De augurios, sacrificios y maldiciones en Roma 8


La antigua Roma es conocida gracias a sus grandes conquistas, sus logros en ingeniería civil y militar, sus leyes o por las fuertes personalidades que habitaron en ella y cambiaron la faz del mundo antiguo. Pero sin duda uno de sus pilares fundamentales fue la religión.

Se podría hacer un extensísimo ensayo sobre este tema, y más teniendo en cuenta la capacidad de absorción que tenía la sociedad romana de otros pueblos con los que interactuaba. Como no es mi intención ni mucho menos abarcar un milenio de creencias y ritos, voy a centrarme en tres aspectos bastante cotidianos y quizás para muchos algo desconocidos: adivinación, sacrificios y maldiciones.

Los primeros romanos heredaron mucho de sus vecinos etruscos, el sentido de urbanidad, arquitectura, o el comercio con otras ciudades de la península itálica son algunos ejemplos. Pero si algo quedó impreso del carácter de Etruria en Roma fue la religión.

Los etruscos eran tremendamente religiosos, y aunque creían que el fatum (destino) era ineludible, prácticamente no daban un paso sin consultar a los dioses. Este sentido de la obligación para con los dioses fue una de las influencias más perdurables en la ciudad de las siete colinas, y en cierto modo todavía queda impregnado en el catolicismo de hoy en día.

Era tan importante tener a los dioses apaciguados (pax deorum), que los romanos pensaban que de ello dependía la propia existencia de Roma, dando una importancia capital a ciertos ritos y sacrificios, manteniendo así un equilibrio con las divinidades. Por ejemplo, durante la segunda guerra púnica un ejército romano fue totalmente aniquilado en el lago Trasimeno, la culpa recayó sobre el comandante del ejército, el cónsul Cayo Flaminino, que marchó en busca de Aníbal antes de realizar los sacrificios y ofrendas pertinentes a Júpiter y Marte. Aunque no había que esperar a una gran batalla para realizar estos ritos, un viaje, la apertura de unos comicios o la aprobación de una nueva ley eran motivos suficientes para consultar la aprobación de los dioses pertinentes para tal o cual acción.

Aspecto de un arúspice romano.

Aspecto de un arúspice romano.

Cuando se pedía por voluntad propia la intervención de los dioses en un augurio se denominaba imperativo y cuando se trataba de señales enviadas por los dioses se llamaban oblativas. Se podía consultar a un arúspice para que interpretara las entrañas de algún animal, preferentemente el hígado que, se dividía en cuatro partes que a su vez contenían cuatro sesgos más que representaban las respuestas a la pregunta realizada a las divinidades. Esta división en 16 partes (aunque sólo se cortaran cuatro) era la misma que realizaban los etruscos del firmamento. El color de las vísceras, la disposición de éstas o la falta de algún órgano también podía revelar detalles de lo consultado. Después del consecuente sacrifico, la carne del animal se consumía en una cena o se llevaba al mercado para su posterior venta, siempre que el vaticinio hubiera sido favorable claro.

Este colegio sacerdotal de los arúspices llegó a sobrevivir hasta principios del siglo V, y aunque a finales de la república y en época alto imperial proliferaron por toda la ciudad farsantes que decían poseer las mismas virtudes para el auspicio (Cicerón se quejaba de ello en su tratado sobre adivinación), fue una casta sacerdotal muy respetada por magistrados y senado.

Eso sí, a veces el mensaje no era claro y los arúspices no eran capaces de interpretar el designio de los dioses. Entonces se consultaban los libros sibilinos, libros que fueron ofrecidos al rey Tarquinio por la Sibila de Cumas (ciudad de la Campania) a cambio de una gran cantidad de dinero. Estos libros contenían profecías todas ellas relacionadas con el fatum de la ciudad, y así se lo explicó la Sibila al rey, pero éste no dio crédito y la profetisa se marchó quemando tres de los libros. Al poco, la Sibila regresó y ofreció al rey los seis libros que quedaban por el mismo precio. Tarquinio, que pensaba que le estaba tomando el pelo, se mofó de ella y la expulsó iracundo. De nuevo, la Sibila se marchó quemando tres de los libros para de nuevo regresar al cabo de los días, ofreciendo los últimos al rey por el mismo precio. Tarquinio, ante la insistencia de la mujer, consultó a los augures y les comento lo acontecido. Éstos le recomendaron hacerse con ellos y finalmente el rey pagó el precio de nueve libros sólo por los tres últimos.

Los libros se guardaron en un arca de piedra situada en el templo de Júpiter Óptimo Máximo. En el año 83 a.c., se dañaron en el incendio que afectó a la colina palatina, desde entonces hubo que ayudarse de ciertas copias de la profecías que se hallaban en diferentes templos de la península itálica, Grecia y Anatolia. Fue el mismísimo Augusto el que terminó una recopilación que se depositó en el templo de Apolo Palatino.

Los libros eran tan importantes que se fundó un colegio sacerdotal (uiri sacris faciundis) exclusivamente para cuidarlos, interpretarlos y preservarlos. Una vez consultados los libros, los sacerdotes decidían cual era la mejor manera de congraciarse con los dioses, ya fuera mediante sacrificios, ofrendas como la construcción de algún templo, etc.

Augures romanos.

Augures romanos.

También existía la posibilidad de consultar al augur en el vuelo de las aves e interpretación de fenómenos atmosfericos. Éste delimitaba en el suelo dos líneas perpendiculares (cardus y decumanus) con su bastón sagrado (lituus), obteniendo así cuatro cuadrantes donde buscar las señales divinas. Si las aves venían por la derecha del oficiante era buena señal, más todavía si esas aves eran de vuelo alto, pero había que tener cuidado pues si en ese momento un pájaro más común, como un gorrión por ejemplo, volaba bajo el augurio quedaba anulado. Y por supuesto si el vuelo procedía del lado izquierdo, el comienzo de la empresa en cuestión debía anularse o retrasarse. Los augures también podían consultar a los pollos sagrados, que, dependiendo del apetito de éstos se recomendaba o no la acción a seguir.

En otras ocasiones lo que demandaba el dios o dioses era un sacrificio. Los sacrificios eran normalmente de anímales, aunque en muchas ocasiones también se ofrecían alimentos como cereales, frutas o vino; también hubo sacrificios humanos en Roma, siendo el último registrado durante la segunda guerra púnica después del desastre de Cannas. Según los propios los romanos, el acto del sacrificio era el que más satisfacía a los dioses, y este debía hacerse siguiendo unos parámetros concretos para lograr su fin, en caso contrario el rito debía repetirse hasta su correcta finalización.

Se elegía un ejemplar en buenas condiciones, se le adornaba con cintas y guirnaldas para que fuera agradable a la vista de los dioses y se le conducía al altar donde esperaban los oficiantes listos para el sacrificio. En el altar podíamos encontrar a un flautista (tibicen) que tocaba hasta los momentos previos de la muerte del animal. El encargado de ejecutarle se llamaba popa, y podía hacerlo con una gran maza que descargaba sobre la cabeza del animal para aturdirlo y que el cultriarius pudiera degollarlo sin contratiempos.

La ceremonia se realizaba en el más estricto silencio de los asistentes. Mientras sonaba la flauta, el sacerdote esparcía sobre el animal y los instrumentos la mola salsa que era preparada por las vestales. A continuación elevaba una plegaria a los dioses encarado al templo pertinente y pasando el cuchillo por el lomo del animal. Si la fórmula había sido correcta, el popa preguntaba a los asistentes su conformidad con la palabra ¿Agone?, si se daba el consentimiento se procedía al sacrificio de la víctima.

Altar de Domicio Aheneobarbo, Louvre, París.

Altar de Domicio Aheneobarbo, Louvre, París.

Posteriormente se abría el cuerpo y se examinaban las vísceras, si todo era correcto se continuaba con la ingesta de la carne como antes había comentado. Si no era así, había que repetir el proceso desde el principio añadiendo una especie de penitencia para pedir perdón por los errores cometidos.

Por último nos quedan las maldiciones, que aunque se podían hacer directamente ofreciendo dádivas al dios que se pidiera ayuda, el uso más común era el de las tablillas de maldición (defixionum tabellae). Eran unas láminas que podían ser de estaño o bronce, aunque lo más indicado es que fueran de plomo, pues es un metal que los romanos asociaban a Saturno.

Se escribía en ellas el nombre del destinatario de la maldición y todas las penurias que le deseaba, mientras le rogaba al dios o ser oscuro al que se lo pedía. Luego se enrollaba a manera de un pergamino o se doblaba y se guardaba en sitios oscuros y profundos para que llegara cuanto antes al inframundo.

Lo que hoy calificaríamos como superstición o “cosas de viejas”, tienen una raíz muy lejana en el tiempo. Muchas de ellas nos han llegado con el legado que Roma nos dejó, incluso en el propio idioma con expresiones como pájaro de mal agüero o agorero, y efectivamente todavía se pueden ver arúspices farsantes hoy en día, solo que en vez de verlos por el foro, los tenemos en la televisión y en internet, pero bueno eso como sabéis es otra historia.

Bibliografía y fuentes:

Paulo Donoso, La magia y la sociedad romana

Marco Tulio Cicerón, Sobre la adivinación.

Tito Livio, Historia de Roma.

Jorge Martinez Pina, Los etruscos, Roma y la adivinación.

 

Acerca de Rober

Me llamo Roberto y nací en el año 1979 en Madrid. Apasionado de la historia desde siempre, mi única intención es que compartamos y divulguemos en este espacio cada pedacito de la antigüedad que tanto nos gusta. Me encantaría que recorrieras conmigo este periodo. ¿Te apuntas?, pues bienvenido a Historia o leyenda.


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8 Comentarios en “De augurios, sacrificios y maldiciones en Roma

  • Luciana

    No me ha gustado nada este artículo, soy catedrática de la universidad de Salamanca en Historia y no tiene nada de real, deje de engañar a sus lectores.
    Gracias, un cordial saludo.

     
    • Rober Autor

      Hola Luciana.

      Entiendo que no a todo el mundo pueden gustar mis artículos, pero afirmar que engaño a mis lectores es harina de otro costal. Usted afirma que es catedrática en historia, siendo así me sorprende su comentario pues el artículo esta basado varias fuentes citadas al final del artículo.
      Le digo que me sorprende por la sencilla razón de que una de esas fuentes es el propio Marco Tulio Cicerón con su “De divinatione”, obra coetánea y que mejor describe los ritos y religión romana.
      Este es un blog serio que intenta divulgar historia de la forma más amena a la vez que con rigor, siempre con fuentes de calidad además de textos clásicos. Le devuelvo el cordial saludo.

       
    • Rober Autor

      Hola Antonio.
      La vida religiosa de los romanos era bastante intensa, las peticiones a los diferentes dioses eran continuas, casi para cualquier cosa de la vida cotidiana. Imagínate para cosas más importantes como campañas militares o puestos políticos.
      Me alegra que te haya gustado. Saludos.