Atila y los campos Catalaúnicos, la última victoria de Roma 18


Roma saqueada, tribus germanas asentadas dentro de los límites imperiales, patricios ávidos de púrpura imperial, traiciones, alianzas imposibles, emperadores anodinos y por si fuera poco, el terror de las estepas llega a Europa para arrasar y someter a todo pueblo que se encuentre por el camino.

La parte occidental del imperio agonizaba, pero todavía tenía que dar una última batalla, gloriosa y terrible, un último estertor que no detuvo su caída, pero si evitó que las hordas de los hunos y sus aliados marcaran la historia de los siglos por venir en Europa occidental.

El imperio romano a principios del siglo V poco tenía que ver con el principado de Augusto, ni siquiera con el de Trajano o Marco Aurelio. Después de haber sufrido un siglo de luchas intestinas y práctica anarquía, Diocleciano, comprendió que un solo emperador no era capaz de gestionar y controlar todos los territorios bajo su mandato, así pues nació la tetrarquía. Esta forma de estado consistía en que el gobierno lo desempeñaría dos emperadores (Augustos) y dos sucesores que serían los nuevos Césares.

La teoría era que los Césares aprendieran de los Augustos mientras estos gobernaban, para tener la suficiente experiencia cuando les llegara su turno. No obstante aunque la solución no suponía la panacea universal si rompió la espiral de derrocamientos, usurpadores, y asesinatos que marcó el siglo III.

El culto al emperador se hizo mucho más evidente y el senado paso a ser meramente un club social de patricios adinerados. Esto, más un control férreo del ejército contribuyó a una cierta estabilidad. Pero como suele ser habitual en Roma, la efectividad de las leyes y reformas suele ir atada a la duración y tenacidad del emperador, y Diocleciano, después de veinte años de gobierno abdicó pensando que todo estaba perfectamente organizado.

Las reformas no pasaron ni la primera criba y la sombra de una nueva guerra civil planeaba sobre el imperio. Después de que Diocleciano decidiera volver para arreglar la situación y se produjeran varias batallas entre los candidatos a Augusto y César (periodo que analizaremos más detenidamente en otra ocasión), Constantino se hizo con el poder.

Mapa de la tetrarquía en tiempos de Diocleciano.

Mapa de la tetrarquía en tiempos de Diocleciano. Fuente: Tutorial blogs.

 

Empezaba un nuevo siglo, el IV de nuestra era, y se avecinaba quizás la reforma más importante y que marcaría la historia de la humanidad hasta nuestros días. Y es que, por primera vez en la historia un emperador romano declaraba la libertad de culto a cualquier religión. Constantino restituyó a los obispos cristianos en todo el imperio, demolió antiguos templos para levantar iglesias, y en el final de su vida abrazó la nueva fe bautizándose y dejando en herencia una nueva religión para el imperio y una nueva capital (Constantinopla) que duraría mil años.

Constantino murió en el año 337, sentando las bases para la cristianización total del imperio. La tetrarquía continuó, exceptuando breves periodos de tiempo en el que algún emperador se hizo con el control de todos los territorios. Aunque esto normalmente era eventual por el derrocamiento de un Augusto a manos de su homónimo de la otra mitad del imperio. Hasta que en el año 395 se separaron definitivamente por la muerte de Teodosio I, el último emperador que mantuvo las dos partes unidas.

Pero Roma ya había pasado el punto de no retorno, el 31 de diciembre del año 406 suevos, vándalos y alanos cruzaron el helado Rin  adentrándose en la Galia. No era la típica razzia bárbara, sino una migración de varios pueblos al completo. Para colmo, Alarico, rey de los visigodos saqueó Roma en el año 410 acabando con la supuesta invulnerabilidad de la ciudad de las siete colinas.

Y así llegamos al periodo en el que nació Atila. No se sabe el año exacto pero podemos situarlo entre el 395 y 406, en la antigua provincia de Panonia. Hijo del caudillo huno Mundzuk, fue criado junto a su hermano Bleda por su tío Rúa (también conocido por Rugila), rey de los hunos en esa fecha. Rúa colaboraba en ocasiones con el imperio a cambio de un tributo anual en oro, otras veces como aliado para repeler otros pueblos bárbaros, y en otras ocasiones para que sus propios guerreros no cruzaran el Danubio.

No es de extrañar pues que Atila en su juventud pasara en Roma algunos años como rehén amistoso, años en los que recibió una educación digna de un patricio. Pero este bárbaro aunque aprendió a hablar y a moverse como un romano, no termino de creerse el “marketing” de sus anfitriones y resultó que los propios romanos habían formado a un temible enemigo.

Poco más se sabe de Atila hasta la muerte de su tío Rúa en el año 434, año que los dos hermanos (Bleda y Atila) fueron proclamados reyes. Al año siguiente para dejar constancia del nuevo talante del pueblo huno, se negoció duplicar el tributo en oro pagado por la parte oriental del imperio, además de la devolución de ciertos desertores. El emperador Teodosio II no tuvo más remedio que pagar.

Atila, satisfecho con lo conseguido, volvió su mirada hacia el este e intentó una invasión de Persia a través de Armenia, pero los sasánidas lograron repelerlos y los hunos volvieron grupas hacia las fronteras con el Imperio oriental, iniciando una campaña en 441 que arrasaría Iliria.

Un movimiento muy inteligente, ya que esta región es la que dividía las dos mitades del imperio y podía provocar confusión en la titularidad de la gestión en las dos cortes imperiales. Esto se sumaba a la falta de tropas en el imperio oriental que se habían enviado a combatir a Gensérico, rey de los vándalos, que se encontraba en Cartago.

Teodosio llamó de vuelta a sus tropas, que fueron derrotadas por Atila cerca de la propia Constantinopla. De nuevo el emperador había fracasado, y este nuevo traspié le costaría la suma de 2100 libras de oro anuales que saldrían del tesoro imperial.
Los hunos volvieron satisfechos a su reino. En este punto es donde la leyenda de Atila comienza a cobrar vida. Dejando a Bleda al mando en casa, Atila comienza un viaje para unificar las independientes tribus húnicas, quizá, pensando ya en futuras campañas contra el imperio oriental. Tras un viaje de más de dos años, regresa a su reino con las tribus de los hunos blancos y hunos negros unificados por su carisma y su promesa de campañas sangrientas llenas de oro y gloria, pero se encuentra un reino más débil que el que dejó atrás.

Bleda desde luego era más hedonista y menos belicoso que su hermano. Para colmo reclamaba más poder para su persona ya que era el primogénito, añadido a sus dos años de gobierno en solitario, suponía un problema para las ambiciones de Atila. ¿Qué fue lo que le pasó a Bleda? Aunque no hay una unanimidad respecto a su muerte, esta se produjo en un momento muy muy conveniente para Atila. Podemos pensar en cualquier película de mafiosos y su famosa frase: que parezca un accidente…, y esa es la versión oficial, una cacería funesta donde el rey murió a manos de un gran oso en el año 445.

Por supuesto Bleda tenía partidarios que vivían cómodamente bajo su mandato y no estaban muy dispuestos a la ola de destrucción que deseaba Atila. La desconfianza y la traición sobrevolaban la
recién constituida horda huna. Entonces entra en la historia una leyenda (que viene al pelo para el blog), un campesino dedicado a sus quehaceres diarios se percata de que una de sus vacas sangraba profusamente por una de sus patas.

Siguiendo el rastro de sangre, se encuentra una espada semienterrada, el campesino se la ofrece como presente a su rey. Atila declara que la espada de Marte ha sido hallada, cuya leyenda asegura que el portador de la misma sería invencible. Así, aprovechándose de la superstición de su pueblo disipó cualquier duda de su derecho a gobernar y reforzó la confianza de su pueblo para futuras campañas.

Campaña de Atila del año 451. Desperta Ferro antigua y medieval Nº 0

Campaña de Atila del año 451. Desperta Ferro antigua y medieval Nº 0

Se hizo construir un palacio de madera donde recibía embajadas de cualquier lugar del mundo conocido, y donde también salían espías que mantenían informado al rey. Negociaba con el imperio en sus dos vertientes, y atemorizaba a cualquier pueblo que se encontrara en su camino.

En el año 450 Marciano se proclama emperador del oriente, y enseguida demuestra que no es como su anodino predecesor Teodosio II, no pierde ocasión de dejarlo claro, como demuestra su frase a un embajador huno que venía a negociar el tributo anual: “ El imperio tiene oro para sus amigos y hierro para sus enemigos”. Atila ya tiene su “casus belli” para arrasar el imperio oriental, pero algo inesperado sucede.

Y es que, Honoria (conocida por su frivolidad y su vida disoluta), hermana del emperador Valentiniano III,  harta de la vida recta y pulcra de palacio propone nada más y nada menos que protección al rey de los hunos, haciéndole llegar una carta con su anillo y sello. Atila, incrédulo ante esta oportunidad, reúne a sus hordas, llegó la hora del azote de Dios.

Hablar de 500.000 hombres desplazándose por Bélgica como nos narra Jordanes, se antoja más que improbable, pero una fuerza de combate que cuenta con más de una decena de naciones como era la huna perfectamente podía sumar una cifra cercana a los 60.000-65.000 hombres. ¿Y, que tenía Roma para oponérsele?, pues no demasiado, ya que occidente era absolutamente decadente y había pasado por demasiadas guerras civiles, y por siglos de desgaste en las fronteras.

Pero existía una esperanza encarnada en el “último romano”, Flavio Aecio, un Magister Militum más que capaz y un diplomático que alargó la vida del imperio un poco más. Aecio, al igual que Atila, fue rehén amistoso y paso un tiempo con los hunos aprendiendo sus costumbres, su idioma, su manera de guerrear, era el candidato perfecto para enfrentarse a Atila, y sabía que la mejor manera de enfrentarse a los bárbaros era con otros bárbaros.
Se reunió con los visigodos, dejándoles claro que si Roma caía, el reciente reino de Tolosa moriría junto con el imperio. El mensaje caló también en los burgundios, y en algunas facciones francas y alanas. Se calcula que pudo reunir una fuerza de 40.000-45.000 hombres.
 
Tras una campaña de saqueo y destrucción por la Galia, Atila finalmente puso asedio a la ciudad de Orleans, pero al saber de los movimientos de Aecio y de su coalición,  decidió hacer una retirada táctica para no verse sorprendido en su retaguardia en pleno asedio, y así llegamos por fin a la última gran batalla de la edad antigua.
 
 El 20 de junio del año 451, cerca de la ciudad de Chalons, en un lugar llamado los campos cataláunicos se posicionaron frente a frente las dos masas de hombres. Las hordas del este compuesta por hunos, ostrogodos, gépidos, vándalos, lombardos, y una miríada más de pueblos se enfrentaban a la “coalición occidental” liderada por los romanos.

Aecio colocó las tropas imperiales en el flanco derecho, los visigodos a su vez con su rey Teodorico al frente, ocuparon el flanco izquierdo, donde se hallaba una elevación que dominaba la llanura. Y los alanos la posición central ya que eran de dudosa lealtad, así el magister militum se aseguraba de mantenerlos ocupados desde el principio de la batalla.

Atila por el contrario situó a sus hunos en el centro de su formación, y se ocupó de que ostrogodos y visigodos estuvieran enfrentados, el flanco derecho lo ocuparon el resto de pueblos sometidos.

Los romanos aguantan con la ayuda de francos y alanos. Ilustración de Mark Churms.

Los romanos aguantan con la ayuda de francos y alanos. Ilustración de Mark Churms.

Imaginad la situación: los estandartes ondeando, las dos masas en silencio esperando la orden de su rey o general. Atila se vio forzado a dar el primer paso, ya había observado la posición romana y era difícil de tomar, así que decidió romper el centro de la formación enemiga para dividir en dos el ejército y posteriormente rodearlo. De nuevo aprovechando su halo de invencibilidad levantó la espada de Marte y lanzó el infierno contra los occidentales.

Los ostrogodos se lanzaron a por los visigodos espoleados por las rencillas entre los dos pueblos y las promesas de riqueza de Atila, la lucha por la colina debió de ser brutal, incluso se cree que el mismo Aecio tuvo que colaborar en la toma con varias unidades palatinas. Los visigodos con su rey al frente, resistían una y otra vez las acometidas de los godos orientales, en el flanco contrario los romanos mantenían la posición junto al río Marne causando un sinfín de bajas a la amalgama bárbara que arremetía contra su muro de escudos.

Atila debió pensar que mientras los flancos estuvieran ocupados él podría deshacerse de los alanos sin mucho esfuerzo, pero se encontró con una resistencia con la que no contaba. Entonces, cualquier tipo de táctica o estrategia desapareció, y la batalla se convirtió en una masacre en la que ganaría el que más resistiera. Y la lucha continuaba una hora tras otra, sin nadie que tomara ventaja, hasta que ocurrió un contratiempo para la coalición occidental, el rey de los visigodos Teodorico había caído. Los visigodos podían desmoralizarse y huir, si uno de los flancos caía, el resto del ejército lo haría como fichas de dominó.

 

Teodorico arenga a su caballería visigoda antes de la carga. Ilustración de Peter Dennis.

Teodorico arenga a su caballería visigoda antes de la carga. Ilustración de Peter Dennis.

Había que tomar una decisión, y Aecio supo mantener la calma y hacer proclamar rey a Turismundo, hijo de Teodorico. Los visigodos renovaron la lucha con la energía que proporciona la venganza, hecho que aprovechó Aecio para hacer avanzar los muros de escudos de las legiones. El centro alano ya no aguantaba más, y cuando Atila se dio cuenta de que estaba siendo rodeado mandó alzar una pira en su campamento para morir en ella. Ya oscurecía, y Aecio después de varias horas de batalla hizo retroceder el ejército hasta el campamento.

¿Por qué Aecio se retiró?, puede que no le quedaran hombres para realizar la maniobra, o puede que temiera que sin los hunos ya no existiera contrapeso para los visigodos y estos llegaran a convertirse en un problema mayor, elegir la que más os guste, yo me decantaría por la segunda, no obstante, había más de 30.000 bajas entre muertos y heridos por parte de los dos ejércitos, un auténtico infierno.

Atila se retiró a lamerse sus heridas, y aunque volvió a Italia, fue persuadido por el Papa León (y una gran suma de oro, claro) a retirarse… nunca volvería a ser el azote de Dios blandiendo la espada de Marte. En el 453 se casó de nuevo y en su noche de bodas murió, dicen que ahogado en su propia sangre. Aecio vivió un año más, el emperador le recompensó asesinándole, fue víctima de su propio éxito, y así murió el llamado “último romano”. El imperio occidental ya no aguantó más y este esfuerzo supuso su último aliento desapareciendo oficialmente en el año 476 y dejando su legado en oriente, donde el imperio sobreviviría un milenio más, pero bueno, eso como sabéis, es otra historia.

 

Bibliografía y fuentes:

Ana Martos Rubio, Breve historia de Atila y los hunos.

Adrian Goldsworthy, La caída del imperio romano.

Prisco, Historia Bizantina.

Amiano Marcelino, Historia del Imperio romano.

Galería de imágenes sobre la batalla de los campos Catalaúnicos.

 

Acerca de Rober

Me llamo Roberto y nací en el año 1979 en Madrid. Apasionado de la historia desde siempre, mi única intención es que compartamos y divulguemos en este espacio cada pedacito de la antigüedad que tanto nos gusta. Me encantaría que recorrieras conmigo este periodo. ¿Te apuntas?, pues bienvenido a Historia o leyenda.


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