Boudica, la reina guerrera de los icenos 7


Desde que en el año 55 a.c. Julio César pusiera pie por primera vez en Britania, esta isla cubierta por la bruma y la niebla despertó las supersticiones más profundas de los romanos: sus grandes bosques, sus leyendas y sobre todo los druidas hacían aflorar los miedos incluso de los legionarios más rudos. Durante los siglos de presencia romana en estas tierras no faltaron grandes líderes que se opusieron al invasor, a una forma de vida que chocaba de frente con sus costumbres ancestrales, hoy vamos a conocer a la personificación de esta lucha en forma de reina guerrera, Boudica.

Pero primero conozcamos un poco las razones que llevaron a esta gran mujer a levantarse contra Roma, desde luego razones no le faltaban. Como decía unas líneas más arriba, fue el mismísimo Julio César el primer comandante romano que inició un connato de invasión en Britania, pero podemos considerarlo una primera toma de contacto ya que la aventura del dictador en la isla no duró mucho y tampoco tuvo mucho más éxito que asegurar su posición después del desembarco, los acontecimientos que derivaron después impidieron una campaña mejor planificada por el genio descendiente de Venus y finalmente todo se truncaría definitivamente en los famosos idus de marzo.

No sería hasta el año 43 de nuestra era que el recién proclamado emperador Claudio, necesitado de prestigio para afianzar su trono, se lanzaría a una invasión a gran escala para tomar el control de la isla. Para la tarea destacó cuatro legiones (II Augusta, XX Valeria, XIV Gémina y la IX Hispana) que se emplearon a fondo. La primera campaña fue un éxito y la parte suroriental de Britania fue ocupada por los romanos, estableciendo una primera “cabeza de puente” en la ciudad de Camulodunum (actual Colchester). El emperador, tras esta primera fase de ocupación, volvió a Roma para celebrar un triunfo y alzarse como conquistador de Britania, pero la realidad bien diferente.

Sólo una pequeña parte de la enorme isla estaba controlada, una miríada de tribus componían el mosaico político de Britania, y Roma tomó provecho de ello. Asegurando el poder en el trono de varios régulos o caudillos, la ciudad de las siete colinas conseguía aliados con los que comerciar y gravar con impuestos. La relación entre los dos pueblos estuvo llena de luces y sombras, de alianzas estables y de flagrantes traiciones, de abuso de poder y ansias de libertad, y quizás esto último describe con bastante precisión la historia de nuestra protagonista.

Boudica nació alrededor del año 30, en el seno de la tribu de los icenos, situada en la costa oriental de la isla, en la zona que hoy en día equivaldría a los condados de Norfolk y Suffolk. Aunque Boudica nació antes de la invasión, una vez que llegaron los romanos, Britania dejó de ser la misma que conocieron sus antepasados, Roma había venido para quedarse, y normalmente con los latinos no había medias tintas, o te aliabas con ellos o eras su enemigo.

Mapa político de las tribus britanas en el siglo I.

Mapa político de las tribus britanas en el siglo I.

Los icenos optaron en un principio no intervenir contra los romanos, pero una vez ratificado el acuerdo de alianza, la facción más dura y anti romana de los icenos empezó a agitarse, el gobernador Publio Ostorio Escápula amenazó con desarmar a la tribu si la actitud de los más inquietos no cambiaba. No fue una decisión muy acertada, ya que, portar armas para los celtas era un derecho y fue la gota que colmó el vaso, en su ingenuidad los pobres icenos pensaron que Roma los iba a tratar como iguales. Escápula se encargó de dejarles claro como las gastaba el imperio si no se cumplían sus demandas con una rápida represión en todas las aldeas de la tribu, que culminó con el asalto a un oppidum fortificado donde se encontraban los líderes insurrectos, obligando a firmar una rendición absoluta.

No obstante Roma sabía que los icenos contaban con bastante influencia en la zona, y si querían asegurar la tranquilidad debían hacer concesiones y no ser demasiado severos con los celtas. La solución más práctica era coronar un rey favorable a sus propósitos y dejarles cierta autonomía propia, además, si los icenos necesitaran ayuda militar contra alguno de los clanes rivales, Roma prestaría su ayuda. Este rey “cliente” fue Prasutagus, que se mostró como un aliado inquebrantable durante algo más de una década, en la cual vivió feliz y despreocupado junto a su esposa y reina Boudica y sus dos hijas. La reina era una mujer que desde luego no pasaba desapercibida, según Dion Casio y Tácito su inteligencia era superior a la media, y poseía una altura considerable superando con mucho a la mayoría de los romanos, ojos fieros y una melena rojiza que le llegaba hasta las caderas, además contaba con una voz rasgada y potente que podía hacer temblar a cualquiera. Boudica era de noble cuna dentro de los clanes de los icenos y con toda seguridad la formaron como a cualquier otro jefe o caudillo, pues los britanos no hacían distinciones a la hora de ser gobernados entre mujeres y hombres. Por lo tanto, probablemente sabía manejar varias armas e impartir órdenes y como regente de un pueblo aliado de Roma es casi seguro que se defendía hablando latín.

Todo parecía marchar bien, una asociación que beneficiaba a ambas partes y poco más. Pero la estabilidad duró hasta que el rey Prasutagus dejo el mundo de los vivos para reunirse con sus dioses. Aunque era un rey complaciente y que disfrutó lo que pudo de la vida, Prasutagus no era tonto, y en un acto de ratificación de la alianza entre Roma y los icenos, éste incluyó al emperador en su testamento junto a sus hijas, pensando que en el peor de los casos perdería parte de su territorio y su tribu podría seguir viviendo en paz. Cuanto se equivocaba, pues Roma no se regía por leyes extranjeras y la ley de la ciudad eterna proclamaba que las herencias pasaban de padre a hijo, con lo cual la heredad de las hijas de Prasutagus quedaba anulada y las tierras de los icenos anexionadas al imperio.

El procurador Cato Deciano y sus recaudadores vieron en el asunto una oportunidad perfecta para enriquecerse mientras hacían cumplir la ley de Roma y sin ningún tipo de piedad ordenaron saquear aldeas, se llevaron a sus hijos como esclavos, les desposeyeron de sus magníficas joyas y torques de oro, un símbolo sagrado para ellos y para colmo, en un acto de humillación absoluta y de maldad gratuita ordenó que azotaran a la reina y que violaran a sus hijas en su presencia.

Boudica, rota de dolor (y no de los latigazos precisamente) juró que haría pagar a los romanos toda la crueldad recibida. La noticia corrió como la pólvora en las tribus vecinas, algunas tan importantes como los trinovantes se unieron a Boudica sin pensarlo, hartos del yugo romano. Al cabo de los días, un importante contingente se reunió en torno al oppidum de los icenos, todos esperaban a Boudica, que apareció ante sus hermanos de sangre para pedirles que lucharan junto a ella. La leyenda dice que al terminar su discurso, abrió los pliegues de su ropa y de entre ellos salió una liebre blanca (animal sagrado) que en teoría fue saltando en la dirección donde se encontraban los romanos, el mensaje era claro, hasta los dioses clamaban venganza.

Boudica arengado a sus tropas.

Boudica arengado a sus tropas.

Los primeros en sufrir la ira de Boudica serían los habitantes de Camulodunum, primer asentamiento que utilizaron los romanos en la isla y que tenía un templo en honor del difunto emperador Claudio, la presa perfecta para dar comienzo a la venganza. Los habitantes de la ciudad, alertados por los rumores de que una horda celta avanzaba sobre ellos pidió ayuda al procurador Cato Deciano, pues el gobernador Cayo Suetonio Paulino se encontraba a casi 500 kilómetros de distancia con dos legiones, en la isla de Mona (Gales) combatiendo contra los druidas en su bastión sagrado. La infinita ineptitud de Deciano permitió la destrucción de la ciudad pues, en vez de avisar a alguna de las legiones que se encontraban relativamente cerca, envió unos pocos cientos de auxiliares para socorrer la ciudad, que por supuesto poco podían hacer contra las decenas de miles que Boudica comandaba. Dion Casio asegura que 120.000 almas componían el ejército de Boudica, por supuesto hay que rebajar ostensiblemente el número aun contando con los no combatientes y familiares que acompañaban a los guerreros, no obstante podemos calcular que entre 50.000 y 60.000 hombres aptos para el combate se abalanzaron sobre Camulodunum, provocando una sangría desproporcionada, no se trataba de la conquista de una ciudad sino la venganza sobre todo lo que representaba Roma, por eso fueron especialmente crueles con la población, que fue violada, despellejada, decapitada y desmembrada, ni siquiera los perros se libraron de una cruel muerte. Un último grupo de defensores se refugió en el templo dedicado al divino Claudio y logró enviar mensajeros pidiendo socorro hacia el norte, al campamento de la IX Hispana, esperando mientras tanto hacerse fuertes y aguantar hasta que llegara la ayuda, su espera duro poco: fueron quemados vivos con el resto de la ciudad, de Camulodunum sólo quedaron cenizas.

Los britanos, aun sedientos de sangre eligieron su siguiente objetivo: Londinium (Londres), capital administrativa de la provincia romana. Mientras Boudica y sus guerreros se acercaban a Londinum, los mensajeros enviados desde Camulodunum llegaron al campamento de la nona e informaron a su legado, Quinto Petilio Cerial de lo ocurrido, éste no daba crédito a una rebelión de semejantes características pero más valía prevenir que lamentar y organizó a toda prisa una columna compuesta por unas seis cohortes y quinientos jinetes para detener al ejército celta.

Pero la columna de Cerial fue divisada por los campesinos celtas y estos avisaron a su vez a Boudica, que lejos de sentir miedo preparó una emboscada al más puro estilo de Arminio en Teutoburgo. En una de las duras jornadas de marcha al atravesar una zona boscosa, el destacamento de la nona fue atacado por todos los flancos, cientos de venablos se clavaban en los desprevenidos romanos, los caballos asustados tiraban a sus jinetes de sus monturas que eran remados por largas espadas de hierro empuñadas por iracundos celtas, fue una masacre total, Cerial tuvo suerte al poder escapar y volver al campamento, pero las esperanzas de Londinium morían con su columna.

Suetionio por fin recibió noticias de lo que ocurría, aunque incompletas, pues no sabía de la casi destrucción de la legión Hispana. Anonadado por conocer que la líder de la revuelta era una mujer, organizó las dos legiones bajo su mando (XIV Gémina, XX Valeria) y se puso en marcha para recorrer los más de 400 km que lo separaban de Camulodunum. Mientras marchaba ordenó a los correos de la legión que se pusieran en contacto con la II Augusta y la IX Hispana para que se reunieran con él por el camino. Mientras tanto los icenos y sus aliados a pesar de estar a poco más de ochenta kilómetros de Londinium su paso es mucho más lento, pues no dejan asentamiento sin saquear camino de su objetivo principal, y la reciente victoria contra las unidades de la nona había hecho acrecentar su confianza haciéndoles sentir invencibles.

Suetonio adelantándose a la columna principal con un destacamento de caballería llegó a Londinium antes que Boudica, la ciudad rebosaba miedo, la noticia de la derrota de Cerial cayó como un ánfora de agua fría sobre el gobernador y para colmo no tenía noticias de la II Augusta.

Boudica llegaría incluso antes que su cuerpo principal de dos legiones, así que hizo lo único que podía hacer, evacuar a tantos ciudadanos como fuera posible y salir de la urbe para reunirse con la XIV y la XX. Lamentablemente hubo ancianos, enfermos y otros miembros de la población que no pudieron escapar a la ira desatada de Boudica que tampoco tuvo compasión de la incipiente Londinium y como las demás acabo totalmente calcinada.

Ilustración que representa la devastación de Camulodunum por Boudica y sus seguidores.

Ilustración que representa la devastación de Camulodunum por Boudica y sus seguidores.

Sabiendo que Suetonio había huido de la ciudad para reunirse con las legiones, Boudica decidió que ya era hora de dar el golpe de gracia y librar la tierra de sus ancestros de presencia romana. Tomando dirección norte persiguieron al ejército del gobernador romano, eso sí, arrasando con todo lo que se ponía por delante incluso la tercera ciudad en importancia de Britania, Verulamium. Suetonio, con un ejército profesional y bien pertrechado sacó ventaja al mal organizado de Boudica, mientras ésta se entretenía en saqueos y atrocidades, el latino buscó con ahínco un lugar que le fuera favorable en la inevitable batalla final.

Lo encontró en una llanura de daba paso a un altozano flanqueado por pequeños desfiladeros y terreno abrupto, y por su retaguardia un frondoso bosque, con lo cual no podía ser superado por los flancos, ni atacado por detrás, Suetonio quería repetir las Termópilas. Los efectivos de los romanos oscilaban entre 11.000 y 14.000 efectivos,  ya que la II Augusta no llegó a reunirse con el gobernador. Suetonio dispuso a las legiones en el centro y a los auxiliares en los flancos, en un férreo muro capaz de aguantar cualquier embestida, o eso esperaba Suetonio, pues ante sus ojos, en la llanura, una marea de celtas inundaba la zona, muchos semidesnudos, pintados con el azul índigo de sus rituales guerreros, con el pelo encalado y gritando a lágrima viva ¡Boudica! ¡Boudica!, que no sólo era el nombre de su líder, sino que en la antigua lengua celta Boudica significa victoria (o eso aseguraban los nacionalistas británicos en el siglo XIX).

Superados en número en un mínimo de 5 a 1, los romanos tragaban saliva al ver en un carro de guerra britano a una mujer de poderoso aspecto, con una melena rojiza ondeando al viento, corriendo de un lado a otro mientras alzaba una lanza y lanzaba una arenga a sus compatriotas, llena de ira y de la desesperación de una mujer que casi lo ha perdido todo, Tácito nos deja una cita que supuestamente alude a tal discurso:

“Nada está a salvo de la arrogancia y del orgullo romano. Desfigurarán lo sagrado y desflorarán a nuestras vírgenes. Ganar la batalla o perecer, tal es mi decisión de mujer: allá los hombres si quieren vivir y ser esclavos”

Un clamor debió recorrer las 50.000 gargantas celtas que se disponían a barrer a todos los romanos tan sólo con su fuerza bruta. Pero los romanos no combatían contra un número superior por primera vez, su disciplina y efectividad los habían convertido en la mejor máquina bélica del mundo y aunque tuvieran ante sí un ejército tan terrible no tenían que perder necesariamente. Y así se lo hizo saber Suetonio a sus legionarios, manteniendo la cabeza fría fue su turno para dirigirles unas palabras antes de comenzar la batalla:

“Ignorad los clamores de estos salvajes. Hay más mujeres que hombres en sus filas. No son soldados y no están debidamente equipados. Les hemos vencido antes y cuando vean nuestro hierro y sientan nuestro valor, cederán al momento. Aguantad hombro con hombro. Lanzad los venablos, y luego avanzad: derribadlos con vuestros escudos y acabad con ellos con las espadas. Olvidaos del botín. Tan sólo ganad y lo tendréis todo.”

Los icenos y sus aliados se lanzaron como uno solo hacia los romanos, lanzando alaridos como auténticos demonios. Suetonio dio la orden de lanzar los pilum, inmediatamente, la vanguardia celta frenó en seco, sus cuerpos, desprovistos de armadura eran atravesados por los hierros romanos que mostraron su efectividad otra andanada más. Los britanos horrorizados por la cantidad de cuerpos sin vida que plagaban las primeras líneas empezaron a retroceder y algunos hasta huir despavoridos, no olvidemos que la mayoría eran aldeanos sin la disciplina de un militar profesional.

Las disciplinadas legiones romanas avanzando contra la marea celta.

Las disciplinadas legiones romanas avanzando contra la marea celta.

Suetonio lo vio claro, la duda del enemigo era su oportunidad para cambiar las tornas, ordeno a los legionarios a formar en una especie de cuña de ataque cuyo nombre era “cabeza de cerdo”. El ímpetu de los legionarios se vio reforzado por una carga de la caballería que terminó de desbaratar al ejército enemigo que se sumió en el caos y huyó desordenado. La confianza había hecho que los britanos dejaran en la retaguardia todos sus carros y pertrechos a modo de campamento, campamento que ahora cortaba la retirada de sus guerreros y provocaba un colapso que facilitó todavía más el trabajo de los legionarios. Los romanos hicieron pagar caro la destrucción sus ciudades y la muerte de sus civiles, no hubo piedad para mujeres, niños o ancianos.

Dar cifras de las bajas es caer en la propaganda romana, por ejemplo Tácito comenta que hasta 80.000 britanos perecieron por sólo 400 romanos, puede que sea posible si se cuenta la práctica totalidad del contingente incluyendo a los no combatientes, pero lo descarto por la gran cantidad de prisioneros que se hicieron, no obstante dejo al criterio del lector los datos.

¿Y qué fue de Boudica? Pues existen varias versiones, una cuenta que pereció en la batalla luchando como uno más, otra cuenta que Suetonio la apresó y murió en los calabozos de algún campamento debido a sus heridas, y la más romántica cuenta que logró huir a su tierra natal y que allí, derrotada y sabiéndose sin salida se suicidó por la ingesta de un veneno.

Boudica no pudo triunfar finalmente, Roma era un hueso demasiado duro de roer, pero cimentó la leyenda para que la lucha en la isla continuara hasta la expulsión del invasor, otros líderes surgirían y pondrían las cosas muy difíciles a Roma, tanto que tuvieron que construir un muro para delimitar la frontera de la civilización, pero bueno, eso como sabéis, es otra historia.

 

FUENTES Y BIBLIOGRAFÍA:

Tácito, Anales.

Dion Casio, Historia romana.

Adrian Goldsworthy, El ejército romano.

Graham Webster, Boudica “La reina guerrera”.

 

Acerca de Rober

Me llamo Roberto y nací en el año 1979 en Madrid. Apasionado de la historia desde siempre, mi única intención es que compartamos y divulguemos en este espacio cada pedacito de la antigüedad que tanto nos gusta. Me encantaría que recorrieras conmigo este periodo. ¿Te apuntas?, pues bienvenido a Historia o leyenda.


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