Anábasis de Jenofonte (III), la mayor retirada de la historia


Continuamos con la increíble historia de Jenofonte y los diez mil, un relato que impresionó al mismísimo Alejandro.

Al día siguiente de la batalla de Cunaxa, los griegos se enteraron de la muerte de Ciro en el combate; el mundo se les venía encima, su patrón había muerto y se encontraban a tres mil kilómetros de su hogar, con escasos víveres, el campamento saqueado y sin una caballería capaz de repeler a los persas. De un día para otro los griegos vieron como sus prioridades cambiaban de ambición y riqueza a mera supervivencia, más de uno se veía ya viviendo como un rico persa en la corte de Ciro.

Ante tal panorama pensaron en Arieo como sustituto de Ciro, pero éste sabía que aunque derrotaran a Artajerjes nunca recibiría el apoyo suficiente de los demás sátrapas para mantenerse en el trono durante mucho tiempo. Además el rey de reyes no se hizo esperar y pronto envió emisarios a parlamentar con los griegos exigiendo su rendición. Los helenos no cedieron, aun sin caballería eran una fuerza a tener muy en cuenta y lo sabían, al igual que Artajerjes. Viendo una oportunidad de salir “por la tangente”, los mercenarios se ofrecieron como fuerza para sofocar la revuelta que estaba activa en Egipto, pero esta vez fueron ellos los rechazados.

Los griegos optaron entonces por retirarse al campamento de Arieo, que se encontraba recuperándose de las heridas de la batalla. Mejor afrontar juntos sus desgracias para poder salir de una pieza de Mesopotamia. Se realizaron sacrificios para consagrar la alianza y partir hacia al norte, huyendo en formación de combate. En la otra orilla del Tigris a una distancia prudencial, Artajerjes y Tisafernes los seguían con sus fuerzas mientras decidían como actuar.

Finalmente llegó una embajada persa con poderes para definir una tregua, pero los griegos no estaban dispuestos a negociar hasta que no comieran y se abastecieran adecuadamente. Los persas los trasladaron a unos almacenes de provisiones no lejos de allí, una vez satisfechos en sus condiciones, los helenos recibieron a los emisarios del rey persa encabezados por el propio Tisafernes. El sátrapa se presentó como gran admirador de la cultura griega y sus dotes guerreras, dio a entender que actuaba como “dique” ante la ira del rey y que su ejército no se derramara sobre ellos y los aplastara. Clearco, que seguía siendo la cabeza visible de la tropa mercenaria, alegó en su defensa que desconocían las intenciones de Ciro hasta que fue demasiado tarde para dar la vuelta, sólo pedían una tregua para abandonar en paz los territorios persas. Tisafernes acudió al rey con la propuesta de Clearco y éste acepto con la única condición de que compraran los víveres que necesitaran y que fueran guiados por el propio Tisafernes.

Ciertamente la propuesta de Artajerjes daba un “tufo” considerable. Que Tisafernes era enemigo declarado de Ciro y su odio a muerte por él era más que conocido, pero poco podían hacer los griegos sino aceptar. Tardaron tres semanas en partir ya que Tisafernes acompañó al rey a Babilonia y volvió con Orontes, otro sátrapa de la confianza de Artajerjes. Mientras los jefes persas se encontraban en Babilonia, un trasiego de enviados persas iban y venían del campamento de Arieo. La guerra sucia asomaba la nariz, por supuesto los persas intentaban ganarse a Arieo y dejar a los griegos sin el único aliado que les quedaba. Arieo no tenía muchas alternativas, ya que si se mantenía fiel a los griegos y éstos conseguían su objetivo de volver, se quedaría solo en Persia rodeado de enemigos. El camino a casa acababa de comenzar y prometía ser toda una aventura.

Y desde el principio se hizo notar, los primeros cuatrocientos kilómetros fueron una constante competición por los recursos que se iban encontrando, incluso llegó a haber algún altercado entre pequeños grupos de los dos ejércitos, pero la cosa no llegó a más debido al miedo mutuo. Sin embargo Tisafernes no dejaba de urdir en las sombras para seguir separando la cohesión griega, utilizando a Arieo y la relación íntima que tenía con Menón, otro de los comandantes mercenarios. Menón empezó a menoscabar la autoridad del espartano, pero Clearco no era idiota y adelantándose a los acontecimientos se reunió con Tisafernes y le insinuó que sólo él podría controlar a los griegos y se volvió a ofrecer como tropa a las órdenes del rey de Persia.

Mapa del avance y retirada de la expedición.

Mapa del avance y retirada de la expedición.

El sátrapa se dejó querer, pero solo en apariencia, y propuso una nueva asamblea pero esta vez con todos los comandantes de alto rango griego para discutir la cuestión. Unos ciento veinte oficiales de diferentes rangos acudieron a la cita, y a los minutos de comenzar, los propios Clearco y Menón se dieron cuenta del error fatal que acababan de cometer, los persas se abalanzaron sobre ellos y les dieron muerte o los apresaron. La práctica totalidad de los mandos griegos habían caído en la maniobra de Tisafernes. Clearco y Menón fueron llevados a Babilonia donde fueron ejecutados y comidos por las alimañas.

Las cosas no podían ir peor, ¿qué sería de ellos, perdidos y casi sin oficiales a miles de kilómetros de casa? En ése preciso momento hace aparición Jenofonte. La misma noche de la traición después de saber la triste noticia, soñó que un rayo caía sobre la casa de su padre; el ateniense lo tomó como una señal del mismísimo Zeus, que le conminaba a que tomara cartas en el asunto. Habló con el contingente que lideraba su amigo Próxeno y se presentó a lo que quedaba del resto de oficiales arengándolos con la gloria de sus abuelos, del honor de ser griego y de la pura supervivencia, pues sin la unidad del ejército no tendrían ninguna posibilidad de volver. La asamblea aceptó y le nombró comandante de todas las fuerzas griegas.

Puede parecer pura propaganda del propio Jenofonte hacer tan “trivial” la manera de hacerse con el mando, pero no olvidéis que aunque existía la democracia en muchas ciudades griegas, los oligarcas accedían a una educación más completa en todo los sentidos y se les creía más capacitados para el mando que otros estratos sociales. La formación del ateniense, unida a la más que probable experiencia en combate de Jenofonte en la fase final de la guerra del Peloponeso, lo hacía el candidato ideal.

Así, con una nueva esperanza (uy, de que me suena esto a mí), los griegos se deshicieron del bagaje innecesario y utilizaron los caballos de carga para formar una pequeña unidad de reconocimiento de unos cincuenta jinetes. La marcha no obstante era penosa, constantemente hostigados por los persas debían formar en líneas defensivas mientras avanzaban, con la dificultad y retraso que ello conllevaba. Habían dejado atrás el Tigris y su rumbo cambió directamente al norte, pero solo durante una parte de la marcha ya que, lo abrupto de los montes Zagros (nordeste de Irak) les obligó a vadear de nuevo un afluente del Tigris mientras repelían las acometidas de Tisafernes.

Y de nuevo el Tigris, como una maldición que les perseguía, que aunque les indicaba el camino al norte no podían vadearlo por su anchura y profundidad. Cerca de lo que hoy es la ciudad turca de Cizre, el ejército griego se detuvo para tomar una decisión: continuaban hacia al norte por los territorios montañosos de los carducos, o buscaban una manera de vadear el río dirección a Anatolia con el riesgo de encontrarse otro ejército persa y fueran cogidos por vanguardia y retaguardia. Finalmente se decidieron por la que ellos pensaban que era menos mala, subirían por la cadena montañosa con la esperanza de que los carducos les dejaran pasar o les causaran pocos problemas, pero el que no hubieran sido subyugados por los persas no auguraba nada bueno.

Imagen de Tisafernes en una moneda de su satrapía.

Imagen de Tisafernes en una moneda de su satrapía.

Aunque se habían desecho de la persecución de Tisafernes, la moral continuaba en horas bajas. La temperatura bajaba a cada metro que ascendían, la dificultad del terreno no permitían las suficientes provisiones para mantener a los miles de soldados, prisioneros y otras compañías que marchaban por los estrechos pasos. Para colmo, los carcudos nada más divisarlos se echaron a las estribaciones más altas y empezaron un ataque continuo con piedras y unas flechas tan largas que los griegos las reutilizaban como jabalinas ¡imaginar que le haría a una armadura de lino endurecido! El goteo de bajas era constante, y todo este “estrés” provocaba que las desavenencias  afloraran todavía más en cada ataque.

Estuvieron a punto de dividirse, pero una nueva dificultad les hizo remar en la misma dirección de nuevo. Ante ellos se abría una estrecha garganta tomada por los carducos, si cruzaban por allí, por mucha formación defensiva que realizaran iban a tener multitud de bajas. Hizo falta encontrar un paso alternativo interrogando a varios prisioneros carducos, así, atacando desde dos frentes pudieron sortear aquél último escollo antes de entrar en Armenia.

Armenia, otra satrapía más del imperio Persa, especialmente guarnecida, asunto que comprobarían a la mañana siguiente pues Orontas, el sátrapa de aquellas tierras, había tomado el río y les aguardaba con una nutrida hueste de caballería apoyados por infantería ligera. Los griegos decidieron seguir avanzando por el lecho del río hasta encontrar un vado menos profundo por donde atacar a las fuerzas persas, y debían darse prisa pues los carducos ávidos de venganza bajaban al valle para atacar la retaguardia helena.

Quirísofo encabezó el ataque por el vado entonando el pean, mientras que Jenofonte dio media vuelta para atacar a los carducos. En la confusión, los persas creyeron que era una maniobra de flanqueo, y viendo como una tormenta de bronce se abalanzaba sobre ellos decidieron huir hacía las estribaciones de Armenia esperando una mejor ocasión. Jenofonte por su parte, al recibir refuerzos de peltastas y honderos amagó un ataque frontal contra los carducos. Éstos, al no estar equipados para una lucha en terreno abierto decidieron volver a sus frías montañas.

Al fin tuvieron algo de tranquilidad, y pudieron avanzar durante días sin tener graves contratiempos, además la orografía era más amable y pudieron reabastecerse con más frecuencia. Pero sólo fue un breve respiro ante una nueva dificultad. Mas cadenas montañosas se abrían ante ellos y de nuevo otro ejército persa les salía al paso, esta vez comandado por Tiribazo, vice sátrapa de Armenia occidental. Siguiendo el ejemplo de Tisafernes intentó llegar a un acuerdo con los mercenarios, pero los griegos ya no se iban a dejar engañar tan fácilmente y sin más rodeos atacaron el campamento de Tiribazo dispersando sus tropas.

La marcha continuó hacia el oeste siguiendo la misma tónica, atravesaban llanuras azotadas por un viento terrible, continuadas por nuevas montañas donde los pueblos autóctonos los recibían a base de pedradas y flechazos, rapiñaban lo que podían, y continuaban, así un día tras otro. Sin duda esta serie de valles y montañas que tuvieron que atravesar desde Cizre fue la etapa más dura de todo el camino, porque no sólo se enfrentaban a las tribus locales, sino que tenían que sufrir por miembros congelados, muertes de inanición, heridas por accidentes y todo esto sin saber si sobrevivirían un día más.

La terrible marcha por las montañas. Ilustración de Johnny Shumate.

La terrible marcha por las montañas. Ilustración de Johnny Shumate.

La siguiente parada se realizó en la ciudad de Gimnias (Bayburt, Turquía), a los pies de la cordillera Dogu Karadeniz, que bordea la costa sudeste del mar Negro. Aquí, el gobernante local les ofreció un guía con la condición de que les ayudara con unas rencillas regionales. Sin nada que perder los griegos aceptaron y solucionaron los problemas del reyezuelo, que muy importantes no serían ya que ni el propio Jenofonte le dedica más de un párrafo. Al quinto día Jenofonte empezó a oír un griterío por la vanguardia, se encontraban en el monte Teques, así que pensó que era otra tribu más que les acosaba, pero éste rumor cada vez más fuerte era de expectación, no de batalla, confundido se acercó personalmente hacía adelante, hasta que el rumor se hizo júbilo y entendió lo que pasaba… ¡thalatta, thalatta!: habían llegado al mar. Cuando todos llegaron a la cima, llorando de alegría, abrazándose, cada uno trajo una piedra y levantaron un gran túmulo cara al mar.

Continuando su viaje hacia el oeste vivieron una anécdota cuanto menos curiosa. Se encontraron con unos panales que rezumaban una miel oscura con aspecto delicioso, los griegos acostumbrados ya a las penurias de su viaje no dudaron en comer de la miel, y bueno, os dejo un párrafo que describe el efecto que tuvieron escrito por el mismo Jenofonte:

Había allí muchas colmenas, y cuantos comían miel perdían, todos ellos, la razón, vomitaban, les atacaba la diarrea y ninguno podía mantenerse en pie. Los que habían comido un poco parecían estar muy borrachos, los que habían comido mucho parecían enloquecidos, y algunos incluso, parecían moribundos. Muchos yacían tendidos, como si se hubiese producido una derrota, y grande era el desaliento. Al día siguiente no murió ninguno, y, a la misma hora aproximadamente, recobraron la razón. Al tercer y cuarto día se levantaron como si hubieran tomado un fármaco.

Los mercenarios no lo sabían, pero algunas abejas que se alimentaban de ciertas especies de rododendros fabrican una miel rica en acetilandromedol que es una droga potentísima y entre otros síntomas produce alucinaciones, pulso bajo, disociación de la realidad, etc. Como podéis comprobar no hubo dificultad que no tuvieran que sufrir los pobres griegos, seguramente más de uno vio a Zeus durante esos días…

Ya se acercaban a las antiguas colonias griegas del mar Negro y eso les infundía confianza y alegría, sin duda lo peor del viaje había pasado. En Trapezunte hartos de las caminatas sin fin, enviaron a Quirosofo a Bizancio para hablar con el mando regional espartano que allí se encontraba para conseguir una flota y volver sin más contratiempos a sus respectivas polis. Más fácil de decir que de hacer, pues nadie quería una hueste de considerable tamaño en sus tierras fueran griegos o no. Por ésta razón, Jenofonte realizó un plan alternativo que no fue agrado de los lugareños, pues requisó una embarcación para ir tomando por la fuerza todas las naves que fueran necesarias para volver a casa. Al cabo de treinta días solo pudieron reunir las suficientes para embarcar a los civiles y a los heridos, el resto del ejército tuvo que ponerse en marcha, no podían esperar más a Quirosofo.

Thalatta, thalattha. Ilustración de Bernard Granville Baker.

Thalatta, thalattha. Ilustración de Bernard Granville Baker.

Marcharon junto a la costa hasta llegar a Cerasunte, donde el hastío de la marcha y la frustración por no haber hecho el resto del viaje navegando se reflejó en un grupo de hombres que se separó del grueso del ejército, y saqueó a placer la ciudad. Para más deshonor, lapidaron a una delegación que intentaba llegar hasta los mando de los griegos para pedir explicaciones. Este episodio no es otra cosa que un claro reflejo del desgaste moral y ético que tuvo que sufrir la expedición, el propio Jenofonte lo describió como una ofensa total a los dioses.

Llegó un punto en que la escisión ya era tal, que Jenofonte empezó a soñar en fundar una colonia con los que quisieran quedarse con él, pero muchos de ellos querían volver a Grecia y le recordaron su juramento ante los dioses. Jenofonte ante todo pragmático aceptó, y aunque fuera su deseo quedarse, mantuvo las apariencias. La siguiente parada fue Sinope, y desde allí navegaron hasta Heraclea, situada en la mitad occidental de la actual Turquía, en la zona de influencia Bitinia, y posteriormente recalaron en el puerto de Calpe, a pocas jornadas de navegación de Bizancio. Los bitinios tampoco se lo pusieron fácil, y mientras esperaban una nueva flota que les acercara a Europa tuvieron que defenderse con uñas y dientes, incluso el propio Jenofonte tuvo que salir al rescate de algún contingente en verdaderos apuros. En total habían perdido más de mil hombres en una semana. Tras cinco días de marcha se encontraron en Crisópolis, justo en frente de Bizancio, ¡por fin estaban en Europa!

Aquí debería acabar esta increíble retirada, pero la realidad es que siguieron los vericuetos para el grupo de mercenarios. Los espartanos que les habían recibido extramuros, les abandonaron a su suerte por un tratado con los persas, y los hombres de Jenofonte no tuvieron más remedio que alquilarse como fuerza mercenaria en Tracia donde no fueron pagados. Su rastro se pierde de nuevo en Asia menor donde Jenofonte cedió el mando de los apenas cinco mil hombres que quedaban a un general espartano llamado Tribón.

No hubo laureles ni ovaciones que recibieran a los que llegaron a sus polis, no eran más que un ejército mercenario que apostó por el perdedor, pero su gesta ha perdurado más de dos milenos y demostró que con cohesión, disciplina y una buena dirección, alguien lo suficientemente audaz podría llevar un ejército griego a Persia y conquistarla, alguien tocado por los dioses. ¿Quién sería?, bueno creo que ya lo sabéis, pero eso, eso es otra historia.

Bibliografía.

Anábasis, Jenofonte.

La retirada de Jenofonte, Robin Waterfield.

 

 

Acerca de Rober

Me llamo Roberto y nací en el año 1979 en Madrid. Apasionado de la historia desde siempre, mi única intención es que compartamos y divulguemos en este espacio cada pedacito de la antigüedad que tanto nos gusta. Me encantaría que recorrieras conmigo este periodo. ¿Te apuntas?, pues bienvenido a Historia o leyenda.

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