Carrhae, la ambición muere en Partia 8


La historia militar romana está llena de grandes campañas. Algunas llenas de gloria y victoria que convirtieron a la ciudad de las siete colinas en una superpotencia del mundo antiguo. Pero también hubo derrotas estrepitosas que hicieron tambalear los cimientos de la república y posteriormente el imperio. Carrhae quizá no tuvo un calado tan profundo a nivel geopolítico, pero fue la prueba que la ambición desmedida tenía un precio que solía ser caro, incluso para el hombre más rico de Roma.

 Ese hombre era Marco Licinio Craso, un patricio ávido de poder y riquezas que no supo gestionar su ambición. Pero para entender como Craso llevó a la perdición a nada menos que siete legiones, hemos de retroceder hasta principios del siglo I a.C. y conocer un poco mejor la personalidad de este hombre.

Durante el enfrentamiento entre Mario y Sila, la familia de Craso sufrió la represión del siete veces Cónsul y sus partidarios. Nuestro protagonista tuvo que huir, pero al entrar Sila en Italia, Craso se unió a su ejército. Enrolado en las legiones de Sila consiguió cierto éxito, incluso tuvo un papel decisivo en la batalla de la Puerta Colina al mando de una alae de caballería.

Cuando Sila obtuvo el poder absoluto, Craso sacó provecho de ello, alguna ventaja tenía que tener “arrimarse” al vencedor. Lo hizo con las interminables listas de proscripciones que el dictador emitía. Craso adquiría las propiedades de los sujetos caídos en desgracia por un precio irrisorio al que posteriormente sacaba rédito de diversas formas. Tampoco despreciaba una buena especulación inmobiliaria, presionando a los habitantes de las ínsulas más proclives a incendios para que vendieran a bajo precio. También fue un implacable prestamista sin ningún tipo de escrúpulos. El historiador Plutarco asegura que su patrimonio paso de 300 talentos a 7.100 en escaso tiempo, coronando a Craso como el hombre más rico de Roma.

Pero ser el más rico no te convertía en el más popular y la popularidad en Roma era poder. Ese honor solía estar reservado para los generales victoriosos, y Roma aclamaba a Cneo Pompeyo Magno como tal. Corría el año 73 a.C, y Pompeyo combatía contra los últimos rescoldos del ejército de Sertorio en Hispania. Craso necesitaba una oportunidad para demostrar sus dotes militares, si no conseguía una gran victoria sólo sería un patricio con un montón de denarii pero sin ningún poder sobre la plebe.

Paradójicamente la oportunidad que esperaba se la brindó un esclavo. Espartaco se había sublevado y derrotaba a todas las tropas que Roma enviaba para detenerlo, lo que en un principio se tomó como una pequeña revuelta se convirtió en una auténtica sublevación de esclavos que llegó a contar con decenas de miles de huidos.

Craso no lo tuvo fácil, pues Espartaco era astuto y aguerrido. El tracio derrotó a uno de los comandantes de Craso llamado Mummio, y sus legionarios huyeron dejando armas y equipo a los esclavos sublevados.

Busto de Marco Licinio Craso.

Busto de Marco Licinio Craso.

El rico patricio no podía permitirse fracasar o jamás alcanzaría la gloria de Pompeyo. Por lo tanto realizó una decimatio en la legión de Mummio, para dar ejemplo al resto de sus tropas. Estaba decidido a vencer y se llevaría por delante a los legionarios que hiciera falta con tal de conseguir su objetivo.

Para colmo Pompeyo regresaba de Hispania y desembarcaba en Italia, en una buena posición para atrapar a Espartaco. Viendo que Pompeyo podía arrebatarle la gloria, ordenó acosar a Espartaco antes que llegara su rival, cercándolo con una serie de fortificaciones. El esclavo tracio por su parte también prefería enfrentarse a Craso antes que a Pompeyo así que comenzó un juego del gato y el ratón con él, mientras se alejaba de las tropas pompeyanas.

Finalmente Craso acorraló a Espartaco y lo venció en la batalla del río Seler, acabando con la revuelta. La mortandad fue tremenda, no se hicieron apenas prisioneros, los esclavos que se rebelan merecían el peor castigo posible. Para demostrarlo Craso ordenó crucificar a lo largo de la vía Apia a 6.000 esclavos. No obstante un contingente de 5.000 esclavos que pudieron escapar de la batalla se encontraron con las legiones de Pompeyo, que dieron buena cuenta de los pobres huidos.

El senado no concedió a Craso ni una ovación, ya que la campaña había sido contra esclavos, y éstos no merecían la gloria de una celebración. Sin embargo Pompeyo celebraba su segundo triunfo por la campaña en Hispania, pero por cuenta propia incluyó prisioneros de la revuelta de Espartaco en dicho triunfo. Craso hervía de envidia, pero no se detendría hasta conseguir los honores que él creía merecer.

Los años pasaban y la república languidecía. Mientras, Pompeyo conseguía más gloria, esta vez en Ponto. Pero Craso no dejaba de otear oportunidades de ascender en su cursus honorum y se fijó en un joven Julio César que necesitaba dinero imperiosamente para despegar en su propia carrera política. Craso, con buen ojo para los negocios, supo ver en César un futuro prometedor y le financió, esperando favores políticos a cambio.

También se dio cuenta que manteniendo a Pompeyo como rival no iba a conseguir nada pues sabía de sobra del talento del Magno para la guerra. Además la relación entre César y Pompeyo era muy buena y todos tenían algo que los demás podían aprovechar, en el caso de Craso, una ingente fortuna.

Así se estableció en secreto en el año 60 a.C. el primer triunvirato. Craso sacaba partido haciéndose con las concesiones de tierras para los veteranos en Asia y César sería elegido Cónsul.

Pero no entraba en los planes de Craso que César fuera a mostrarse como un genio militar, consiguiendo tal fama y prestigio que eclipsaba al mismo Pompeyo. De nuevo la ambición y la envidia se apoderaron de Craso. Decidió que él también iba a demostrar que no solo sus colegas triunviros eran militares capaces, y lo haría contra un enemigo más temible que unos pocos celtas pintados: los partos.

El triunvirato continuó en secreto varios años, mientras, César continuaba cosechando victoria tras victoria, llenando sus arcas personales y dependiendo cada vez menos de la fortuna de Craso. Para el año 55 a.C., los triunviros renovaron sus votos de lealtad y Marco Licinio Craso y Cneo Pompeyo Magno fueron elegidos cónsules. Craso eligió la provincia de Siria como destino, punto de partida lógico para sus intenciones. De hecho, comenzó a preparar la campaña en secreto desde Roma.

Pero cuando el senado se enteró de sus intenciones, prohibieron el uso de la fuerza a craso, pues los partos no habían cometido ningún casus belli y tenían tratados que regulaban el tránsito por la ruta comercial más importante del mundo antiguo, la ruta de la seda.

Naturalmente Craso ignoró la petición del senado y reclutó un ejército de siete legiones, que sumando la caballería y los auxiliares podían rondar entre los 35.000 y 45.000 efectivos dependiendo de si las legiones estaban completas. En noviembre partió de Italia hacia oriente dispuesto a alcanzar la gloria a sus sesenta años.

Y la expedición no comenzó bien, el Mediterráneo estaba bravo en los albores del invierno y el Cónsul de Roma perdió muchos barcos en la travesía. Con su flota mermada llegó a la península de Anatolia y avanzó sin oposición hasta el limes del río Éufrates. No dudó en cruzarlo y tomar varias ciudades de la Mesopotamia como Zenodocia, Carrhae, Niceforio e Ichnas. Dejó que sus tropas le aclamaran como imperator a pesar de que no había encontrado oposición de ningún tipo. Satisfecho con la marcha de la campaña, dejó una guarnición de 7.000 hombres y 1.000 jinetes para proteger las ciudades “tomadas” y se retiró a Siria para pasar el invierno.

Ese fue el primero de una cadena de errores que fueron fatales para el desarrollo de la campaña. Fue un error porque no aprovechó el efecto sorpresa de su marcha por Mesopotamia, si hubiera seguido el cauce del Éufrates probablemente podría haber tomado Seleucia y Babilonia sin demasiados problemas. Los partos acababan de salir de una crisis política interna y no estaban preparados para enfrentarse a un ejército como el que lideraba Craso.

Durante su estancia invernal en Siria recibió refuerzos que le mandaba César, en forma de 1.000 jinetes galos al mando de su propio hijo Publio Licinio Craso. Sin embargo descuidó el entrenamiento de las legiones, dejando que pasaran el invierno sin ejercitarse debidamente, además muchos de los reclutas de Craso era bisoños y no hubiera estado nada mal curtir las tropas para lo que se les venía encima.

Ruta de las legiones de Craso. Fuente: deadliestblogpage.wordpress.com

Ruta de las legiones de Craso. Fuente: deadliestblogpage.wordpress.com

El invierno finalmente terminó, y el rey parto Orodes tuvo tiempo de sobra de prepararse para la expedición de Craso. Cuando el Cónsul se disponía a iniciar la marcha sobre Mesopotamia recibió una delegación parta que le advirtió que si era el senado quién ordenaba la campaña sería la guerra total. Pero si se trataba de una expedición personal promovida por la avaricia y afán de gloria, Orodes entendería que era cosa de la avanzada edad de Craso y perdonaría a los legionarios que guarnecían las ciudades tomadas el año anterior y dejaría que se retiraran a Siria en paz. Craso, altanero, contestó que vería a Orodes en Seleucia dando a entender que los romanos avanzarían sin muchas dificultades por el fértil territorio de Mesopotamia.

Orodes fue informado de la respuesta de Craso y enseguida ordenó atacar las ciudades con guarnición romana al este del Éufrates. A pesar de que no consiguieron tomar ninguna de ellas al asalto, sí que lograron mermar las guarniciones lo suficiente como para provocar su retirada a Siria. Las tropas informaron a Craso del tamaño y disposición del ejército parto, conminando al Cónsul a que fuera prudente en sus movimientos. Pero a estas alturas del artículo ya imaginaréis que Craso no se dejaba aconsejar por muy lógica que fuera la propuesta.

Una de estas personas que le aconsejaban prudencia era Casio, el cuestor de las legiones, que se limitaba a poner voz al resto de mandos. Además, continuas señales funestas advertían a Craso de que no contaba con el favor de los dioses: estandartes que se giraban o que se resistían a ser desclavados del terreno, vísceras de sacrificios podridas, etc.

En su cabezonería también rechazó la ayuda del rey armenio Artabaces, que ofrecía paso franco por su territorio además de 10.000 infantes y 6.000 jinetes para atacar conjuntamente a Orodes. Su excusa fue que necesitaba celeridad (ahora le entraban las prisas), y que pasar por Armenia sería un retraso inaceptable, por no hablar de que aun resistían algunas de las guarniciones dispuestas más allá del Éufrates.

Cuando cruzó de nuevo el río, las señales divinas continuaron, pero seguían siendo funestas. Para colmo no se le ocurrió otra cosa que dar de comer a los legionarios lentejas y sal, ofrendas típicas en Roma para los difuntos.

La marcha continuó por la orilla del gran río mesopotámico, pero no había rastro del enemigo. Las partidas de exploradores se adelantaban varias millas para reconocer el terreno y buscar a los partos que parecía que se los hubiera tragado la tierra.

Finalmente Craso fue informado de que se habían encontrado indicios de un gran contingente de caballería, cuyo rastro daba la vuelta respecto a la posición romana. El Cónsul quiso ponerse a la persecución enseguida, pero de nuevo Casio le aconsejaba prudencia, lo ideal era resguardar a las tropas en alguna ciudad amurallada hasta saber algo más sobre ese contingente.

Si Craso dudó algún momento en hacer caso a Casio esta se evaporó con la aparición de Ariamnes (Agbar según otras fuentes), un príncipe árabe que ya había tenido contacto con los romanos trabajando para Pompeyo. Se creía que era favorable a los intereses latinos, pero nada más lejos de la realidad.

Con medias verdades arrastró a Craso a cruzar el desierto en busca de Surena, general de confianza de Orodes y comandante muy capaz. Ariamnes le dijo que debía cazarle antes que se reuniera con el grueso del ejército del rey, que siguiendo la ruta que él le indicaba cortaría de un plumazo la dirección del gran ejército parto.

Pero Orodes no estaba en Partia, el rey había dirigido su ejército hacia Armenia cortando así cualquier posibilidad de que los romanos recibieran refuerzos de Artabaces y controlar el reino que hacía de tapón entre Partia y Roma.

El cometido de Surena era alejar de la ruta hacia Ctesifonte a las fuerzas de Craso, y se valió del engaño por medio de Ariamnes para conseguirlo, ¡y vaya si lo consiguió!

Las fuerzas de Surena eran menos numerosas que las de Craso. Su fuerza principal lo constituía un contingente de caballería ligera armada con sus famosos arcos curvos, que lanzaban los proyectiles con una fuerza muy mayor que cualquier arco convencional. Había que sumar 1.000 jinetes catafractos, auténticos “tanques andantes” que suplían su lentitud con una carga casi imposible de detener. Estas tropas, más los camellos que transportaban miles de proyectiles para la caballería podían sumar cerca de los 10.000 efectivos, un tercio más o menos del número de romanos.

Craso se alejaba más y más del río, estirando su cadena de suministros peligrosamente y alejándose del líquido vital. El paisaje era un mar de arena donde no se vislumbraba ni una mísera casucha de adobe.

Aun tuvo Craso una oportunidad de retroceder y actuar como un comandante sensato, cuando recibió a unos enviados del rey Artabaces de Armenia, que le advertía de la presencia de Orodes en su reino y la imposibilidad de enviar refuerzos. Le aconsejaba retroceder y hacerse fuerte en el valle cercano al Éufrates, o en su defecto buscar alguna estribación montañosa para impedir maniobrar a la caballería enemiga. Pero Craso se lo tomó como una traición y juró vengarse a la vuelta de la campaña, ¡que ciego estaba!

Un día Ariamnes desapareció con la excusa de buscar a Surena e intentar retrasar su marcha, increíblemente Craso le dejó marchar ante la atónita mirada de los tribunos y el cuestor Casio, que ya ni siquiera intentaba hacer cambiar de opinión a Craso.

En los días siguientes, una avanzadilla romana tomó contacto con Surena y regresó para informar a Craso. Pocos sobrevivieron a la misión, y advirtieron al Cónsul de la gran cantidad de caballería de la que disponían los partos y su predisposición al combate.

Craso ordenó formar al ejército desplegándolo todo lo posible con la caballería en los flancos, para dificultar cualquier maniobra de flanqueo del enemigo. Es cierto que la ventaja parta en caballería hubiera dificultado un ataque frontal de los romanos, pero la versatilidad de una cohorte como unidad podía haber dificultado las maniobras enemigas.

Pero quién sabe qué pasó por la cabeza de Craso en el momento que decidió cambiar de formación de nuevo y formar un cuadro con las legiones apiñadas. A priori podéis pensar que es mucho mejor así ya que es imposible flanquear un cuadro de legionarios y más si forman en testudo o muro de escudos. Pero cuando tu enemigo posee un arma capaz de penetrar tu escudo y hacinas todos tus efectivos en un punto relativamente pequeño, solo puede pasar lo peor.

La decisión de Craso dejó al ejército totalmente estático y sin posibilidad de maniobra.

La decisión de Craso dejó al ejército totalmente estático y sin posibilidad de maniobra.

Finalmente Surena se dejó encontrar, y utilizó el miedo para amedrentar a los romanos. Primero ocultó a sus tropas con ropas pardas que se confundían con el paisaje desértico, al avanzar los romanos ordenó a todas sus tropas descubrirse y mostrar las lustrosas armaduras que deslumbraban con el sol. A la vez hizo sonar el peculiar bastón de bronce hueco que poseían los partos, que producía un sonido parecido al de una tormenta.

Craso envió a los auxiliares en avanzada para atacar a los partos, pero una primera lluvia de proyectiles los devolvió a la formación principal. Acto seguido los partos empezaron a rodear la formación romana mientras mandaban una oleada tras otra de flechas y saetas.

El resultado era brutal: pies clavados al suelo, antebrazos unidos al scutum por flechas que atravesaban ambos, multitud de heridos y la batalla acababa de comenzar.

Los romanos levantaron sus escudos y formaron su famoso testudo, intentando mitigar el efecto de la lluvia de proyectiles, pero poco se podía hacer, solo aguantar hasta que se acabaran las flechas y entonces arremeter con toda la furia posible. Pronto se dieron cuenta que los jinetes reponían proyectiles de los cientos de camellos que portaban alforjas llenas, el abatimiento se apoderó del ejército romano.

Publio Licinio Craso, hijo del Cónsul, decidió tomar la iniciativa y se lanzó al ataque contra los partos que merodeaban su zona con 1.300 jinetes (incluidos los galos de César), 500 arqueros y un grupo de infantería que alcanzaba las ocho cohortes.

Los partos simularon una retirada y alejaron a Publio lejos del combate principal. Cuando consideraron que ya estaban a la distancia suficiente cambiaron de dirección y rodearon el contingente de Craso “junior”. Poco a poco se fueron uniéndose más jinetes a los partos hasta que la polvareda fue tan intensa que los romanos dejaron de ver a los enemigos.

Publio decidió lanzarse a la carga, pero los catafractos partos destrozaron a los celtas galos, escasamente acorazados. Después del choque, los restos de la avanzada de Publio intentaron hacerse fuerte en un altozano de arena, pero finalmente fueron masacrados, no capturando más de 500 prisioneros. Publio Licinio Craso fue decapitado, su cabeza fue presentada ante su padre clavada en una lanza. Si Marco Licinio Craso tenía todavía algo de voluntad, murió ante esa imagen.

La masacre continuó hasta que el sol cayó, sólo la falta de luz salvó lo que quedaba del ejército romano. No obstante muchos de los que sobrevivían presentaban terribles heridas y estaban impedidos para escapar. Había que tomar una decisión, intentar escapar con los heridos a cuestas y ser descubiertos, o abandonar a los heridos y que estos llamaran la atención de los partos al verse solos.

Finalmente decidieron marchar en silencio, pero como se temían, el alboroto que formaron los heridos fue máximo y temieron que los partos se lanzaran sobre ellos y exterminaran a todos. Sorprendentemente no fue así, y durante las horas de oscuridad pudieron alejarse hacia la ciudad de Carrhae. No llegaron todos, hubo grupos que se perdieron y les alcanzó la luz del día y con ella regresaron los partos.

Los catafractos arrollan a los legionarios. Ilustración de Johnny Shumate.

Los catafractos arrollan a los legionarios. Ilustración de Johnny Shumate.

Mataron a los heridos que quedaron en el campamento, a todos los que encontraron por el camino que quedaron rezagados, aunque alguno de estos grupos se batió con valor y se le permitió regresar con paso franco a la ciudad.

Cuando los partos llegaron a Carras, Craso escapó de nuevo por la noche. Para entonces el ejército romano era un deshecho de varios pequeños contingentes que habían corrido diferentes destinos. Algunos fueron capturados, otros directamente aniquilados y los menos escaparon.

Craso fue atrapado al día siguiente mientras huía en una zona pantanosa. Lo que ocurrió difiere según la fuente, Plutarco comenta que un parto llamado Pomaxatres le dio muerte y le cortó la cabeza. Posteriormente Surena envió la cabeza y la mano derecha a Orodes, donde fue exhibida en una obra teatral, objeto de chanzas y burlas.

Existe otra versión, quizá más conocida, que explica que Craso fue capturado vivo y obligado a beber oro fundido por su avaricia, tenéis donde elegir, ¿historia o leyenda?

Lo innegable es que por culpa de la avaricia y ansias de poder de Craso unos 20.000 romanos fueron muertos en la batalla y en la catastrófica huida. Otros 10.000 fueron capturados, el destino de estos legionarios también pasó a la leyenda, bautizándolos como la legión perdida.

¿Qué fue de estos hombres?, ¿murieron como esclavos en el imperio parto?, ¿pasaron a servir a sus antiguos enemigos a cambio de la vida?, ¿llegaron hasta el antiguo imperio chino como cuentan Plutarco o Plinio el viejo?

Según estos autores clásicos, una parte de los prisioneros pasaron a formar parte del ejército parto y llevados al extremo oriental del imperio para servir como tropas fronterizas. Ahí se pierde la pista (cierta o no) desde la historia occidental. Sin embargo un historiador chino llamado Ban Gu menciona un combate del general Gan Yasnou contra los antepasados de los hunos (Xiongnu). En dicho combate aparecen unas tropas muy disciplinadas que formaban con sus escudos a la manera de las escamas de un pez, pero bueno, eso como sabéis, es otra historia.

Bibliografía y fuentes:

Plutarco, Vidas paralelas.

Adrian Goldsworthy, El ejército romano.

Marcós Uyá Esteban, La batalla de Carrhae desastre romano y fin del triunvirato.

Dion Casio, Historia romana.

 

Acerca de Rober

Me llamo Roberto y nací en el año 1979 en Madrid. Apasionado de la historia desde siempre, mi única intención es que compartamos y divulguemos en este espacio cada pedacito de la antigüedad que tanto nos gusta. Me encantaría que recorrieras conmigo este periodo. ¿Te apuntas?, pues bienvenido a Historia o leyenda.


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8 Comentarios en “Carrhae, la ambición muere en Partia

  • Alf

    Excelente narración, como siempre, Rober. Gracias

    Me gustaría añadir 2 temas para reflexionar:

    César cuando fue asesinado ya planeaba la invasión del Imperio Persa. La Historia quizá hubiera sido distinta para siempre con la desaparición del gran enemigo que sería durante siglos, sobre todo conociendo los antecedentes de Divus Julius

    Y por fin, para corroborar el final, hay una zona de China donde hay mucha gente de tez clara y ojos no rasgados. Y conservan vocablos latinos en su idioma local. Los supervivientes de esos prisioneros al fin y al cabo parece que se establecieron y dejaron su huella en el mundo

    Saludos

     
    • Alf

      Y por cierto y recordando, tanto la inasión de Trajano como la que preparaba el gran Aureliano fueron otras dos ocasiones perdidas que hubieran cambiado la Historia

       
    • Rober Autor

      Hola Alfredo.

      Contesto a tus dos comentarios desde aquí. Efectivamente hay estudios genéticos que demuestran que en la zona de China donde se supone que acabó la legión perdida, comparten un 48% de genes procedentes de Europa. Respecto a la conquista de Partia por parte de Trajano, es muy posible que lo hubiera logrado, pero no creo que hubiese durado como provincia más de lo que duró Dacia. Un abrazo desde Madrid.

       
        • Rober Autor

          Hola Alfredo.

          Pues el divino seguro que lo hubiese conseguido, pero sigo pensando que era una provincia muy muy difícil de mantener, fíjate que Dacia era a priori más sencilla de conservar y se abandonó.
          Un saludo compañero.