Batalla de Magnesia, la derrota de Antíoco “Megas” 2


Después de la segunda guerra púnica, Roma se mostró como una potencia para el mundo antiguo. Con su posición asegurada en el mediterráneo occidental y sin ningún enemigo lo suficientemente fuerte como para hacerle sombra, los patres et conscripti volvieron su mirada hacia el este. Grecia estaba a punto de caramelo, sus luchas internas y el hecho de que Filipo V se aliara con los cartagineses durante la guerra era un cassus belli más que justificado para Roma, que empezaba a tener un rol de “pacificador” en el Mediterráneo. Los movimientos y combates por la Hélade desembocaron en la gran batalla de Cinoscéfalos (197 a.c.).

Años antes, concretamente en el año 203 a.c. Filipo V había firmado un tratado con Antíoco III Megas, rey del imperio seléucida. Un tratado para repartirse las posesiones de Ptolomeo V  (rey que contaba con la tierna edad de 6 años) de Egipto. Mientras los romanos impedían a Filipo tomar posesión de la parte que le correspondía en el tratado, Antíoco arrasaba el sur de Siria venciendo a los egipcios en la batalla de Panio (198 a.c.), dónde los catafractos seléucidas demostraron cuan terribles podían llegar a ser.

Con la Celesíria bajo su poder y firmado la paz con Egipto, Antíoco que, como la gran mayoría de los sucesores de Alejandro deseaba emular a éste en sus conquistas, volvió grupas hacía Grecia, intentando que las diferentes ligas lo vieran como liberador del yugo romano aprovechando la desconfianza y animadversión que éstos tenían a los latinos, y si de paso conseguía derrotar a su antiguo aliado Filipo, pues mejor que mejor.

Antíoco cruzó el Helesponto con una fuerza bastante reducida a pesar del potencial de su ejército, quizás esperando que la liga etolia u otros aliados llevaran contingentes parecidos al suyo, dejando así una reserva atrás para posibles conflictos futuros con sus actuales aliados (si, Antíoco era una joyita). Roma respondió enviando su propio ejército al mando de Marco Aecilio Glabrión, que utilizó las tierras macedonias para avanzar hacia el este e intentar sorprender a los seléucidas. Antíoco no contaba con este movimiento, pues pensaba que la enemistad entre Macedonia y Roma impediría el transito del ejército consular por sus tierras dando así un rodeo que favorecería su posición. Pero los sirios fueron sorprendidos en las Termópilas. Glabrión tomó por la fuerza el camino que rodeaba el paso y atacó al enemigo por dos frentes, quedando este reducido a la nada.

Busto de Antíoco III.

Busto de Antíoco III.

Roma exigió la rendición incondicional de Antíoco, pero el rey seléucida disponía de una gran flota y un gran ejército y no estaba dispuesto a ponérselo fácil a esos romanos engreídos. Cuando el nuevo cónsul, Lucio Cornelio Escipión (hermano del Africano) estaba preparando el paso a Asia, Antíoco envió cartas al rey Prusias de Bitinia alegando que los romanos no querían más estado que el suyo propio en Asia, pero el mismo Publio Cornelio Escipión le manda otra misiva asegurando la amistad de Roma si se mantiene neutral, los romanos estaban ganando también en el terreno diplomático.

Tras varios movimientos por la costa de Anatolia jugando al gato y al ratón, la flota real, comandada por Polixénidas entabló combate con la romana en la batalla de Mioneso, saliendo la primera muy mal parada perdiendo más de 40 naves por 2 de las romanas, que se aseguraron el dominio naval del paso de los Dardanelos y de la costa de Anatolia.

Antíoco III Megas había perdido la iniciativa, ya no podía impedir que el ejército consular cruzara a la península, pero no estaba todo perdido, ni mucho menos, sólo tenía que reunir su impresionante ejército e intentar conseguir refuerzos de sus aliados para asegurar que los romanos volvieran a su ciudad con el rabo entre las piernas.

Finalmente en diciembre del año 190 a.c. Antíoco se encuentra acampado con su ejército cerca de la ciudad de Magnesia (actual Manisa), a cuatro millas, Lucio Cornelio hizo lo propio con sus tropas. Tito Livio nos da las cifras de cada ejército, hay otras estimaciones por supuesto, pero las fuentes que he encontrado no dan datos fidedignos del porqué, así que conociendo la inclinación del historiador romano a exagerar los datos, habría que bajar el número, pero bueno, lo dejo a criterio de cada uno, citando la fuente clásica del propio Livio.

Los seléucidas plantaron en el campo de batalla 16.000 argyraspides (falange de escudos de plata), 42.000 infantes ligeros, 12.000 jinetes entre los que se contaban los terribles catafractos sirios, centenares de carros escitas y 54 elefantes de guerra indios, una fuerza combinada de 70.000 hombres que se antojaba imparable. Para hacer frente a este impresionante ejército, los romanos contaban con 4 legiones, dos de ellas socii o auxiliares, más 8.000 aliados de Pérgamo y Rodas, un total aproximado de 35.000 hombres. Un buen ejército, pero a todas luces insuficiente para el número del enemigo.

Batalla de Magnesia ilustración de Sean o'broagan.

Batalla de Magnesia ilustración de Sean o’broagan.

Los seléucidas formaron con sus falanges en el centro, intercalando elefantes en la formación. Por delante de ellos pusieron a los hostigadores (peltastas, honderos) y la infantería ligera, dejando una pequeña guarnición de estas unidades más ligeras para apoyar en los flancos de las falanges. Estas tropas estaban comandadas por Minión, Zeuxis y Filipo. En el ala izquierda se encuentra el hijo de Antíoco, Seleuco, al mando de 2.000 jinetes y de los carros escitas, y en la derecha se encuentra el propio rey Megas al mando de 4.000 jinetes.

Los romanos formaron sus legiones en triplex acies con la mayoría de la caballería en el ala derecha comandada por el rey de Pérgamo, Eumenes. El ala izquierda aunque también tiene caballería la mayoría estaba compuesta por tropas ligeras.

Seleuco lanza sus carros al ataque esperando arrasar el flanco que protege el rey Eumenes, pero éste ordena lanzar una lluvia de jabalinas y flechas a los carros para provocar su espantada, y no sólo lo consigue sino que detiene la acometida del hijo de Antíoco poniéndoselo muy difícil. Mientras tanto se da la orden de avance general, Antíoco carga con sus catafractos por el flanco izquierdo de los romanos obligando a retirarse a las tropas que lo defendían. ¿Un acierto de Antíoco? , pues la verdad es que no, pues la intención del hermano de Escipión el africano era la de alejar la caballería de los seléucidas del combate principal donde podían decantar el resultado, y dejar así todo en manos de la infantería donde las legiones podrían tener una oportunidad.

La lucha en el centro es feroz, la infantería ligera seléucida no da la talla frente a los romanos, no aguantan el envite y huyen dejando al núcleo de argyraspides y elefantes desguarnecidos. Pero los comandantes de la falange eran más experimentados, y para evitar un nuevo Cinoscéfalos ordenaron formar en cuadro a los 16.000 escudos de plata con los elefantes en el centro, pues eran inservibles a esa altura del combate y si aguantaban lo suficiente para que volviera el rey con los catafractos la victoria estaría asegurada.

Pero no contaban con el valor del rey Eumenes de Pérgamo, que desbarató el ataque de Seleuco y rodeó la formación enemiga dejándolo totalmente rodeado. No obstante, los romanos tenían ante sí un puercoespín lleno de lanzas esperando a ensartar a las legiones, pero, ¿que podían hacer?, si esperaban demasiado corrían el riesgo de que los catafractos les embistieran por la retaguardia y eso sería el fin de la batalla.

Y aquí se puso en marcha el gen de los Cornelios, Lucio ordenó juntar todos los pilum y jabalinas que quedaban y lanzó una descarga de hierro sobre los elefantes del centro del cuadro provocando el pánico entre ellos, que, enloquecidos iniciaron una estampida que destrozó las propias filas seléucidas, el resto fue cuestión de rematar sistemáticamente.

Livio cita “Se dice que fueron muertos aquél día cerca de 50.000 soldados de infantería y 3.000 de caballería; se apresaron 1.400 hombres y 15 elefantes con sus cornacas. Por parte romana hubo un cierto número de heridos; y cayeron no más de 300 hombres de infantería y 24 de caballería, y 25 del ejército de Eumenes”.

Por supuesto las cifras de Livio están descompensadísimas pero lo que está claro es que la victoria romana fue rotunda. Antíoco se vio obligado a firmar una paz deshonrosa frente a Eumenes que consiguió aumentar su poder ostensiblemente en Asia menor, y Roma encontró la forma de “meter la cabeza” en oriente. Dominar esas tierras costaría en los siguientes siglos miles de vidas, sufrirían derrotas estrepitosas y grandes victorias hasta expandir los límites del futuro imperio hasta la cuna de la civilización en los ríos Tigris y Éufrates, pero bueno eso como sabéis, eso es otra historia.

 

Bibliografía y fuentes:

Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación.

Polibio de Megápolis, Historia universal bajo la república romana.

Nic Fields, Tácticas romanas de combate, 390-110 a.c.

Apiano, Guerras Macedónicas y guerras Ilirias.

 

Acerca de Rober

Me llamo Roberto y nací en el año 1979 en Madrid. Apasionado de la historia desde siempre, mi única intención es que compartamos y divulguemos en este espacio cada pedacito de la antigüedad que tanto nos gusta. Me encantaría que recorrieras conmigo este periodo. ¿Te apuntas?, pues bienvenido a Historia o leyenda.


Deja un comentario

2 Comentarios en “Batalla de Magnesia, la derrota de Antíoco “Megas”

  • Antonio

    Tenía el mejor general de esa época a su disposición (El Africano estaba enfermo con fiebre) y no lo supo aprovechar, pudo realizar las mismas maniobras que Aníbal en Zama, pero con la ventaja de la caballería muy superior y tampoco lo hizo, esta muy claro que quería ser un segundo Alejandro y no le llegaba a la altura ni de la sombra de Bucefalo. Como siempre un buenísimo resumen de una gran batalla de la antigüedad, un cordial saludo.

     
    • Rober Autor

      Hola Antonio.

      Efectivamente, pudo más su orgullo que la sabiduría que tenía a su disposición en forma de general cartaginés. Pudo complicar los primeros pasos de Roma en oriente pero como sabemos no fue así. A Roma no había que darla segundas oportunidades, era efectiva en lo que hacía.

      Saludos Antonio.