Amílcar Barca y la primera guerra púnica (I) 2


Al pensar en grandes generales de la antigüedad hay varios nombres que surgen casi sin querer, Alejandro Magno, César, Pirro, Aníbal, personajes que por sus victorias y por su papel en la historia han dejado huella en ella. Pero hay otros grandes personajes que por un motivo u otro no han sido tan “populares”, quizás sus hazañas palidecen con las conseguidas por los antes nombrados, pero el caso de hoy es otro.

Hablamos de Amílcar Barca, un gran general y estadista cartaginés que destacó en la primera guerra púnica. Salvó a Cartago de una terrible sublevación de mercenarios y posteriormente inició la expansión cartaginesa en la propia península ibérica. Y si por el apellido no lo habéis logrado adivinar se trata del padre del mismísimo Aníbal, ahora os explicaréis por qué no es tan conocido como otros, al igual que Filipo II de Macedonia fue eclipsado por la grandeza de su hijo. Por eso hoy en historia o leyenda queremos que conozcáis un poco de este gran estrategos púnico.

Amílcar nació aproximadamente entre los años 275-270 a.c. en Cartago, en el clan de los bárcidas, que remontaban su origen a la propia Dido (princesa que huyó de Tiro y fundo Cartago), por lo tanto en una familia de lo más noble. Poco o nada se sabe de su infancia y juventud, las primeras referencias son ya como estrategos en Sicilia durante la primera guerra púnica de la mano de Polibio y Diodoro. 

Amílcar había sido destinado a Sicilia en el año 247 a.c. para sustituir al general Cartalón, que no lograba inclinar la balanza a favor de la ciudad africana, ya que prácticamente se limitó a la defensa de las ciudades de Lilibeo y Drépano, las únicas plazas de importancia que les quedaban en la isla. Con este cambio, el consejo cartaginés pretendía dar un golpe de efecto para cambiar que curso de la guerra, pues ésta duraba 17 años ya y no pintaba muy bien para los púnicos. Incluso una parte del senado de Cartago apoyaba la resolución de una negociación con los romanos y una retirada de la isla.

Por supuesto Amílcar no era de esa opinión, pensaba que con una acción rápida y por sorpresa podría conseguir una gran victoria que hiciera que el consejo de los 104 invirtiera más recursos en la guerra, solo faltaba seleccionar un objetivo y lanzarse sobre él. Finalmente se decantó por Drépano, pensando que podría aliviar el sitio más fácilmente que Lilibeo. No obstante quedaba el problema de las flotas romanas que a estas alturas de la guerra eran más numerosas que las cartaginesas, así que mandó su flota a las costas itálicas para mantener distraída a los barcos romanos, y a su vez intentar financiar la campaña a costa de los mismos.

Busto de Amílcar Barca.

Busto de Amílcar Barca.

Pero éste primer intento resulto fallido y la batalla campal que ansiaba para dar la vuelta a la contienda no le fue favorable, el cerco romano estaba muy consolidado y con las fuerzas de las que disponía, mayormente mercenarios, no insistió en el enclave. Habría que buscar otro sitio donde asestar el golpe, un enclave lo suficientemente importante pero lo más lejos posible de los ejércitos consulares.

El nuevo objetivo sería Palermo, perfecto para los planes de Amílcar, con un promontorio perfecto para apostar a sus tropas y recibir suministros, pero sufría el problema de siempre: Cartago no invertía en la guerra lo suficiente. La excusa era el conflicto en Libia, que según el consejo cartaginés impedía el envío de refuerzos y donde su enemigo político, Hannon el grande conseguía buenos resultados. Esto se tradujo en la pérdida de iniciativa por parte de Amílcar que pasó del ataque a una defensa que sin embargo, suponía una amenaza para la propia ciudad de Palermo por la buena posición tomada por el cartaginés.

Los romanos no tuvieron otra opción que mandar el ejército consular que sitiaba Drépano,  así que, con su acción en Palermo, Amílcar no solo había conseguido poner en apuros a la ciudad sitiada, sino que también alivió la situación de Drépano. El general cartaginés se enquistó en la elevación que poseía  y no hubo legión que pudiera echarlo, causando muchas bajas en los latinos.

Amílcar sabía que no podría aguantar allí eternamente, pues ya llevaba tres años en Sicilia y también sabía que aunque no había perdido una batalla desde que aguantaba la posición,  tampoco había tomado la ciudad y probablemente los romanos sí recibirían refuerzos, no como ellos, por lo tanto decidió moverse de nuevo. Anticipándose al envío de refuerzos de sus enemigos ideó un plan para evacuar a sus tropas por la noche y moverlas de nuevo hacia Drépano, concretamente a lo que hoy es Cala Bonagia, así podría desembarcar directamente en la retaguardia del ejército sitiador y asestar un golpe devastador.

Amílcar aguantó en tierra, pero finalmente todo se decidió en el mar. Ilustración de Radu Oltean, fuente: Ancient Warfare.

Amílcar aguantó en tierra, pero finalmente todo se decidió en el mar. Ilustración de Radu Oltean, fuente: Ancient Warfare.

Y el plan tuvo éxito, logró desembarcar y tomar la ciudad para el asombro de los romanos, pero fue un éxito a medias pues un punto clave resistió, era el monte Giuliano donde un destacamento consular permanecía impertérrito y gracias a él los romanos pudieron ir reforzando gradualmente la posición para finalmente lanzar ataques desde el propio monte con la ventaja que ello conlleva.

Amílcar hizo pagar muy caro cada avance romano, quizás con la esperanza de que su heroica resistencia animara al consejo a mandar refuerzos, o dinero para más mercenarios. Pero no obtuvo el apoyo de la metrópoli, y para colmo los romanos formaron una nueva flota para cortar los suministros que recibía por mar dando resultado a la batalla naval de las Égadas, con fatal resultado para los púnicos. Amílcar fue obligado a capitular y a retirarse de Sicilia, aunque lo hizo desfilando y armado, pues se había ganado el respeto de sus enemigos.

La primera guerra púnica había terminado y los cartagineses habían perdido todas sus posesiones en Sicilia. Además de tener que pagar una cantidad desorbitada a los vencedores de 2200 talentos de plata fraccionados en 10 pagos, se sumó un pago extra de 1000 talentos que se tendrían que abonar inmediatamente. A la vuelta, el general cartaginés se encontraría con otra puñalada más por parte del consejo que traería consecuencias que el propio Amílcar tendría que solucionar.

Hasta aquí la primera parte de este gran personaje, el domingo colgaré la segunda y última que abarcará la revuelta de los mercenarios y la campaña en Hispania, espero que os pique el gusanillo y hayáis disfrutado conociendo a este gran general, el domingo más de Amílcar.

 

Bibliografía y fuentes:

Cornelio Nepote, Sobre los hombres ilustres.

Jaime Gómez de Caso Zuriaga, Amílcar Barca y la política cartaginesa.

Jaime Gómez de Caso Zuriaga, Amílcar Barca, táctico y estratega.

 

Acerca de Rober

Me llamo Roberto y nací en el año 1979 en Madrid. Apasionado de la historia desde siempre, mi única intención es que compartamos y divulguemos en este espacio cada pedacito de la antigüedad que tanto nos gusta. Me encantaría que recorrieras conmigo este periodo. ¿Te apuntas?, pues bienvenido a Historia o leyenda.


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2 Comentarios en “Amílcar Barca y la primera guerra púnica (I)

  • Antonio

    Le paso lo mismo que después les pasarían a sus hijos poco o ningún apoyo por parte del Senado de Cartago y tener que apañárselas solos, eso si cuando las cosas pintaban mal para la ciudad los usaban de apagafuegos, levantamiento de los mercenarios, problemas con los maseesilios. Etc.

     
    • Rober Autor

      Hola Antonio.

      Si Aníbal hubiese recibido el apoyo de Cartago no sé yo que habría pasado con Roma, es un buen “what if” para debatir sin duda. A su padre le ocurrió lo mismo, pero supo reponerse en las campañas de Iberia, logró un territorio con lealtades exclusivas a su familia que propició el auge del propio Aníbal.
      Un saludo.