.

 -Nada has de temer, esposa. ¿Quién se atrevería a atentar contra la vida del hombre más poderoso del mundo?

 -Hay personas importantes descontentas con tu gestión y muchos ciudadanos que se creen que realmente quieres coronarte rey. Por favor, vuelve a contar con tus lictores[2].

César había despedido a sus lictores con los primeros rumores de una conjura para asesinarle para dejar claro que no tenía miedo.

 -Sabes que no puedo hacer eso, si me echo ahora atrás perjudicaría gravemente a mi dignatas[3]. Pero te prometo que tendré cuidado y que no me separaré de mis hombres de confianza.

Aquello no tranquilizó mucho a su esposa, pero, al menos, hombres como Marco Antonio estarían cerca de César. El problema era que el propio César no confiaba demasiado en la lealtad de Marco Antonio, era demasiado egoísta; aunque siempre le había sido fiel.

El dictador pasó toda la mañana recibiendo clientes que le planteaban sus problemas personales hasta que a media mañana llegó el médico egipcio que tanto le había ayudado cuando tuvo su primer ataque en Alejandría unos años atrás. Tras examinarle, con cara de preocupación le dijo:

 -Debes descansar, el siguiente ataque es inminente y esos ataques cada vez se sucederán más rápido. Deberías suspender la campaña parta.

 -No puedo suspenderla -dijo César pensando en su dignatas, algo más importante para él que su propia vida, pero que en los últimos días se estaba convirtiendo en un gran problema.

 -Podrías morir -se limitó a decir el médico con cara seria.

 -No tengo miedo a morir -respondió César con la mirada perdida y después de un momento de reflexión dijo -A lo que si tengo miedo es a morir en medio de Partia y dejar al ejército descabezado y rodeado de enemigos. No nos podemos permitir otro Carras, podría ser el fin de Roma, o al menos de nuestros dominios orientales.

 -Vosotros los romanos siempre pensando en dominar el mundo, pero si vas a esa campaña lo más seguro es que no vuelvas -sentenció el médico.

 -¡Dominar el mundo es nuestro destino! -tras esa enérgica afirmación añadió suspirando- Aunque quizás ya no me corresponda a mi establecer ese dominio. Te prometo que buscaré una salida, pero si nada ocurre iré a Partia. Si no voy seré acusado de cobarde y no me puedo permitir eso.

Una salida empezaba a surgir en la mente de César, morir antes de partir a Oriente con el ejército. Si moría en una campaña militar de una enfermedad considerada de mal agüero y el ejército entero era derrotado después, la posteridad le echaría la culpa a él y ya no sería recordado como el romano más grande. Sin embargo, si moría en la plenitud de su poder a manos de unos senadores rencorosos, la plebe que tanto lo amaba lo convertiría en un dios.

 -Para ser inmortal hay que morir primero -susurró César absorto en sus pensamientos.

 -¿Qué has dicho? -preguntó el médico que lo único que había entendido era la palabra “inmortal”, pero no obtuvo respuesta.

Después de una comida frugal se retiró a su despacho donde se dispuso a  seguir preparando la campaña parta. La logística en especial le tenía muy preocupado, tendrían que avanzar muchas millas de desierto antes de enfrentarse al enemigo, que si optaba por rehuir el combate y encerrarse en sus ciudades podría matarlos de sed. Poco tiempo pasó intentando resolver estos problemas, pues enseguida le asaltaron los pensamientos sobre su muerte y se pasó la tarde entera reflexionando sobre esto.

A la noche fue a la casa de Lépido, que había sido su magister equitum[4] el año anterior, cargo que había dejado para asumir su proconsulado de la Galia Narbonense y la Hispania Citerior, aunque aún no había partido, quizá asustado por los rumores que corrían por toda Roma. Había organizado una cena a la que también asistiría su magister equitum actual, Calvino; su primo Lucio César; Marco Antonio, que era familia lejana suya; Décimo Bruto que siempre le había servido bien como legado y que también era familia suya aunque aún más lejana que el borracho de Marco Antonio. También estaba allí Marco Bruto, al que apreciaba a pesar de ser un rancio republicano más preocupado en las antiguas costumbres y en hacer dinero que en los problemas de Roma, pero lo conocía desde que era niño y había sido amante de su madre, Servilia, durante muchos años.

Fue una cena alegre donde se habló poco de política, a pesar de que los presentes eran los hombres más importantes de la República, si aún se podía llamar así a Roma.

Tras la cena César volvió a casa acompañado de su primo Lucio, otro que estaba realmente preocupado y se lo hizo saber en la charla que tuvieron de camino a casa.

 -Hay demasiados rumores, sospecho que algo debe haber cierto en ellos -dijo Lucio, siempre leal a César-. No acudas mañana a la sesión del Senado, es la última oportunidad que tendrán si quieren matarte públicamente. No lo harán a escondidas si lo que quieren es legitimar sus actos y presentarlo como un tiranicidio.

 -Creo que das demasiada importancia a los rumores. De todas formas, si he de morir mañana no voy a escapar a mi destino. Lo que me preocupa de morir ya no es el hecho de morir, eso lo haremos todos tarde o temprano. Me preocupa Octavio, ya sabes que le he nombrado mi heredero y si me voy tan pronto no podrá sobrevivir.

 -El muchacho es muy listo y tiene un gran futuro si supera sus problemas físicos, pero tienes razón, no sobreviviría a la tormenta que sacudiría la república si tú eres asesinado. Así que si no lo haces por ti, al menos hazlo por Roma.

 -Es Roma a la que más le interesa que yo siga vivo sí, pero quizá no sea posible ni siquiera si no existe una conjura.

 -¿Qué quieres decir Cayo? -preguntó asustado Lucio.

 -Que estoy enfermo y no sé cuánto me queda primo, quizá unos años; pero no quiero morir en Partia. Me da igual el cuando, pero aún puedo encontrar un como que haga más grande mi leyenda.

Su primo no daba crédito a lo que oía, si César moría habría un periodo de guerras civiles hasta que alguien se alzase con el poder y en ese proceso quizás Roma se autodestruyera. Qué necios eran los que querían ver muerto a César para restaurar la República, no se daban cuenta de que la República ya estaba muerta. Si tenían que soportar un dictador vitalicio o incluso un rey, mejor que fuese César, el mejor romano de la historia, que cualquier incompetente que surgiera después de su muerte.

 -Creo que será mañana -acertó a decir un triste Lucio, al que una lágrima le caía por la mejilla-. Y puede que incluso estén implicadas personas muy cercanas a ti. El que venga a verte por la mañana y te intente convencer de acudir al senado, ese será el traidor.

Habían llegado a la puerta de la domus pública y se dieron un abrazo.

 -Ojalá me equivoque y pasado mañana partas hacia la guerra.

 -Y si no te equivocas mañana serás el primo de un dios -dijo César sonriendo, para después entrar en su casa.

Estaba empezando a llover y Lucio César se quedó un rato bajo la lluvia pensando que su primo se había vuelto loco. Ya no había nada que hacer salvo esperar y que la razón volviera a su mente quizá trastornada por la enfermedad.

Aquella noche, en la madrugada de los idus de marzo, cayó una tormenta espectacular, otro mal augurio que se sumaba a los muchos ya predichos. El que había alertado más a César era el de Espurina, un viejo loco que solía hacer predicciones a los transeúntes. “Cuídate de los idus de marzo”, le había dicho. César no era nada supersticioso, pero aquel viejo no solía fallar y desde aquel día hacía ya casi un mes se había empezado a tomar en serio los rumores sobre una conspiración para matarle. 

Había dormido muy mal y poco como de costumbre, acosado por sueños extraños y pensamientos sobre su muerte y se sentía aún peor que el día anterior. Acababa de vestirse, para atender a sus clientes antes de ir a la sesión del Senado, cuando apareció su mujer Calpurnia y asustada le dijo:

 -¡No vayas hoy al Senado! He soñado que te mataban allí.

 -Tranquilízate, no hay nada que temer -mintió César.

 -No vayas, el sueño ha sido demasiado real.

Calpurnia rompió a llorar y César la abrazó.

 -¿Acaso todo lo que sueñas se hace realidad?

 -No, no tengo ese don. Pero esta vez ha sido distinto. ¡No vayas!

 -He de ir, pero no te preocupes, no me separaré de mis hombres de confianza.

Aquellas palabras no tranquilizaron mucho a su esposa, pero César ya había tomado una decisión. La noche anterior aún no lo tenía muy claro, había pensado que quizá se estaba volviendo loco, sobre todo después de la charla que tuvo con Lucio. Pero aquella noche había tenido un sueño realmente extraño, no sobre su muerte como el de Calpurnia, sino sobre lo que le esperaba después de la muerte, según lo había interpretado él. En su sueño volaba por encima de las nubes, mientras que sobre la tierra caía una gran tormenta y el mismísimo Júpiter aparecía para tenderle la mano. Era la prueba definitiva de que sería divinizado después de muerto, así que había decidió enfrentarse a su destino y si finalmente no había ninguna conjura intentaría conquistar Partia si su salud se lo permitía, pero no rehuiría aquella sesión del Senado.

Todo transcurrió con normalidad mientras atendía sus clientes que le pedían ayuda o consejo. Despachó a los más importantes y dijo a los demás que serían atendidos por sus escribas y que él más tarde leería sus peticiones, ya era hora de ir al Senado. En ese momento entró Marco Antonio que se dirigió con paso decidido a César.

Así que él era el traidor -pensó César-, ya se lo había avisado su primo Lucio la noche anterior, pero esperaba que no fuese Marco Antonio; lo apreciaba por lo bien que le había servido y, aunque siempre había desconfiado de su egoísmo y de sus maneras brutas de hacer las cosas, le consideraba un hombre de honor. ¡Qué decepción! Había hecho bien en no incluirlo en su testamento, aquel traidor no se llevaría ni un sestercio. Hubo una época en que él sería su heredero, heredaría su nombre, su fama, su influencia y su dinero, pero después de que le contaran como montó una carnicería en el Foro para sofocar el tumulto organizado por Dolabela para forzar una cancelación general de deudas, decidió no incluirle en el testamento. Aquel hombre si conseguía el poder absoluto podía ser muy peligroso para Roma, por eso había elegido a su sobrino nieto Octavio, un muchacho muy inteligente pero que tendría grandes dificultades para sobrevivir si moría tan pronto. Pero ahora la suerte ya estaba echada.

 -César, no asistas al Senado hoy. Creo que hoy es el día de la conjura.

Así que finalmente no era él el traidor. El traidor le convencería para ir, no para quedarse en casa, le había dicho Lucio. Le dolía haber dudado del hombre que tan bien le había servido en el pasado.

 -He de ir, Antonio.

 -¡Te matarán!

 -¿Cómo lo sabes, Antonio? ¿Acaso tienes alguna prueba?

Marco Antonio titubeó, pero finalmente bajó la cabeza y dijo que no. Estaba claro que sabía algo más que simples rumores, que estaba al tanto de la conspiración, pero no quería delatar a los asesinos. Ya era tarde y aún tenían que cruzar media ciudad para ir al Senado, pues la sesión se celebraba en la Curia Pompeya, un edificio construido por Pompeyo fuera de la ciudad y donde se celebraban las sesiones del Senado desde que la Curia Hostilia sufriera un incendio unos años antes. Justamente cuando iba  a salir entró Décimo Bruto, un buen legado en las Galias y familia lejana suya.

 -Llegas tarde César, todos te esperan para iniciar la sesión -dijo Décimo.

Ese era el traidor, o al menos uno de ellos.

 -Estoy pensando en no ir, querido Décimo, hay muchos malos augurios sobre este día, incluso mi esposa ha tenido un sueño en el que me mataban. Quizá sea más seguro quedarse en casa. Además, Antonio ya me ha convencido de que me quede -dijo divertido César.

Décimo Bruto echó una mirada asesina a Marco Antonio que este mantuvo con cara enfadada.

 -No hagas caso a viejos charlatanes ni a rumores infundados, César. Si no vas, los senadores se burlarán de ti; dirán que haces caso a todo lo que te dice tu mujer y que tienes miedo y perderás gran parte de tu dignatas.

 -Tienes razón Décimo, tienes toda la razón- dijo César mientras salía de la domus pública dispuesto a enfrentarse a su destino.

Nada más salir, se encontraron con Espurina sentado en el suelo contra la pared del templo de Vesta, al que César gritó divertido:

 -Los idus de marzo ya han llegado, Espurina, y nada me ha ocurrido.

 -Han llegado, sí; pero aún no han pasado -contestó el viejo.

A medio camino de la Curia Pompeya se detuvieron para que César pudiese atender a unos ciudadanos que lo reclamaban. En ese momento llegó corriendo un hombre que se escabulló entre la gente para poder darle a César una nota.

 -¡Lee esta nota, César! -dijo justo antes de dar media vuelta y marcharse tan rápido como había llegado.

César lo reconoció a pesar de no haberlo visto muchas veces y de lo fugaz del encuentro. Era Artemidoro, un liberto de Marco Junio Bruto que había sido su preceptor y ahora seguía siendo su confidente. César se guardó la nota, se olía lo que pondría, otro aviso más. Puede que Bruto estuviera también metido en aquello o que simplemente se había enterado y quería avisarlo. De todas formas, saldría de dudas muy pronto.

Llegaron a la Curia a la hora sexta[5], los alrededores estaban llenos de senadores hablando entre ellos que fueron entrando cuando vieron al dictador aparecer acompañado de Marco Antonio y Décimo Bruto. Muchos fueron a saludarlos antes de entrar y Cayo Trebonio apartó un momento a Marco Antonio para decirle algo muy importante, seguramente para mantenerlo alejado de César y que no pudiera ayudarlo a salvarse. Las miradas de César y Marco Antonio se cruzaron un instante, él sabía por qué lo apartaban y aún así se dejó. César asintió y subió la escalinata para entrar a la Curia, no le parecía mal que Marco Antonio no decidiese acompañarle y morir con él.

César tomó asiento y empezó a revisar papeles, pero al poco de sentarse, bajo la estatua de Pompeyo, apareció Tulio Cimbro acompañado de unos cuantos senadores más.

 -Te suplico que perdones a mi hermano y le dejes volver del exilio -dijo Cimbro.

 -Ahora no es el momento Cimbro -contestó el dictador.

Entonces Cimbro agarró la toga de César con ambas manos, era la señal para que los demás atacaran. Todos los senadores de aquel grupo que se le había acercado sacaron un cuchillo de debajo de sus togas. Casca fue el primero en asestar una cuchillada en el cuello pero no fue mortal ni profunda.

 -¿Casca, qué violencia es esta? -dijo César mientras se revolvía y sacaba el punzón que tenía para escribir en las tablillas. Vendería cara su vida a esos traidores.

Hirió en el brazo a Casca con el estilete, pero Casio se adelanto y le asestó una puñalada en la cara. Debía tener mucha envidia de la belleza de César para asestar la puñalada en la cara en lugar de en otra parte más mortal. César quedó cegado por la sangre que le corría por la cara y se puso a dar vueltas esgrimiendo su estilete como una bestia salvaje rodeada de cazadores. Lo que siguió fue una lluvia de puñaladas en la que César poco pudo hacer. Allí estaba Décimo Bruto y también Junio Bruto al que estimaba y hasta ese momento lo consideraba inofensivo y otros cuantos traidores asesinos. Veintitrés puñaladas resistió hasta que en el suelo en sus últimos instantes miró hacia arriba y entre la sangre que le cegaba los ojos pudo distinguir la estatua de Pompeyo. Que ironía morir bajo su mirada, habían sido amigos antes de la guerra civil y se sentía culpable de su muerte, pues había sido decapitado por los egipcios cuando lo perseguía con intención de perdonarle. En un último momento de lucidez, cogió su toga completamente roja por la sangre y se cubrió la cara para que nadie viese su rostro al morir, expirando su último aliento. Y así es como nace un dios.

[1]Epilepsia.

[2]Escoltas de los magistrados curules. Según el rango del magistrado le seguían más o menos lictores. El dictador tenía 24 lictores (Desde época de Sila, antes 12)

[3]Reputación ganada a base de la posición pública y de todos los actos a lo largo de la vida de un hombre. Un concepto muy importante para los romanos.

[4]Segundo al mano del dictador. Significa “maestro del caballo” y proviene de cuando el cargo de dictador era meramente militar, el dictador dirigía la infantería y el magister equitum la caballería.

[5]Sobre las 11 de la mañana

 

Acerca de Rober

Me llamo Roberto y nací en el año 1979 en Madrid. Apasionado de la historia desde siempre, mi única intención es que compartamos y divulguemos en este espacio cada pedacito de la antigüedad que tanto nos gusta. Me encantaría que recorrieras conmigo este periodo. ¿Te apuntas?, pues bienvenido a Historia o leyenda.


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7 Comentarios en “Cuídate de los idus de marzo

  • Trollzor Vergones

    Muy malo, muy malo muy malo. Eso es escribir con el culo. Ni que decir. Yo, igual por igual, me quedo con Pablo Coehlo y Stephanie Meyer. Este lo unico que quiere es ser guionista de una peli de romanos, por cierto, un guioncete patoso. Le he trincado el punto frudiano al amigo Anacletvs.
    Cagoenlaleche hayquever.

     
    • Rober Autor

      Hola Trollzor.
      Para gustos los colores, este relato ha sido premiado como mejor relato corto por más de 150 personas, algo bueno digo yo que tendrá. Un saludo.

       
  • Frontino

    Gran relato. Entiendo el comentario de Marco Antonio pero a mí me gusta que la novela histórica esté lo más pegada a la realidad y a las fuentes.
    Ánimo y sigue con tu pasión.

     
    • Rober Autor

      Hola Frontino.
      A mi también me parece un gran relato, pero como bien sabes para gustos los colores. Haré llegar tu comentario al autor que seguro te lo agradecerá. Saludos.

       
  • Marco Antonio

    Gran esfuerzo del autor y mis felicitaciones por ello. Todo el que crea algo y tiene el valor de exponerlo a los demás merece mi reconocimiento.

    Pero en mi opinión, mi opinión que no vale más de la de alguien que compraría o no un libro por este relato, es que al relato le falta fuerza. Me parece un buen relato para que un profesor le enseñe una lección de historia a los alumnos de forma que sea amena aprender, pero para novela le falta algo.

    Un saludo.

     
    • Rober Autor

      Hola Marco Antonio.
      Gracias por tu comentario, haré llegar al autor tu opinión. Muchas gracias por seguir el blog, espero que te sea ameno y en parte didáctico, un saludo desde Madrid.

       
    • Jorge Menéndez

      Gracias por tu comentario Marco Antonio. Cuando escribo intento enseñar y ser lo más fiel posible a la historia, con algunas licencias claro está, pero las mínimas posibles. Esto es lo que más aprecio en una novela histórica y por eso escribo así, pero,es cierto que eso puede restar atractivo en una novela y además puede que no haya sabido transmitir esa fuerza que echas en falta. Tomo en cuenta tu crítica e intentaré transmitirle más pasión a mis textos. Publicar una novela es mi sueño y si algún día lo consigo espero que sea atractiva para ti. Saludos.