Anábasis de Jenofonte (II), la batalla de Cunaxa


En la anterior entrada habíamos dejado al ejército de Ciro avanzando por la ribera del Éufrates dirección a Babilonia. Cerca de la población de Cunaxa se encontraron con un obstáculo en forma de trinchera con una extensión de unos 65 kilómetros, no se sabe a ciencia cierta si fue construida para detener al ejército usurpador o como medida de precaución general, el caso es que aunque no supuso gran problema sortearlo, sí entretuvo la marcha de los “cirianos”. Pero el aspirante a rey de reyes era optimista y pensó que cruzar la trinchera sin oposición suponía que Artajerjes no presentaría batalla, al menos de momento.

Poco le duró la alegría pues a los dos días sus exploradores divisaron en el horizonte la típica nube de polvo que levantaba un ejército en marcha. Efectivamente, era el rey de Persia al mando de sus fuerzas, un ejército heterogéneo de alrededor de 45.000 a 50.000 efectivos entre infantes, arqueros, caballería y carros falcados. Artajerjes no dudó en reunir tropas de muchas de sus satrapías, su hueste la formaban principalmente medos y persas, pero también “naciones” como la de las temibles tribus sacas. Pero lo más temible de todo era que ya formaban en línea de combate, con los carros al frente marchando al paso de los infantes y en completo silencio. Aunque Ciro confiaba plenamente en la fuerza mercenaria a sus órdenes, se le debió de ensombrecer el semblante ante tal visión. Sin perder más tiempo ordenó formar inmediatamente a sus 30.000 efectivos. Casi 15.000 de ellos eran guerreros reclutados de su propia satrapía, más 2.500 jinetes paflagones, los 10.600 hoplitas griegos y 2.300 peltastas. Era finales de Septiembre del año 401 a.c. y a unos 70 km de Babilonia se iba a decidir el destino del mayor imperio del momento.

Representación de los inmortales en el palacio de Susa.

Representación de los inmortales en el palacio de Susa.

Los griegos formaron su línea de combate en el flanco derecho con el Éufrates a su lado, los comandaba Clearco, un aguerrido espartano temible a la vez que astuto. Ciro formó en el propio centro con la caballería paflagonia, sabiendo que su hermano haría lo mismo, y así poder enfrentarse cara a cara por el trono de Persia. El flanco izquierdo lo conformaba Arieo con el resto de las fuerzas.

Artajerjes había desplegado detrás de los carros una masa de arqueros dispuestos a causar estragos antes de la carga de los primeros, que terminarían de hacer el trabajo duro para que posteriormente los temidos inmortales recogieran las migas. Así pues el flanco izquierdo del rey de reyes lo comandaría Tisafernes, otro de los sátrapas que acusaron a Ciro de traición al poco de morir el antiguo rey Dario (padre de los contendientes), el centro por el propio Artajerjes II y la derecha de éste Arbaces.

Arieo observó con preocupación que su flanco era sobrepasado por el enemigo por mucho y decidió estirar su línea lo máximo posible para no ser desbordado por la izquierda. Mientras tanto, Ciro ordenó a Clearco que avanzara sobre la línea enemiga y que luego girara hacia el centro para acabar con Artajerjes, muerto el rey, el resto del ejército perdería moral y se rendiría ante su nuevo señor. Pero Clearco miraba primero por su propia seguridad y ésta se la ofrecía el río Éufrates, temía que si abandonaba la ribera Tisafernes lo rodearía y lo atacaría por detrás. Con altivez miro a Ciro y le dijo que le dejara hacer su trabajo, que los griegos sabrían cómo actuar.

Disposición táctica de los ejércitos.

Disposición táctica de los ejércitos.

Los 10.000 griegos comenzaron a avanzar mientras entonaban el “peán”, su canción de guerra consagrada a Apolo, primero caminando, tras unos metros el ritmo cambió y las primeras filas de hoplitas levantaron el escudo sin aminorar la velocidad. Los persas de Tisafernes se miraban unos a otros perdiendo poco a poco la confianza que les daba la superioridad numérica, de repente un rugido general se apoderó de los helenos que empezaron a cargar con las lanzas en horizontal, dispuestos a arrollar todo el flanco. Tal visión fue suficiente para que los persas abandonaran sus posiciones y el flanco al completo empezó a retroceder de manera desordenada. Ciro envió una carga con parte de la caballería paflagonia para ir rematando a los desperdigados. Tisafernes sabía que tenía que hacer algo y bajo mi opinión realizó una buena maniobra aprovechando el ímpetu de sus enemigos, atrayendo a los hoplitas hasta que rebasaron el centro y por tanto la oportunidad de girar hacia Artajerjes. Realizó un tímido contraataque a los peltastas aunque éstos aguantaron el envite pese a su equipamiento ligero.

Artajerjes vio el hueco que le brindaba la maniobra de Tisafernes, y sin perder tiempo lanzó sus carros contra el centro, donde se encontraba Ciro dispuesto a acabar con su hermano de una vez por todas. Ciro, desesperado no podía esperar si quería salir bien parado, así que reunió su guardia personal y en una carga heroica fue hacia el estandarte del rey de Persia. Lo que pasó después resulta confuso, la leyenda dice que los hermanos se batieron en duelo personal, lo cual es cuanto menos dudoso, lo que si es cierto es que Artajerjes fue herido en la batalla y tuvo que ser retirado a su tienda para recibir atención médica. La proeza de Ciro también le pasó factura, durante la carga su caballería quedó dispersa entre los inmortales y el usurpador recibió una herida en la sien.

La caballería persa atacando a los peltastas mercenarios. Ilustración Johnny Shumate.

La caballería persa atacando a los peltastas mercenarios. Ilustración Johnny Shumate.

Ciro intentó volver a sus filas, sangraba profusamente por la cabeza y debía sentirse demasiado débil para seguir combatiendo, protegido por los pocos leales que le quedaban tras la carga. Fueron cayendo uno a uno a su alrededor, hasta que un combatiente del séquito personal del rey reconoció a Ciro y le dio muerte. La línea de Arieo, que aguantaba a duras penas el envite de Arbaces terminó por desmoronarse con la noticia de la muerte de su comandante en jefe y se retiró hacia el campamento. El ejército de Artajerjes ciego de sangre y codicia se lanzó al saqueo del campamento, pero se encontró con la resistencia de los que se juegan la vida.

Tisafernes logró formar lo que quedaba del ejército (Artajerjes se reincorporaría después de ser atendido) pues quedaba intacto el núcleo duro ciriano: los griegos. Cuando se quisieron dar cuenta, los persas tenían a los hoplitas encima, una ola de bronce que quebraba huesos, abría estómagos y reventaba cráneos, nada podían hacer para detenerlos y huyeron antes de que la disciplina helena acabara con lo que quedaba del ejército real. La noche se les echó encima y las hostilidades se detuvieron dando paso a la desolación posterior de un campo de batalla de la antigüedad.

Los griegos se habían salvado por el momento, pero estaban solos en tierra enemiga, apenas sin víveres y con la moral por los suelos. La única opción que les quedaba era permanecer como un bloque y retirarse hacia la costa de anatolia donde podrían embarcar y volver a su querida Grecia. Más fácil decirlo que hacerlo, por delante tenían más de 2.800 kilómetros, y su contingente lo formaban griegos de muchas polis diferentes algunas de ellas enemigas entre sí. Un ateniense daría un paso al frente para hacer esta increíble hazaña realidad, o por lo menos para intentarlo, Jenofonte, que se unió a la expedición como escriba de la misma, tomará las riendas de esta épica retirada por desiertos, montañas y parajes helados. Pero esto os lo contaré en la entrega final de la Anábasis la próxima semana.

Bibliografía.

Anábasis, Jenofonte.

La retirada de Jenofonte, Robin Waterfield.

 

Acerca de Rober

Me llamo Roberto y nací en el año 1979 en Madrid. Apasionado de la historia desde siempre, mi única intención es que compartamos y divulguemos en este espacio cada pedacito de la antigüedad que tanto nos gusta. Me encantaría que recorrieras conmigo este periodo. ¿Te apuntas?, pues bienvenido a Historia o leyenda.

Deja un comentario